El extranjero

– Lo ves – dijo el extranjero.
– Sí – contesté.

Con una rama había esparcido las brasas, recubriéndolas con la ceniza negra del fondo. La luz se extinguió pero pronto comenzaron a aparecer pequeños puntos rojos que se fueron extendiendo y agrupando.

– Es como si estuviéramos en una nave espacial viendo la Tierra – murmuró -, más exactamente como si estuviéramos viendo la historia de la civilización sobre el planeta.

Al principio no entendí a qué se refería. Se había formado una circunferencia rojiza rodeando las cenizas, en muchos puntos del interior de este círculo, las brasas iban apareciendo. Y de pronto, la vi. Estaba claramente dibujada, era la costa asiática del Pacífico, con las aglomeraciones de luces producidas por sus inmensas ciudades, Tokio, Shangai, Hong-Kong, Jakarta y el área oscura del océano, donde algunas brasas hacían imaginar aislados territorios.

– Sí, además se ve como crecen las ciudades, ocupando poco a poco todo el espacio – afirmé entusiasmado.
– Así es, así está siendo. Cada vez queda menos terreno sin iluminar – se lamentó el extranjero – dentro de mil años sólo quedará oscuro el lugar donde están los mares.
– Suena bastante mal – comenté.
– Ni que lo digas – añadió él -, será el principio del fin de la civilización.
– ¿Crees que así acabará la especie humana?
– No, la especie no, esta civilización – aclaró.

Hablaba como si lo hubiera vivido o lo hubiera leído en un libro de historia del futuro. Sin embargo no me sorprendía y conversaba con él como si de verdad todo lo que contaba hubiera pasado. En cierta forma le hacía el juego, como tema de conversación no estaba mal para una noche estrellada como la que disfrutábamos.

Había conocido al extranjero hacía pocos días en una convención sobre sistemas de comunicación máquina-cerebro. Coincidimos en la conferencia del Dr. Quiroz sobre “Interfaces neuronales para funciones motoras” y a la salida estuvimos comentando los avances de los últimos tiempos. Me sorprendió su profundo conocimiento del tema y algunas previsiones sobre el futuro que, aunque parecían sacadas de la mejor ciencia-ficción, sonaban perfectamente posibles en su boca.

– Sólo es el comienzo, primero buscaremos la unión de nuestros cuerpos a máquinas más fuertes, eficaces o incluso más inteligentes que nosotros, después cargaremos nuestros yos en el paradigma de la nube y seremos algo parecido a un virus informático – afirmó con absoluta certeza.

Durante los días de la Convención me encontré con él en todas las conferencias que seleccioné. Y de forma igualmente casual, terminamos cenando juntos un par de noches. El último día, en la copa de despedida le pregunté qué planes tenía.

– Me quedaré en Madrid unos días, quiero ver algunos museos y conocer la ciudad – contestó.
– Yo vivo cerca de la Sierra, si te apetece te puedo enseñar algunos sitios espectaculares – le ofrecí.

Quedamos para vernos el fin de semana. El sábado, salimos de Cercedilla y subimos por la senda Smith hasta Navacerrada. Llevábamos poco peso en las mochilas, pues pensábamos vivaquear al refugio de alguna roca y caminamos ligero. Conozco un lugar, subiendo por la pista del Telégrafo, desde donde se tienen unas vistas nocturnas impresionantes de la meseta sur, con Madrid iluminando gran parte del horizonte. Es un lugar despejado de árboles, con macizos de rocas graníticas que de noche parecen cíclopes petrificados. Y allí llegamos al atardecer de un sábado de finales de septiembre.

– ¿Qué ocurrirá? ¿Una nueva edad media? – pregunté reavivando la conversación.
– Un poco de todo. Los que se queden aquí sufrirán un decaimiento social y vivirán una época donde las guerras y la anarquía terminarán reduciendo la población hasta su práctica extinción. Otros se irán a otros planetas o elegirán un mundo virtual y unos pocos se irán a otros universos.

No sé si fue el vino que tomamos en la cena – unas latas de fabada calentadas con el hornillo de gas – o la certeza completa que mostraba el extranjero mientras hablaba, el hecho es que me fui irritando hasta perder la paciencia.

– Bueno, y ¿tú cómo coño sabes todo eso? – le espeté ásperamente y todavía un poco más cabreado, añadí – Ni siquiera sé tu nombre, llevo contigo casi una semana y no has sido capaz de decirme tu nombre. Pareces un espía, nunca llevabas la placa identificativa en la Convención.
– Eso no tiene importancia, soy un extranjero que mañana se irá a su tierra y no volverás a ver – contestó con frialdad.
– ¡Qué fácil! Desapareces y ya está ¿También se puede mandar un correo preguntando cómo estás o una llamada, quizá un día puedas volver a España o yo ir a tu país? No, tú eres El Extranjero y cuando te vayas, desaparecerás para siempre.
– No es eso, tú eres demasiado empático. Le cuentas tu vida a cualquiera. Apenas llevamos unos días juntos y ya sé que tienes una mujer china y un nieto negro. Yo no soy así, prefiero disfrutar con intensidad el momento sin mezclarlo con lo que yo soy o tú eres – se disculpó.

Le eché la culpa al vino, le comenté que normalmente no perdía los nervios, que todo lo que me contaba era demasiado extraño, que cualquiera que lo escuchara podría pensar que le estaban tomando el pelo. Sin embargo, volví a la carga. Mi curiosidad iba en aumento, a la par de mi incredulidad.

– ¿Por qué hablas con tanta seguridad? Parece que lo has leído en un periódico – y añadí, bromeando – ¿No serás un viajero del tiempo?
– El tiempo no existe como tal, el pasado y el futuro están en el mismo plano que el presente, digamos que todo existe simultáneamente. No hace falta viajar por el tiempo para saber estas cosas. Están escritas en la naturaleza, en las brasas, como has visto, en las nubes, en el vuelo de los pájaros o el halo de la luna.
– Ya sé, desde que el hombre es hombre existieron los chamanes, ellos podían leer las tripas de los animales y hablar con los espíritus – contesté.
– Mira las brasas. Se están apagando, las ciudades están cayendo, los estados desaparecen. La civilización como la conocéis se está desvaneciendo.
– Y las chispas que salen de las brasas son los que escapan de la Tierra – añadí con cierta sorna.
– Efectivamente.

La imagen de las chispas convertidas en naves espaciales no distrajo mi atención que había quedado atrapada en las palabras del extranjero: “como la conocéis”. De dónde se creía que era este loco. Y aunque todo parecía una alucinación, el hombre hablaba con cordura, convencido, mejor dicho, sabiendo que cada universo tiene un tiempo que no fluye, que permanece estático y sucede por siempre y simultáneamente, pasado, presente y futuro juntos en la misma habitación, suspendidos, sin tiempo. Si algo alteraba ese delicado equilibrio, se creaba un universo paralelo, donde se ajustaban pasado, presente y futuro a un nuevo equilibrio. La conversación, al calor de las brasas y en aquella noche estrellada era muy amena, me recordaba muchas otras, mantenidas con amigos, a la luz de las mismas estrellas, imaginando el Universo y sus secretos. Aunque aquella noche era diferente. El extranjero no imaginaba el Universo, lo describía y anunciaba otros universos, casi infinitos, tantos como las posibilidades que cada ser vivo, cada estrella tiene de elegir y crear otro camino alternativo, otro universo paralelo. Todos esos millones de universos estaban contenidos en un universo mayor, donde sólo se podía permanecer durante el tránsito entre dos universos. No eran elucubraciones sino conocimiento. Y esa sensación fue calando en mi mente, produciéndome desasosiego. Sentía que estaba a las puertas de una revelación que cambiaría mi forma de ver las cosas y yo estaba cómodo con mis esquemas mentales, con mi trabajo y mis aspiraciones. No tenía ganas de que alguien pusiera todo patas arriba, por mucho que me diera la comprensión del Universo.

– Claro, por lo que dices, no es posible viajar por el tiempo en tu propio universo – comenté, mordiendo el anzuelo de la curiosidad y traicionando mi novísima decisión.
– No. Si viajas al pasado, producirías una alteración y, en ese mismo instante habrás creado otro universo. En cambio, sí es posible viajar transversalmente.
– ¿Transversalmente? – pregunté.
– Viajar a cualquier tiempo de otro universo.
– Y crearías otra alteración.
– Curiosamente esta alteración no produce un nuevo universo, aunque puede cambiar su futuro. Los universos paralelos sólo nacen dentro de sí mismos – contestó mientras se levantaba a estirar las piernas y mirar al horizonte.

Me lié un cigarrillo y eché un trago de la bota. Me acerqué a él y le ofrecí el vino. Bebió sin atragantarse, como si hubiera nacido en Valdemorillo. Era un ser extraño, no tenía acento extranjero y bebía vino como un nativo, pero indudablemente no era de aquí, venía de lejos, quizá de una república ex-soviética, quién sabe.

– Reconóceme que es para pensar que te falta algún tornillo – los dos mirábamos hacia el valle, donde la ciudad iluminaba el horizonte -, si no fuera por que en los días de la convención he podido comprobar que eres un tipo inteligente, tus historias son para dudar de tu cordura.
– ¿Tú crees? No será que son temas que quedan lejos de tus intereses diarios y en los que nunca piensas – contestó volviéndose hacia mí.
– ¿Y para qué pensar en futuros simultáneos o universos que nunca veré? – y añadí con cierta amargura – Bastante tengo con intentar pagar a mi casero o entender a mi mujer. Como entretenimiento está bien, pero el lunes en mi despacho, la realidad se impone y todas las teorías se esfuman.
– Eres muy negativo, has dicho que nunca verás otros universos ¿porqué no?

Aquello fue demasiado para mí “¿Porqué no iba a ver otros universos?” Como si se extrañara de porqué no voy a Burgos, exactamente lo mismo. Me estaba mareando, necesitaba airearme un poco. Me di la vuelta y caminé hacia la siguiente loma siguiendo la cuerda de la montaña. El extranjero se quedó recogiendo el hornillo. Me senté en una piedra a unos doscientos metros de él. Pensaba en mi compañero de noche, las teorías que manifestaba eran interesantes, aunque hay muchas teorías sobre lo que desconocemos que alegran una conversación nocturna, normalmente intrascendente. Y, sin embargo, su forma de hablar, me hacía pensar en que podía tratarse de un viajero del tiempo, si bien cuando esa idea se me venía a la cabeza, la expulsaba por su ridiculez. Me decía que había leído y visto mucha ciencia-ficción y que, en el fondo, sentía un inmenso deseo de vivir una de esas historias, de ser el elegido. Volví decidido a desenmascararlo. Lo encontré extendiendo su saco de dormir.

– ¿Te acuestas ya? – pregunté.
– No, necesariamente. Estaba preparando la cama – contestó.
– Oye, eso de ver otros universos ¿De verdad crees que es posible? – le hablé intentando no poner énfasis en alguna sílaba.
– Naturalmente, aunque no hay que hacerlo de forma gratuita – dijo mirándome intensamente a los ojos.
– ¿Y?
– Hay seres que lo hacen, siempre buscando un objetivo. Por ejemplo, corregir el rumbo de una civilización descarriada, volar un asteroide imprevisto que amenaza un planeta en el que se tienen muchas esperanzas…
– ¿Qué son? ¿Una organización interestelar? – dije mofándome y señalándole con el dedo.
– No, por usar tus términos, es una organización inter universal – y añadió –, las estrellas se les quedan pequeñas. Y es una organización que continuamente busca nuevos miembros, en distintos universos y tiempos.
– ¿Me estás diciendo que tú eres uno de ellos?
– No, hombre – y se rió a carcajadas -, yo soy un estudioso del tema, sólo eso.

Siguió riéndose. Intuí en él a un gran actor. Estaba echando tinta como los calamares para ocultarse. A esas alturas de la conversación, no me hubiera extrañado que dijera que era el enviado de la IUO para nombrarme embajador en el planeta Tierra o cualquier otra barbaridad.

– Vale, ya que sabes del tema, me podrías decir qué buscaría un enviado, digamos como tú, en alguien como yo.

Dudó un instante, volvió a coger la bota y echó un trago de vino. Carraspeó y con voz doctoral dijo que probablemente entregarle un mensaje, encargarle una misión o, simplemente, dejar una semilla. Añadió que el elegido no lo era al azar, se estudiaba mucho la genética, el patrón temporal, la posición espacial y otros parámetros incomprensibles para mí, antes de decidirse por él.
– Ya, entonces soy una especie de super-héroe y me vas a encargar una misión y dar poderes sobrehumanos, naturalmente – dije con voz cansina.
– Naturalmente – respondió.
– ¡Perfecto! Vamos a dormir que se nos echa la madrugada encima y estoy saturado de tanto marciano – dije metiéndome en mi saco.
– Buena gente, tuvieron mala suerte con el cambio climático.
– ¡Vete a la mierda! – y me volví de lado para no ver siquiera su bulto, sin darle las buenas noches.

Desperté con el sol bastante alto, debían ser las diez de la mañana. El extranjero no estaba en su saco de dormir. Calenté agua en el hornillo y prepararé café con leche en polvo. Me extrañé de su ausencia, en un principio pensé que habría ido a hacer sus necesidades, pero había pasado casi media hora. Me incorporé con la taza de café en la mano y di un paseo por los alrededores, llamándole.

– ¡Eeeh!¡Oooh! – me estaba volviendo a enfadar, no podía llamarle por su nombre, así que empecé a llamarle como se me ocurría, cantando, diciéndolo ampulosamente – ¡Extranjero!¡Enviado! ¿Dónde estás?.

No había nadie que respondiera ni gritando “viajero del tiempo”, “loco de remate”, nada, sólo el sonido del viento y el de los cencerros. Recogí los sacos y cargué las dos mochilas. Iría a Camorritos y cogería el tren. Tenía que parar en el puerto para dar aviso de que había desaparecido. Pero ¿quién? No sabía su nombre, qué le diría al policía, que un tipo extranjero, de un país que no conozco, sin nombre, ha venido conmigo a la montaña y se ha volatilizado. Era imposible, me iba a buscar un problema que por el momento no tenía solución. Decidí volver a casa, ya pensaría cómo localizarlo. Quizá los organizadores de la Convención me podrían facilitar la lista de inscritos y allí encontraría alguna pista.

Fue en vano, lo que al principio era preocupación por si le había pasado algo al extranjero, se transformó en obsesión. La secretaría de la Convención me facilitó la lista. Introduje los nombres en el buscador de Internet y conseguí la foto de muchos de ellos, así fui descartando a unos por su cara, otros por edad, sexo o raza. Al final me quedaron doce nombres. De nuevo solicité a la amable secretaria la dirección de los doce fingiendo que les quería enviar mi último libro sobre “Conexiones neurona-nanochip”. Les escribí un e-mail preguntándoles, básicamente, si me conocían y si habían estado conmigo en Navacerrada. Afortunadamente los doce contestaron y lo hicieron con amabilidad y simpatía, de esa forma pude librarme de la obsesión enfermiza de buscar a un extranjero sin nombre. Digamos que dejé de buscarlo, aunque seguí pensando en él.

Un día recordé su mochila, por increíble que pueda parecer no había reparado en ella. Invertí mucho tiempo en averiguar quién era cada participante de la Convención y ni un instante para pensar en su mochila. Increíblemente estúpido. Cogí la escalera y saqué todo el material de montaña del altillo del armario. Abrí el macuto. No había nada personal, restos de comida seca, una linterna y al fondo, envuelta en un paño de algodón una esfera de vidrio. Una semilla, pensé.

La tomé en mi mano, era parecida a las esferas de navidad, que encierran un paisaje nevado y al mover la esfera la nieve vuelve a elevarse y caer sobre los tejados de las casas. Aunque había notables diferencias. El vidrio era macizo, no había agua o líquido en su interior y pesaba bastante. Era completamente transparente y en su interior flotaban muchos copos de nieve de diferentes tamaños. Los copos no se movían al cambiar de posición la esfera o agitarla, si no que seguían su propio movimiento. Me fijé con más atención y vi que los copos tenían formas muy definidas. Busqué una lupa y mi sorpresa fue mayúscula, aquellos copos eran galaxias, flotando en un universo encerrado en esa esfera.

La historia del extranjero se ha adueñado de mi vida. He perdido la esperanza de saber quién era, recuerdo sus palabras “soy un extranjero que mañana se irá a su tierra y no volverás a ver”. Él vino de otro universo, tenía una misión. Nuestro encuentro no fue casual, me buscó y cuando tuvo la oportunidad de soltarme el recado lo hizo. Estoy cada vez más convencido de que el extranjero decía la verdad. Sin embargo, me martiriza, no saber cuál es el mensaje. Tengo una esfera que encierra un universo –seguramente es la semilla que tenía que darme – y no sé qué hacer con ella ¿Debo entregarla a la Ciencia? ¿O es un objeto que yo, el elegido, debo desentrañar? Me siento culpable de que un enviado de otro universo fallará en su misión por mi ceguera, por mi incapacidad de comprender qué debo hacer. Y me paso el tiempo viendo como, en mi esfera de vidrio, unas galaxias giran alrededor de otras y las novas explotan en pequeñas luces.

Otras veces pienso que estoy enloqueciendo y por unos días me fuerzo en no pensar en él.

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