Soleimán el Sanador. El niño eternal. Capítulo I

EL NIÑO ETERNAL CAPÍTULO I

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Soleimán el Sanador

Descarga libre hasta el 31 de mayo de 2017

Soleimán del Sanador es una recopilación de los cuentos que me inventé para mis hijos en los años noventa. Mi hijo Rafael lloraba mucho. Era capaz de cenar llorando, casi sin ruido, con unos lagrimones como uvas. Para distraerlo y hacerle reír, a lo largo de varias cenas, fue naciendo la historia de Llorotón. Un niño que lloraba tanto que hacía reverdecer el desierto con sus lágrimas. Naturalmente mis hijas, Julia y Ana, esperaban su cuento. Así nacieron Fliponcia, la niña que vivía en sus ensoñaciones y Simpleza Séneca, la niña tranquila, demasiado tranquila. Es curioso, cómo maduraron con el tiempo, se convirtieron en tres personas valientes y libres y por eso la dedicatoria del libro va por ellos:

A Julia, Ana y Rafa
por escalar las paredes
que yo no me atreví.

Diez años después releí los cuentos. Relacioné las historias de mis hijos con los cuatro elementos,  Llorotón, el agua, Fliponcia, el viento y Simpleza, la tierra. Me faltaba uno y no fue difícil hallarlo en uno de mis sobrinos. Así nació Violentín, el fuego. En todos ellos el personaje que los salvaba era Soleimán. Un experto en los viajes mentales e infatigable luchador contra el mal. Soleimán necesitaba su historia. Y le inventé una infancia, que finalmente sería la primera parte del libro.

Hará cinco años que decidí terminar el libro, por fin tenía cierta coherencia, aunque le faltaba un final. Me agarré a lo tradicional, a un malo, pero que no es nadie en particular. Es el mal destilado.

La portada es de Nacho Díaz Miyar. Un día vi el dibujo de Nacho y pensé en que ya tenía portada.

Podéis leer una muestra en los siguientes enlaces:

El niño eternal. Capítulo I

Los niños elementales. Capítulo I

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La cúpula 

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En el año 2006 María Monsonís y Teo Cardalda me pidieron un cuento corto para incluirlo en su CD Hellomundocruel. La cúpula habla del miedo a vivir y de como algunos buscan/buscamos mecanismos para adormecernos y no sufrir. De esa manera vivimos sin vivir a cambio de una imaginaria seguridad de no sufrir.

 

LA CÚPULA
Rafael Pérez Castells

En mi ciudad han hecho un Metro muy bonito. Tiene las paredes de colores brillantes, cada línea de un color distinto. Los colores son pálidos y apagados en las estaciones lejanas, y van oscureciéndose y aumentando el brillo a medida que se acercan al centro.

En la Estación Central los colores de las distintas líneas se van juntando cuando los pasillos se unen en pasillos más amplios que confluyen en La Cúpula, que así se llama la sala principal. La Cúpula es un arco iris que tiene muchos más colores que el de verdad. Y cada año se le une alguno nuevo, porque nuestro Ayuntamiento no deja de perforar la ciudad construyendo
nuevas líneas.

Yo soy un viajero más de este Metro tan fantástico. Todas las mañanas entro en una estación azul pálida y me bajo en una de color rojo coágulo. Vivo a las afueras, en una zona de edificios aislados por grandes descampados, y mi trabajo está en la Plaza de Armas. Más céntrico, brillante e intenso es imposible. Luego, casi todos los días, tengo que visitar clientes y, entonces, es cuando de verdad disfruto del Metro. Unas veces voy del rojo coágulo al verde aceituna, otras termino en amarillo canario – por cierto, en el bar de esa estación dan un pincho de tortilla paisana que no se lo salta un torero -, la verdad es que disfruto mucho viajando en Metro.

Aunque en otras ciudades los Metros tienen pantallas en las que se dan noticias o anuncios, en el nuestro son más grandes y holográficas. Las hay por todos los rincones, dentro de los vagones, en los andenes, pasillos y distribuidores. En La Cúpula hay más de cien pantallas, todas proyectando la misma imagen.

La colocación de las pantallas hace que la cúpula parezca el interior del ojo de una avispa. En las salas, que se abren en los cruces de pasillos, hay bares, restaurantes, salas de juegos, kioscos y un sin fin de comercios que hace innecesario salir a la superficie para comprar algo.

Desde los pasillos se puede acceder a los edificios principales. Es una suerte porque, desde hace un par de años, ya no tengo que salir a la calle para llegar a mi trabajo. Salgo de mi dormitorio y por un pasillo muy largo, llego a mi despacho. Así si llueve o hace calor, no me importa. Dicen que las calles son peligrosas. Hay muchos accidentes, robos y algún que otro asesinato. Aquí abajo, estamos vigilados, para lo bueno y para lo malo. Si alguien hace algo incorrecto, enseguida, alguno de seguridad se le echa encima. Nada, que esto del Metro es cómodo, entretenido y seguro. Además, todos los pasillos tienen cintas deslizantes, así no hace falta andar y puedes distraerte con las noticias o, si es imprescindible, mirando las caras de la gente que se cruza.

***

Han anunciado un nuevo servicio del Metro ¡Es fantástico! Los que dirigen el transporte son sabios de verdad, conocen nuestra psicología al dedillo. Así siempre ofrecen nuevos avances que parecen sacados de los deseos más profundos de los viajeros. Hace años descubrieron que la gente se aburría en el Metro, de inmediato pusieron pantallas holográficas para distraer al público, después se dieron cuenta de que los pasillos producían miedo, un miedo atávico, que hacía que los viajeros que se enfrentaban a un pasillo vacío, sintieran que eran perseguidos y aceleraran sus pasos. Entonces decidieron pintar las paredes de vivos colores, poner más pantallas y muchas cámaras de
seguridad.

Siempre se adelantan a nuestros deseos pero, esta vez, se han superado. Hay algo que me molesta mientras viajo en los vagones aerodinámicos o me deslizo por los pasillos, antes no me hubiera atrevido a decírselo a nadie, ahora, después de este nuevo invento, no me da ningún apuro confesarlo. Al fin y al cabo, es algo que pensábamos todos, por eso lo han inventado.

El caso es que me molesta la gente, sus caras somnolientas, su cercanía, su tristeza o su idiota sonrisa. Y, parece ser, que yo les molesto a todos. Pues bien, los del Metro han inventado una “cúpula de privacidad”. Se puede conseguir pagando un abono mensual o anual. Es un llavero que tiene un botoncito azul. Cuando lo aprietas dejas de ver a la gente y ellos no te ven. Sabes que están ahí y dónde están, pero no ves a nadie. Es una campana de no sé qué ondas que anula las imágenes humanas. Lo explicaron las pantallas, y me pareció muy complicado entenderlo. Da igual, funciona de maravilla, además tampoco entiendo cómo funciona la televisión y la veo.

Los últimos días han sido magníficos. He ido a trabajar completamente solo en el Metro. Esa es la maravillosa sensación que produce la cúpula de privacidad. Me gusta tanto la experiencia que estoy deseando acabar el trabajo para volver a los vagones y a los pasillos vacíos. Como todo lo nuevo, al principio cuesta un poco utilizarla adecuadamente. Por ejemplo, si quieres tomar un café en los bares de los distribuidores, o ir al servicio, es mejor desconectarla para ver tu propio cuerpo, si no es fácil volcar la taza o mear fuera del váter. Por cierto, no todo el mundo usa la cúpula, los camareros y el personal del Metro son visibles, no tienen cúpula y, además, tienen un sistema para
que no se anule su imagen y poder ver la de los pasajeros. Hay otra gente que no sabe estar sola y tampoco la usa. En todo caso, tiene su atractivo esta variedad de opiniones, porque cuando desconectas la cúpula, en el vagón puedes encontrar sólo uno o dos “visibles” – así llaman a los desconectados –, a veces alguno más, pero nunca es la sensación agobiante de antes.

Decía que si querías tomar un café era mejor desconectarse, al principio no me pareció importante, aunque después de los primeros días, me resulta bastante incómodo y desagradable. Por que cuando “apareces”, la cafetería está llena de gente. Claro, todos quieren tomar café antes de subir a la oficina, y todos se desconectan para poder mojar el croissant. Después de un viaje solitario, en el que te crees el dueño del Metro, esta irrupción tan brusca de personas que no conoces, me pone muy agresivo.

Ayer, por primera vez en mi vida, me peleé con un tío que no quería compartir su mesa. Me quedé seriamente preocupado, por poco no levanto las sospechas de los de seguridad y me sacan en volandas del Metro. Esta mañana he visto otro conato de pelea. Afortunadamente no iba conmigo, una señora bastante mayor y bien vestida, y un ejecutivo con corbata rosa, casi se pegan por que el señor opinaba que la señora se había colado. Creo que los sabios del Metro van a tener que encontrar una solución a este problema. Me imagino que en unas semanas aprenderemos a beber el café conectados a la cúpula, así no tendremos que sufrir la presencia de tanto personal incómodo.

***

Hace muchos meses que no escribo esta crónica, y como no pongo las fechas, es difícil para el que lo lea darse cuenta si no lo advierto. Más que meses, parecen años, porque en este tiempo la vida ha cambiado una barbaridad. Y a mejor. Se acordarán de los casos de agresividad que les conté. Pues bien, nuestros bien preparados dirigentes han encontrado la solución: ofrecernos mayores espacios de soledad, sería más correcto llamarlos de intimidad.

Los casos de agresividad fueron en aumento. Parece que el shock de pasar de la soledad a la compañía facilita esos episodios. La solución ha sido de una simplicidad extrema. El Ayuntamiento
y el Metro se han puesto de acuerdo y han extendido el uso de la cúpula a supermercados, espectáculos y, por supuesto, a todos los edificios oficiales. De esta manera, los que son más susceptibles a los ataques de ira, pueden pasarse el tiempo solos, comprar solos, ver una película o un partido de baloncesto completamente solos. Yo lo he experimentado y es una sensación poderosa.

Hace dos semanas fui a ver un partido. Salí de casa y conecté la cúpula nada más entrar en el Metro. Volví a sentirme dueño de andenes y vagones, estaba emocionado de verdad por que sabía que esa tarde iba a ser inolvidable, lo presentía. Aún con la experiencia adquirida en los túneles, no me podía imaginar la sensación de un estadio vacío con los jugadores saltando y lanzando sólo para mí. Cuando entré, la bóveda del Estadio Olímpico rugía con los lemas que vociferaba la gente. Me quedé inmóvil unos segundos, las gradas estaban completamente vacías. Únicamente el personal de pista, los jugadores y entrenadores eran visibles. Estaban calentando unos, recibiendo instrucciones de su entrenador otros y los árbitros se contaban chistes. Todos ellos tenían el dispositivo anti-cúpula y podían ver al ruidoso público, pero la mayoría de los asistentes sólo les podía ver a ellos. Por unos minutos desconecté mi cúpula. Tenía interés por saber si había muchos “visibles”. Curiosamente, el estadio parecía más desolado que cuando lo veía vacío, porque apenas doscientos “visibles” se distribuían en pequeños grupos por las gradas. Daba la impresión de que el partido no tenía interés o de que se trataba de un deporte nuevo y de poco público. Me conecté de nuevo y me sentí mejor. El partido fue muy bueno, y lo mejor fue la sensación de estar en el salón de mi casa, viendo una inmensa televisión tridimensional. Así de íntimo me sentía. Procuro no abusar de estas sensaciones, porque después, en el trabajo, me cuesta relacionarme con los clientes o con los compañeros. Es bastante fastidioso aguantar la presencia de otros, pudiendo estar solo. Yo no soy el único que piensa así, en una conversación con mi secretaria, ella me comentó que le  pasaba lo mismo. Se mostró un poco preocupada. A mí me parece que exagera. Como todo, es cuestión de controlarse y no abusar de la cúpula, igual que no hay que fumar ni beber ni comer en exceso. Así de sencillo.

Yo sigo experimentando. La siguiente sensación fuerte ha sido ir, esta mañana, a un supermercado envuelto en mi inseparable cúpula de privacidad. Fue algo parecido al partido, aunque no he conseguido la misma sensación de soledad. La cúpula tiene un alcance limitado, unos centímetros sobre la piel. Puede ocultar el cuerpo y la ropa, incluso pequeñas cosas que están en nuestra
mano, pero los carritos de la compra están fuera de su alcance.

En los pasillos del supermercado no había nadie, mi cúpula funcionaba a la perfección, no obstante varias docenas de carritos se movían sin propietario a través de los lineales. Lo entretenido allí, ha sido ver como salían los productos de las estanterías, desaparecían en el aire y volvían a aparecer cuando caían suavemente en el carro. Sin embargo, no me ha gustado tanto la experiencia. Tiene cierta comodidad, ya que no te cruzas con nadie conocido o desconocido, aunque el ir y venir de los carros atenta contra las leyes de la privacidad.

Al llegar a la caja, he tenido que esperar unos minutos. Delante tenía un carro lleno hasta los topes. Se ha vaciado sobre la cinta transportadora y, después de pasar cada caja de leche o bolsa de fruta por el lector, los paquetes han vuelto al carro flotando en el espacio. Por fin me tocó el turno. La cajera era muy parecida a todas las otras cajeras que había visto. Llevaba una melena corta, peinada y abrillantada hasta la última hebra de pelo; un vestido de azafata de color verde y un pañuelo rojo que le salía del escote como un buche de un ave tropical. Tenía la piel morena, los labios gruesos y una mirada profunda que dejo dentro de mis ojos.

– No le aburre no ver a nadie – me ha saludado, rompiendo la oficialidad del buenosdíastienetarjetadeclienteverde con que siempre saludaban las cajeras y ofreciéndome una sonrisa impropia del trato comercial que realizábamos.

– No, para nada, estoy encantado con mi cúpula – le he respondido un tanto molesto.

– Pues a mí me parece una costumbre muy triste.

Me he quedado callado, con la esperanza de que la chica dejase el tema y terminase rápido de marcar los precios.

– Son sesenta y ocho con veinte ¿paga con tarjeta?

– Sí, tenga.

Sus dedos han rozado los míos al recoger el documento, nuestras miradas se han cruzado y, por un momento, he creído que conocía aquellos ojos de algo. Me ha dado las gracias y he recogido las tres bolsas con la compra. Cuando me alejaba se ha despedido con una sonrisa cómplice.

– Usted no necesita esconderse, tiene muy buen aspecto – ha dicho.

– ¡Ummh! – he mugido sin volverme, sintiendo que la sangre me subía a las mejillas.

La inspectora que controlaba a las cajeras ha observado la escena, ha hecho un gesto de interrogación a la chica y, después, se ha acercado a ella deslizándose en su monopatín. Yo he seguido mi camino seguro de que la deslenguada cajera iba a recibir una amonestación muy justa de su vigilante supervisora.

Todo funciona como un reloj para respetar la privacidad de la gente. Lo que ha hecho la cajera es de muy mala educación. Nadie tiene derecho a hacer dudar a otro de sus convicciones.

***

Vuelvo a escribir sobre la chica del supermercado. Parece mentira que una palabra pueda hacer tanto daño o traer tanto desasosiego. Desde que me habló, algo se ha removido en mi interior. No recuerdo bien cómo volví a casa con la compra. Por supuesto, volví andando por los pasillos hasta la salida de mi edificio, pero no lo recuerdo. Muy extraño, porque siempre recuerdo cada detalle de mis paseos y, desde que sacaron la cúpula, mucho más. En cambio sé perfectamente lo que sentía.

Al principio iba bastante enfadado ¡Qué derecho tenía esa cría a decirme impertinencias! – gruñía. Aunque no lograba cabrearme lo suficiente para pensar en presentar una queja a la Dirección del supermercado. Quizá la sensación, tan familiar, de su mirada hacía que la disculpase. Cuando llegué a mi apartamento iba pensando dónde había visto esos ojos. Ya no estaba enfadado, sólo tenía curiosidad.

He soñado mucho esta noche. Caminaba desde los pasillos hasta mi edificio, atravesando el descampado, donde aparcan varias furgonetas viejas. Hasta hace dos años, ese era mi camino de vuelta, después prolongaron los pasillos hasta los edificios del barrio, y me libré de esa desagradable experiencia. En las furgonetas vivían varios vagabundos. En mi sueño, volví a sentir el desasosiego de siempre al cruzarme con ellos. Me desperté justo cuando la chica del supermercado salía de una de las furgonetas, perfectamente vestida con su uniforme verde.

***

Esta mañana me levanté tarde. Los sábados no hay oficina. Tenía mal cuerpo y me encontraba inquieto. Me entraron ganas de salir, a mí, el que desea la soledad y tanto aplaude el desarrollo de los servicios del metro -y no digamos la cúpula -, me han entrado ganas de salir a la calle. Decidí desayunar fuera. Me vestí y me puse el cinturón. No colgué el llavero de la cúpula en la hebilla, lo acaricié con mano temblorosa y lo dejé sobre la mesilla de noche. Saldré sin él – me dije; por primera vez en muchos meses he salido de mi casa sin su protección. Bajé las escaleras dispuesto a enfrentarme con la presencia de otros.

Contaba que al ser sábado y de mañana, no encontraría a demasiada gente. No había nadie en las escaleras. Todo el mundo debía estar remoloneando en sus casas. Me detuve unos segundos antes de cruzar la puerta acristalada del edificio, tome aire y me lancé al mundo exterior.

El día era azul y blanco. El cielo me pareció inestable. Acostumbrado a la fijeza de los colores del metro, el movimiento de las nubes cambiaba continuamente la distribución de la luz y el color. Si alguna nube ocultaba el sol, entonces cambiaba completamente el escenario de la ciudad, incluso el estado de ánimo de los viandantes. No era una sensación desconocida, pero sí olvidada por mí. Hacía mucho que había decidido vivir protegido en las trincheras del metro donde todo estaba medido y controlado. Sentí vértigo. Me pareció que mis ojos iban a soltarse de mi cuerpo y precipitarse sobre una nube.

Para llegar a la cafetería tenía que cruzar el descampado de mi sueño. No me apetecía mucho – no quería encontrarme con la cajera saliendo de una de las furgonetas -. La opción de dar un rodeo suponía diez minutos más de exposición a las arenas movedizas del cielo. Dudé un instante y me dirigí en diagonal a través del campo, sorteando algunos charcos e inmundicias de perro o de hombre.

Se abrió la puerta trasera de uno de los vehículos y salió una mujer muy desaliñada, claramente acababa de levantarse. Tenía una taza de café en la mano. Me miró somnolienta. Bajé la mirada y caminé ligero como si siguiese una línea imaginaria pintada el suelo.

– ¡Eh, tú! – gritó.

Seguí mi camino haciéndome el ausente, pero fue inútil. Ella insistió.

– ¡Oye, que no muerdo! – y masculló alguna palabra gruesa – Ven acá, ¿tendrías un cigarrito?

– No…no fumo – respondí desde cierta distancia.

– Pues vaya, así no vas a hacer amigos.

La mujer se volvió y entró en su casa rodante. Me pareció sucio, increíble y promiscuo. Vaya tipa, además fumaba. Seguro que su boca estaba pastosa. Seguí andando. No estaba demasiado indignado, de hecho me hacía gracia la soltura de la mujer. Unos días antes me hubiera parecido suficiente motivo para dirigirme a los de seguridad vial, pero esta mañana mis convicciones no lo
eran tanto. Me siento como si hubiera vuelto a la adolescencia – pensé. Igual de irresponsable – volví a pensar. Me sorprende que haya personas como ella, o como la cajera, que necesitan hablar
continuamente con la gente, sin motivo real, sólo para meterse en sus vidas. Yo pienso que la conversación es una herramienta de trabajo. Sirve para hablar con los clientes, mantener unas relaciones laborables aceptables y comprar en el supermercado, pero nunca debe servir para inmiscuirse en lo privado de cada uno. Sin embargo, esta claro que hay bastante gente que no piensa como yo. Más de la que yo creía. En pocos días he conocido a dos, y eso me parece una multitud.

La cafetería ha cambiado mucho desde la última vez que estuve allí. Antes era más ordenada. No es que esté sucia, aunque su aspecto es totalmente asimétrico. Hay muchas plantas, cuadros con fotos antiguas cubriendo las paredes, percheros llenos de abrigos, mesas de madera, unas cuadradas y otras redondas, nada es lineal. Antes parecía un plan de urbanismo, con sus mesas perfectamente alineadas formando calles rectilíneas, ahora parece una ciudad medieval. La gente también es distinta.

Parecen sacados de un libro de historia. Había un señor mayor con boina, solo en una mesa, que miraba a todo el mundo y hablaba en alto con el camarero de la barra. No le miraba, si no que sus ojos buscaban en los de los otros clientes la aprobación a sus palabras.

– Joven ¿A qué es verdad lo que digo?

Yo había cometido el error de mirarle y quedé atrapado en su mirada. No podía hacerme el loco ignorando sus palabras, porque indudablemente me hablaba a mí.

– Pues, debe ser así, usted parece tener experiencia en el tema.

– A ver, voy para los ochenta, ¡no voy a tenerla! Lo que yo le diga, aquella alineación sí que jugaba al fútbol. Eran otros tiempos. Ganaban menos y sudaban más.

No tengo idea de fútbol, aunque he visto muchos partidos, no soy un hooligan y apenas recuerdo los nombres de unos pocos jugadores. Es un tema peligroso porque enseguida la gente se anima a conversar.

– Mucho fútbol no veo – respondí.

– Pues si quiere hablamos de toros o de ciclismo.

– ¿Todavía hay toros?

– ¡¿No va a haberlos?¡ En el sur se sigue toreando. Ya no es como antes, nada es como antes. Hoy no matan al toro en la plaza, lo llevan al matadero después de la corrida y allí lo ejecutan. Ya no hay sensibilidad. El pobre toro moriría de forma más honrosa en la plaza, como bravo que es.

Estaba claro que con los deportes o las fiestas tradicionales, el hombre de la boina estaba dispuesto a no dejarme disfrutar en silencio de mi desayuno.

– ¿Qué hay, Martín? – saludó una joven que acababa de entrar – ¿me dejas un sitito?

– ¡Siéntate, bonita! Para ti siempre hay sitio en mi corazón.

– ¡Ja! Debiste ser muy peligroso de joven.

– No creas Adela, alguna se resistía.

Ella se rió fuerte mientras saludaba con la mano al camarero. ¿Lo de siempre? Pareció responderle. Yo la conozco de vista, es una chica bastante extraña que vive en la torre frente a la mía. Antes de que los pasillos extendiesen sus tentáculos hasta los edificios, tenía que andar por la calle hasta refugiarme en el metro. En alguno de esos paseos la vi, sentada en la terraza del Copacabana, siempre acompañada por alguien. Me llamó la atención su peinado. La mitad de la cabeza afeitada, y la otra mitad cubierta con rastas cortas, adornadas con cintas de colores. Era como para olvidarlo.

– ¡Vaya! Por fin se atrevió a volver entre la gente – dijo Adela, dirigiéndome una mirada profunda que dejó dentro de mis ojos.

– ¡Anda! Le tratas de vuecencia ¿Te has apuntado a un curso de buenas maneras? – ironizó Martín.

– Con los clientes hay que tener mucho respeto – dijo Adela

Creo que mi cara debía reflejar mi desconcierto. No entendía a qué se refería con lo de los clientes.

– No te quedes así de pasmado – por lo visto ya no me veía como a un cliente -. Soy yo, la cajera del Super Verde – dijo, aclarando todas mis dudas – “donde todo es verde natural y activamente ecológico” – añadió, ahuecando la voz.

– Pareces un altavoz de tu tienda – dijo Martín.

No podía ser la cajera, – ella no es así, tiene otro pelo, liso, bien peinado, nadie puede cambiarse tanto- pensé. Podía ser su hermana o una amiga, sin embargo su mirada y el paréntesis abierto en la comisura de sus labios, cuando sonreía, sólo podían ser suyos.

– ¿Y, el pelo? – dije.

– ¡Ah! La magia de las pelucas y las extensiones. – contestó Adela.

Efectivamente, nadie puede cambiarse tanto, excepto una mujer. Desayunamos durante dos horas. Ha sido un día muy largo, pero ya tendré tiempo para hablar de ello. Ahora quiero volver a recordar cada minuto para no olvidar nada.

***

Hoy he trabajado como una máquina. A veces es buena esa sensación, te olvidas de ti mismo y produces, produces hasta que estás tan cansado que te vas a dormir, y ya está. Salvado otro día. No debería hablar así. Desde que conocí a Adela, la vida ha ido adquiriendo sentido. No me debería alegrar por pasar “dormido” otro día. Cuando ella siente el desaliento, me llama o me escribe un correo. Dice que para eso estamos en el Mundo, para hablar con los que queremos de las penas y de las alegrías. “Bastante difícil es conocerte por dentro como para no pedir ayuda a los que te rodean” me dice cuando yo rehuyo a abrir mi corazón. Sin embargo, me cuesta mucho. Antes me sentía protegido, mi mundo era mío y no tenía que dar explicaciones a nadie. No veía a gente ni más alta ni más guapa ni más rica que yo. Nadie despertaba en mí deseos, miedos ni envidias. Ahora, es como estar desnudo en una orgía, paseando tus partes sensibles delante de todos los que conoces, Adela, Martín… Si estás triste, te preguntan qué te pasa, ¿un mal día?; si te invade la alegría, lo mismo, estás que te sales, se nota que te van bien las cosas.

Enseguida clasifican tu estado de ánimo. Me sigue pareciendo impúdico. Utilizo la cúpula siempre que no estoy con Adela. Si se entera se lo toma como si le pusiera los cuernos. No comprende que
necesite esa aberración, así es como ella llama a la cúpula. ¿Para qué quieres desaparecer? ¿Acaso ocultas un alma oscura y retorcida?- dice. Yo me sigo preguntando qué se puede sacar de los demás, la mayor parte de las veces hablan como papagayos de temas aburridísimos o que están de moda en las noticias. Y lo poco que dicen interesante, suele producir desasosiego. Para mí, ese sentimiento es el peor que se puede tener. Es sutil, cuando te das cuenta de que lo tienes, hace rato que ha empezado y ya es tarde. Se agarra al diafragma y produce un vacío debajo del esternón que no desaparece en varias horas. Por eso uso la cúpula, pero ella no me entiende. Insiste en que si todos me producen desasosiego, ella también me lo produce. No entiendo por qué estás conmigo – sentencia, cuando sale el tema.

Ella no me produce angustia o, por lo menos, casi nunca. Es demasiado tierna para hacerlo. Y, sin embargo, de su boca han salido las frases que más me han impactado en los últimos tiempos. Son frases sencillas y contundentes. Pequeños terremotos que van tirando las estanterías, las lámparas y las paredes del mundo que me había construido. Tiene la habilidad de decir “lo más hermoso de mi vida es tu compañía, pero si te perdiera, me seguiría pareciendo hermoso cada minuto” sin desazonarme. Luego, al quedarme solo, sus frases vuelven como réplicas para asegurarse de que nada ha quedado en pie.

El día del desayuno estuvo especialmente imaginativa. Al salir del Copacabana, Martín se despidió. Quería recoger a su nieto y llevarle al zoo. Adela y yo nos quedamos en la puerta en silencio. Ella movía una de sus piernas, imitando un paso de baile. Yo buscaba algo indeterminado en mis bolsillos.

– ¿Te apetece ir al parque? Los sábados hay mucha gente y dan espectáculos bastante divertidos. Hace solecito y se estará bien – dijo Adela.

– Yo tenía…

– Tú no tenías nada, lo que tienes es que divertirte un poco, como los seres humanos. Me pidió que no usase la cúpula en el Metro. Ella nunca la llevaba. Con cara seria le dije, que sería una descortesía por mi parte hacerlo.

– De todas formas, hoy no la he traído – añadí sin darle trascendencia.

– ¡Oh! Un impresionante acto de valor – se burló Adela.

– Aunque no lo creas, uso la cúpula de vez en cuando, no vivo dentro de ella – mentí. Probablemente fue fruto de las hormonas. Adela había empezado a atraerme sin que me diera cuenta, y eso hacía que me inventara historias y traicionara mis convicciones, en un intento por ocultar lo que menos pudiera agradarle de mí, y ofrecerle una imagen atractiva e intrigante. Di un auténtico recital de inmadurez pre-erótica. Ella se reía continuamente dándose cuenta de mi inseguridad.

En una esquina del parque estaban los oradores amateurs, subidos a sus estrados portátiles pregonaban la justicia social, la igualdad de los hombres o el cuidado de los animales. Uno de ellos, el que tenía la escalera más alta y una inmensa bandera amarilla y verde, proclamaba la inconstitucionalidad de la cúpula de privacidad. Vestía una capa negra y lucía una barba
espesa y canosa.

– ¡Hasta su nombre lo dice! – gritaba alzando los brazos- ¡Hasta su nombre! Os encierran en una cúpula de aislamiento. Porque la privacidad llevada a esos extremos no es más que aislamiento. Y ¿sabéis por qué os quieren aislar? Para que no veáis nada. Para que no deseéis nada. Os han traído el limbo en vida y lo compráis creyendo que es un avance más de la sociedad tecnológica ¡Despertad! Haced como yo, cuando os sintáis desprotegidos, envolveos en una capa de lana, de materia visible. Y cuando os sintáis fuertes, abridla como si fueran dos alas. Es bueno que los que os rodean sepan que teméis o que estáis exuberantes.

Adela le escuchaba ensimismada. El barbudo con capa seguía renegando de los descubrimientos científicos que llevaban al aislamiento. Murmuré al oído de Adela que no todos los inventos eran perjudiciales. Por éste, tendríamos que prescindir hasta de nevera – aseguré.

– No está diciendo que toda la ciencia sea mala, sólo la que produce el aislamiento de las personas – contestó Adela.

En su frente se formó una arruga que antes no había visto.

– Todo tiene su lado bueno y su lado malo – dije.

Adela tomó mi mano y me sacó del círculo que escuchaba al barbudo. Parecía molesta con mis palabras. No entendía el motivo, todo el mundo sabe eso: todos los avances de la vida tienen su cara bonita y su cara fea. Se sentó en un banco. Esperó a que yo hiciera lo mismo.

– No sé por qué defiendes el derecho a la privacidad, la cúpula y cualquier horror científico que nos intentan endilgar. Tú no tienes ojos de invisible, te pones la cúpula de puro miedo a mostrarte a los demás. Creo que no te gusta nada lo que haces, pero te tranquiliza de alguna manera hacerlo.

Estaba preciosa, el enfado había coloreado sus mejillas y humedecido sus ojos. Creo que fue otra locura a cuenta de las hormonas, el caso es que, pasé mi brazo por sus hombros y la intenté besar. Me dio un empujón y se levantó de un salto.

– ¿Es que todos los tíos sois iguales? Tenéis el cerebro en el glande. Te estoy diciendo algo serio y tú aprovechas para …

– Para hacer algo serio también.

Fue lo mejor que hice en todo el día, esa salida romántica impresionó a Adela que se puso un poco más colorada. Pero el enfado se había volatilizado.

***

La primera vez que hicimos el amor fue dos semanas después de conocernos. No era mi primera vez aunque fue casi como si lo fuera. Tuve una larga relación, hace tiempo que ella me dejó. Estaba cansada de mí. Desde entonces me alejé de cualquier historia amorosa. Pasé unos años bastante deprimentes, hasta que fui adaptando mi vida a la rutina del transporte y del trabajo. La aparición de la cúpula supuso un refugio definitivo. Se terminaba el riesgo de encontrar a alguien que pudiera interesarme. Si te rompen el corazón – pensaba -, ya está roto para siempre. Es de verdadero idiota arriesgarse a que te lo vuelvan a romper. Aunque es imposible, porque se rompe sólo una vez. Todo eso me decía y, mira tú por donde, aquella tarde después de comer juntos en una cantina, terminamos comiéndonos, el uno al otro, sobre su cama. No fue como la primera vez, con Adela fue un acto de emoción y valor como nunca había experimentado. Era consciente de que volvía a asumir el riesgo de que me hirieran.

– ¡Que bonito es hacer el amor! – dijo Adela, encogiendo su cuerpo en posición fetal.

– Mucho.

– ¿Sólo eso?

Se arrodilló a mi lado y mientras revolvía mi pelo con su mano, como si fuera trigo batido por el viento, comenzó a explicarme su teoría sexual.

– Hacer el amor es casi un acto religioso, mejor dicho, místico. Tú tomas mi cuerpo y yo el tuyo. Yo siento poder cuando te excito y me siento desprotegida cuando me acaricias y me vuelves loca.

– Conque te vuelvo loca – dije pasando un dedo por sus labios.

– ¡Estate quieto y escucha! Te hablo en serio, para mí es importante que me entiendas. No me acuesto con cualquiera, cuando lo hago es porque me interesa lo que tiene dentro, bueno, también me fijo en su cuerpo, sobre todo en sus manos. Tú las tienes bonitas y muy sensibles. Y en sus ojos.

Volvimos a amarnos, con más pasión que la primera vez,lentamente sabiendo que ese momento valía por todas las palabras que pudiéramos decirnos. Después nos quedamos dormidos y soñamos que volvíamos a amarnos. Desperté antes que ella, me quedé tendido a su lado, sintiendo el roce de su piel cada vez que respiraba. A través de las ventanas abuhardilladas
se veía un cielo rojizo.

– ¿En qué piensas? – dijo Adela.

– Creí que dormías.

– ¿Dime…qué piensas?

– Nada.

– ¿Estás triste?

– No, es un poco de miedo.

– ¿Por qué?

– De perderte, de volver a sufrir.

– ¡Ah! – suspiró.

Salí de su casa hacia las diez. Al despedirme, Adela se puso seria.

– Si algún día te dejo, no volverás a usar la cúpula, prométemelo.

No pude contestarla. Me quedé pensativo, forcé una sonrisa y la besé. Mientras bajaba por la escalera, me invadió la sensación de haber cometido un error. Volvería a sufrir por no haberme mantenido firme en mi soledad. Aunque ahora ya era tarde para volverse atrás, Adela existía y yo la deseaba.

***

Ayer me encontré con Martín. Íbamos en el mismo vagón del Metro. Al principio no le vi porque llevaba activada la cúpula. No sé por qué razón, sentí la obligación de hacerme visible. Quizá pienso que estoy engañando a Adela cada vez que activo la cúpula, y los remordimientos hacen que la desconecte de tanto en tanto. Aparecí en el vagón justo enfrente de Martín.

– ¡Hombre! Tú aquí ¡Vaya forma de presentarse! No sé cómo usas esa monstruosidad.

– Hablas como Adela, por cierto no le digas que llevaba la cúpula. Le molesta.

– ¿A quién? ¿A ti o a ella?

Nos bajamos en la misma estación. Martín me invitó a tomar una cerveza y unos boquerones en una tasca desvencijada. Se llamaba El Órdago y todos los clientes eran jubilados como Martín.

– Decías que a Adela le molesta que uses la monstruosidad.

– Sí, dice que de esa manera elijo una realidad que no es la suya y que no puede compartir. Además odia la realidad de la cúpula, dice que es ficticia y que si yo deseo vivir en ella, estoy del lado de los que ella más desprecia.

– Adela es muy inteligente, suele dar en la diana ¿O no?

– Tiene algo de razón, pero exagera. Todos queremos conservar zonas de intimidad, hasta cuando amamos.

– Mira, nada es del todo blanco o del todo negro. Pues claro que tenemos nuestros bosques secretos en el mundo interior. Otra cosa es vivir todo el día en el bosque y salir de noche a cazar jovencitas.

– Martín, no me jodas. Yo no voy con esas intenciones.

– Y ¿Con qué intenciones vas?

– Yo…creo que me estoy enamorando de ella.

– Y te da pánico.

– Sí.

Me puse trascendente, le conté que desde muy pequeño había sentido la tristeza, después al madurar me di cuenta de que no era tristeza, era desasosiego. Tenía y tengo siempre la sensación de que no estoy haciendo lo que debo. Vivía y vivo en el futuro, evaluando todos los riesgos y dolores que me traerá.

– Estoy convencido de que una parte importante de los seres humanos no tienen endorfinas en la sangre –dije.

– ¿Qué es eso de las endorfinas?

– Son drogas que generamos en nuestro cerebro para tener la sensación de felicidad ¡Hasta la felicidad es una molécula!

– Ya.

– Sabes lo que dice Adela, cuando le hablo de esto. Que las pirámides de Egipto están hechas de piedras y el resultado es una tumba faraónica. Y que no le extraña que la felicidad esté hecha de moléculas. Lo importante es que nosotros podemos colocar esas moléculas en su sitio ¡Como si fuera fácil!

– Ya te digo, esa chica es un pozo de sabiduría.

– ¿Tú estás de acuerdo con ella?

– Natural.

Martín pidió dos cervezas más. Es un viejo fibroso, delgado, con una sonrisa de oreja a oreja que enseña unos fuertes y blancos dientes y unas grandes encías. Está viudo desde hace más de 30 años y vive para sus nietos y cada vez más escasos amigos. Se junta con ellos en esta tasca, El Órdago, para jugar al mus. No es un hombre culto, sin embargo ha aprendido mucho de su azarosa vida. Si hubiese tenido medios podría haber sido cualquier cosa, porque empezando desde cero, logró crear un imperio en el mercado del vidrio reciclado. Empezó muy joven, con seis años, a recoger botellas de leche con el carro de su padre. Las llevaban a las fábricas para ser reutilizadas. Era un fantástico negociante y conocía la calidad de la gente casi con verles andar. Más de una vez me dieron gato por liebre y de tantos hachazos, terminas por aprender- dice.

– Yo no entiendo de casi nada – comenzó Martín -, he pasado mi vida entre camioneros y gente deambulante. Los libros no han sido mi fuerte. Pero no creas que me siento tonto. He conocido muchos gilipollas con doctorados en nisesabedonde y muchos sabios conduciendo un trailer. Eso da que pensar.

– No todo está en los libros – murmuré poco convencido.

– A lo mejor está todo, aunque los escritores copian de la vida. Lo que yo digo, también se puede leer de la vida. Mira, si tienes que vivir de las botellas sucias, tienes que comprar barato y vender bien. Para eso, la única manera es conocer al contrario. Si te pide cien, no lo aceptes, el precio justo lo lleva marcado en sus ojos y hay que saber leerlo. Cuando yo empecé, me parecía un juego. Los niños aprenden hasta ruso, así que a los diez años yo era un águila en los negocios. Compraba mejor que mi padre y él, que se daba cuenta, me dejaba negociar. Al hacerme viejo, comprendí que no era sólo un juego, si no que era una forma de conocer el alma de la gente.

– ¿Crees en el alma?

– ¡Claro! ¿Tú no?

– Bueno, ya me gustaría, pero me cuesta creer en el cielo y el infierno.

– Nadie sabe lo que es eso, – dijo Martín – yo creo que el infierno es volver aquí para repetir nuestra vida hasta que aprendamos de los errores.

– ¿Crees en la reencarnación?

– Y en el ángel de la guarda, y en que nada de lo que nos ocurre es gratuito, y en que nosotros podemos hacer cambiar nuestra vida.

– Has salido todo un budista.

– Puede, una vez conocí a uno. En Japón.

– ¿Has ido allí? Debe ser muy bonito.

– ¡Ah, sus mujeres! Son como muñecas.

La vida de Martín estaba llena de sorpresas. Cuando murió su mujer, se enfadó con Dios. Antes iba a la iglesia de vez en cuando, pero la muerte de María le pareció una mala jugada. Decidió seguir creyendo aunque enfadado con el Divino Hacedor. Otra decisión que tomó fue la de cerrar su corazón al amor. No estaba dispuesto a sufrir otra pérdida o un abandono. Su ternura se volcó en sus hijos y después en sus nietos. Trabajó aún más si cabe y revolucionó su próspero negocio, convirtiéndolo en una empresa internacional. En esa época fue a Japón. Tenía un gran cliente allí que quería comprar cientos de toneladas de su producto. Para cerrar el negocio viajó a Nagoya tres o cuatro veces. Y allí la conoció.

– Y me enamoré de ella como un jovencito – dijo Martín.

– Es decir que tu firme decisión de no más amor se volatilizó por unos ojos sugerentes. Yo te creí más duro.

– Duro como una piedra de granito, resistente al martillo pero que se resquebraja con el agua y el hielo. Aunque, no sabes cuánto me alegro. Si no llega a ser por Emiko, nunca hubiera comprendido nada importante de esta vida.

– Y, entonces, ¿por qué la dejaste?

– Nunca lo dejamos, lo que pasa es que ella era viuda también y tenía dos hijos. Tuvimos que seguir nuestras vidas donde las habíamos dejado. Todavía seguimos en contacto. Hablo con ella casi todas las semanas.

– La verdad es que tu historia me resulta familiar. Parece ser que todos reaccionamos de forma parecida cuando perdemos a nuestro ser querido.

– Es una especie de gripe, es normal, pero hay que salir de ella. No se puede vivir siempre lamentándose ni castigándose. Si estás mucho tiempo hundido te hundes más. La mala suerte atrae a la mala suerte. Hay que buscar a personas con buena estrella para recuperar la alegría.

Me costaba aceptar sus palabras, pensaba que buscar de nuevo la felicidad era caer en la misma trampa y correr el riesgo del dolor, además era una especie de traición al pasado. Emiko me enseñó mucho. Los orientales son muy diferentes a nosotros, son más prácticos. Me dio tres reglas para la felicidad. La primera es no temer a la muerte, porque ese temor puede impregnar toda tu vida e impedirte ser feliz. La segunda no temer la pérdida de los seres queridos, porque ese temor puede hacer que no quieras querer. Y la tercera es tener desapego a lo material.

– Eso suena a no querer sentir para no sufrir. No me gusta nada.

– No, no, estás tan confundido como yo estaba. Por supuesto nadie quiere sufrir, pero se trata de no temer al sufrimiento para poder tomar lo que la vida te da. Es mucho más sencillo y menos retorcido.

– ¿Por qué retorcido? – le pregunté cada vez más interesado.

– Por que es retorcido de narices castigarse sin la felicidad para no sufrir un posible dolor. Vamos a ver, si tú no siguieses con Adela por miedo a sufrir lo mismo que cuando te dejó tu mujer, serías un estúpido y en la próxima vida te volvería a tocar una mujer que no te querría. Y así, hasta que te dieras cuenta. Macho, la vida es como una partida de mus. Y algunas veces hay que echar el órdago ¿Qué más da el fracaso?

– Eso lo dices porque tú has tenido éxito.

– Para, para. Ser rico no es tener éxito. Ser feliz, sí. Y te doy la razón, yo he tenido éxito. Igual que lo puedes tener tú o cualquiera que sea valiente y vaya a la grande con un trío de pitos.

– Me parece un poco suicida.

– Lo que es suicida es buscar la muerte en vida, querer pasar la vida dormido entre algodones ¿Qué coño les vas a contar a tus nietos si no has vivido?

***

Esta mañana he preferido caminar hasta la boca del metro. Me detuve en una máquina expendedora para comprar tabaco. No fumo y no voy a empezar a hacerlo ahora, pero si vuelve a salir la mujer de la furgoneta, podré darle un cigarrillo. Le estoy tomando gusto a enrollarme con la gente.

El cielo estaba oscuro todavía. En el silencio de las calles una gato en celo mayaba a su gata. Casi se podía entender lo que decía el pobre gato, cómo le prometía y le rogaba compasión a su compañera. Me hubiera gustado localizarles y espiar su amor, pero tenía que estar en la oficina temprano. Entré en el metro y me dirigí a la ventanilla.

– Buenos días, quisiera devolver la cúpula.

– ¡Claro! Quiere cambiarla por el nuevo modelo. Es mucho más versátil, puede programarlo para ver más o menos gente, vestirlas como quiera…¡Las tres R¡ Realmente más Real que la Realidad misma.

– No, no quiero el nuevo modelo. Sólo anular el pago de mi abono. ¡Ah! Y deme un Bono Clásico.

El empleado me miró con desconfianza. Sentí sus ojos clavados en mi nuca mientras pasaba el control. Tomé el primer tren al centro. Adela me llamó al móvil, el holograma de su cara apareció sobre mi muñeca.

– ¡Hola! Buenos días.

– ¡Qué tal estás! Tienes cara de sueño.

– ¡Humm! ¿Dónde estás?

– En el Metro.

– ¿Está muy lleno?

– Tres visibles y algunos fantasmas.

– Saluda a los nuestros ¿Me invitas a comer? Voy a tener mucha hambre.

– Claro, mi amor.

***

En mi ciudad han hecho un Metro muy bonito. Tiene las paredes de colores brillantes, cada línea de un color distinto. Los colores son pálidos y apagados en las estaciones lejanas, y van
oscureciéndose y aumentando el brillo, a medida que se acercan al centro. Y mi ciudad también tiene un cielo imprevisible y unos gatos que no hacen el amor todos los días. Sigo temiendo al dolor, sin embargo, ahora sé que no estoy solo y que nunca lo estaré si tengo bien abiertos mis sentidos. Sé que cuando me siento vacío, puedo llamarla o puedo ir a El Órdago a jugar al mus con Martín y sus colegas. Ya no hay cúpulas, como dice Martín, es retorcido de narices castigarse sin la felicidad.

FIN

Yo no me fui

Este cuento lo escribí hace 14 o 15 años. En el valle de Ardisana conocí a sus protagonistas. José Luis murió al poco tiempo. Andaba por los 75 y yo rondaba los 45. Durante dos periodos estivales me rompió las piernas siguiéndole por el monte, siempre llegaba un poco antes que yo a la cima, un tiempo calculado y conseguido a base de paradas para recuperar el aliento, que no eran más que para no distanciarse demasiado de mí. Dos años en los que no supe que un cáncer de estómago le estaba matando. Su espíritu seguirá subiendo ligero para ver amanecer desde cualquier nube pero yo no lo seguiré. Aún no.

 

YO NO ME FUI

 

Todas las mañanas recontaba sus ovejas. La rectoría, la iglesia, y el cementerio eran todo el paisaje urbano de aquel valle verde o gris, según de donde viniera el viento. Las casas más cercanas quedaban ocultas por la pendiente que descendía desde ese lugar de rezos y adioses.

En una de ellas vivía Florentino. Durante el invierno sólo veía a uno de sus hermanos y a su mujer y, de tanto conocerse, apenas intercambiaban palabras para comunicarse. Cuando alguna familia alquilaba la casa del cura, concebía cualquier estratagema para hablar con ellos. Se acercaba a la casa, doblado por un peso invisible, pero con pasos ágiles. Se detenía frente a la puerta y, si no veía a nadie afuera, remoloneaba unos instantes, por si acaso, antes de dirigirse al prado. La frecuencia de las visitas delataba que las ovejas eran una disculpa para intercambiar unas palabras con los nuevos veraneantes, al principio midiendo el terreno, evaluando quién había venido esta vez. “Como se parezcan a los de hace tres veranos, les mando a paseo” pensaba Florentino, recordando a otra familia; el padre era un auténtico estirado. A los dos días de llegar, le había advertido que si alguna oveja mordía a sus hijos, tendría problemas. Eso sí, el perro del estirado, un diablo negro de los que salen en las películas de nazis, corría sin control asustando a su ganado, que aquel verano, debido a tanto sobresalto, apenas dio leche. “No le va a durar mucho ese chucho” sentenció Florentino durante una cena. Y así fue, dos días después de que se fueran, José María, el cura, le contó que el estirado había llamado preguntando si en la rectoría guardaba matarratas o algún otro veneno, que no sabía qué le pasaba al perro, que estaba paralítico y que lo tendrían que sacrificar. Florentino sonrió; el cura no tenía veneno en la casa, además aquello no era matarratas, él sabía que eran mejor los hongos que crecían bajo los castaños, tras la tapia del cementerio.

Esa mala experiencia no cambió su curiosidad ni su necesidad de conocer a los que venían cada verano. Si no podía encontrarlos a la primera, seguía intentándolo, hasta que finalmente se topaba con algún miembro de la familia. En realidad, no le costaba demasiado, les presentía. Incluso cuando desilusionado, por no hallar a nadie en el jardín, continuaba su camino, podía oler, de espaldas y a distancia, que alguno de ellos estaba a punto de abrir la puerta y salir a saludar la mañana. Entonces, se volvía distraídamente, con una sonrisa de alivio que le traicionaba.

A la familia de Nicolás, el nuevo inquilino, la conoció nada más llegaron al pueblo. Lo primero que hicieron fue parar en casa de Florentino para saludarles. Aquello casi emocionó al granjero. “Vaya, estos son normales, casi como de aquí” se dijo.

Una mañana de martes, Florentino se acercó a la rectoría. Llevaba despierto muchas horas esperando a que se levantaran sus nuevos vecinos. Se encontró a Nicolás fumando y mirando las colinas que cierran el valle.

–    Buenos días, Florentino – le saludó Nicolás.

–    ¿Qué hay? – respondió el granjero – Hoy a la playa, viene seco y no lloverá hasta el jueves.

La climatología es materia de culto en esas tierras, donde de mañana brilla un sol espléndido y por la tarde pueden caer chuzos de punta. La conversación siguió por derroteros medioambientales.

–    ¿Aquí nieva en invierno? – le preguntó el veraneante.

–    No, bueno antes sí, ahora se va en un día. Recuerdo un invierno, al final de la guerra. Entonces si que pasamos frío. Nos refugiábamos en la cueva del Regato por los bombardeos.

Florentino recordó aquellos días que, ahora, le parecían tan lejanos. La guerra le pilló con diez años y su infancia eran recuerdos de grutas llenas de colchones, de bombas lejanas, de historias de soldados caídos, pero también de juegos. En el campo se puede sobrellevar una guerra, los huertos siguen siendo generosos y, si el frente no pasa por sus lindes, la comida no falta. Pero los juguetes eran otra cosa. Las fábricas de juguetes hacían balas o botiquines y, además, no había dinero con que pagarlos. Florentino no sentía que su niñez se hubiera perdido, en realidad creía que había sido mucho más rica que la de sus nietos. Recordaba al Cerillo cuando trajo un cargador de un máuser: fue el rey durante semanas. Y también cuando jugando a explotar las balas con un clavo, el Cerillo perdió tres dedos de una mano.

El verano pasaba perezosamente, como un río ancho y caudaloso cercano a su desembocadura. Florentino tenía especial interés en que Nicolás probase su sidra. Una tarde que volvía de los prados, paró en la rectoría.

–    Nicolás ¿Hace una sidra?, mejor que la de mi casa pocas hay –

Nicolás acepto con gusto. Caminaron juntos a buen paso, Nicolás pensaba que no había tanta urgencia, pero a Florentino le rejuvenecía forzar el paso de hombres más jóvenes que él. Cuando llegaron, no encontraron a nadie en la casa

– Mi mujer habrá bajado a Posadas, a recoger al nieto – dijo Florentino desde la cocina, donde buscaba un sacacorchos.

La casa no era un palacio, pero era única. Se parecía a todas las del valle, como se parecen los hombres entre sí, pero como ellos, aquella casa tenía personalidad propia. Se había construido durante cuarenta años, la puerta de roble se había restaurado hacía dos años y el tilo, que también formaba parte de la casa, como las flores, el granero o el lagar, hacía veinte que lo había encontrado en la parte alta del valle, y lo había trasplantado allí.

–    Antes había mucha gente, cada uno vivía de su tierra, y las familias eran numerosas – decía con nostalgia- después, se fueron yendo.

–    ¿Y adonde fueron? – preguntó el veraneante.

–    Pues a Alemania y a Bélgica, aunque mi hermano se fue a México. Se fueron todos, les ofrecían mucho dinero, bueno, para aquel entonces, – sirvió el primer vaso de sidra y continuó- nos quedamos el cura y cuatro gatos.

Se sentía orgulloso de su sidra, hacía mil botellas cada dos años, que guardaba bajo llave en la casita de piedra que hacía de lagar.

–    A ver cómo está; ayer abrí una y no salió mala- dijo expectante.

A Nicolás, la sidra le pareció excelente y así se lo dijo, sabía que su opinión más que calificar a la bebida, le calificaba a él mismo ante los ojos de su anfitrión. Tuvo suerte, la sidra había salido buena, no demasiado dulce, quizá un poco ácida, pero dentro de los cánones de Florentino.

Pasó las pequeñas pruebas que le ponía el granjero en sus encuentros, cada vez más frecuentes, sin mayores problemas, quizá ilustrado por la suerte, dijo lo que tenía que decir en el momento apropiado. Sólo una vez “bajó los escalones rodando”.

–    ¿Y ese palo? – preguntó aquel día con cierta sorna Florentino.

–    Lo compré en Arenas de Cabrales, el mío se cayó por un barranco del Neverón.

–    ¡Mira que venir a Asturias a comprar palos! ¡Con los que hay en el monte! – y se alejó riendo unos metros, después se detuvo y se volvió para clavar un poco más el dardo – ¿Y cuanto le han pedido?

–    Tres euros – mintió Nicolás

–    ¡Quinientas pesetas! – exageró Florentino el gesto y se fue rezongando.

Cuando Nicolás regresó por la tarde, había una vara de avellano, recta como una columna, recién descortezada, apoyada en la pared, en un lugar visible pero que no molestaba al paso. La cogió y, después de admirarla unos instantes, se dirigió por el prado en busca del granjero. Al final del camino, la pendiente era más suave; allí el bosque de olmos y castaños ocultaba la entrada a un pequeño valle, donde se recogían las ovejas por la noche. Florentino estaba segando la hierba, “hay que quitarla cuando amarillea, para que crezca yerba nueva” decía.  Nicolás avanzó simulando que paseaba hacia las invernales que había más arriba.

–   ¿Adónde vamos? – le saludó el granjero.

–    Ya ve, con este palo que me he encontrado llegaré arriba en un momento.

Florentino rió de buena gana, dijo que así debía ser, que cada uno debía hacer por sí mismo todo lo que pudiera, que para qué tanto mecanismo si se dejaban de usar las manos.

–    Yo tengo setenta y cinco, y sigo subiéndome al tractor, segando y lo que me echen. Mi padre se jubiló a los sesenta y cinco. Se sentó en la cocina mirando lo que hacía mi madre. Después dejó de mirar y se murió. – Y apostilló – Si te paras te acabas.

–    La verdad que este sitio es bonito y dan ganas de quedarse – murmuró Nicolás; se sentía un apátrida, extraño en la ciudad y forastero en el campo.

–    ¡Bueno, bueno! Tampoco es oro todo lo que reluce. – Florentino no tenía mal oído y, además, le molestaban ciertos lamentos. Prosiguió, mirándole con una sonrisa angelical- esto es duro, ustedes los de ciudad no están hechos para segar y estar solos, han visto demasiado. No, no aguantarían ni un mes.

Le contó que en invierno cuando tenía ganas de hablar, se subía al Pico y miraba el valle en silencio. Entonces se daba cuenta de la cantidad de ruidos que había y se le iban las ganas de hablar escuchando. Cuando era más joven bajaba al bar, allí siempre encontraba a alguien para echar una partida, o si no, se camelaba a Rosa, la hija del sidrero que, a veces, consentía en abrir el lagar. Ahora, Rosa vivía en Amberes y sus nietos apenas hablaban español. “Cosas del tiempo, a los viejos nos parece que todo va a peor y no es más que el tiempo que pasa”.

A lo largo de esos días, Nicolás también contó su vida a Florentino: los viajes, las ciudades lejanas y sus hombres. Cuando le hablaba de las aldeas de Sudáfrica o del metro de Nueva York, el granjero hacía gestos de admiración, aunque en sus ojos hubiera indiferencia.

–    Una vez vi un bosquimano – le contaba otra tarde de sidra el veraneante.

–    ¿Y qué es un bosquimano? – le interrumpió el granjero.

–    Como un pigmeo, son negros y muy pequeños, apenas levantan un metro. –

–    Ya, ya, los he visto en la tele. En una película en que no sé qué pasaba con una botella de Coca-cola. –

–    Sé que película dice, pero yo no los vi en la sabana, era un cartero de Ciudad del Cabo y estaba entregando la correspondencia en la recepción de un hotel. Florentino, ya casi no queda gente que viva como en las películas.

–    Quiere decir, que vivan como siempre han vivido ¿verdad? – y continuó – Yo siento esa sensación aquí. Incluso los que nos hemos quedado, ya no vivimos como hacían nuestros padres ni como la hacen en la capital. Somos los últimos.

Siguió reflexionando en voz alta, Nicolás no le interrumpió. Las facciones de Florentino ya no simulaban admiración, sino melancolía.  Sus palabras describían la situación del valle, que no era diferente la de muchos otros en Asturias o en la meseta, los jóvenes se habían ido a la ciudad y sólo venían en vacaciones. El campo se trabajaba cada vez menos.

–    Si hasta el Gobierno parece que quiere que nos vayamos – se quejó y añadió. – Aunque no hay mal que por bien no venga: los venados se acercan más a la casa; saben que nadie les va a molestar.

Sus palabras se interrumpieron con la llegada de un inmenso BMW, que aparcó en el camino de la casa. La matrícula era turística. Descendió un hombre de unos sesenta años; Nicolás imaginó que era belga, pero su sorpresa fue grande cuando Florentino le dijo,

–    Nicolás, éste es mi hermano Gerardo

Una vez acabadas las presentaciones, comentado el balance climatológico de esos días, el veraneante se retiró. Mientras caminaba por la carretera, ayudándose en la vara de avellano, iba pensando en el hombre del BMW, “este debe ser el mexicano, parece que le fue bien allí”. Se le hacía difícil creer que fueran hermanos. El “belga” era como cualquier hombre de negocios y en su gesto no quedaba nada que recordase al valle que lo había visto nacer.

A la mañana siguiente, salió muy pronto a pasear. Quería ver amanecer desde el Pico, escuchar el silencio de Florentino. El paseo no era largo, había que subir trescientos metros, y merecía la pena. En los días claros se tenía una vista grandiosa de la costa y de la Sierra de Cuera desde su cima. Y aquella mañana era perfecta. Llegó justo a tiempo. Se sentó sobre la hierba que acolchaba la suave pendiente. No se veía muy bien, la luz del amanecer o la del atardecer son las luces más oscuras, porque difuminan los contornos de los objetos hasta disfrazarlos con el fondo gris. Por eso no le vio.

–    Si yo fuera un lobo, usted estaría  perdido – susurro el granjero, dándole un susto de muerte.

–    ¡Florentino! Casi me da un infarto – exclamó Nicolás.

–    Lo siento, pero venía tan ensimismado que no sabía cómo hacerme notar.

–    ¿Le gusta el amanecer? – preguntó más calmado el recién llegado.

–    Sí, si que me gusta, pero he subido buscando a una oveja que ayer noche no encontré. Estaba para parir y puede que se haya escondido al sentir que le tocaba.

–    A mi me sobrecoge. No creo que el hombre haya inventado nada tan bonito como un buen amanecer.

–    Puede, pero para el caso que le hacen. La gente prefiere la noche, la fiesta.

Bajaron juntos, una nube de última hora estropeó un poco el espectáculo, pero el resultado siguió siendo grandioso. De camino, Nicolás le preguntó algo que le había estado rondando la cabeza desde la tarde anterior. Era una curiosidad un tanto indiscreta, pues su relación aunque buena era muy reciente.

–    ¡Vaya coche que tiene su hermano!- comenzó el veraneante.

–    ¿El BMW? – se preguntó Florentino – Sí claro, con el que vino ayer.

–    No le fue mal en México, por lo que se ve.- Insistió

–    Ganó mucho, tuvo una cadena de hoteles. Incluso abrió dos en Madrid. – le explicó Florentino. – Después, cuando perdió a su hijo lo vendió todo. Ahora está retirado. Vive en Madrid.

Le contó el accidente de su sobrino y cómo su hermano había perdido el interés por el negocio. Parecía que, por fin, estaba recuperando el ánimo.

–    Se pasa el día jugando al golf. Vive como un obispo. – en las palabras del granjero no había la más mínima envidia, eran una simple descripción.

–    Florentino, ¿por qué no se fue a México con su hermano? Aquí la vida es dura y él le podía echar una mano. – La pregunta ya estaba hecha, la impertinencia que le preocupaba no inmutó al granjero.

–    Lo intentó algunas veces, me decía que trabajando, allí, uno se hacía rico en dos días- Florentino sonreía mientras hablaba, – pero no pudieron llevarme.

–    ¿Y eso?

Entonces bajó la cara, parecía un niño que va a confesar una pequeña falta, pero que al ser la primera, le parece mayor que el pecado original. Su rostro pudo haberse sonrojado al responder, en un susurro al principio, pero luego de forma clara, y ya levantando la mirada,

– Nicolás, es que yo… aquí soy feliz.