La quinta fuerza (2)

(Sobre la consciencia)

Lo primero es advertir al incauto lector de que no soy maestro de nada y, sí, aprendiz de muchas materias. Tened la certeza de que lo que escribo no tiene mayor valor que el de la sinceridad de mis pensamientos. Y si mis palabras despiertan en vosotros la curiosidad, me sentiré agradecido y a la vez preocupado por si llegaráis a creer que escondo una sabiduría que no poseo.

En la primera parte de esta divagación traté sobre la quinta fuerza elemental, la consciencia. Quiero aclarar que no hablo de conciencia sino de consciencia. La primera se refiere a la ética de nuestro comportamiento. La segunda, a nuestro estado de lucidez. Son términos diferentes y complementarios. Un ser verdaderamente consciente tiene conciencia, si no la tuviera sería la encarnación del diablo. Quede claro que a lo que me voy a referir a partir de ahora es a la consciencia consciente: a los seres que buscan luz.  La consciencia nos viene dada con la vida, aunque en una cantidad justa para saber que somos y que somos distintos de los otros. Somos yo, y yo soy el yo soy.

La conciencia se adquiere con la educación y, también, con el crecimiento de nuestra consciencia. A medida que esta crece, si no somos seres diabólicos, la conciencia también crece. La conciencia es la parte más sencilla, una vez que se adquiere no necesita de mucho trabajo, solo hace falta ser coherente y vivir de acuerdo a ella. Sin embargo, la consciencia crece y no conocemos sus límites. Y, aquí viene la pregunta,   ¿cómo crece la consciencia?  Una primera respuesta es sencilla, la consciencia crece igual que nuestra musculatura, ejercitándola. Y, ¿cómo la ejercitamos?, los músculos los podemos tocar, crecen y se fortalecen haciendo ejercicio, con unas mancuernas, caminando, montando en bicicleta… haciendo cualquier deporte, ya se sabe “mens sana in corpore sano”.  Pero la consciencia ¿dónde está? ¿Cuáles son las mancuernas que la fortalecen?

Mi formación científica me inclina a las explicaciones de la neurociencia: la consciencia aparece cuando interactúan muchas partes del cerebro de forma coordinada y, ahora fantaseo, se puede extender y quizás trascender al propio cuerpo. Los budistas creen que la consciencia no está contenida en el espacio y es previa a la mente y al cuerpo, yo, que no llegó a la altura de la suela de la zapatilla de Buda, pienso que todo está contenido en el espacio-tiempo, incluso la consciencia. Pienso que al igual que no vemos la gravedad, solo observamos sus efectos, tampoco vemos la consciencia, solo su producto que somos nosotros, nuestra mente pensante que nos dice “existes”. La tendencia antropocéntrica de los seres humanos nos hace pensar que nuestra consciencia está fuera de la “sucia” energía-materia, y decidimos que nuestro yo es espíritu, es alma.

La física, ya define a tres de las fuerzas elementales como cuánticas, es decir formadas por unidades infinitamente pequeñas, mejor dicho unidades muy pequeñas, porque como Demócrito definió hace 2.300 años, nada es infinitamente pequeño, y en los últimos años, se comienza a entrever que la gravedad también puede estar formada por partículas cuánticas. Por tanto, si afirmo que la consciencia es una quinta fuerza elemental, no veo otra estructura posible más que una estructura cuántica, como las de las otras fuerzas elementales.

La segunda pregunta, el cómo fortalecer esta consciencia cuántica, es más sencilla de responder. No hay más que volver los ojos hacia Buda y el budismo, que  desarrolló técnicas muy eficientes para el trabajo con la mente: la meditación, o las meditaciones pues hay diferentes formas de practicarla, observando nuestra respiración, repitiendo mantras, visualizando los colores de los siete chakras…  También la atención plena (mindfulness) de origen budista, que fue introducida en occidente en los años 70 del pasado siglo por el Dr. Kabat-Zinn, y la respiración consciente y el silencio, mucho silencio para dejar de vivir automáticamente y hacerlo con consciencia plena. No es mi intención, en este artículo, enseñar estas técnicas, hay cientos de libros, vídeos y podcast que enseñan cómo practicarlas. También hay maestros, aunque maestros verdaderos hay pocos. La elección de un maestro o maestra es muy delicada. Hay indeseables que utilizan el hambre de conocimiento, el misticismo, para enriquecerse de forma impropia. No creo que Jesucristo o Buda pidieran dinero por sus enseñanzas. Intento imaginar a Jesucristo en el Sermón de la Montaña diciéndole a Pedro “pasa la escudilla y el que no pague un denario, échalo de mi lado” y no me cuadra. Con esos maestros o maestras lo mejor es poner tierra de por medio. 

Aparte de estas herramientas desarrolladas para fortalecer nuestra atención, también tenemos la cultura que nos libra de la ignorancia y de caer en manos de iluminados. Las artes, la filosofía y la ciencia no son enemigas del misticismo. Las artes son un atajo a lo místico,  la experiencia estética se salta el razonamiento lógico para conectarnos directamente con lo inefable.  Al contemplar una obra maestra o una pieza musical, se puede experimentar el éxtasis (queda claro que no hablo del reguetón),  el guirigay de nuestra mente se silencia un instante.  El lenguaje místico suele ser paradójico porque intenta describir realidades que están más allá de las palabras. El arte utiliza el símbolo y la metáfora para comunicar lo que el lenguaje literal no puede. Este paralelismo hace que el arte nos acerque a lo místico. Y la filosofía y la ciencia son la brida que sujeta y refrena un misticismo dislocado.

La ciencia es hija de la filosofía, cuando no había instrumentos ni laboratorios donde investigar, el ser humano pensaba sobre el sentido de la realidad, en el bien y en el mal, en cómo razonamos y cómo es el cosmos que nos rodea. Al principio los filósofos eran también científicos, Pitágoras, Aristóteles, Descartes… En el siglo XIX la ciencia se separa de su madre, la filosofía, y comienza su propio camino,  el del pensamiento científico. Esta nueva forma de abordar el conocimiento es uno de los grandes logros de la humanidad y trae otra luz que nos previene de la oscuridad y de la superstición.  Cuando escribo, otra luz, es porque sigue existiendo la primera, la filosofía que no debemos descuidar.

Aunque está en cuestión si existe un método científico, si es seguro que hay un pluralismo metodológico que tiene unos rasgos comunes en todas la áreas de la ciencia:  el control empírico, que implica que las teorías tienen que comprobarse experimentalmente, y la actitud crítica, la ciencia no confirma creencias, la ciencia no tiene fe y sabe que muchas veces se equivoca, la ciencia vive en la duda. Es cierto que algunos científicos desarrollan una enfermedad del intelecto que se llama cientifismo, que se resume en afirmar que la única forma de conocimiento es la ciencia. Y se confunden, hay otra forma, complementaria, de adquirir conocimiento y  es la consciencia.

Sin embargo, la reacción actual contra el cientifismo, el acientifismo, me parece más preocupante y peligrosa. Considerar la ciencia como algo perverso me sorprende profundamente. Que en el siglo XXI haya gente que cree que la Tierra es plana, o que las vacunas son malas y la tecnología diabólica, y no se paran a pensar que a principios del siglo XX la esperanza de vida en España era de 30-40 años (ahora está en 83) y la mortalidad infantil  era de 1 cada 14 niños (ahora es de 1 cada 1800), me parece perturbador. Es un retroceso a lo más oscuro de la Edad Media.

La ciencia no es incompatible con el misticismo y éste no lo es con la ciencia. Es agotador que los seres humanos busquemos siempre los extremos: cientifismo contra acientifismo, o una herramienta o la otra, cuando las dos son complementarias y nos hacen más conscientes. La ciencia ha demostrado que los métodos de trabajo mental como la meditación y el mindfulness tienen efectos evidentes sobre el cerebro y sobre el desarrollo del cerebro. La ciencia hizo su trabajo, demostrar una teoría con la experimentación.  La mística ya lo sabía pero la ciencia nos dió detalles de la forma en que la práctica de la meditación modifica el lóbulo frontal del cerebro y , seguramente, ese conocimiento será útil para la mejora de una técnica que estaba restringida al misticismo.  Sin embargo, la ciencia se lleva mal con la religión, porque la religión parte de un término conocido como fe que es absolutamente contrario al pensamiento científico. Como ya he dicho, en la ciencia no existe la fe, existe la experimentación y la demostración de las teorías a base de medir los efectos de esa teoría y comprobarlos.  La ciencia no tiene fe, lo que mueve a la ciencia es la duda, repito. Por eso, veo muy complicado que un científico serio tenga fe.

La ciencia no es una herramienta diabólica, per se.  Pero si el científico no tiene ética, no tiene conciencia, su trabajo científico se convierte en una herramienta peligrosa. Tenemos bastantes ejemplos en el siglo XX.  A principios de ese siglo, el premio nobel Fritz Habber desarrolló junto con Carl Bosch un proceso para obtener nitrógeno del aire que cambiaría la agricultura del mundo. De pronto, un nutriente escaso como era el nitrógeno, componente básico de los fertilizantes, pasó a ser increíblemente abundante. Aquel hallazgo permitió incrementar la producción agrícola espectacularmente, evitando hambrunas y permitiendo el crecimiento de la población humana a una velocidad inimaginable pocas décadas antes. Pero Habber, también, participó en la mejora y creación del gas mostaza.  No solo mejoró su producción, sino que se fue al campo de batalla en la Primera Guerra Mundial para comprobar sus efectos. Y para terminar de compensar el beneficio que proporcionó a la Humanidad con su proceso para sacar nitrógeno del aire, inventó el gas Zyklon B con el que los nazis exterminaron a millones de judíos en las cámaras de gas. Fue un horrible sarcasmo pues Habber era judio. Es uno de los ejemplos de un científico sin ética, pero hay bastantes más, por desgracia.

Otro que me perturbó mucho es el de Einstein. Yo admiraba a Einstein, hasta que visité el Museo Memorial de la Paz de Hiroshima, un lugar en el que la gente entra hablando y sale muda, absolutamente muda de la impresión tremenda que produce en los visitantes. Allí se evidencian los horrores de la energía nuclear cuando no hay ética.  Lo que más me impactó en el museo – sin aminorar el horror que exibe – fue la carta de 1939 de Einstein a Roosevelt en la que advertía al presidente estadounidense del potencial nazi para crear bombas atómicas, y le urgía a acelerar el proyecto Manhattan. Einstein se arrepintió de haber firmado esa carta, cuando el horror de las dos ciudades barridas del mapa y de los cientos de miles de muertos y enfermos por la radiación pesaron sobre su conciencia. Es difícil juzgar desde el futuro, sin haber vivido aquella época, pero, sin duda, es otro ejemplo de ciencia sin ética.  La energía nuclear no es mala per se,  puede solucionar todos nuestros problemas energéticos, sobre todo cuando terminen de ser operativas las plantas de energía de fusión, incluso nos puede salvar de algún asteroide que pudiera impactar en la Tierra.  La ciencia no es mala, los que son malos somos los seres humanos cuando la utilizamos para el horror.

No todos podemos ser físicos cuánticos o estar en primera línea de la bioquímica, la astronomía o de la matemática pero creo que es importante para el desarrollo de la consciencia estar enterado de por dónde anda la ciencia,  el rechazo a la ciencia es un gran error que puede llevarnos a creencias absurdas y al  fundamentalismo de las religiones y de las sectas.

El desarrollo de nuestra consciencia no es posible sin la coherencia, la coherencia es la ética aplicada a nuestra forma de vivir.  Es muy difícil la consciencia conciente si nos dedicamos a labores como la fabricación de armas o a hacer dinero con la especulación, por poner dos ejemplos. Hay que tener disciplina en nuestra vida, hay que ser coherentes, sin esa coherencia todo lo que hagamos en la evolución de nuestra consciencia será narcisismo. 

La consciencia también se desarrolla con el arte, como ya he escrito. Y entre las artes, la literatura es una gran herramienta porque usa la palabra, que es el cimiento del pensamiento humano, y la escribe permitiendo que perdure y, así, nos sea posible conocer las ideas de los profetas, de los pensadores como Lucrecio, Aristóteles, Galileo, Kant, Marx… de todos los que han utilizado su cerebro para entender el Universo, nuestra mente, sus pensamientos y sus emociones. Y la música que es la palabra escrita de la magia. Todo este conocimiento nos ayuda a huir de la estupidez y de la maldad.

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 Mientras escribo estas líneas me invade la tristeza, el desánimo de unos meses complicados y pienso que a mí qué me importa la consciencia, aunque sea una consciencia cuántica. Me invade la rabia del dolor, del pequeño dolor de estos días y el desánimo de saber que estoy más cerca cada día de que mis átomos se dispersen en el éter. Y dentro de un rato, volveré a la carga, como en la montaña, a medio camino, incluso cerca de la cima, te asalta ese desánimo,  porque tus fuerzas desaparecen y el aire no llega a tus pulmones. Y entonces sigo subiendo, sin fuerzas, sin aire, porque quiero ver el horizonte desde la cúspide de esa montaña. No entiendo por qué, es algo que me empuja hacia arriba y que cuando vuelvo al llano me colma. Así es el trabajo para conquistar la consciencia, es esa generosidad que decía en el primer capítulo la que me empuja a pensar y a trabajar en ella. Buscar una luz que te ilumine sabiendo que para ti se apagará, pero con la ilusión de que esa luz sirva a los que te siguen. Y a veces, esa ilusión parece ilusa.