Madrigal

Madrigal de Gutierre de Cetina, leído por Luis Prendes en 1966

Ojos claros, serenos, si de un dulce mirar sois alabados,
¿por qué, si me miráis, miráis airados?
Si cuanto más piadosos,
más bellos parecéis a aquel que os mira,
no me miréis con ira,
porque no parezcáis menos hermosos.
¡Ay tormentos rabiosos!
Ojos claros, serenos,
ya que así me miráis, miradme al menos.

Amar la vida

Amar la vida

todo lo que ha nacido

quiere seguir viviendo

el fresno y el castaño

el pino y el alerce

el ratón y el murciélago

los pájaros del día

también la ameba informe

y el que más el humano

porque quiere vivir

esta vida y la eterna

si fuera de otra forma

la vida perdería

su razón de existir

si no enraíza el alerce

si no anidan los pájaros

y no vuela el murciélago

no habría una palabra

que pudiera nombrarles

ni darwinianos cambios

que llegaran al hombre

todo lo que ha nacido

debe seguir viviendo

y esparcir la semilla

para que se transforme

y después hacer sitio

reciclar su sustancia

para un nuevo formato

quiere seguir viviendo

pero un día se seca

el árbol más antiguo

es diseño de un dios

quizá una fuerza cósmica

una belleza auténtica

un diseño perverso

a los ojos de seres

ungidos de consciencia

que se saben mortales

quieren seguir viviendo

como la ameba quiere

y ya no hay inocencia

sino un deslumbramiento

un golpe en la mandíbula

un saco de preguntas

que al no tener respuesta

alimenta el misterio

nace la ciencia el arte

nacen las religiones

y la filosofía

nada es del todo cierto

y viven en la rabia

Y si aman esta vida

no es solo porque es bella

todo lo que ha nacido

quiere seguir viviendo

y no tiene otra opción

si fuera de otra forma

la vida no tendría

lugar en este plan

en el que son la cera

sobre la que arde el pábilo

Fotografía de Alfonso Arias

Romance sonámbulo

Romance sonámbulo de Federico García Lorca, leído por Fernando Guillén en 1968.

Verde que te quiero verde.
Verde viento. Verdes ramas.
El barco sobre la mar
y el caballo en la montaña.
Con la sombra en la cintura
ella sueña en su baranda,
verde carne, pelo verde,
con ojos de fría plata.
Verde que te quiero verde.
Bajo la luna gitana,
las cosas la están mirando
y ella no puede mirarlas.

Verde que te quiero verde.
Grandes estrellas de escarcha,
vienen con el pez de sombra
que abre el camino del alba.
La higuera frota su viento
con la lija de sus ramas,
y el monte, gato garduño,
eriza sus pitas agrias.
¿Pero quién vendrá? ¿Y por dónde… ?
Ella sigue en su baranda,
verde carne, pelo verde,
soñando en la mar amarga.

Compadre, quiero cambiar
mi caballo por su casa,
mi montura por su espejo,
mi cuchillo por su manta.
Compadre, vengo sangrando,
desde los puertos de Cabra.
Si yo pudiera, mocito,
este trato se cerraba.
Pero yo ya no soy yo,
ni mi casa es ya mi casa.
Compadre, quiero morir,
decentemente en mi cama.

De acero, si puede ser,
con las sábanas de holanda.
¿No ves la herida que tengo
desde el pecho a la garganta?
Trescientas rosas morenas
lleva tu pechera blanca.
Tu sangre rezuma y huele
alrededor de tu faja.
Pero yo ya no soy yo,
ni mi casa es ya mi casa.
Dejadme subir al menos
hasta las altas barandas,
¡dejadme subir!, dejadme
hasta las verdes barandas.
Barandales de la luna
por donde retumba el agua.

***

Ya suben los dos compadres
hacia las altas barandas.
Dejando un rastro de sangre.
Dejando un rastro de lágrimas.
Temblaban en los tejados
farolillos de hojalata.
Mil panderos de cristal
herían la madrugada.

***

Verde que te quiero verde,
verde viento, verdes ramas.
Los dos compadres subieron.
El largo viento dejaba
en la boca un raro gusto
de hiel, de menta y de albahaca.
¡Compadre! ¿Dónde está, dime?
¿Dónde está tu niña amarga?
¡Cuántas veces te esperó!
¡Cuántas veces te esperara,
cara fresca, negro pelo,
en esta verde baranda!

***

Sobre el rostro del aljibe
se mecía la gitana.
Verde carne, pelo verde,
con ojos de fría plata.
Un carámbano de luna
la sostiene sobre el agua.
La noche se puso íntima
como una pequeña plaza.
Guardias civiles borrachos
en la puerta golpeaban.
Verde que te quiero verde,
verde viento, verdes ramas.
El barco sobre la mar.
Y el caballo en la montaña.

Fernando Guillén

Federico García Lorca

Poética

Poética

Desnúdate primero

y cuando estés desnudo

arráncate la piel

y extrae de tus entrañas

los mejores bocados.

Si tuviste humildad

y aprendiste de un maestro

cómo usar las especias

entonces será fácil

preparar un buen plato.

La amapola pequeña

La amapola pequeña de Concha Zardoya, leída por Mª Ángeles Herranz en 1967

No es la flor de la luna.
Es la flor de la sangre,
boca roja que grita:
«No es el fuego quien arde.»

Si en los trigos su herida
se abre y cierra en la tarde,
la amapola pequeña
dice siempre: «Soy sangre.»

Las hormigas horadan
allá dentro tu carne,
corazón que ya brota,
por la flor, a este valle.

Si alguien rompe tu tallo,
dulce pecho se abre.
Y es tu voz quien susurra:
«La amapola es mi sangre.»

La crisálida

La crisálida

Dentro de la crisálida da tiempo para mirar hacia atrás

me sorprende la serie interminable de derrotas disfrazadas

de oropeles que fueron alimento de polillas

son heridas cerradas cicatrices que se sienten en días como éstos.

Pienso en enumerarlas y exponerlas desnudas al juicio que merecen

mas no vale el esfuerzo ni el rubor

cada uno tiene sus banderas blancas y el que no las tiene es muy joven.

Claro que me arrepiento no de todas pero hay una

todos los que han sufrido hacen sufrir

el resto son derrotas a las que volvería a abrir la puerta

porque fueron formadas de pequeñas victorias que se olvidan en el desastre final

y en una vida llena de derrotas esas pequeñas victorias no son cicatrices

bellos tatuajes que me reconfortan.

La crisálida es el mejor sitio para el cambio

solo queda esperar

si resulta lombriz o mariposa.