El mal y el bien

Alguien me dijo «el mal siempre derrota al bien, 

el mal anida en nuestro corazón, 

aunque sea una esquirla,

una esquirla minúscula 

clavada en él”

Y ¿quién la dejó allí?,

porque yo os aseguro que no lo hice en el mío.

¿Quién soy para juzgarme

cuando alguien puso en mí el bien y el mal?

Pero me engaño,

porque sé que ambos conviven conmigo

y puedo y debo hacerlo,

aunque no me apetezca hurgar

en la esquirla que crece en mi interior.

Y este miedo, este pánico

a levantar la costra de mi herida,

me hace pensar que

para saber del mal, también del bien,

hay que indagar lejos, tan lejos

como están las estrellas

que nunca brillarán en nuestra noche.

Ambos están unidos allá afuera, 

pero también tan cerca, 

que si mis manos – como espadas –

me desventraran, los sorprenderían 

amorosamente encamados

en mi sangre, en mis músculos,

en ese corazón del que decimos

que es bueno o malo y es las dos cosas al tiempo.

El Libro dice que somos a imagen

y semejanza de un Dios compasivo,

como yo soy a veces,

pero si somos semejantes,

Él también debería ser vengativo y cruel

o quizá lo diabólico

es otro Dios hermano

que en una guerra fratricida,

nos infectan con odio y con amor.

Todo parece ser un desatino,

demasiado perverso y complicado,

como una espada colgada de un pelo,

cuando se necesita una navaja

para afeitar la barba de los dioses.

Del caos nacimos,

buenos y malos 

pero conscientes.

Ya iremos aprendiendo,

nosotros solos,

que lo correcto es necesario,

será mucho más fácil 

sin la letal influencia de unos dioses

improbables, que nadie ha visto

y casi todos dicen

que de ellos saben.

Locura

“Hay un Dios que nada se asemeja a las criaturas mortales,

ni en cuanto al cuerpo ni en cuanto a la mente”.  Jenófanes

Quiero perder el juicio

para ver y dejar atrás

la razón evidente,

rasgar el velo, 

la realidad

y ver el cuerpo desnudo del Ser,

por definir de alguna forma

a un cuerpo que no lo es,

que no viste una túnica, un sombrero.

Quiero volverme loco,

pues racional ya no doy a entender

más allá del fulgor de las estrellas

que aunque sean lejanos soles,

podrían solo ser

un trampantojo escénico.

Quiero olvidar lo que conozco,

ese susurro que, desde la concha,

apunta lo que debo recitar,

porque si bien es palabra certera,

ciertamente me ciega

y oculta al tramoyista detrás del escenario.

Pero también dudo que la locura

me permita entender la física

cuántica del misterio. 

Veo lo justo

para no tropezar,

no soy un elegido, quizás un escalón

para que otros asciendan la escalera infinita.

Arena entre los dedos

¿Quién eres?, ¿el amor que llevo dentro?

¿Un impulso que quiere inundar del azul

el valle encajonado entre tus pechos?

Pero, ¿acaso eres alguien?, ¿o soy yo 

que, harto de derramar 

el amargo licor de esta locura,

termino imaginándome

ser un desierto estéril

donde el amor se pierde

como la arena escapa entre los dedos?

 No sé quién eres,

 y me prometo no buscarte más,

 no soporto la pérdida,

 pero es en vano, pues ahí sigues,

 enterrado en mi pecho,

 dispuesto a retoñar

 como un río que anegue

 las llanuras nilóticas

 de una piel impecable.

 No, no y no.

 ¡Qué bien se vive solo!, 

y así me miento.

duda

si para estar en paz

hay que anular al ego

hay que buscar la salvación

hay que llorar en un valle de lágrimas

y evitar lo evidente

parecería nuestra vida

una gincana envenenada

un invento de un sádico

y prefiero pensar que tal ser no es posible

que todo es fruto del azar

que la iluminación es salirse del juego

y disfrutar del dulce resplandor de la vida*

*estas palabras no son mías, son de Tito Lucrecio Caro.

las puertas que no crucé

la sonrisa de kashyapa

hay puertas que al abrirse

traen una brisa que amenaza llevarte

y con solo pensar donde te arrastraría

las cierras bruscamente

un día vuelves a esa habitación

la de la brisa amenazante

no estás seguro de porqué has vuelto

ibas a otro lugar ibas de paso

y sin embargo estás frente a esa puerta

la que un día cerraste de un portazo

y te fijas en ella

tiene dos hojas

en una

un espejo te refleja

sin recoger lo que hay detrás de ti

solo en un vacío insólito

la otra hoja es de madera envejecida

tallada con navaja de montaña

con una figura en relieve

que te cuesta reconocer

pues ya no te recuerdas

solo en un vacío insólito

El Shangri-La que me rodea

a Vicente Sueiras

Camino sin saber adónde voy
y no me importa,
sólo quiero sentirme caminante,
observar a mi cuerpo caminando
paso a paso, prestándole atención
a este cuerpo al que apenas hago caso,
fijarme en como el pie levanta el vuelo
y el dedo gordo,
como un gatillo,
dispara la pisada
y sentir el talón como el martillo de un juez
golpeando en el suelo.

Camino sin saber adónde voy
y no me importa,
solo quiero abrazar este cuerpo, esta máquina,
un Ferrari de carne y hueso
que acciona con maestría los músculos precisos
para que no me caiga a cada paso
y así camino,
rodeado de árboles de troncos húmedos,
de húmedas hojas caídas de sus ramas
y del viento colmado de fragancias.

Y, ahora, sí importa,
porque descubro que al sentir mi cuerpo
siento más claramente el aire
que porta los sonidos de este bosque
y los múltiples verdes de sus hojas
que son arcoíris de un planeta verde
regado por arroyos caudalosos
que cantan cual tenores en La Scala.

Camino sin saber adónde voy,
pues no voy a lugar alguno
que un GPS pueda indicar.
Camino hacia adentro,
atravesando mi propio Himalaya
para cruzar la bruma que me impide
ver este Shangri-La que me rodea.