José Viñals

José Viñals

Otro de los grandes poetas que conocí gracias a los ciclos de poesía de la Universidad San Pablo CEU. Viñals vino desde Torredonjimeno, fue el 29 de marzo de 2000. Se alojó en el desaparecido Hotel Mindanao, cerca de la Universidad. Jesús Urceloy y yo fuimos a cenar con él. Jesús me dijo que le diese mi libro (Diccionario de Días) y yo le respondí que no lo había traído. Casi me pega, se lo dijo a Viñals que me lo pidió cortésmente. Pasamos una buena velada, pero lo bueno vino al día siguiente. Viñals leyó con Carlos Briones. Fue una de las grandes tardes de aquel ciclo.

Viñals se llevó mi libro y al siguiente sábado me llamó. En mi artículo sobre Ángel González conté que había vuelto volando a casa, después de sus comentarios sobre aquel libro. Viñals me dejó levitando en la cocina de mi casa. La poesía tiene poca relación con la economía, lo mejor que te puede pasar es que no te cueste dinero. Dedicarse a ella no es una labor rentable pero, aunque no corresponda con dinero, de vez en cuando paga con la emoción de alguien que ha leído tus versos. Y a medida que pasa la vida, del dinero no queda recuerdo, nuestra memoria se sustenta sobre la emoción. Aquellas dos levitaciones me señalaron el camino.

Dos poemas suyos, el primero no es muy común en Viñals al que le gustaba el versículo y la prosa poética.

Creo que fue en otoño de 2020 cuando Antonio Polo y yo, que andábamos de ruta por Andalucía, nos desviamos a Torredonjimeno y pasamos el día con José Viñals y su mujer. Si encontráis el relato de Antonio sobre aquel almuerzo, no dejéis de leerlo. Allí, Viñals nos contó la anécdota del título de su libro “El túnel de las metáforas”. Él ya había sufrido una operación de pulmón y estaba pendiente de una operación cardiaca. Nos explicó que los cirujanos, para llegar al corazón, entraban por un túnel al que llamaban el túnel de las metáforas. Después usé este título y esta imagen en un poema (en dos versos) que le dediqué.

“Para hallar su corazón tuvieron que atravesar
el túnel de las metáforas”

En ese libro hay un poema que me gusta especialmente:

 “Sabe a sal
el banquete.
Saben a sal los lentos
pedruscos
de las lapidaciones.
A sal sabe la música
que ha de sonar
mañana.
Es un decir: mañana”.

Por último una lectura suya en el siguiente vídeo.

José Hierro

Conocí a José Hierro el día que lo presenté en los ciclos de poesía que organizábamos Jesús Urceloy, Julián Ruiz y yo en la Universidad San Pablo CEU. Aquel año también colaboró con nosotros Juan Pastor (Ed. Devenir).

Fue un 17 de diciembre de 1997, Hierro leía con Luis Martínez-Falero que había ganado el premio Adonais de ese año. Las lecturas siempre eran de un poeta consagrado y otro novato. Por ese ciclo pasaron Claudio Rodríguez, Luis Alberto de Cuenca, Marcos Ricardo Barnatán, José Viñals, Siles… fueron 3 o 4 años maravillosos.

Yo recogí a José Hierro en su casa y antes de tomar un taxi, Hierro me preguntó si había algún bar cerca del lugar de lectura. Le contesté que no y nos metimos en uno que había en su calle para calentar el espíritu.

En la presentación yo dije que “José Hierro nos habla con palabras llanas y precisas, es testigo de su vida, y de otras vidas paralelas a la suya, del fin de la infancia,

Cuando se hallaba el mundo a punto
de que el prodigio sucediese

de la necesidad de compromiso con el ser humano,

Porque nacimos bajo el signo
del cerebro…

o

Serenidad, tú para el muerto,
que yo estoy vivo y pido lucha.

de la soledad impuesta, 

No es verdad que te pese el alma.
El alma es aire y humo y seda.

de la soledad asumida, buscada,

Llegué por el dolor a la alegría.
Supe por el dolor que el alma existe.

de la turbadora belleza de lo que nos rodea,

Descalzo he salido a sentir en la carne desnuda la escarcha

de la aceptación de nuestra frágil memoria

Sé que somos la suma
de instantes sucesivos

Hierro habla de lo que el ser humano habla, de su vida, prisionero de su siglo, y testigo voluntario de sus luces y sus sombras”.

En la Feria del Libro de Madrid de 1998, volví a encontrarme con él en la caseta donde estaba firmando libros. Nos saludamos, me firmó “Cuaderno de Nueva York” y terminé en la caseta echándole una mano porque su hija tenía que ir a algún lugar. En realidad, mi trabajo fue de policía. Hierro se fumó un cigarrillo en cuanto su hija se fue. O dos. El caso es que mi labor era estar atento a la vuelta de ella para que no lo pillara fumando. Cuando llegó, Hierro me pasó el pitillo y yo me lo terminé ante la mirada reprobatoria de su hija.

Recojo el poema “Canto a España” del libro Quinta del 42, en estos días en que un enemigo invisible, el CoVid 19, ha puesto todo patas arriba, mientras que España, fiel a sí misma se pelea a muerte, no hay tregua ni espacio para la moderación y el acuerdo. Otra vez a darse bastonazos, como en “La riña” ​ de Francisco de Goya. A cuántos ha dolido, a cuántos nos duele nuestra España.

«Canto a España»

Oh, España, qué vieja y qué seca te veo.

Aún brilla tu entraña como una moneda de plata cubierta de polvo.

Clavel encendido de sueños de fuego.

He visto brillar tus estrellas, quebrarse tu luna en las aguas,

andar a tus hombres descalzos, hiriendo sus pies con tus piedras ardientes.

¿En dónde buscar tu latido: en tus ríos

que se llevan al mar, en sus aguas, murallas y torres de muertas ciudades?

¿En tus playas, con nieblas o sol, circundando de luz tu cintura?

¿En tus gentes errantes que pudren sus vidas por darles dulzor a tus frutos?

Oh, España, qué vieja y qué seca te veo.

Quisiera talar con mis manos tus bosques, sembrar de ceniza tus tierras resecas,

arrojar a una hoguera tus viejas hazañas,

dormir con tu sueño y erguirme después, con la aurora,

ya libre del peso que pone en mi espalda la sombra fatal de tu ruina.

Oh, España, qué vieja y qué seca te veo.

Quisiera asistir a tu sueño completo,

mirarte sin pena, lo mismo que a luna remota,

hachazo de luz que no hiende los troncos ni pone la llaga en la piedra.

Qué tristes he visto a tus hombres.

Los veo pasar a mi lado, mamar en tu pecho la leche,

comer de tus manos el pan, y sentarse después a soñar bajo un álamo,

dorar con el fuego que abrasa sus vidas, tu dura corteza.

Les pides que pongan sus almas de fiesta.

No sabes que visten de duelo, que llevan a cuestas el peso de tu acabamiento,

que ven impasibles llegar a la muerte tocando sus graves guitarras.

Oh, España, qué triste pareces.

Quisiera asistir a tu muerte total, a tu sueño completo,

saber que te hundías de pronto en las aguas, igual que un navío maldito.

Y sobre la noche marina, borrada tu estela,

España, ni en ti pensarías. Ni en mí. Ya extranjero de tierras y días.

Ya libre y feliz, como viento que no halla ni rosa, ni mar, ni molino.

Sin memoria, ni historia, ni edad, ni recuerdos, ni pena…

…en vez de mirarte, oh España, clavel encendido de sueños de llama,

cobre de dura corteza que guarda en su entraña caliente

la vieja moneda de plata, cubierta de olvido, de polvo y cansancio…

En el vídeo tenéis un poema leído por Don José Hierro.

AMR

Quiero hacer un homenaje a mi amigo y enorme poeta Álvaro Muñoz Robledano. Su poesía, tan diferente a la mía, me transporta a lugares de niebla, llenos de imágenes que sugieren pero no imponen ni idea ni sentimiento. Alguna vez lo comparé al I Ching por su búsqueda de la luz a través de la oscuridad. Mi homenaje es leer su poema Salvoconductos que dedicó a otro gran amigo, David Torres y que comienza con una cita de un diálogo de la película Casablanca: “¿Sabes que es esto? Algo que tú nunca has visto: salvoconductos”

SALVOCONDUCTOS

Podríamos hablar,
establecer un pacto
por el que los recuerdos se diluyan
como el hielo en el vaso, o el papel
en el buzón de un piso
deshabitado, ni suyos ni míos;
si no, porque no está en mi mano, porque
sus manos ni siquiera están aquí,
porque ya no es el tiempo de los cables,
porque nadie va a ser ya fusilado,
conversaré conmigo, sin rodeos,
como si no estuviera imaginando,
antirromanticismo puro, como
debe ser. El presente, me refiero
a la conjugación, es agonía:
yo sierro la madera;
el serrín cae al suelo;
el niño monta en bici;
cada diente se pudre
sin dolor.
Aún sierro la madera,
aún cae el serrín al suelo,
aún cada sonido, de ventanas
combándose, de radios que no tienen
más que repetir una melodía
como si me importara;
el presente, diría, si intuyera
lo que está fuera de él, ella misma,
por ejemplo,

pasa, tiene que hacerlo por el bien
de todos los presentes.
Quizás fuera más fácil,
si en las manos hubiese líneas claras,
si los posos del té,
si los huesos del niño, las calendas,
cualquier Madame Sosostris abrazada
a una farola. Pero
el diente, la madera, las ventanas,
aún.
Ella no espera; ni siquiera sabe,
o tal vez duerme, como un alquimista
entre oscuros crisoles, fríos, llenos
de barro, de semillas arrancadas
para nada. O tampoco. Tales cosas
no suceden; no en esta calle, al menos.
Siento que camino
sobre cristal, que llueve y el cristal
resbala como si preguntase algo,
frente a cualquier portal,
obviamente cerrado,
no son horas
ni siquiera de oírse, ni siquiera
de desear que las hojas se venzan
y haya otro lado, y ella esté, y me diga
que pase, que no importa cuánto quede,
si minutos o días.
Cuando por fin acaba esto, pues
acaba, no con gritos,
sino con la elegancia de lo inerte,
tan hipócrita,
tan necesaria, dulce, inverosímil,
y pienso si es presente un adjetivo,
si se declina el verbo,
o se rasga,
cuando por fin acaba esto, decía,
esto empieza de nuevo, sin placer,
sin redención, sin público.
Podríamos pactar las buenas noches
en el espejo, pero con su voz;
yo me lavo la cara,
ella no se desnuda,
yo fumo un cigarrillo contemplando
y olvidando mi amor de jubilado,
ella no bebe
por mí, no tararea, no menciona
su desafecto suave,
lleno de erudición.
Más tarde o más temprano
hay un bar, una máquina
tragaperras, un viejo babeando
sobre su café, un vaso casi sucio
en el que me echan lo que sea, el cierre
también, y hay que pagar,
y salir.
Paso de nuevo ante el escaparate
de los cuchillos; su óxido de invierno
tras invierno, de juego desechado.
Sigo el itinerario de los coches
de reparto, del autobús nocturno
como si cada hueso fuese hierba.
Ella me cantaría: no me beses
ni siquiera esta vez, que no será
tampoco la ultima que te lo impida,
pero estáis aquí para consolarme,
vosotras sí, al menos,
mis queridas
sombras
fingidas,
débiles
si pienso en vosotras,
si no pienso
sino en ella,
o si tuerzo los alambres
destemplados
de vuestra perfección.

Benedict Cumberbatch

Benedict Cumberbatch es un actor que te cae bien o te cae mal, nunca te deja indiferente. Yo soy del grupo de sus “entregados”.

En este artículo no hablaré de su biografía excepto para decir que me parece un artista travieso, capaz de hacer de bueno, de malo, dramas, ciencia ficción, humor, televisión, teatro, películas y series – atreviéndose a re-re-representar a Sherlock Holmes y hacer palidecer a sus antecesores- , entrevistas donde no se corta un pelo, lecturas para audio-libros, entre otras habilidades.

Pero lo que me hace traerlo aquí es su voz. Cumberbatch es un artista de la voz y del gesto.

Es capaz de ponérsela a un monstruo animado, como Smaug

o usarla para emocionarnos por el monstruoso trato que sufrió un ser excepcional como Alan Turing.

Es una delicia escucharle recitando a Keats o a Shakespeare.

Si queréis mejorar vuestro inglés nada mejor que su ENGLISH SPEECH

Rage, rage against the dying of the light

Me permito traducir este impactante poema de Dylan Thomas y si pincháis en la foto escucharéis la tremenda fuerza poética en su voz.

Do not go gentle into that good night

Do not go gentle into that good night,
Old age should burn and rave at close of day;
Rage, rage against the dying of the light.

Though wise men at their end know dark is right,
Because their words had forked no lightning they
Do not go gentle into that good night.

Good men, the last wave by, crying how bright
Their frail deeds might have danced in a green bay,
Rage, rage against the dying of the light.

Wild men who caught and sang the sun in flight,
And learn, too late, they grieved it on its way,
Do not go gentle into that good night.

Grave men, near death, who see with blinding sight
Blind eyes could blaze like meteors and be gay,
Rage, rage against the dying of the light.

And you, my father, there on the sad height,
Curse, bless, me now with your fierce tears, I pray.
Do not go gentle into that good night.
Rage, rage against the dying of the light.

From The Poems of Dylan Thomas, published by New Directions. Copyright © 1952

No entres gentilmente en esa buena noche

No entres gentilmente en esa buena noche,
la vejez debería arder y delirar al final del día;
rabia, rabia contra la muerte de la luz.

Aunque los sabios, al final, saben que la oscuridad es lo correcto,
porque sus palabras no habían escindido ni un rayo, ellos
no entran gentilmente en esa buena noche.

Los buenos, antes de la última ola, lloran vivamente,
sus frágiles actos podrían haber bailado en una verde bahía,
rabian, rabian contra la muerte de la luz.

Los salvajes que atraparon y cantaron al sol en su vuelo,
y aprendieron, aunque tarde, que le ofendieron en su camino,
no entran gentilmente en esa buena noche.

Los serios, cerca de la muerte, que ven con ciega mirada,
los ojos ciegos que podrían brillar como meteoros y ser alegres,
rabian, rabian contra la muerte de la luz.

Y tú, mi padre, allí en la triste altura,
maldíceme, bendíceme ahora con tus feroces lágrimas, te imploro.
No entres gentilmente en esa buena noche.
Rabia, rabia contra la muerte de la luz.

 

El libro rojo de los viajes

El día 7 de junio de 2018, en el “Aleatorio” de Madrid, David Foronda presentó su libro “Animalario secreto o el libro rojo de los viajes”. Tuve el privilegio de que me propusiera escribir el prólogo y hacer la introducción de ese acto, que resultó bello y entrañable. Transcribo el prólogo. Para los interesados, el libro lo pueden encontrar en Ars Poetica.

PRÓLOGO

La primera vez que me encontré con él tenía dieciséis años. Vino con unos colegas del instituto al “Libertad 8” a escuchar nuestra lectura. Nos veían como poetas consumados. Yo tenía treinta y nueve y, más bien, era un poeta balbuciente. En su cuerpo de chaval había unos ojos donde ya se reflejaba el horizonte. Y ese reflejo me descubrió al compañero de viaje.

Veintitrés años después, aquella impresión no ha hecho más que hacerse realidad. Foronda ha viajado, y viaja, por caminos que conozco y por otros muchos que despiertan mi imaginación: la ciencia, la geografía, la naturaleza, los humanos y sus creaciones, y siempre con la palabra como herramienta fotográfica de lo que perciben sus seis sentidos.

Foronda, mejor dicho, sus ojos y sus versos que son lo mismo, me recuerda al poeta sufí Ibn el Arabi. Como el gran maestro, David Foronda busca el conocimiento al estilo aristotélico, paseando. Los peripatéticos, además de una escuela filosófica que adoptó ese mote, son portadores de un rasgo genético de los seres humanos. Podríamos clasificarnos entre sedentarios y peripatéticos y, si bien, nada es blanco o negro y en todos nosotros se manifiestan ambas características de algún modo, hay muchas personas fundamentalmente peripatéticas o sedentarias. Los peripatéticos se encuentran en todas las actividades humanas, en la ciencia y las artes, en el viaje y el descubrimiento, en la filosofía y la religión. Son paseantes del mundo, del pensamiento y de la belleza, e intuyen que la única respuesta es el camino del conocimiento, paseando. Esto no significa que los sedentarios no busquen las mismas respuestas desde la inmovilidad. Ambos, peripatéticos y sedentarios, son el Yin y el Yan, los polos de un imán que atrae el conocimiento. Y ese camino es la única respuesta y de infinito recorrido o de infinita quietud.

Foronda es peripatético, se abisma en el panteísmo y la carnalidad y empatiza con el pulso de la naturaleza, haciéndonos sentir como siente un elefante o la boca que no se queda sin respuesta. Su verso, con el ritmo marcado por la contraposición de imágenes e ideas y apoyado por una acentuación fluctuante según la urgencia o la calma que al poeta le inspira el momento, ya no se encierra como en sus primeras obras, en que sus poemas eran una ecuación o una sura que se encierran en su universo, ahora, años después, el verso se abre. En su madurez de paseante, Foronda nos presenta la evidencia del suceder en un Universo cambiante e inabarcable, donde no hay héroes. Ulises, Marco Polo…hicieron su viaje porque hay que vivir.

La Naturaleza es su brújula. Su emocionante belleza encierra todas las verdades. Quizá en sus años en Asia, este sentimiento innato en el poeta, trascendió y se convirtió en el principal aprendizaje de su camino. Y a la Naturaleza interroga, aunque no entienda sus respuestas, como sucede con el I Ching. En la Naturaleza están las líneas partidas y enteras que conforman los hexagramas que nos responden.  Y así, el libro se divide en seis capítulos, seis líneas que, partidas o enteras, darán una respuesta a cada lector.

El amor es uno de los bastones de su caminar. Amor sexual y también amor hacia los otros como parte del todo que le rodea. A veces, su amor se embarga de tristeza al ver el sufrimiento de otro o presentir la pérdida.  Él no es espectador de ese viaje, le maravilla lo que ve, pero no está exento de dolor: las guerras que, en “Fuego cruzado” le castigan, la nostalgia del pasado en “1900”, donde rinde homenaje a los viajeros del siglo XIX, la certeza al fin de que “el mundo ya fue terrible, él tan solo lo está inventando”.

Y el tiempo es el otro bastón. Un concepto einsteniano del tiempo, no aprendido de la ciencia – que también – si no presentido como realidad. Foronda ve el mundo como descubrimiento, invento ya inventado donde el pasado y el futuro, como el presente son pueblos en una llanura y no son los únicos , hay otros tan reales a los que es posible llegar, y nos sorprende descubriendo al niño que era, encerrado en su habitación, imaginando los viajes, que el Foronda adulto viene ahora a contarle. El tiempo como una dimensión reversible igual que la distancia, con caminos paralelos, bifurcaciones y laberintos.

En el primer poema, ya nos avisa : el libro, su viaje, se nos muestra como una colección de láminas que reproducen los “pasados olvidados, los que no sucedieron y aguardan”. Y sin que, ese vertiginoso tiempo que imagina, le lleve a la inacción, él se implica, sufre y ama y se alegra de los breves encuentros del camino.

En “El libro rojo de los viajes”, el autor nos dice que, a pesar de todos los razonamientos, el viaje merece la pena, el sueño es incompleto sin los detalles de la percepción directa, “toda esta vida que no reconozco aún/ porque no estaba en el sueño”, y se maravilla del mundo hasta quedarse sin palabras.

La vida es efímera, “una corriente que unge de la ebriedad del abismo”, y la vida es caída. Así es el proceso vital. Caída, muerte, “la primera vez siempre es así”. Acaso Foronda nos habla de la reencarnación. Y el poeta se decanta por vivir, “nado a tu favor, y siempre y solamente” afirma, aunque sabe que “sin una herida mortal/el puente no existiría”. La muerte da sentido a la existencia.

Foronda sufre, ya nos lo ha advertido, y en “Una noche es Dismaland” se desespera ante la miseria de los otros y la propia. “El nombre de Dios hecho animal está sangrando por la boca” y solo en la empatía encuentra el escudo contra la barbarie. Una empatía que le hace salir a conocer a los otros, a los que son como él.

Pienso que en su libro, David Foronda nos descubre su siguiente destino, quizá el definitivo: África. Allí aún quedan los rastros de nuestro origen, del tiempo en el que los humanos hablábamos con el bosque, el río o despedíamos con respeto el último aliento del antílope cazado. Quizá, allí busque la esperanza, volver a la bifurcación en la que el ser humano eligió el camino que llega hasta nuestro presente y no eligió otro camino posible. Quizá Foronda quiera dejar de viajar por el espacio y comience el camino del tiempo.

Y le encontraremos por los caminos rojos, decidido a seguir el viaje, pues “dudar es darle espacio a la muerte”. Este libro “es una historia de amor” a la vida y a una forma especial de vivirla.