Benedict Cumberbatch

Benedict Cumberbatch es un actor que te cae bien o te cae mal, nunca te deja indiferente. Yo soy del grupo de sus “entregados”.

En este artículo no hablaré de su biografía excepto para decir que me parece un artista travieso, capaz de hacer de bueno, de malo, dramas, ciencia ficción, humor, televisión, teatro, películas y series – atreviéndose a re-re-representar a Sherlock Holmes y hacer palidecer a sus antecesores- , entrevistas donde no se corta un pelo, lecturas para audio-libros, entre otras habilidades.

Pero lo que me hace traerlo aquí es su voz. Cumberbatch es un artista de la voz y del gesto.

Es capaz de ponérsela a un monstruo animado, como Smaug

o usarla para emocionarnos por el monstruoso trato que sufrió un ser excepcional como Alan Turing.

Es una delicia escucharle recitando a Keats o a Shakespeare.

Si queréis mejorar vuestro inglés nada mejor que su ENGLISH SPEECH

Rage, rage against the dying of the light

Me permito traducir este impactante poema de Dylan Thomas y si pincháis en la foto escucharéis la tremenda fuerza poética en su voz.

Do not go gentle into that good night

Do not go gentle into that good night,
Old age should burn and rave at close of day;
Rage, rage against the dying of the light.

Though wise men at their end know dark is right,
Because their words had forked no lightning they
Do not go gentle into that good night.

Good men, the last wave by, crying how bright
Their frail deeds might have danced in a green bay,
Rage, rage against the dying of the light.

Wild men who caught and sang the sun in flight,
And learn, too late, they grieved it on its way,
Do not go gentle into that good night.

Grave men, near death, who see with blinding sight
Blind eyes could blaze like meteors and be gay,
Rage, rage against the dying of the light.

And you, my father, there on the sad height,
Curse, bless, me now with your fierce tears, I pray.
Do not go gentle into that good night.
Rage, rage against the dying of the light.

From The Poems of Dylan Thomas, published by New Directions. Copyright © 1952

No entres gentilmente en esa buena noche

No entres gentilmente en esa buena noche,
la vejez debería arder y delirar al final del día;
rabia, rabia contra la muerte de la luz.

Aunque los sabios, al final, saben que la oscuridad es lo correcto,
porque sus palabras no habían escindido ni un rayo, ellos
no entran gentilmente en esa buena noche.

Los buenos, antes de la última ola, lloran vivamente,
sus frágiles actos podrían haber bailado en una verde bahía,
rabian, rabian contra la muerte de la luz.

Los salvajes que atraparon y cantaron al sol en su vuelo,
y aprendieron, aunque tarde, que le ofendieron en su camino,
no entran gentilmente en esa buena noche.

Los serios, cerca de la muerte, que ven con ciega mirada,
los ojos ciegos que podrían brillar como meteoros y ser alegres,
rabian, rabian contra la muerte de la luz.

Y tú, mi padre, allí en la triste altura,
maldíceme, bendíceme ahora con tus feroces lágrimas, te imploro.
No entres gentilmente en esa buena noche.
Rabia, rabia contra la muerte de la luz.

 

El libro rojo de los viajes

El día 7 de junio de 2018, en el «Aleatorio» de Madrid, David Foronda presentó su libro «Animalario secreto o el libro rojo de los viajes». Tuve el privilegio de que me propusiera escribir el prólogo y hacer la introducción de ese acto, que resultó bello y entrañable. Transcribo el prólogo. Para los interesados, el libro lo pueden encontrar en Ars Poetica.

PRÓLOGO

La primera vez que me encontré con él tenía dieciséis años. Vino con unos colegas del instituto al “Libertad 8” a escuchar nuestra lectura. Nos veían como poetas consumados. Yo tenía treinta y nueve y, más bien, era un poeta balbuciente. En su cuerpo de chaval había unos ojos donde ya se reflejaba el horizonte. Y ese reflejo me descubrió al compañero de viaje.

Veintitrés años después, aquella impresión no ha hecho más que hacerse realidad. Foronda ha viajado, y viaja, por caminos que conozco y por otros muchos que despiertan mi imaginación: la ciencia, la geografía, la naturaleza, los humanos y sus creaciones, y siempre con la palabra como herramienta fotográfica de lo que perciben sus seis sentidos.

Foronda, mejor dicho, sus ojos y sus versos que son lo mismo, me recuerda al poeta sufí Ibn el Arabi. Como el gran maestro, David Foronda busca el conocimiento al estilo aristotélico, paseando. Los peripatéticos, además de una escuela filosófica que adoptó ese mote, son portadores de un rasgo genético de los seres humanos. Podríamos clasificarnos entre sedentarios y peripatéticos y, si bien, nada es blanco o negro y en todos nosotros se manifiestan ambas características de algún modo, hay muchas personas fundamentalmente peripatéticas o sedentarias. Los peripatéticos se encuentran en todas las actividades humanas, en la ciencia y las artes, en el viaje y el descubrimiento, en la filosofía y la religión. Son paseantes del mundo, del pensamiento y de la belleza, e intuyen que la única respuesta es el camino del conocimiento, paseando. Esto no significa que los sedentarios no busquen las mismas respuestas desde la inmovilidad. Ambos, peripatéticos y sedentarios, son el Yin y el Yan, los polos de un imán que atrae el conocimiento. Y ese camino es la única respuesta y de infinito recorrido o de infinita quietud.

Foronda es peripatético, se abisma en el panteísmo y la carnalidad y empatiza con el pulso de la naturaleza, haciéndonos sentir como siente un elefante o la boca que no se queda sin respuesta. Su verso, con el ritmo marcado por la contraposición de imágenes e ideas y apoyado por una acentuación fluctuante según la urgencia o la calma que al poeta le inspira el momento, ya no se encierra como en sus primeras obras, en que sus poemas eran una ecuación o una sura que se encierran en su universo, ahora, años después, el verso se abre. En su madurez de paseante, Foronda nos presenta la evidencia del suceder en un Universo cambiante e inabarcable, donde no hay héroes. Ulises, Marco Polo…hicieron su viaje porque hay que vivir.

La Naturaleza es su brújula. Su emocionante belleza encierra todas las verdades. Quizá en sus años en Asia, este sentimiento innato en el poeta, trascendió y se convirtió en el principal aprendizaje de su camino. Y a la Naturaleza interroga, aunque no entienda sus respuestas, como sucede con el I Ching. En la Naturaleza están las líneas partidas y enteras que conforman los hexagramas que nos responden.  Y así, el libro se divide en seis capítulos, seis líneas que, partidas o enteras, darán una respuesta a cada lector.

El amor es uno de los bastones de su caminar. Amor sexual y también amor hacia los otros como parte del todo que le rodea. A veces, su amor se embarga de tristeza al ver el sufrimiento de otro o presentir la pérdida.  Él no es espectador de ese viaje, le maravilla lo que ve, pero no está exento de dolor: las guerras que, en “Fuego cruzado” le castigan, la nostalgia del pasado en “1900”, donde rinde homenaje a los viajeros del siglo XIX, la certeza al fin de que “el mundo ya fue terrible, él tan solo lo está inventando”.

Y el tiempo es el otro bastón. Un concepto einsteniano del tiempo, no aprendido de la ciencia – que también – si no presentido como realidad. Foronda ve el mundo como descubrimiento, invento ya inventado donde el pasado y el futuro, como el presente son pueblos en una llanura y no son los únicos , hay otros tan reales a los que es posible llegar, y nos sorprende descubriendo al niño que era, encerrado en su habitación, imaginando los viajes, que el Foronda adulto viene ahora a contarle. El tiempo como una dimensión reversible igual que la distancia, con caminos paralelos, bifurcaciones y laberintos.

En el primer poema, ya nos avisa : el libro, su viaje, se nos muestra como una colección de láminas que reproducen los “pasados olvidados, los que no sucedieron y aguardan”. Y sin que, ese vertiginoso tiempo que imagina, le lleve a la inacción, él se implica, sufre y ama y se alegra de los breves encuentros del camino.

En “El libro rojo de los viajes”, el autor nos dice que, a pesar de todos los razonamientos, el viaje merece la pena, el sueño es incompleto sin los detalles de la percepción directa, “toda esta vida que no reconozco aún/ porque no estaba en el sueño”, y se maravilla del mundo hasta quedarse sin palabras.

La vida es efímera, “una corriente que unge de la ebriedad del abismo”, y la vida es caída. Así es el proceso vital. Caída, muerte, “la primera vez siempre es así”. Acaso Foronda nos habla de la reencarnación. Y el poeta se decanta por vivir, “nado a tu favor, y siempre y solamente” afirma, aunque sabe que «sin una herida mortal/el puente no existiría”. La muerte da sentido a la existencia.

Foronda sufre, ya nos lo ha advertido, y en “Una noche es Dismaland” se desespera ante la miseria de los otros y la propia. “El nombre de Dios hecho animal está sangrando por la boca” y solo en la empatía encuentra el escudo contra la barbarie. Una empatía que le hace salir a conocer a los otros, a los que son como él.

Pienso que en su libro, David Foronda nos descubre su siguiente destino, quizá el definitivo: África. Allí aún quedan los rastros de nuestro origen, del tiempo en el que los humanos hablábamos con el bosque, el río o despedíamos con respeto el último aliento del antílope cazado. Quizá, allí busque la esperanza, volver a la bifurcación en la que el ser humano eligió el camino que llega hasta nuestro presente y no eligió otro camino posible. Quizá Foronda quiera dejar de viajar por el espacio y comience el camino del tiempo.

Y le encontraremos por los caminos rojos, decidido a seguir el viaje, pues “dudar es darle espacio a la muerte”. Este libro “es una historia de amor” a la vida y a una forma especial de vivirla.

«629 vidas» de David Torres

esta poeta nacida en Kenia de padres refugiados somalíes y afincada en Londres, no me emocionaban tanto. Si lo acompañan con «las  fotos terribles de Yannis Behrakis (van a llorar, se lo aseguro)» escribe David Torres y yo me adhiero.

 

Stranded Iranian migrants on hunger strike, some with their lips sewn together, sit on rail tracks at the borderline between Greece and Macedonia near the Greek village of Idomeni November 25, 2015. REUTERS/Yannis Behrakis

 

 

Sólo abandonas tu hogar

cuando tu hogar no te permite quedarte.

Nadie deja su hogar

a menos que su hogar le persiga,

fuego bajo los pies

sangre hirviendo en el vientre.

Jamás pensaste en hacer algo así

hasta que sentiste el hierro ardiente

amenazar tu cuello.

Pero incluso entonces cargaste con el himno bajo tu aliento,

rompiste tu pasaporte en los lavabos del aeropuerto,

sollozando mientras cada pedazo de papel te hacía ver

que jamás volverías.

Tienes que entender que nadie sube a sus hijos a una patera

a menos que el agua sea más segura que la tierra.

Nadie abrasa las palmas de sus manos bajo los trenes, bajo los vagones,

nadie pasa días y noches enteras en el estómago de un camión,

alimentándose de hojas de periódico, a menos que

los kilómetros recorridos signifiquen algo más que un simple viaje.

Nadie se arrastra bajo las verjas, nadie quiere recibir los golpes, ni dar lástima.

Nadie escoge los campos de refugiados

o el dolor de que revisten tu cuerpo desnudo.

Nadie elige la prisión, pero la prisión es más segura que una ciudad en llamas,

y un carcelero en la noche es preferible

a un camión cargado de hombres con el aspecto de tu padre.

Nadie podría soportarlo, nadie tendría las agallas,

nadie tendría la piel suficientemente dura.

Los “váyanse a casa, negros”, “refugiados”, “sucios inmigrantes”,

“buscadores de asilo”, “quieren robarnos lo que es nuestro”,

“negros pedigüeños”, “huelen raro”, “salvajes”,

“destrozaron su país y ahora quieren destrozar el nuestro”.

¿Cómo puedes soportar las palabras, las miradas sucias?

Quizás puedas, porque estos golpes son más suaves

que el dolor de un miembro arrancado.

Quizás puedas porque estas palabras son más delicadas

que catorce hombres entre tus piernas.

Quizás porque los insultos son más fáciles de tragar que el escombro,

que los huesos, que tu cuerpo de niña despedazada.

Quiero irme a casa, pero mi casa es la boca de un tiburón.

Mi casa es un barril de pólvora,

y nadie dejaría su casa a menos que su casa lo persiguiera hasta la costa,

a menos que tu casa te dijera que aprietes el paso,

que dejes atrás tus ropas, que te arrastres por el desierto,

que navegues por los océanos,

“Naufraga, sálvate, pasa hambre, suplica, olvida el orgullo,

tu vida es más importante”.

Nadie deja su hogar hasta que su hogar se convierte

en una voz sudorosa en tu oído diciendo:

“Vete, corre lejos de mí ahora.

No sé en qué me he convertido, pero sé

que cualquier lugar es más seguro que éste”.

 

La Torre de Babel

No importa no entender el idioma, escuchar la poesía en japones, árabe, urdu o hindi a algunos nos engatusa. Es el ritmo, la entonación, la palabra que, si bien es incomprendida, sugiere un misterio, eso es el alma de la poesía. Y cuando digo que engatusa a unos pocos, me refiero en mi entorno hispánico, porque, como se ve en los vídeos de la India, allí mucha gente está abducida y participa del vaivén de los versos.

Me contaron una historia en la Ciudad de México. Jaime Sabines llenaba un Auditorio Nacional, al lado del Bosque de Chapultepec, y ponían altavoces en el exterior para que lo escucharan la gente que había quedado fuera. La poesía mueve a la Humanidad, aunque en algunos lugares – mi querida España – su fuerza sea escasa, sin embargo enraizada. No perdamos la esperanza, esta tierra siempre fue de buenos bardos.

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Tritón con acordeón

Juan Carlos Mestre es una sirena, aunque por razones de sexo, más bien sería un tritón, un Dios Tritón asirenado, que en lugar de caracola se acompaña con su acordeón, porque su voz calma o agita las olas por sí misma. Su sonido envuelve al espectador que entra en el poema y se pierde en la voz. Mestre sería capaz de embelesarnos leyendo las Páginas Amarillas, tal es la capacidad de su voz para atraparnos. Y cuando en un mismo ser se une la materia orgánica con un espíritu despierto y sensible, ocurre una singularidad desnuda, separada de nuestro espacio-tiempo, que se llama belleza.

Disfrutad de este juglar.

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