Joker

cuando meten a Dios por medio
siento que me hacen trampa
que sacan de la manga un comodín
incontestable como la sonrisa
beatífica en sus rostros

y no es ése mi juego en mi baraja
no existen comodines
trío y pareja es full y no hay un joker
en el que refugiarse

Es nieve, no te confundas

A Ana Gutierrez-Semprún Urdiales

los sonidos del bosque se ecualizan
el idioma del cuervo es un hacha que golpea
el crujir de los pinos vencidos por la carga
no oculta el de mis pasos
y nada se interpone al ladrar
que llega desde un lienzo vaporoso

así debe ser el cielo de las almas buenas
sin frío pues nos las imaginamos
en sandalias con túnicas de lino
y rostros pálidos y somnolientos
un lugar incoloro
con excelente acústica no más

la nieve es fría nunca oculta aunque nos engañe
es bella y es gentil
y también es asesina
en la nieve soñamos bien despiertos
porque no somos ángeles soñamos
como corzos atentos al peligro

Érase una vez

Quieres que te cuente un cuento, un cuento
que no sea el de María Sarmiento,
que no tenga siseñores con patas verdes,
que no juegue a ni que sí ni que no
sino todo lo contrario.

Te defraudan los mayores – sus prisas,
sus ausencias, su cambiante alegría –
también ellos escucharon los mismos cuentos
y parece que olvidaron su magia.

En tus ojos asombrados no ofreces tregua.
Por favor abuelo, cuéntame un cuento
y algo tendré que ofrecerte,
una historia, una leyenda
que se cuenta al extranjero recién llegado,
y esconde la verdad con princesas rescatadas
porque si yo te contase…

Quieres que te cuente un cuento… 

                                                                            érase una vez
un país imaginario, una casa de madera,
una familia y dos gatos que hablaban.

Cuántas cosas

Cuántas cosas soy,
un bastón
un sello, una mano,
una brújula
o la laca
sobre la que el sello
imprime mi signo.
Y también soy nada
y soy vida
que lucha en el caos.
Cuántas cosas más
que nunca sabré.

EL HOMBRE SOBRE SU BURRO

A Nasrudin que montaba de espaldas a su burro
para no olvidar de dónde venía y a María Alcocer
que nunca lo olvida.

Nací para adorar a una mujer
a un dios, a una verdad.
Lo perdí a él primero,
a ellas después
y ninguna verdad me conmovió.

Desnortado, sin brújula
me apoyé en las palabras
que engarzadas en versos
apuntan a los nortes del lenguaje
y en vez de entretenerme en artificios,
decidí ser arquero que observa tras la almena
y desde allí dispara.

Con el tiempo mi pulso
se tornó tembloroso,
mi vista poco clara.
¿Qué se hace del arquero que no pone
la flecha en su destino?
Pensé en la opción nipona, adaptada a mis temores,
o la que me susurran las entrañas:
anda, anda y no pares
y cuando finalmente caigas, hunde tus manos
en la tierra y no intentes levantarte.
No nací samurái
que nací en un jardín lleno de fuentes,
mientras el agua corra
preferiré jugar
con sus chorros a hacerlo con espadas.
Porque el arquero es frágil,
teme por los amados y ese miedo
es una hoja de tilo sobre su hombro.

Así que no queda otra, andar y andar,
– Nasrudin en su burro –
mirando hacia el camino recorrido
que es sedal irrompible,
de la longitud precisa de cada pasado
y que a la par de nuestros pasos se desdevana.

Vacío

quería saltar por la borda
y huir al igual que una rata
saltar al océano
mas no había océano solo un vacío
y nada se puede saber del vacío

algunos saltaron
temían la peste impregnada
en traviesas y mástiles
saltaron y fueron vacío
y nada se puede saber de ellos

convertí mi cabina en castillo
no dejé que la peste pasara
y de mi soledad hice un foso
en el que me consumo
es posible que ya sea vacío
porque ahora no sé nada de mí mismo