La crisálida

La crisálida

Dentro de la crisálida da tiempo para mirar hacia atrás

me sorprende la serie interminable de derrotas disfrazadas

de oropeles que fueron alimento de polillas

son heridas cerradas cicatrices que se sienten en días como éstos.

Pienso en enumerarlas y exponerlas desnudas al juicio que merecen

mas no vale el esfuerzo ni el rubor

cada uno tiene sus banderas blancas y el que no las tiene es muy joven.

Claro que me arrepiento no de todas pero hay una

todos los que han sufrido hacen sufrir

el resto son derrotas a las que volvería a abrir la puerta

porque fueron formadas de pequeñas victorias que se olvidan en el desastre final

y en una vida llena de derrotas esas pequeñas victorias no son cicatrices

bellos tatuajes que me reconfortan.

La crisálida es el mejor sitio para el cambio

solo queda esperar

si resulta lombriz o mariposa.

La guitarra

La Guitarra, de Federico García Lorca, leída por Carmen Bernardos en 1968

Empieza el llanto
de la guitarra.
Se rompen las copas
de la madrugada.
Empieza el llanto
de la guitarra.
Es inútil callarla.
Es imposible
callarla.
Llora monótona
como llora el agua,
como llora el viento
sobre la nevada.
Es imposible
callarla.
Llora por cosas
lejanas.
Arena del Sur caliente
que pide camelias blancas.
Llora flecha sin blanco,
la tarde sin mañana,
y el primer pájaro muerto
sobre la rama
¡Oh guitarra!
Corazón malherido
por cinco espadas.

Sólo es sueño

Sólo es sueño

Me has dejado el vacío,

el que hay en un hotel

con ventanas tapiadas,

y en sus habitaciones me refugio

para jugar con Hypnos o con Tánatos.

Y me siento culpable, creerás

que es castigo

y, mujer, simplemente,

me has dejado con sueño, mucho sueño

y no puedo cerrar

los párpados si piensas que es venganza

cuando es sólo eso, sueño y

necesito dormir en cualquier sitio,

hasta que el tiempo cambie.

Necesito olvidarme de quién era

para que me habite otro.

Primer amor

Autora: Carmen Conde

Voz: Nuria Espert

Primer amor

¡Qué sorpresa tu cuerpo, qué inefable vehemencia!
Ser todo esto tuyo, poder gozar de todo
sin haberlo soñado, sin que nunca
un ligero esperar prometiera la dicha.
Esta dicha de fuego que vacía tu testa,
que te empuja de espaldas,
te derriba a un abismo
que no tiene medida ni fondo.
¡Abismo y solo abismo
de ti hasta la muerte!

¡Tus brazos!
Son tus brazos los mismos de otros días,
y tiemblan y se cierran en torno de su cuerpo.
Tu pecho, el que suspira, ajeno, estremecido
de cosas que tú ignoras,
de mundos que lo mueven…
¡Oh pecho de tu cuerpo, tan firme y tan sensible
que un vaho lo pone turbio
y un beso lo traspasa!

¡Si nunca nadie dijo que así se amaba tanto!
¿Podías tú esperar que ardieran tus cabellos,
que toda cuanta eres cayeras como lumbre
en un grito sin cifra,
desde una cordillera gritada por la aurora?

¿Ceniza tú algún día? ¿Ceniza esta locura
que estrenas con la vida recién brotada al mundo?

¡Tú no te acabas nunca, tú no te apagas nunca!
Aquí tenéis la lumbre, la que lo coge todo
para quemar el cielo subiéndole la tierra.

Cámara lenta

la lentitud llegó

desconocida

calmó mis movimientos

dejando seco el cauce

deteniendo la rueda

hasta dejarme inerte

fósil

mis ojos húmedos

Cámara lenta

Poema leído por Jesús Urceloy

A Kempis

Izq. Amado Nervo, Dcha. Adolfo Marsillach

A Kempis de Amado Nervo, leído por Adolfo Marsillach

Este poema pertenece a la colección de LPs “Antología de la poesía Española”, editada por FIDIAS en los años sesenta del siglo pasado. Amado Nervo, con la voz y la interpretación de Adolfo Marsillach, se queja amargamente de cómo la lectura de “La Imitación de Cristo”, de Tomás de Kempis, le sumió en la depresión.

Incluyo el texto del poema y un breve apunte biográfico de los protagonistas, robado de Wikipedia.

A Kempis

Amado Nervo

Ha muchos años que busco el yermo,
ha muchos años que vivo triste,
ha muchos años que estoy enfermo,
¡y es por el libro que tú escribiste!

¡Oh Kempis, antes de leerte amaba
la luz, las vegas, el mar Océano;
mas tú dijiste que todo acaba,
que todo muere, que todo es vano!

Antes, llevado de mis antojos,
besé los labios que al beso invitan,
las rubias trenzas, los grandes ojos,
¡sin acordarme que se marchitan!

Mas como afirman doctores graves,
que tú, maestro, citas y nombras,
que el hombre pasa como las naves,
como las nubes, como las sombras…

huyo de todo terreno lazo,
ningún cariño mi mente alegra,
y con tu libro bajo del brazo
voy recorriendo la noche negra…

¡Oh Kempis, Kempis, asceta yermo,
pálido asceta, qué mal me hiciste!
¡Ha muchos años que estoy enfermo,
y es por el libro que tú escribiste!

Amado Nervo (Tepic, hoy Nayarit; 27 de agosto de 1870​-Montevideo,  Uruguay; 24 de mayo de 1919), fue un poeta y escritor mexicano, perteneciente al movimiento modernista

Adolfo Marsillach Soriano (Barcelona; 25 de enero de 1928-Madrid; 21 de enero de 2002)​ fue un actor, autor dramático, director de teatro y escritor español.