Intentar

Intentar

llevamos conversando mucho tiempo

tú y yo aquí solos

deberíamos ir a algún lugar con gente

relacionarnos

ya sé que piensas que eso es peligroso

pero de tarde en tarde necesito caricias

las tuyas son demasiado virtuales

dirás que detrás de eso hay un anillo

una cadena

pero si no qué hacemos aquí solos

conversando de nuestras cosas tan limitadas

y no quiero escuchar que nuestra vida

no es más que un sinsentido

fuegos artificiales que acaban en silencio

ya me cansa tu voz y mi respuesta

necesito intentar

intentar

intentar

Sin estrategia

Sin estrategia

a fuerza de bloquear los pensamientos

que me alteran

el miedo

la tristeza

la alegría que el tiempo convierte en melancólica

mi pizarra parece una pared

que acaban de enlucir

una pared color nirvana

y la paz no se firma

cubriendo los grafitis que el recuerdo dejó

el color blanco no es signo de paz

sino de rendición

es el revestimiento del vacío

nada es posible en él pues no hay razones

para que algo suceda

entonces intenté otros caminos

me pasé al bando de los grafiteros

que firman las paredes con gruesos garabatos

efímeros dibujos

que el tiempo palidece

con más acierto que mi voluntad

y vuelvo al desconcierto

parezco un general sin estrategia

durante una batalla

en la que ya se sabe derrotado

Meditación sin velas

Meditación sin velas

mi horizonte se achica a cubos

igual que agua de un barco que zozobra

y mi occipital

vuela como una compuerta al espacio

me deslizo por ese hueco

a un lugar donde imperan otras lógicas

allí vuelvo mis ojos al vacío

en busca de un sentido más certero

Stargate

Stargate

ha llegado el otoño

salí de casa a cuerpo esta mañana

y tuve que volver para ponerme el plumas

hacía un viento frío y familiar

anunciaba el final de otro verano

crucé la puerta del parque o un túnel

a un mundo que se llama La Herrería

suelo sentarme un rato

en un banco escondido entre los tilos

allí la luz se filtra

en un caleidoscopio de hojas

un buen lugar para pensar o no

y escuchar a los tilos parlotear con el viento

ellos ya lo sabían

la noche amarilleó algunas hojas

o fue el viento primero que el nuevo otoño enviaba

hay un bosque de robles más allá de los tilos

lo atraviesa una senda

en la que olvidas que estás en un parque

allí domina el jabalí en la noche

y en cuánto alumbra el sol es auditorio

 de pinzones currucas y oropéndolas

todo cambia y parece que cada vez que cruzo

la puerta de este parque

entro en un mundo nuevo

donde las estaciones son la escena

y hay actores que cuentan una historia

como el fresno podado

mi comunista

un puño firme que se alza de la tierra en invierno

y se transforma en Jimmy Hendrix cuando le crecen los vástagos

hay otro banco en un lugar perfecto

para un retrato al óleo

entre dos fresnos en una colina apartada del camino

sobre el valle que forman las Machotas

y los cerros que llevan hasta Abantos

volviendo se camina por un largo paseo

flanqueado de altos plátanos de fresnos y algunos olmos y arces

y a su término espera una familia de secuoyas

que como las campanas del templo de Heian

me recuerdan la temporalidad de todas las cosas

y así son mis días

testigos de mis pasos

público de mis versos

Puertas

Puertas

yo soy de los que dejan las puertas entornadas

me basta una rendija para poder mirar

cerrar y echar la llave

es amputar un cuarto

y aunque esta casa crece cada día

ampliándose con nuevos dormitorios

cada uno de ellos tiene una función

pero a veces dejar las puertas bien cerradas

para que el polvo cubra lámparas y muebles

se pegue en los espejos

suaviza las aristas

y permite que un día las pueda abrir sin daño

Recuerdo

Foto de jules_idunn

Recuerdo

Pasado largamente la mitad del camino y temiendo perder la cabeza cualquier día,

apunto a toda prisa mis recuerdos, antes de que se esfumen y no sepa encontrarlos.

Recuerdo aquellos ojos en la iglesia de El Cachorro,

las paradas nocturnas del expreso en la estación de Linares,

para estirar las piernas y comprar un bocadillo a los vendedores del andén.

Era la iniciación como cofrade del amor sin condiciones.

Recuerdo, en Tamarite, nuestras conversaciones, tumbados sobre el techo del garaje, techados por estrellas.

Serían parecidas a las que ahora tendríamos, pues seguimos haciéndonos las mismas preguntas.

Recuerdo aquellos años de lecturas voraces y de intrigante búsqueda de libros, rosas de Luxemburgo en la trastienda.

Recuerdo un coche fúnebre tirado por ocho caballos negros y a nosotros, tirados en el césped del rectorado, preguntándonos y ahora qué pasará, mientras pasaba.

Más aquellos caballos eran fruto de otro cuento, en realidad era un camión bastante feo.

Recuerdo los ibones, el sobrio Vignemale y un pequeño refugio iluminado de relámpagos.

La emoción de la altura y la sorpresa del horizonte siempre es nueva, nunca envejece, solo cambia.

Recuerdo que en Obona hubo un milagro, aún sigo buscando explicación,

quizá fuera la magia del helecho o la de los muros derruidos,

pero es cierto, durante un tiempo, pude leer sin gafas la letra pequeña de los contratos.

Recuerdo el viento sobre la cubierta de un ferry navegando hacia Génova,

San Marcos inundado y a nosotros caminando sobre el agua como dos jesucristos,

también al comensal aplicado a su bígoli, con los pies recogidos como una ponedora,

mientras que la laguna veneciana se derramaba bajo sus plantas.

Recuerdo a una mujer. Me abrió la puerta.

Entonces sentí que era para siempre, sin saber todavía que siempre es un deseo.

Recuerdo que en Meteoras me subí en una cesta, enviada por un monje bromista y en mi viaje hacia el cielo, me dejó colgado a medio camino.

Él la bajó por darnos estampitas de un santo y yo me subí en ella pensando que quería conocerme.

Recuerdo que Mike Jagger cantó bajo la lluvia en un estadio vacío.

Recuerdo Check Point Charlie, la mejor descripción la vi en Casino Royale,

a un lado una ciudad iluminada en un pálido rojo, al otro una sodoma-gomorra multicolor hasta las pestañas, llamada West Berlín.

El lado iluminado con una pálida luz roja no tenía esperanza,

compré unos discos de música clásica excelentemente grabados, poco más queda de su historia.

Recuerdo que arreglaste un palo de avellano para que me acompañara aquellas vacaciones,

treinta años después sigue acompañándome en el monte.

Recuerdo al orgulloso Orión, la noche en la que vivaqueamos en Siete Picos, y las palabras que me susurró.

No las olvido, sé que alguna noche volveré para darle una respuesta.

Recuerdo aquellos viajes gastro-etílicos por tierras castellanas,

un vino que velaba claustros y paisajes, resaltando una magia que empapaba sus tierras,

de niebla, acero, fuego, sangre, uva, incienso y mesta.

Recuerdo que bailaba, desnudándome por el pasillo,

mientras Sting cantaba un “every breath you take” premonitorio.

Estaba poseído porque te vi nacer.

Recuerdo las mujeres de Lefkada con sus sayas negras que dejaban el pecho al descubierto.

En los años setenta aquello no era propio, para evitar lo impúdico, respetaron el traje y le añadieron sostén.

Recuerdo algunas lágrimas al ver el rosetón de Notre Dame, en mi primer viaje a París.

Volvieron a correr frente a un televisor, cuarenta años después.

Recuerdo una comida en el Dva Jelena en Belgrado, del fondo surgió un canto, casi un murmullo,

que se fue contagiando por las mesas.

Todos se pusieron en pie, con las copas alzadas, no entendía la letra, no hacía falta,

eran tambores de una guerra absurda que pronto llegaría.

Recuerdo un baño en el mar y llovía, era un mar muerto,

el lodo se vertía por los acantilados queriendo reanimarlo.

Recuerdo que bebí la leche de la cabra Amaltea después de mi primer porro y Ezis me dejó.

Unos años después, busqué en la Cueva de Zeus y la cabra no estaba.

A Venecia, dos veces la recuerdo, a esa vieja señora caída en desgracia que aún guardaba una belleza melancólica.

Creímos ver a un joven bello y un tanto cursi, en la playa de Lido.

Recuerdo a una mujer en bicicleta por la ribera del Kamo, su espalda erguida como un junco sobre el sillín,

fue un cebo irresistible que desvió mi camino y, cuando la perdí, al cruzar un puente,

ya no supe encontrarlo.

Recuerdo el cementerio abierto a la campiña, donde decías que podríamos hablar con los muertos, cuando volvieran de su paseo vespertino.

Recuerdo a los danzantes aztecas que venían de Michoacán, bailaban y vendían collares, pendientes, tocados de plata y plumas en la plaza del Zócalo.

Al más impresionante le compré un collar envuelto en bailes y sahumerios.

Recuerdo aquella noche de magia y de poesía, estaban Osvaldo, Elena, Félix, Raulito, algunos más que no recuerdo, tú y yo.

Al volver al hotel President, cerca del bosque de Chapultepec, quedamos en tu cuarto para tomar la última y contarnos la noche, de nuevo.

Recuerdo un gigantesco árbol de luz sobre el Bidasoa. Éramos jóvenes,

creíamos tener una energía inagotable

y como la del rayo poderoso se desvaneció con el tiempo.

                                                         ***

Y a medida que vuelven, los recuerdos tiran de otros y mi vida parece que se va llenando.

Un palo de avellano me recuerda a las Torres Petronas,

su luz iluminaba a un grupo de mujeres vestidas con niqab, una de ellas usaba un bastón blanco,

caminaban al lado de un tugurio de citas, donde otras mujeres se ofrecían.

Te recuerdo dormida en la cubierta del barco que navegaba hacia Creta, alguien nos dejó unas mantas, el mar nocturno anunciaba medusas, tritones y al monstruoso Leviatán, aliado con Eolo para que no llegaras a tu reino,

pero allí estaba yo, protegiendo tu sueño y temiendo al Minotauro que te robaría.

Recuerdo aquella aurora boreal, sobrevolando los meandros del Yenishei,

fue como un agujero de gusano, en un instante pasé de occidente a oriente,

saltamos de la Tierra a otro planeta.

Recuerdo el golpear de una cancela en una calle de Baeza o la vista del valle de los cerezos y en ambos mi recuerdo va más allá del motivo.

Resonabas, la música fluía desde su origen a tus manos y yo desaparecía en el silencio.

Tendría que esperar a escuchar en tu piano la banda sonora de tus ausencias.

El cielo es un recuerdo que está en todos los otros, cuando es protagonista, los magos viajan a Belén.

Un día vi el cometa Hale-Bopp en un alcornocal de Extremadura y semanas después, lo vi, casi besando el horizonte, desde el puerto de Jaffa.

No digo que sea mago, quizá hijo de la magia.

Recuerdo los graznidos de los cuervos en las calles dominicales de Tokio.

Recuerdo, en Candelario, unos castaños y a unos críos moviéndose entre sus ramas como monos

y los confusos días de delirio que me llevaron allí.

También la lucidez cuando bajaba la fiebre, gracias al antibiótico o al agua de Lourdes según a quien preguntaran.

En la plaza de Almagro te volví a encontrar, después de veintisiete años estabas vivo, alguien cometió un error.

Recuerdo que pensé ¿cuántas verdades inequívocas, son pura mentira?

Recuerdo al maestro, sobre de la pirámide del Sol, contaba a sus alumnos como Siyah K’ak’ conquistó Tikal, destronando a Átlatl Cauac.

Recuerdo una venus pequeña, de no más de tres palmos, en una estantería de un almacén ilegal en Reggio Emilia,

otra diosa victoriosa me sorprendió de igual manera, en las escaleras del Louvre,

pero aquella pequeña Venus brillaba en una cueva de ladrones, salvadores de objetos perdidos.

Recuerdo el vuelo,

simplemente elevarse, cruzar las nubes, y percibir la curvatura del planeta,

y ver la geografía desplegarse, los ríos, los desiertos, las montañas, el azul en el que se confunden el agua y el viento

y aún queda la belleza del retorno, ver como se acerca la bahía de Río o cómo las alas se balancean entre las montañas buscando el aeropuerto.

Recuerdo que un fantasma se colgó de mi espalda en Nigatsu-do.

Los tres días siguientes, tuve extraños sueños, tres figuras alternas me miraban y sonreían.

Sus vestidos cambiaban de los del shogunato a nuestros tiempos.

A dos los conocía, del tercero intuía su importancia.

Recuerdo los mercados de cualquier lugar del mundo, son el primer museo que visito, en ellos se encuentran las claves.

En Huasi, las serpientes cuelgan desangrándose, en el Gran Zoco de Tanger, las especias impregnan el aire, en Tsukiji, un tanatorio oceanográfico habla de un pueblo marinero.

Si la felicidad es un recuerdo, ése sería el de todos tus dientes, grandes, blancos de perborato, limpios,

igual que tu sonrisa que era un gran balcón desde donde saludaban.

Recuerdo un hombre muerto en un montón de basura, era domingo en Sao Paulo,

lo archivó mi memoria como objeto encontrado, readymade en la entrada de un museo del horror.

Recuerdo que salí de aquella Iglesia, Santa Rita, más ligero, sin cadenas.

Un cura demasiado interesado en saber los detalles de mis faltas, me liberó de lo absurdo, castigándome a rezar oraciones repetidas hasta la hipnosis,

como si Dios fuera sordo y ciego, porque mudo ya es, siempre habla por boca de otros.

Nada me quitó la santa, porque nada me dieron.

Recuerdo que los bosques de haya echan raíces en los pies del que los cruza.

En Soto de Sajambre hay uno antiguo, habitado por duendes, los he visto en fotos inquietantes y en la cara de la mujer que vive en el monte y los talla en los troncos de las hayas muertas.

Hasta ese bosque se extienden mis raíces, no importa donde esté, sigo bebiendo la savia de esas hayas.

Recuerdo haber rezado en Silos con los monjes. Maitines en el coro, qué extraña situación para un ateo que canta tan mal.

Recuerdo que las luces semejaban un belén navideño en las colinas de Caracas,

como una maldición, al amanecer, aquel belén se transformó en un barrio de ranchitos.

Recuerdo que contabas aventuras increíbles, tantas que en una vida difícilmente caben, sin embargo, te creí y resultaron ciertas.

Eras un alí bey, un anarquista, nadie a tu paso era indiferente. Desordenaste mi vida como un viento que cumple su destino y no es responsable de los daños.

Recuerdo mi primera visita a Córdoba, la mezquita oscura, fresca, en el exterior un calor sofocante.

Nos deslumbramos con un grupo de jóvenes americanas, si hubieran llevado velo, habríamos abrazado el islam.

Recuerdo los mosaicos enterrados de Clunia aparecer al ritmo de la escoba del guardia de aquella colina.

Y a tres hombres malignos que, a medida que se acercaban, despertaban nuestro miedo.

Recuerdo tu topless en una cala de Parga, y aunque tu cuerpo ya era parte del mío, me despertaste un hambre acuciante,

quizá fuera el deseo de los otros, lo que me excitaba.

                                                         ***

Recuerdo que un buen día me dijiste que era poeta, yo no tenía entonces muy claro lo que era, en mi pasaporte decía químico y por eso me pagaban,

te respondí que versos escribía, pero poeta…

Poeta es el que mira como tal, sentenciaste.

Creo que fue por Hilarión Eslava, tan cerca de aquella iglesia, que no puede ser la suerte.

De nuevo me sentí liberado, esta vez no de la fe, sino de mi máscara.