APENAS RECORDAMOS

 

EL VIAJERO DESPIERTO

Los sentidos nos acercan al exterior. Son cinco al menos, la mayor parte del tiempo dormitan atentos a una señal y la otra trabajan en automático sin esperar que les presten atención. El viaje es una buena oportunidad para practicar con ellos. Sus experiencias nos ayudarán a apreciar y entender mejor lo que nos rodea, que de tan habitual apenas comprendemos o valoramos. ¿Quién no encuentra en la cara de su hija un lunar que antes no había visto? Al cambiar de aires, se cambia de olores, sabores, sonidos e imágenes, incluso el tacto es distinto y esos cambios despiertan los sentidos, a veces intempestivamente.

Pero, ¿qué es viajar? Según La Real Academia viajar es trasladarse de un lugar a otro, sin embargolos que viajan lo dirían de una forma diferente. Ni mejor ni peor que la definición del Diccionario, pero seguro que más cálida y con matices. Hay viajes de placer, son aquellos que se realizan por gusto; no importa la razón: unas vacaciones rápidas o dos años navegando alrededor del mundo son traslados voluntarios. El navegante puede buscar un sueño y el turista un poco de sol, pero ambos viajan porque quieren y pueden. Los otros viajes tienen motivos variados y, aunque algunos no estén exentos de placer, la razón que los guía es otra. Hay viajes de negocios como los de Marco Polo o los de la legión de ejecutivos que surcan los cielos; de estudios como los de Erasmo o el de un postgraduado a Yale; de despedida, los que van a su tierra a enterrar un recuerdo; hay peregrinaciones a lugares sagrados y también el terrible exilio. Alguien me dijo alguna vez que viajar no era únicamente trasladarse, sino buscar y estar en un destino.

No hallarás otra tierra ni otra mar.
La ciudad irá siempre en ti…
…la vida que aquí perdiste
la has destruido en toda la tierra.

Kavafis sabía una parte, aunque cambiemos de lugar permanecemos en nosotros mismos, incluso si hemos llegado allí huyendo de nuestra historia. Pero el viaje cambia no sólo el decorado.

Un buen día de otoño, me lo volvió a recordar otro viajero, tomábamos una copa en un hotel de Tokio.

– Esos cambios nos enseñan lo relativo de nuestros principios. Cada ciudad, cada cultura que conocemos arranca una capa de la cebolla de nuestras costumbres, dejando nuestro yo cada vez más indefenso – me dijo.

Perder la fe en los principios fundamentales no era tan dramático para él, probablemente la única forma de empezar por el buen camino. Al contraponer la propia verdad a la ajena y recibir aquella como respuesta, aprendía que hay muchas formas de ver las cosas y que los hombres justos se parecen en todos los sitios.

Escuché sus historias divertido, daba extremada importancia a los sentidos, porque decía que eran las manos que cosechaban para saciar la boca hambrienta del espíritu. Las transcribo, como si de un largo monólogo se tratara, sin incluir diálogos, circunloquios ni interrupciones para ofrecerse tabaco o pedir té para él y zumo de naranja para mí. Se han ordenado los recuerdos siguiendo un guión – ahora lo sé – previamente trazado por su mente, pero que no tuvo un desarrollo lineal en ningún momento. Pasaba de una anécdota a otra, cambiando de ciudad y de recuerdo, guiado aparentemente por el azar. No sé por qué sólo hablaba de esas cinco ciudades. Evidentemente las conocía bien y para él tenían alguna relación.

Al final de cada «sentido» introduzco alguna observación propia que resume los comentarios que vertimos durante aquella tarde lluviosa, sentados en la cafetería del lobby de un hotel de Tokio.

EL OLOR DE LOS AEROPUERTOS

Cada aeropuerto tiene su olor o su mezcla de olores. Lo mismo ocurre con las personas, cada una huele diferente: a tabaco y a Givenchi, a sudor y a Kouros o a cualquier otra mezcla abigarrada. Pero siempre hay unos pocos olores que destacan e identifican, por ejemplo, a un aeropuerto. Si se cierran los ojos, se puede oler en los rincones de la memoria. Es un ejercicio difícil porque hay que oler hacia adentro, aunque con un poco de práctica se convierte en algo tan sencillo como recordar un rostro.

…el aeropuerto de Kimpo en Seúl. Huele a ajo, sin disfraces ni frituras: a diente de ajo. Los coreanos usan el ajo como ustedes los ibéricos las aceitunas, por eso Corea huele a ajo desde que se pisa el finger hasta que, en un acto de defensa propia, te comes media docena de dientes de ajo. No se trata de un acto de locura, sino de la única forma que conozco para dejar fuera de combate a la pituitaria, y poder comportarme de manera civilizada durante la estancia. Incluso en Corea se considera de poca educación retirar el rostro cuando se saluda a la gente y, de peor, que te de una arcada cuando te sonríen. Corea nunca será tierra de vampiros, al menos eso ganan.

El aeropuerto de Ciudad de México huele a maíz, pero a diferencia de Corea, en México no te desprendes del olor. Lo invade todo: las catedrales, los pedestales de los gobernantes, los zócalos donde se extienden las mantas multicolores con cualquier cosa que la mano pueda hacer con el metal, la madera o las plumas de un pájaro. Supongo que si pudiera comerme un quintal de mazorcas, dejaría de oler; para siempre, me temo. La mayoría de la gente convivimos sin problemas con la dulzura del olor a maíz, pero se dan casos agudos en los que al visitante le resulta tan empalagoso, que adquiere una perpetua cara de asco. Se les distingue fácilmente porque siempre llevan la nariz arrugada y los labios fruncidos.

Al llegar a Madrid distingo el olor de Barajas: fritanga, que es el término con que ustedes designan al aceite de oliva frito. Quizá me contagie de la exageración propia de los españoles pero, si cierro los ojos, en vez de las tiendas Duty Free podría estar rodeado de los bares de Tirso de Molina. Los españoles gustan rebozar y freír casi todo – a ser posible en aceite de oliva – y en algunos bares son tan tradicionales que siguen usando el aceite con el que frieron sus padres, por eso las calles conservan olores de rancio abolengo.

Heathrow is different. En este aeropuerto no huele a comida – menos mal -: este aeropuerto huele a moqueta. Londres, todo el Reino Unido, huele a moqueta. Es como si los británicos poseyeran la función fotosintética y no se alimentaran de cosa sólida. Luego, más tarde, se comprende. En fin, con su moqueta se lo coman.

Acabo de llegar de Narita. Allí, en su aeropuerto, todo es perfecto, limpio, exacto, práctico, esterilizado, pero aunque parezca que el olor es imposible, olfateando con perspicacia, se descubre la soja y el sake. La soja es una planta milagrosa que sirve lo mismo para un dulce, que para hacer aceite o tofu o yuba o tantas cosas de nombres hermosos. A la soja se le añade mostaza, wasabi o se la usa de condimento en sopas y salsas. Si la soja es la sangre del Japón, el sake es su refugio, porque a pesar de su belleza, si no lo conoce, le aseguro que vivir en Japón es duro y a sus gentes les gusta buscar el refugio de una botella caliente de vino de arroz”.

Mi viajero insistía en dejarse guiar por la intuición de los sentidos. El olor podía delatar a un pueblo descuidado, aburrido o exquisito y también enseñarnos que lo que huele mal, lo hace en cualquier lugar. El olfato, junto con el tacto, son los sentidos más universales y en los que hay menos puntos de desencuentro entre distintas culturas.

A VECES EL GUSTO NO ES MÍO

El sentido del gusto cojea y necesita las muletas del olfato y el tacto para completar sus sensaciones. Podemos ver sin oler o tocar: casi no pasa nada. Ahí están las salas de cine, llenas de soñadores. El tacto es la vista de la noche. ¿Y el oído? Tampoco necesita compañía. ¿La música necesita acaso un cóctel, un ballet, una caricia? ¿no se escucha mejor con los ojos cerrados y si fuera posible flotando en el vacío?. Pero el sabor necesita al olor – y también al tacto – para completar la felicidad de un buen cocinado; es la mitad de un sentido, un apéndice húmedo de otro. Se puede oler sin paladear pero empobrece lo contrario. Y el tacto delimita a los dos sentidos y les da textura. La comida es el acto del gusto y en las comidas es donde los contrastes entre lugares diferentes son más violentos.

El viajero que visita un lugar debe disponerse a conocerlo, y las costumbres culinarias son una faceta inexcusable. Siento horror cuando veo a un turista con el coche lleno de latas. Me recuerdan a los que se refugian aliviados en las hamburgueserías de Tokio. Una lástima, Du bist was du isst, creo que ustedes dicen de lo que se come se cría. No es posible entender a la gente de un lugar sin comer su comida; alrededor de la cocina se desarrolla buena parte de la cultura de los pueblos. La comida trae la conversación que trasmite las historias de familia. Aquí, en Japón, la comida es una larga sobremesa. Durante esta ceremonia se intenta excitar a todos los sentidos con las composición armoniosa de la mesa, las formas y colores de los alimentos, el sonido pausado de un instrumento de cuerda o la conversación. Pero hay tres sentidos que participan activamente en la ceremonia, saboreando, oliendo, palpando las pequeñas esculturas que se ofrecen en bandejas de madera lacada y fondo de bambú. Japón tiene una cocina esplendorosa en variedad y en sabores: el tempura de aires canónigos; la soba y el rame, que en forma de sopas son alimento cálido y reconfortante; el shabu-shabu y el buey de Kobe, deliciosos al paladar y dolorosos al bolsillo; el yakitori casi magrebí y el pescado realmente fresco. Después de la soba o del limpio tacto del toro – ventresca de atún -, siento que detrás de las manos ajadas de la mujer que me ha servido o de los hábiles cortes con que el cocinero preparaba el sashimi, está el respeto propio que fundamenta el espíritu de este país.

Si Londres es un crisol donde la India, China y el Islam conviven con los naturales, le hablaría de las delicias de sus pequeños bombais, shangais o dubais, si en cambio nos referimos a lo puramente británico, mejor sería que sólo hablara de cerveza. No conozco ninguna especialidad de las islas – excepto el Cheddar – que no sea superada por cualquier aperitivo preparado al sur de París. Pero las cervezas dejan huella en el paladar del viajero. En cualquier pueblo puede haber una cervecera local. Sus cervezas son espesas como labios y convocan a los cansados al final del día. La sobremesa en Inglaterra se hace en el pub o en el club, que es lo mismo pero “más selecto”. Hay otros sabores que, después de varias semanas allí, se llegan a celebrar: las judías con tomate dulce o los sándwichs de pepino. Las dos especialidades tienen también su escala de valores, en cambio no he podido encontrarle la gracia a la forma en que hierven las verduras, y no apruebo en absoluto el abuso de la mantequilla.

En España empiezan eligiendo un buen vino. Si no se es experto, se puede empezar por un bodeguero del país – porque allí llaman países a todas las comarcas -, luego se irá aprendiendo. La comida española es de apariencia sufrida, pero especialmente delicada. Si está cocinada con afición y paciencia, y sobre todo si se come en su punto, es todo lo buena que uno desea, pero no admite interpretaciones foráneas y el tiempo la marchita enseguida. Así es difícil encontrar un buen restaurante español fuera de sus fronteras. Me sorprenden las horas a las que ingirieren los alimentos y la copiosidad y duración de las comidas. También es admirable que la desmedida sea incorregible, después de las muchas tardes que pasan repitiendo algún plato especialmente indigesto. En España el sonido es parte de esta fiesta, en mi país, que es más tranquilo, acompaña sin avasallar, pero ustedes gritan para decir cualquier cosa y procuran hacerlo a un tiempo. Ésta es una auténtica prueba de fuego que se exige al forastero para llegar al alma de un buen plato de fabada, un cocido maragato, unas migas o unas sardinas al espeto. Pero el vino siempre está a tu lado, para calentarte entre el frío griterío y enclaustrarte más allá de los sonidos.

El calor no es exclusivo del tacto, cualquiera que haya probado unos chiles lo sabe y el que no, créalo y tome sus precauciones. México es para paladares de fuego. Se necesita un proceso de inmersión, en el que se arriesga la venganza del azteca – y con él usted tiene más cuentas pendientes que yo -, antes de poder empezar a distinguir los matices de unos sabores tan subidos de tono. México sabe a frijoles y aguacate, a chiles y jalapeños, a tequila y a pulque y a zumos de frutas. Sin embargo el chile suele ser el que queda mejor grabado en la memoria. Para un extranjero el chile es uno y en este país hay cientos de chiles, que varían en color, tamaño y potencia – algunos golpean directo a la cabeza -. Pero en México el sabor no se abarca sólo con el paladar, porque si no, cómo explicar que su aire pueda saber a pueblos que esperan el retorno de sus dioses o que quizá agonizan heridos de muerte; a miedo en las calles silenciosas de la noche, porque el miedo es salado y con cierta acidez; a oro y a plata mezclados con sangre india, sangre negra, sangre mezclada; a hombres y mujeres que perdieron su condición. A algunos viajeros, México, les puede saber a deuda.

En la otra orilla del Pacífico, en las costas de Corea, un rey tiránico gobierna el paladar, corroe dentaduras, perfora intestinos y produce intensas hemorroides: es el kimpchi. Las tradiciones coreanas dicen que hay que enterrar la hojas de col mezcladas con veintitantas especias diferentes, para que maceren durante un par de meses bajo tierra. El resultado se presenta de color verde o blanquecino y acompaña a todos los platos: su presencia es obsesiva y ofrece una barrera difícil de salvar. Sin embargo hay otro aspecto de la mesa coreana que se puede degustar sin arriesgar las papilas: las formas, las maneras adecuadas para ingerir el alimento con urbanidad. Nos sonreímos cuando lo que nos parece procaz en nuestros lares es convencional entre otra gente. Corea es un lugar de continuas sonrisas. A pesar del respeto que tengo por las costumbres de cada lugar, no puedo evitar la sonrisa cuando me invitan a un restaurante. Comer en el suelo, calentado como si fuera las termas romanas, implica ciertas desinhibiciones. El uso de las manos, otras. En Occidente hemos separado las manos de la comida, pero el resto el mundo come con las manos; en Corea, son un cubierto más, que se introduce en la boca para empujar los rollitos de lechuga rellenos de carne, ajo y, naturalmente, kimpchi.

Mi viajero tenía reacciones viscerales cuando se hablaba de comida. Consideraba que la buena cocina es reflejo de generosidad entre las buenas gentes. “El que tiene el gusto cojo y delicado, puede amargarte un viaje”, – me decía y afirmaba que el que comía con disgusto la comida de un lugar terminaba recordando del Taj Mahal sólamente que era un edificio blanco.

EL TACTO TAMBIÉN CUENTA

El tacto se practica sobre todo en la cama y siempre con una piel de por medio, pero aparte de este hecho exquisito ¿qué otras cosas tocamos, que permanezcan en la memoria? Porque tocar, lo hacemos continuamente; la ropa es roce constante que rápidamente se olvida, y si hay alguna prenda que se nos hace presente durante la jornada, pasa a las perchas del fondo del armario o a un contenedor al uso. Desde que nos levantamos, andamos tocándolo todo: el cepillo de dientes, el jabón, el billete de metro, el filtro de un primer cigarrillo, siempre tenemos algo entre manos, pero pocas veces somos conscientes de su tacto, simplemente sostenemos las cosas, sólo a veces las acariciamos y la caricia es la base de la memoria del tacto. Alejémonos de la piel en esta conversación, porque una piel que se recuerda, hace olvidar otros tactos útiles.

…Kimpo en Seúl. Se acuerda que olía a ajo, pero ya hemos hablado del olor, ahora nos preocupa recordar lo que tocaron mis dedos en otros viajes. Entre los que vivimos de hotel en hotel, éste es un truco muy útil para adaptarse al cambio: recordar sensaciones anteriores para ponerse en situación lo más rápidamente posible. Y yo soy un ser ordenado, que almacena sus recuerdos en las carpetas de un disco imaginario con los nombres de los sentidos. Allí está el eslabón que me faltaba: la lencería de los teléfonos. En todas las casas, despachos y bares con clase de Corea, se viste a los teléfonos con algo así como unas braguitas de macramé; en el país del plástico, su tacto parece descarado y el gesto de coger un teléfono adquiere cierto erotismo.

En México el tacto de la piedra es árido, pero atrae el ensueño de civilizaciones perdidas y esa aridez siempre se puede matar, tomándose un trago de pulque, antes de iniciar la escalada de una pirámide. Allí, en la cima de una de ellas, conocí a un maestro que contaba la historia de los dioses aztecas a un grupo de niños, y vi sus caras de asombro al oír cómo nació Teotihuacán, también – probablemente gracias al pulque – imaginé a otros niños no muy diferentes, nacidos en aquellos días en que los estucos de la Avenida de los Muertos tenían vivos colores. El tacto de la piedra es árido en otros sitios, pero para mí la piedra es más árida en México, o eso es lo que recuerdo.

La tierra de ustedes también es seca y al tacto cuartea las manos, pero en otros lugares de su país, es verdad que el verdor es insultante y la humedad recibe entre las sábanas. La memoria táctil debe ser como una lengua invisible de camaleón, que va tocando y guardando la esencia de lo que toca, pues bien, la lengua invisible del viajero reconocerá España por la dura hoja de las encinas o las acículas quebradizas de los pinos al cruzar un bosque, por la fría superficie de una botella de vino y la suavidad de una mesa de pino añoso sobre la que tanto gustan echar órdagos y envites – nunca he entendido esta extraña afición a una partida -, y perderlos – menos, todavía, el placer de la derrota -. También la reconocerá por el pan. En eso se parece a mi país: el pan entre las manos, la harina blanca sobre las hogazas, la vítrea superficie de una barra bien tostada.

La antigua Albión debió de ser suave y húmeda, como una joven vikinga, aunque ahora se encuentre asediada de construcciones. El que llega allí por primera vez creerá que a las yemas de sus dedos les están esperando los tallos de césped en High Park. Pero en Inglaterra hay otros tactos, que se imponen a los sueños, quizá el más familiar sea el del mango de un paraguas o el de las solapas de una gabardina, y es que se suele tener mala suerte y siempre que se llega a estas latitudes, el tiempo está de perros y lo que queda en la memoria es el continuo quitar y poner de las prendas, y su tacto húmedo.

En Japón todo se hace a ras del suelo, se come sentado en él, se duerme sobre él, es cama y mesa, pero también es suelo por donde se pasa. Esa presencia absoluta del suelo, lo hace símbolo de intimidad y así el suelo merece todas las atenciones y limpiezas. La primera vez que dormí sobre el suelo de una casa tradicional me olvidé de los otros tactos del Japón. La piel de ese suelo es el tatami. Es piel de cañas de arroz, suave, acolchada y hace que la superficie de un dormitorio sea una cama sin fronteras, con muchas posibilidades para las parejas imaginativas. Esa primera noche, quizá de forma accidental, – y sin pareja – mi mano resbaló del futon hasta el suelo, posándose sobre el tatami. Pasé un buen rato recorriendo pensativo los trenzados de caña.

El tacto suele estar dormido cuando andamos despiertos y despierta cuando nos vamos a la cama, pero mi viajero era avezado y prestaba atención a este durmiente y promiscuo sentido, del que extraía enseñanzas sobre la naturaleza y las costumbres de otros lugares.

EL SONIDO DE LOS LUGARES

El koto es una guitarra para gente pacífica, silente y sedada o con ganas de que la seden. Lo escuchará en los hoteles de Japón. Mejor en los riokanes que son fondas para viajeros pero en japonés, es decir más cuidadas y más cómodas. Algunos riokanes son pequeños palacios donde tras cualquier biombo esperamos encontrar a una princesa de pasos cortos y con el aspecto de una amante sumisa a los gustos de su señor. La percusión del koto es distante, sus notas aisladas recorren los pasillos de perfecta geometría y espartano diseño; son notas precisas que definen el espacio, igual que lo definen los escasos objetos que adornan sus salones. Cuando oigo vibrar una sola de su cuerdas, sé que el té verde está caliente, que estoy aquí, en Japón, y me dispongo a beber de mi taza. Entonces me vienen a la memoria los sonidos de otros lugares…

…el sonido de Inglaterra. Allí no es la música lo que recuerdo – aquella música la oí en mi juventud pero en otra ciudad -, recuerdo su representación y el ruido del vidrio afinado por el contenido desigual de las jarras. También las voces enfrascadas en conversaciones blandas, punteadas de risas contenidas: el sonido de un pub antes de empezar un directo. En los Midlands, ese sonido es igual al alma inglesa, joven cuando canta y vieja al hablar. La canción suele sonar bien y es que cantar “lo de ahora” en inglés parece más fácil que en otras lenguas. La letra habla de sexo, libertad, drogas, amor, automóviles suicidas, mientras que los parroquianos, todos personas ya hechas, hablan de la fábrica, del Liverpool y acompañan el ritmo con un leve movimiento – cosas de los cambios del alma -.

El sonido de su tierra no es fácil de describir. Creo que, ante tamaña demostración de algarabía, es difícil decidirse. Hay españas que suenan a cigarras, restregando sus espinosas patas incansables, el mediterráneo es así en verano. Hay otras españas de pandereta, – en el buen sentido, no se ofenda – y que se pone a bailar por las esquinas sin recato o que canta con voces desgarradas. Pero quizá el sonido que más me sorprendió fue el silencio de la grandes extensiones, casi deshabitadas, que todavía quedan en su patria. 

Bullicio, esa es la palabra, en el Zócalo un sábado por la tarde. El bullicio es un color abigarrado, como lo son todas las ciudades de México, y en aquella plaza – aunque habría que inventar un sinónimo para describir un pueblo sin edificios – están todos los colores. En la sinfonía del bullicio se destacan el viento, la cuerda y la percusión. O lo que es lo mismo, las bocinas, el zumbar de las muchedumbres y los tambores de los indios. No es un parque de atracciones, es la vida misma condensada en unas pocas hectáreas y aunque eso ocurre en otras partes – recuerdo sitios con bicicletas y gentes comiendo arroz en pequeños carromatos -, en México el bullicio no es únicamente movimiento, es manifestación de vida que se extiende prolífica, dicen que hacia el norte.

Incluso en Seúl, donde millones de nuevos conductores aprenden a conducir en un gran atasco, se encuentran lugares tranquilos, donde la música de cuerda nos sitúa en Oriente. Pero éste es un país con prisas para hacerse rico, para tener lo mismo que América o su amado Japón, y está olvidando su sonido. En Corea se puede escuchar música de sirenas, al ritmo de los abanicos multicolor de las bellas bailarinas de Pusan, pero en mi recuerdo hay otros sonidos familiares que se imponen, traviesos: el pedo y el regüeldo. Olvide la procacidad de mis palabras y busque la gracia del asunto: no hay muchos países donde pueda deleitarse con un buen regüeldo en la mesa, sin ofender a los comensales.”

Otra vez cinco ejemplos y una misma moraleja que, en las idas y venidas de la conversación, afloraba en los labios de mi viajero: lo que en un sitio huele mal, aunque en otro no sea una delicatessen, puede ser tan natural, como de hecho lo es el soplar del viento.

VISIONES DEL VIAJERO

Los recuerdos se ven, algunas veces son imágenes borrosas o incorpóreas, pero siempre son figuraciones aderezadas con las especias de los otros sentidos. No todos vemos igual, los hay miopes, astigmáticos, hipermétropes, daltónicos y tuertos. Los ciegos no están incluidos en este grupo, es obvio, no ven con los ojos: utilizan los otros sentidos y ven un mundo diferente al que yo conozco, más pequeño y más profundo. Los que tenemos este obeso sentido, que ocupa la mayor parte de las sensaciones que recordamos, no sólo no vemos igual, tampoco vemos lo mismo cuando miramos; de ahí que insista en la subjetividad de todas mis apreciaciones. Esto que le estoy contando es un juego, un juego que me ha servido para aprender a diferenciar lo que trae cada sentido y también para no dejar que la vista se convierta en el centro de una fiesta, a la que también otros fueron invitados. Pero ahora sólo tenemos ojos para ver y de las visiones hablamos.

Kimpo llama la atención por los trajes militares que le dan cierto aire de cuartel, después en la ciudad o incluso al regresar al aeropuerto, se les olvida, porque la baraúnda de Seúl y de los mercados de Pusan han llenado de imágenes la retina. Corea no es un país para visitar en invierno. Los campos se agostan y las hierbas adquieren un color de paja sucia, las nevadas son frecuentes y el frío cortante – incluso a pleno sol -. La nieve puede incrementar el caos hasta niveles que ni siquiera las teorías más modernas consideran analizables. Y no digamos en su capital, un constante atasco en el que al conductor no le queda más remedio que contar cuántos bloques idénticos – numerados como si pretendieran facilitar el trabajo a los misiles de sus hermanos del norte – faltan para llegar a su destino. Corea es país para las estaciones cálidas. El color sucio se transforma en verde, los árboles florecen y en las fiestas populares las mujeres se visten de arco iris. Durante esos meses Corea es más amable y despierta pasiones más cálidas que las mencionadas hasta ahora.

En Ciudad de México se agradece un día claro, sin contaminación que agrise el horizonte como si de una maldición bíblica se tratara. Lo normal es que en esta ciudad el cielo se olvide pronto y la atención se fije en el abigarramiento que bajo él florece en cualquier sitio. Uno bueno puede ser un cruce de avenidas: mejor que una butaca de patio en el Bellas Artes. Allí podrá aprender más que en un congreso de sociología: los guardias haciendo el egipcio y aceptando unos pesos – no se sabe muy bien por qué causa -; la variada fauna de automóviles recompuestos tantas veces que ya parecen mutantes; la pobreza que aunque en otros lugares será más brutal, llega hasta aquí en forma de niño descalzo que le pide un peso; la lujuria del poderoso conduciendo carros que parecen de otra película más lujosa. En esta ciudad el contraste no admite disculpas, porque es inmenso en diferencias y en números. Sin embargo, en un día claro las sierras y los volcanes que circundan la ciudad llaman a internarse en un país bravo y salvaje, donde todavía se puede morir de sed si no se tiene cantimplora, o llorar de emoción al ver los cerros extendiéndose hasta el horizonte desde una de sus cimas.

El problema de la erudición es la síntesis. Los que viven en un país y gustan conocer sus rincones son una variedad de erudito vagabundo que ha perdido la capacidad para resumir lo que ha visto por sus tierras, seguramente por conocerlas tanto. Por esa incapacidad, ustedes negarían muchos detalles de sus costumbres que al extranjero sorprenden o, en cualquier caso, pasarían sobre ellos de puntillas. Le hablaré sólo de Madrid, ciudad que, creo, conoce. Hay muchas posibilidades de que en lugar destacado, en mi primer viaje, quedara la imagen de la juerga incesante desfilando bajo el balcón de mi habitación durante la noche. Me había alojado en una pensión de la calle Huertas. A las tres de la mañana la gente entraba y salía de los numerosos bares con estruendo; nadie parecía dispuesto a irse a la cama. Pasé la noche observándolo todo desde la barandilla insomne de mi balcón. Madrid es una noche, durante el día es una ciudad incómoda, de la que muchos huyen así termina la jornada. De noche ustedes son una procesión que huye de la soledad de los cuartos y busca compañía en las terrazas, en los bares, o simplemente se pasea pensando lo raros que son los otros. Y, ¡pobres los que intenten dormir¡

En cierta forma Londres es uno de mis lugares de referencia – y siempre que paso un domingo en esta ciudad, intento acercarme a la city. Cruzo Hyde Park y me detengo un momento en una esquina famosa y bien conocida por los turistas: la Speaker´s Corner; pero no me gustan los sitios turísticos y salgo del parque y en contra del fluir de la gente, que cada vez es menos numerosa, entro en el barrio de las finanzas; allí trabaja lo más escogido, lo más entregado, lo más ambicioso y seguramente lo más aburrido de Londres. Los domingos no hay nadie, si no llueve, los ejecutivos arreglan sus jardines, ordenados por alguna ley geométrica, o juegan al cricket en la verde campiña. El domingo la city son edificios dormidos; a pocos londinenses les gusta visitar el lugar, van a trabajar o a comprar acciones, por eso los días festivos las calles del barrio parecen cauces secos. Después, en metro, me dirijo a la estación Victoria con tiempo suficiente para tomarme un sándwich de colores. Algunas tardes, en Windsor, empujo una barca con su pértiga por las mansas aguas del Támesis. Oculto entre las ramas de un sauce que buscan la humedad del río, pienso que aquellas tierras tienen la placidez de los ancianos aburridos de contar su larga historia.

Tokio está surcado de canales: muchos de ellos ocultos. En la vida cotidiana se ven sólo unos pocos, los más están en las traseras de los edificios o bajo las calles. Se puede ir en barco desde Asakusa a los jardines de Hamarikyu – allí, la paciencia resignada del jardinero glosa el alma del Japón – o incluso más allá, a las islas de la bahía. La ciudad muestra sus tobillos a los navegantes de los canales. Hay más tapias grises que muelles ajardinados, porque hasta hace poco sus aguas eran fétidas y malsanas, y a nadie se le hubiera ocurrido abrir ventanas a las alcantarillas. Los jardines de Hamarikyu glosan el alma, y el metro es el purgatorio donde ese alma pena el pecado del desarrollo. Los japoneses pasan más de dos meses al año dentro de un vagón, casi siempre dormidos. En las horas punta, el metro es un hervidero organizado, las multitudes que se encuentran en las estaciones, se dirigen hacia las decenas de andenes, cruzándose en un flujo imparable. Todo cambia en los andenes, las multitudes se aplacan y forman ordenadamente entre líneas amarillas pintadas en el suelo. Parece que la colmena funciona sin represión, fruto de la libertad individual; en Japón las imágenes parecen nítidas y parecen contar cosas sencillas; pero sólo parecen.

La vista es el último de los cinco sentidos en este guión que concibió mi viajero. Es el último y quizá el más poderoso, aunque sus imágenes se vuelvan borrosas, se deformen de tanto recordarlas. No ocurre lo mismo con los otros sentidos, tan sutiles que el recuerdo sólo permite atrapar su esencia, sin apreciar matices.

FINAL

Lo acompañé hasta la boca del metro de Higashi Ginza, estaba intrigado por el contenido de la conversación y por haber sido elegido como interlocutor. La cadena de causalidades suspendida de mi acto de libertad – al fin y al cabo, le había escuchado más de tres horas y había permanecido allí voluntariamente – requería un broche, un cierre que la convirtiera en metáfora. Pero no habló. Se detuvo un momento antes de desaparecer por las escaleras, y se despidió con una inclinación. Recordé, entonces, unas palabras que dijo en algún momento, al final de la conversación. Me parecieron pretenciosas. Después, han vuelto con frecuencia a mi memoria.

“ Las ciudades, los países, no gustan por sus monumentos, ni por sus paisajes o sus gentes. Hay ciudades amigables que empalagan y en otras, donde la risa escasea, se siente el vértigo.

Un pueblo cercano, donde sus habitantes no han olvidado que son parte del bosque, o una ciudad de prodigioso tamaño que no conoce otro horizonte que el perfil de los edificios, pueden ser el nido donde incubar algunos años.

Quizá la esperanza del viajero sea llegar a sentir que el viaje no es indispensable, y que es capaz de percibir el palpitar del mundo desde el lugar donde se encuentra”.

 

para Pedro Díaz del Castillo

La cúpula 

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En el año 2006 María Monsonís y Teo Cardalda me pidieron un cuento corto para incluirlo en su CD Hellomundocruel. La cúpula habla del miedo a vivir y de como algunos buscan/buscamos mecanismos para adormecernos y no sufrir. De esa manera vivimos sin vivir a cambio de una imaginaria seguridad de no sufrir.

 

LA CÚPULA
Rafael Pérez Castells

En mi ciudad han hecho un Metro muy bonito. Tiene las paredes de colores brillantes, cada línea de un color distinto. Los colores son pálidos y apagados en las estaciones lejanas, y van oscureciéndose y aumentando el brillo a medida que se acercan al centro.

En la Estación Central los colores de las distintas líneas se van juntando cuando los pasillos se unen en pasillos más amplios que confluyen en La Cúpula, que así se llama la sala principal. La Cúpula es un arco iris que tiene muchos más colores que el de verdad. Y cada año se le une alguno nuevo, porque nuestro Ayuntamiento no deja de perforar la ciudad construyendo
nuevas líneas.

Yo soy un viajero más de este Metro tan fantástico. Todas las mañanas entro en una estación azul pálida y me bajo en una de color rojo coágulo. Vivo a las afueras, en una zona de edificios aislados por grandes descampados, y mi trabajo está en la Plaza de Armas. Más céntrico, brillante e intenso es imposible. Luego, casi todos los días, tengo que visitar clientes y, entonces, es cuando de verdad disfruto del Metro. Unas veces voy del rojo coágulo al verde aceituna, otras termino en amarillo canario – por cierto, en el bar de esa estación dan un pincho de tortilla paisana que no se lo salta un torero -, la verdad es que disfruto mucho viajando en Metro.

Aunque en otras ciudades los Metros tienen pantallas en las que se dan noticias o anuncios, en el nuestro son más grandes y holográficas. Las hay por todos los rincones, dentro de los vagones, en los andenes, pasillos y distribuidores. En La Cúpula hay más de cien pantallas, todas proyectando la misma imagen.

La colocación de las pantallas hace que la cúpula parezca el interior del ojo de una avispa. En las salas, que se abren en los cruces de pasillos, hay bares, restaurantes, salas de juegos, kioscos y un sin fin de comercios que hace innecesario salir a la superficie para comprar algo.

Desde los pasillos se puede acceder a los edificios principales. Es una suerte porque, desde hace un par de años, ya no tengo que salir a la calle para llegar a mi trabajo. Salgo de mi dormitorio y por un pasillo muy largo, llego a mi despacho. Así si llueve o hace calor, no me importa. Dicen que las calles son peligrosas. Hay muchos accidentes, robos y algún que otro asesinato. Aquí abajo, estamos vigilados, para lo bueno y para lo malo. Si alguien hace algo incorrecto, enseguida, alguno de seguridad se le echa encima. Nada, que esto del Metro es cómodo, entretenido y seguro. Además, todos los pasillos tienen cintas deslizantes, así no hace falta andar y puedes distraerte con las noticias o, si es imprescindible, mirando las caras de la gente que se cruza.

***

Han anunciado un nuevo servicio del Metro ¡Es fantástico! Los que dirigen el transporte son sabios de verdad, conocen nuestra psicología al dedillo. Así siempre ofrecen nuevos avances que parecen sacados de los deseos más profundos de los viajeros. Hace años descubrieron que la gente se aburría en el Metro, de inmediato pusieron pantallas holográficas para distraer al público, después se dieron cuenta de que los pasillos producían miedo, un miedo atávico, que hacía que los viajeros que se enfrentaban a un pasillo vacío, sintieran que eran perseguidos y aceleraran sus pasos. Entonces decidieron pintar las paredes de vivos colores, poner más pantallas y muchas cámaras de
seguridad.

Siempre se adelantan a nuestros deseos pero, esta vez, se han superado. Hay algo que me molesta mientras viajo en los vagones aerodinámicos o me deslizo por los pasillos, antes no me hubiera atrevido a decírselo a nadie, ahora, después de este nuevo invento, no me da ningún apuro confesarlo. Al fin y al cabo, es algo que pensábamos todos, por eso lo han inventado.

El caso es que me molesta la gente, sus caras somnolientas, su cercanía, su tristeza o su idiota sonrisa. Y, parece ser, que yo les molesto a todos. Pues bien, los del Metro han inventado una “cúpula de privacidad”. Se puede conseguir pagando un abono mensual o anual. Es un llavero que tiene un botoncito azul. Cuando lo aprietas dejas de ver a la gente y ellos no te ven. Sabes que están ahí y dónde están, pero no ves a nadie. Es una campana de no sé qué ondas que anula las imágenes humanas. Lo explicaron las pantallas, y me pareció muy complicado entenderlo. Da igual, funciona de maravilla, además tampoco entiendo cómo funciona la televisión y la veo.

Los últimos días han sido magníficos. He ido a trabajar completamente solo en el Metro. Esa es la maravillosa sensación que produce la cúpula de privacidad. Me gusta tanto la experiencia que estoy deseando acabar el trabajo para volver a los vagones y a los pasillos vacíos. Como todo lo nuevo, al principio cuesta un poco utilizarla adecuadamente. Por ejemplo, si quieres tomar un café en los bares de los distribuidores, o ir al servicio, es mejor desconectarla para ver tu propio cuerpo, si no es fácil volcar la taza o mear fuera del váter. Por cierto, no todo el mundo usa la cúpula, los camareros y el personal del Metro son visibles, no tienen cúpula y, además, tienen un sistema para
que no se anule su imagen y poder ver la de los pasajeros. Hay otra gente que no sabe estar sola y tampoco la usa. En todo caso, tiene su atractivo esta variedad de opiniones, porque cuando desconectas la cúpula, en el vagón puedes encontrar sólo uno o dos “visibles” – así llaman a los desconectados –, a veces alguno más, pero nunca es la sensación agobiante de antes.

Decía que si querías tomar un café era mejor desconectarse, al principio no me pareció importante, aunque después de los primeros días, me resulta bastante incómodo y desagradable. Por que cuando “apareces”, la cafetería está llena de gente. Claro, todos quieren tomar café antes de subir a la oficina, y todos se desconectan para poder mojar el croissant. Después de un viaje solitario, en el que te crees el dueño del Metro, esta irrupción tan brusca de personas que no conoces, me pone muy agresivo.

Ayer, por primera vez en mi vida, me peleé con un tío que no quería compartir su mesa. Me quedé seriamente preocupado, por poco no levanto las sospechas de los de seguridad y me sacan en volandas del Metro. Esta mañana he visto otro conato de pelea. Afortunadamente no iba conmigo, una señora bastante mayor y bien vestida, y un ejecutivo con corbata rosa, casi se pegan por que el señor opinaba que la señora se había colado. Creo que los sabios del Metro van a tener que encontrar una solución a este problema. Me imagino que en unas semanas aprenderemos a beber el café conectados a la cúpula, así no tendremos que sufrir la presencia de tanto personal incómodo.

***

Hace muchos meses que no escribo esta crónica, y como no pongo las fechas, es difícil para el que lo lea darse cuenta si no lo advierto. Más que meses, parecen años, porque en este tiempo la vida ha cambiado una barbaridad. Y a mejor. Se acordarán de los casos de agresividad que les conté. Pues bien, nuestros bien preparados dirigentes han encontrado la solución: ofrecernos mayores espacios de soledad, sería más correcto llamarlos de intimidad.

Los casos de agresividad fueron en aumento. Parece que el shock de pasar de la soledad a la compañía facilita esos episodios. La solución ha sido de una simplicidad extrema. El Ayuntamiento
y el Metro se han puesto de acuerdo y han extendido el uso de la cúpula a supermercados, espectáculos y, por supuesto, a todos los edificios oficiales. De esta manera, los que son más susceptibles a los ataques de ira, pueden pasarse el tiempo solos, comprar solos, ver una película o un partido de baloncesto completamente solos. Yo lo he experimentado y es una sensación poderosa.

Hace dos semanas fui a ver un partido. Salí de casa y conecté la cúpula nada más entrar en el Metro. Volví a sentirme dueño de andenes y vagones, estaba emocionado de verdad por que sabía que esa tarde iba a ser inolvidable, lo presentía. Aún con la experiencia adquirida en los túneles, no me podía imaginar la sensación de un estadio vacío con los jugadores saltando y lanzando sólo para mí. Cuando entré, la bóveda del Estadio Olímpico rugía con los lemas que vociferaba la gente. Me quedé inmóvil unos segundos, las gradas estaban completamente vacías. Únicamente el personal de pista, los jugadores y entrenadores eran visibles. Estaban calentando unos, recibiendo instrucciones de su entrenador otros y los árbitros se contaban chistes. Todos ellos tenían el dispositivo anti-cúpula y podían ver al ruidoso público, pero la mayoría de los asistentes sólo les podía ver a ellos. Por unos minutos desconecté mi cúpula. Tenía interés por saber si había muchos “visibles”. Curiosamente, el estadio parecía más desolado que cuando lo veía vacío, porque apenas doscientos “visibles” se distribuían en pequeños grupos por las gradas. Daba la impresión de que el partido no tenía interés o de que se trataba de un deporte nuevo y de poco público. Me conecté de nuevo y me sentí mejor. El partido fue muy bueno, y lo mejor fue la sensación de estar en el salón de mi casa, viendo una inmensa televisión tridimensional. Así de íntimo me sentía. Procuro no abusar de estas sensaciones, porque después, en el trabajo, me cuesta relacionarme con los clientes o con los compañeros. Es bastante fastidioso aguantar la presencia de otros, pudiendo estar solo. Yo no soy el único que piensa así, en una conversación con mi secretaria, ella me comentó que le  pasaba lo mismo. Se mostró un poco preocupada. A mí me parece que exagera. Como todo, es cuestión de controlarse y no abusar de la cúpula, igual que no hay que fumar ni beber ni comer en exceso. Así de sencillo.

Yo sigo experimentando. La siguiente sensación fuerte ha sido ir, esta mañana, a un supermercado envuelto en mi inseparable cúpula de privacidad. Fue algo parecido al partido, aunque no he conseguido la misma sensación de soledad. La cúpula tiene un alcance limitado, unos centímetros sobre la piel. Puede ocultar el cuerpo y la ropa, incluso pequeñas cosas que están en nuestra
mano, pero los carritos de la compra están fuera de su alcance.

En los pasillos del supermercado no había nadie, mi cúpula funcionaba a la perfección, no obstante varias docenas de carritos se movían sin propietario a través de los lineales. Lo entretenido allí, ha sido ver como salían los productos de las estanterías, desaparecían en el aire y volvían a aparecer cuando caían suavemente en el carro. Sin embargo, no me ha gustado tanto la experiencia. Tiene cierta comodidad, ya que no te cruzas con nadie conocido o desconocido, aunque el ir y venir de los carros atenta contra las leyes de la privacidad.

Al llegar a la caja, he tenido que esperar unos minutos. Delante tenía un carro lleno hasta los topes. Se ha vaciado sobre la cinta transportadora y, después de pasar cada caja de leche o bolsa de fruta por el lector, los paquetes han vuelto al carro flotando en el espacio. Por fin me tocó el turno. La cajera era muy parecida a todas las otras cajeras que había visto. Llevaba una melena corta, peinada y abrillantada hasta la última hebra de pelo; un vestido de azafata de color verde y un pañuelo rojo que le salía del escote como un buche de un ave tropical. Tenía la piel morena, los labios gruesos y una mirada profunda que dejo dentro de mis ojos.

– No le aburre no ver a nadie – me ha saludado, rompiendo la oficialidad del buenosdíastienetarjetadeclienteverde con que siempre saludaban las cajeras y ofreciéndome una sonrisa impropia del trato comercial que realizábamos.

– No, para nada, estoy encantado con mi cúpula – le he respondido un tanto molesto.

– Pues a mí me parece una costumbre muy triste.

Me he quedado callado, con la esperanza de que la chica dejase el tema y terminase rápido de marcar los precios.

– Son sesenta y ocho con veinte ¿paga con tarjeta?

– Sí, tenga.

Sus dedos han rozado los míos al recoger el documento, nuestras miradas se han cruzado y, por un momento, he creído que conocía aquellos ojos de algo. Me ha dado las gracias y he recogido las tres bolsas con la compra. Cuando me alejaba se ha despedido con una sonrisa cómplice.

– Usted no necesita esconderse, tiene muy buen aspecto – ha dicho.

– ¡Ummh! – he mugido sin volverme, sintiendo que la sangre me subía a las mejillas.

La inspectora que controlaba a las cajeras ha observado la escena, ha hecho un gesto de interrogación a la chica y, después, se ha acercado a ella deslizándose en su monopatín. Yo he seguido mi camino seguro de que la deslenguada cajera iba a recibir una amonestación muy justa de su vigilante supervisora.

Todo funciona como un reloj para respetar la privacidad de la gente. Lo que ha hecho la cajera es de muy mala educación. Nadie tiene derecho a hacer dudar a otro de sus convicciones.

***

Vuelvo a escribir sobre la chica del supermercado. Parece mentira que una palabra pueda hacer tanto daño o traer tanto desasosiego. Desde que me habló, algo se ha removido en mi interior. No recuerdo bien cómo volví a casa con la compra. Por supuesto, volví andando por los pasillos hasta la salida de mi edificio, pero no lo recuerdo. Muy extraño, porque siempre recuerdo cada detalle de mis paseos y, desde que sacaron la cúpula, mucho más. En cambio sé perfectamente lo que sentía.

Al principio iba bastante enfadado ¡Qué derecho tenía esa cría a decirme impertinencias! – gruñía. Aunque no lograba cabrearme lo suficiente para pensar en presentar una queja a la Dirección del supermercado. Quizá la sensación, tan familiar, de su mirada hacía que la disculpase. Cuando llegué a mi apartamento iba pensando dónde había visto esos ojos. Ya no estaba enfadado, sólo tenía curiosidad.

He soñado mucho esta noche. Caminaba desde los pasillos hasta mi edificio, atravesando el descampado, donde aparcan varias furgonetas viejas. Hasta hace dos años, ese era mi camino de vuelta, después prolongaron los pasillos hasta los edificios del barrio, y me libré de esa desagradable experiencia. En las furgonetas vivían varios vagabundos. En mi sueño, volví a sentir el desasosiego de siempre al cruzarme con ellos. Me desperté justo cuando la chica del supermercado salía de una de las furgonetas, perfectamente vestida con su uniforme verde.

***

Esta mañana me levanté tarde. Los sábados no hay oficina. Tenía mal cuerpo y me encontraba inquieto. Me entraron ganas de salir, a mí, el que desea la soledad y tanto aplaude el desarrollo de los servicios del metro -y no digamos la cúpula -, me han entrado ganas de salir a la calle. Decidí desayunar fuera. Me vestí y me puse el cinturón. No colgué el llavero de la cúpula en la hebilla, lo acaricié con mano temblorosa y lo dejé sobre la mesilla de noche. Saldré sin él – me dije; por primera vez en muchos meses he salido de mi casa sin su protección. Bajé las escaleras dispuesto a enfrentarme con la presencia de otros.

Contaba que al ser sábado y de mañana, no encontraría a demasiada gente. No había nadie en las escaleras. Todo el mundo debía estar remoloneando en sus casas. Me detuve unos segundos antes de cruzar la puerta acristalada del edificio, tome aire y me lancé al mundo exterior.

El día era azul y blanco. El cielo me pareció inestable. Acostumbrado a la fijeza de los colores del metro, el movimiento de las nubes cambiaba continuamente la distribución de la luz y el color. Si alguna nube ocultaba el sol, entonces cambiaba completamente el escenario de la ciudad, incluso el estado de ánimo de los viandantes. No era una sensación desconocida, pero sí olvidada por mí. Hacía mucho que había decidido vivir protegido en las trincheras del metro donde todo estaba medido y controlado. Sentí vértigo. Me pareció que mis ojos iban a soltarse de mi cuerpo y precipitarse sobre una nube.

Para llegar a la cafetería tenía que cruzar el descampado de mi sueño. No me apetecía mucho – no quería encontrarme con la cajera saliendo de una de las furgonetas -. La opción de dar un rodeo suponía diez minutos más de exposición a las arenas movedizas del cielo. Dudé un instante y me dirigí en diagonal a través del campo, sorteando algunos charcos e inmundicias de perro o de hombre.

Se abrió la puerta trasera de uno de los vehículos y salió una mujer muy desaliñada, claramente acababa de levantarse. Tenía una taza de café en la mano. Me miró somnolienta. Bajé la mirada y caminé ligero como si siguiese una línea imaginaria pintada el suelo.

– ¡Eh, tú! – gritó.

Seguí mi camino haciéndome el ausente, pero fue inútil. Ella insistió.

– ¡Oye, que no muerdo! – y masculló alguna palabra gruesa – Ven acá, ¿tendrías un cigarrito?

– No…no fumo – respondí desde cierta distancia.

– Pues vaya, así no vas a hacer amigos.

La mujer se volvió y entró en su casa rodante. Me pareció sucio, increíble y promiscuo. Vaya tipa, además fumaba. Seguro que su boca estaba pastosa. Seguí andando. No estaba demasiado indignado, de hecho me hacía gracia la soltura de la mujer. Unos días antes me hubiera parecido suficiente motivo para dirigirme a los de seguridad vial, pero esta mañana mis convicciones no lo
eran tanto. Me siento como si hubiera vuelto a la adolescencia – pensé. Igual de irresponsable – volví a pensar. Me sorprende que haya personas como ella, o como la cajera, que necesitan hablar
continuamente con la gente, sin motivo real, sólo para meterse en sus vidas. Yo pienso que la conversación es una herramienta de trabajo. Sirve para hablar con los clientes, mantener unas relaciones laborables aceptables y comprar en el supermercado, pero nunca debe servir para inmiscuirse en lo privado de cada uno. Sin embargo, esta claro que hay bastante gente que no piensa como yo. Más de la que yo creía. En pocos días he conocido a dos, y eso me parece una multitud.

La cafetería ha cambiado mucho desde la última vez que estuve allí. Antes era más ordenada. No es que esté sucia, aunque su aspecto es totalmente asimétrico. Hay muchas plantas, cuadros con fotos antiguas cubriendo las paredes, percheros llenos de abrigos, mesas de madera, unas cuadradas y otras redondas, nada es lineal. Antes parecía un plan de urbanismo, con sus mesas perfectamente alineadas formando calles rectilíneas, ahora parece una ciudad medieval. La gente también es distinta.

Parecen sacados de un libro de historia. Había un señor mayor con boina, solo en una mesa, que miraba a todo el mundo y hablaba en alto con el camarero de la barra. No le miraba, si no que sus ojos buscaban en los de los otros clientes la aprobación a sus palabras.

– Joven ¿A qué es verdad lo que digo?

Yo había cometido el error de mirarle y quedé atrapado en su mirada. No podía hacerme el loco ignorando sus palabras, porque indudablemente me hablaba a mí.

– Pues, debe ser así, usted parece tener experiencia en el tema.

– A ver, voy para los ochenta, ¡no voy a tenerla! Lo que yo le diga, aquella alineación sí que jugaba al fútbol. Eran otros tiempos. Ganaban menos y sudaban más.

No tengo idea de fútbol, aunque he visto muchos partidos, no soy un hooligan y apenas recuerdo los nombres de unos pocos jugadores. Es un tema peligroso porque enseguida la gente se anima a conversar.

– Mucho fútbol no veo – respondí.

– Pues si quiere hablamos de toros o de ciclismo.

– ¿Todavía hay toros?

– ¡¿No va a haberlos?¡ En el sur se sigue toreando. Ya no es como antes, nada es como antes. Hoy no matan al toro en la plaza, lo llevan al matadero después de la corrida y allí lo ejecutan. Ya no hay sensibilidad. El pobre toro moriría de forma más honrosa en la plaza, como bravo que es.

Estaba claro que con los deportes o las fiestas tradicionales, el hombre de la boina estaba dispuesto a no dejarme disfrutar en silencio de mi desayuno.

– ¿Qué hay, Martín? – saludó una joven que acababa de entrar – ¿me dejas un sitito?

– ¡Siéntate, bonita! Para ti siempre hay sitio en mi corazón.

– ¡Ja! Debiste ser muy peligroso de joven.

– No creas Adela, alguna se resistía.

Ella se rió fuerte mientras saludaba con la mano al camarero. ¿Lo de siempre? Pareció responderle. Yo la conozco de vista, es una chica bastante extraña que vive en la torre frente a la mía. Antes de que los pasillos extendiesen sus tentáculos hasta los edificios, tenía que andar por la calle hasta refugiarme en el metro. En alguno de esos paseos la vi, sentada en la terraza del Copacabana, siempre acompañada por alguien. Me llamó la atención su peinado. La mitad de la cabeza afeitada, y la otra mitad cubierta con rastas cortas, adornadas con cintas de colores. Era como para olvidarlo.

– ¡Vaya! Por fin se atrevió a volver entre la gente – dijo Adela, dirigiéndome una mirada profunda que dejó dentro de mis ojos.

– ¡Anda! Le tratas de vuecencia ¿Te has apuntado a un curso de buenas maneras? – ironizó Martín.

– Con los clientes hay que tener mucho respeto – dijo Adela

Creo que mi cara debía reflejar mi desconcierto. No entendía a qué se refería con lo de los clientes.

– No te quedes así de pasmado – por lo visto ya no me veía como a un cliente -. Soy yo, la cajera del Super Verde – dijo, aclarando todas mis dudas – “donde todo es verde natural y activamente ecológico” – añadió, ahuecando la voz.

– Pareces un altavoz de tu tienda – dijo Martín.

No podía ser la cajera, – ella no es así, tiene otro pelo, liso, bien peinado, nadie puede cambiarse tanto- pensé. Podía ser su hermana o una amiga, sin embargo su mirada y el paréntesis abierto en la comisura de sus labios, cuando sonreía, sólo podían ser suyos.

– ¿Y, el pelo? – dije.

– ¡Ah! La magia de las pelucas y las extensiones. – contestó Adela.

Efectivamente, nadie puede cambiarse tanto, excepto una mujer. Desayunamos durante dos horas. Ha sido un día muy largo, pero ya tendré tiempo para hablar de ello. Ahora quiero volver a recordar cada minuto para no olvidar nada.

***

Hoy he trabajado como una máquina. A veces es buena esa sensación, te olvidas de ti mismo y produces, produces hasta que estás tan cansado que te vas a dormir, y ya está. Salvado otro día. No debería hablar así. Desde que conocí a Adela, la vida ha ido adquiriendo sentido. No me debería alegrar por pasar “dormido” otro día. Cuando ella siente el desaliento, me llama o me escribe un correo. Dice que para eso estamos en el Mundo, para hablar con los que queremos de las penas y de las alegrías. “Bastante difícil es conocerte por dentro como para no pedir ayuda a los que te rodean” me dice cuando yo rehuyo a abrir mi corazón. Sin embargo, me cuesta mucho. Antes me sentía protegido, mi mundo era mío y no tenía que dar explicaciones a nadie. No veía a gente ni más alta ni más guapa ni más rica que yo. Nadie despertaba en mí deseos, miedos ni envidias. Ahora, es como estar desnudo en una orgía, paseando tus partes sensibles delante de todos los que conoces, Adela, Martín… Si estás triste, te preguntan qué te pasa, ¿un mal día?; si te invade la alegría, lo mismo, estás que te sales, se nota que te van bien las cosas.

Enseguida clasifican tu estado de ánimo. Me sigue pareciendo impúdico. Utilizo la cúpula siempre que no estoy con Adela. Si se entera se lo toma como si le pusiera los cuernos. No comprende que
necesite esa aberración, así es como ella llama a la cúpula. ¿Para qué quieres desaparecer? ¿Acaso ocultas un alma oscura y retorcida?- dice. Yo me sigo preguntando qué se puede sacar de los demás, la mayor parte de las veces hablan como papagayos de temas aburridísimos o que están de moda en las noticias. Y lo poco que dicen interesante, suele producir desasosiego. Para mí, ese sentimiento es el peor que se puede tener. Es sutil, cuando te das cuenta de que lo tienes, hace rato que ha empezado y ya es tarde. Se agarra al diafragma y produce un vacío debajo del esternón que no desaparece en varias horas. Por eso uso la cúpula, pero ella no me entiende. Insiste en que si todos me producen desasosiego, ella también me lo produce. No entiendo por qué estás conmigo – sentencia, cuando sale el tema.

Ella no me produce angustia o, por lo menos, casi nunca. Es demasiado tierna para hacerlo. Y, sin embargo, de su boca han salido las frases que más me han impactado en los últimos tiempos. Son frases sencillas y contundentes. Pequeños terremotos que van tirando las estanterías, las lámparas y las paredes del mundo que me había construido. Tiene la habilidad de decir “lo más hermoso de mi vida es tu compañía, pero si te perdiera, me seguiría pareciendo hermoso cada minuto” sin desazonarme. Luego, al quedarme solo, sus frases vuelven como réplicas para asegurarse de que nada ha quedado en pie.

El día del desayuno estuvo especialmente imaginativa. Al salir del Copacabana, Martín se despidió. Quería recoger a su nieto y llevarle al zoo. Adela y yo nos quedamos en la puerta en silencio. Ella movía una de sus piernas, imitando un paso de baile. Yo buscaba algo indeterminado en mis bolsillos.

– ¿Te apetece ir al parque? Los sábados hay mucha gente y dan espectáculos bastante divertidos. Hace solecito y se estará bien – dijo Adela.

– Yo tenía…

– Tú no tenías nada, lo que tienes es que divertirte un poco, como los seres humanos. Me pidió que no usase la cúpula en el Metro. Ella nunca la llevaba. Con cara seria le dije, que sería una descortesía por mi parte hacerlo.

– De todas formas, hoy no la he traído – añadí sin darle trascendencia.

– ¡Oh! Un impresionante acto de valor – se burló Adela.

– Aunque no lo creas, uso la cúpula de vez en cuando, no vivo dentro de ella – mentí. Probablemente fue fruto de las hormonas. Adela había empezado a atraerme sin que me diera cuenta, y eso hacía que me inventara historias y traicionara mis convicciones, en un intento por ocultar lo que menos pudiera agradarle de mí, y ofrecerle una imagen atractiva e intrigante. Di un auténtico recital de inmadurez pre-erótica. Ella se reía continuamente dándose cuenta de mi inseguridad.

En una esquina del parque estaban los oradores amateurs, subidos a sus estrados portátiles pregonaban la justicia social, la igualdad de los hombres o el cuidado de los animales. Uno de ellos, el que tenía la escalera más alta y una inmensa bandera amarilla y verde, proclamaba la inconstitucionalidad de la cúpula de privacidad. Vestía una capa negra y lucía una barba
espesa y canosa.

– ¡Hasta su nombre lo dice! – gritaba alzando los brazos- ¡Hasta su nombre! Os encierran en una cúpula de aislamiento. Porque la privacidad llevada a esos extremos no es más que aislamiento. Y ¿sabéis por qué os quieren aislar? Para que no veáis nada. Para que no deseéis nada. Os han traído el limbo en vida y lo compráis creyendo que es un avance más de la sociedad tecnológica ¡Despertad! Haced como yo, cuando os sintáis desprotegidos, envolveos en una capa de lana, de materia visible. Y cuando os sintáis fuertes, abridla como si fueran dos alas. Es bueno que los que os rodean sepan que teméis o que estáis exuberantes.

Adela le escuchaba ensimismada. El barbudo con capa seguía renegando de los descubrimientos científicos que llevaban al aislamiento. Murmuré al oído de Adela que no todos los inventos eran perjudiciales. Por éste, tendríamos que prescindir hasta de nevera – aseguré.

– No está diciendo que toda la ciencia sea mala, sólo la que produce el aislamiento de las personas – contestó Adela.

En su frente se formó una arruga que antes no había visto.

– Todo tiene su lado bueno y su lado malo – dije.

Adela tomó mi mano y me sacó del círculo que escuchaba al barbudo. Parecía molesta con mis palabras. No entendía el motivo, todo el mundo sabe eso: todos los avances de la vida tienen su cara bonita y su cara fea. Se sentó en un banco. Esperó a que yo hiciera lo mismo.

– No sé por qué defiendes el derecho a la privacidad, la cúpula y cualquier horror científico que nos intentan endilgar. Tú no tienes ojos de invisible, te pones la cúpula de puro miedo a mostrarte a los demás. Creo que no te gusta nada lo que haces, pero te tranquiliza de alguna manera hacerlo.

Estaba preciosa, el enfado había coloreado sus mejillas y humedecido sus ojos. Creo que fue otra locura a cuenta de las hormonas, el caso es que, pasé mi brazo por sus hombros y la intenté besar. Me dio un empujón y se levantó de un salto.

– ¿Es que todos los tíos sois iguales? Tenéis el cerebro en el glande. Te estoy diciendo algo serio y tú aprovechas para …

– Para hacer algo serio también.

Fue lo mejor que hice en todo el día, esa salida romántica impresionó a Adela que se puso un poco más colorada. Pero el enfado se había volatilizado.

***

La primera vez que hicimos el amor fue dos semanas después de conocernos. No era mi primera vez aunque fue casi como si lo fuera. Tuve una larga relación, hace tiempo que ella me dejó. Estaba cansada de mí. Desde entonces me alejé de cualquier historia amorosa. Pasé unos años bastante deprimentes, hasta que fui adaptando mi vida a la rutina del transporte y del trabajo. La aparición de la cúpula supuso un refugio definitivo. Se terminaba el riesgo de encontrar a alguien que pudiera interesarme. Si te rompen el corazón – pensaba -, ya está roto para siempre. Es de verdadero idiota arriesgarse a que te lo vuelvan a romper. Aunque es imposible, porque se rompe sólo una vez. Todo eso me decía y, mira tú por donde, aquella tarde después de comer juntos en una cantina, terminamos comiéndonos, el uno al otro, sobre su cama. No fue como la primera vez, con Adela fue un acto de emoción y valor como nunca había experimentado. Era consciente de que volvía a asumir el riesgo de que me hirieran.

– ¡Que bonito es hacer el amor! – dijo Adela, encogiendo su cuerpo en posición fetal.

– Mucho.

– ¿Sólo eso?

Se arrodilló a mi lado y mientras revolvía mi pelo con su mano, como si fuera trigo batido por el viento, comenzó a explicarme su teoría sexual.

– Hacer el amor es casi un acto religioso, mejor dicho, místico. Tú tomas mi cuerpo y yo el tuyo. Yo siento poder cuando te excito y me siento desprotegida cuando me acaricias y me vuelves loca.

– Conque te vuelvo loca – dije pasando un dedo por sus labios.

– ¡Estate quieto y escucha! Te hablo en serio, para mí es importante que me entiendas. No me acuesto con cualquiera, cuando lo hago es porque me interesa lo que tiene dentro, bueno, también me fijo en su cuerpo, sobre todo en sus manos. Tú las tienes bonitas y muy sensibles. Y en sus ojos.

Volvimos a amarnos, con más pasión que la primera vez,lentamente sabiendo que ese momento valía por todas las palabras que pudiéramos decirnos. Después nos quedamos dormidos y soñamos que volvíamos a amarnos. Desperté antes que ella, me quedé tendido a su lado, sintiendo el roce de su piel cada vez que respiraba. A través de las ventanas abuhardilladas
se veía un cielo rojizo.

– ¿En qué piensas? – dijo Adela.

– Creí que dormías.

– ¿Dime…qué piensas?

– Nada.

– ¿Estás triste?

– No, es un poco de miedo.

– ¿Por qué?

– De perderte, de volver a sufrir.

– ¡Ah! – suspiró.

Salí de su casa hacia las diez. Al despedirme, Adela se puso seria.

– Si algún día te dejo, no volverás a usar la cúpula, prométemelo.

No pude contestarla. Me quedé pensativo, forcé una sonrisa y la besé. Mientras bajaba por la escalera, me invadió la sensación de haber cometido un error. Volvería a sufrir por no haberme mantenido firme en mi soledad. Aunque ahora ya era tarde para volverse atrás, Adela existía y yo la deseaba.

***

Ayer me encontré con Martín. Íbamos en el mismo vagón del Metro. Al principio no le vi porque llevaba activada la cúpula. No sé por qué razón, sentí la obligación de hacerme visible. Quizá pienso que estoy engañando a Adela cada vez que activo la cúpula, y los remordimientos hacen que la desconecte de tanto en tanto. Aparecí en el vagón justo enfrente de Martín.

– ¡Hombre! Tú aquí ¡Vaya forma de presentarse! No sé cómo usas esa monstruosidad.

– Hablas como Adela, por cierto no le digas que llevaba la cúpula. Le molesta.

– ¿A quién? ¿A ti o a ella?

Nos bajamos en la misma estación. Martín me invitó a tomar una cerveza y unos boquerones en una tasca desvencijada. Se llamaba El Órdago y todos los clientes eran jubilados como Martín.

– Decías que a Adela le molesta que uses la monstruosidad.

– Sí, dice que de esa manera elijo una realidad que no es la suya y que no puede compartir. Además odia la realidad de la cúpula, dice que es ficticia y que si yo deseo vivir en ella, estoy del lado de los que ella más desprecia.

– Adela es muy inteligente, suele dar en la diana ¿O no?

– Tiene algo de razón, pero exagera. Todos queremos conservar zonas de intimidad, hasta cuando amamos.

– Mira, nada es del todo blanco o del todo negro. Pues claro que tenemos nuestros bosques secretos en el mundo interior. Otra cosa es vivir todo el día en el bosque y salir de noche a cazar jovencitas.

– Martín, no me jodas. Yo no voy con esas intenciones.

– Y ¿Con qué intenciones vas?

– Yo…creo que me estoy enamorando de ella.

– Y te da pánico.

– Sí.

Me puse trascendente, le conté que desde muy pequeño había sentido la tristeza, después al madurar me di cuenta de que no era tristeza, era desasosiego. Tenía y tengo siempre la sensación de que no estoy haciendo lo que debo. Vivía y vivo en el futuro, evaluando todos los riesgos y dolores que me traerá.

– Estoy convencido de que una parte importante de los seres humanos no tienen endorfinas en la sangre –dije.

– ¿Qué es eso de las endorfinas?

– Son drogas que generamos en nuestro cerebro para tener la sensación de felicidad ¡Hasta la felicidad es una molécula!

– Ya.

– Sabes lo que dice Adela, cuando le hablo de esto. Que las pirámides de Egipto están hechas de piedras y el resultado es una tumba faraónica. Y que no le extraña que la felicidad esté hecha de moléculas. Lo importante es que nosotros podemos colocar esas moléculas en su sitio ¡Como si fuera fácil!

– Ya te digo, esa chica es un pozo de sabiduría.

– ¿Tú estás de acuerdo con ella?

– Natural.

Martín pidió dos cervezas más. Es un viejo fibroso, delgado, con una sonrisa de oreja a oreja que enseña unos fuertes y blancos dientes y unas grandes encías. Está viudo desde hace más de 30 años y vive para sus nietos y cada vez más escasos amigos. Se junta con ellos en esta tasca, El Órdago, para jugar al mus. No es un hombre culto, sin embargo ha aprendido mucho de su azarosa vida. Si hubiese tenido medios podría haber sido cualquier cosa, porque empezando desde cero, logró crear un imperio en el mercado del vidrio reciclado. Empezó muy joven, con seis años, a recoger botellas de leche con el carro de su padre. Las llevaban a las fábricas para ser reutilizadas. Era un fantástico negociante y conocía la calidad de la gente casi con verles andar. Más de una vez me dieron gato por liebre y de tantos hachazos, terminas por aprender- dice.

– Yo no entiendo de casi nada – comenzó Martín -, he pasado mi vida entre camioneros y gente deambulante. Los libros no han sido mi fuerte. Pero no creas que me siento tonto. He conocido muchos gilipollas con doctorados en nisesabedonde y muchos sabios conduciendo un trailer. Eso da que pensar.

– No todo está en los libros – murmuré poco convencido.

– A lo mejor está todo, aunque los escritores copian de la vida. Lo que yo digo, también se puede leer de la vida. Mira, si tienes que vivir de las botellas sucias, tienes que comprar barato y vender bien. Para eso, la única manera es conocer al contrario. Si te pide cien, no lo aceptes, el precio justo lo lleva marcado en sus ojos y hay que saber leerlo. Cuando yo empecé, me parecía un juego. Los niños aprenden hasta ruso, así que a los diez años yo era un águila en los negocios. Compraba mejor que mi padre y él, que se daba cuenta, me dejaba negociar. Al hacerme viejo, comprendí que no era sólo un juego, si no que era una forma de conocer el alma de la gente.

– ¿Crees en el alma?

– ¡Claro! ¿Tú no?

– Bueno, ya me gustaría, pero me cuesta creer en el cielo y el infierno.

– Nadie sabe lo que es eso, – dijo Martín – yo creo que el infierno es volver aquí para repetir nuestra vida hasta que aprendamos de los errores.

– ¿Crees en la reencarnación?

– Y en el ángel de la guarda, y en que nada de lo que nos ocurre es gratuito, y en que nosotros podemos hacer cambiar nuestra vida.

– Has salido todo un budista.

– Puede, una vez conocí a uno. En Japón.

– ¿Has ido allí? Debe ser muy bonito.

– ¡Ah, sus mujeres! Son como muñecas.

La vida de Martín estaba llena de sorpresas. Cuando murió su mujer, se enfadó con Dios. Antes iba a la iglesia de vez en cuando, pero la muerte de María le pareció una mala jugada. Decidió seguir creyendo aunque enfadado con el Divino Hacedor. Otra decisión que tomó fue la de cerrar su corazón al amor. No estaba dispuesto a sufrir otra pérdida o un abandono. Su ternura se volcó en sus hijos y después en sus nietos. Trabajó aún más si cabe y revolucionó su próspero negocio, convirtiéndolo en una empresa internacional. En esa época fue a Japón. Tenía un gran cliente allí que quería comprar cientos de toneladas de su producto. Para cerrar el negocio viajó a Nagoya tres o cuatro veces. Y allí la conoció.

– Y me enamoré de ella como un jovencito – dijo Martín.

– Es decir que tu firme decisión de no más amor se volatilizó por unos ojos sugerentes. Yo te creí más duro.

– Duro como una piedra de granito, resistente al martillo pero que se resquebraja con el agua y el hielo. Aunque, no sabes cuánto me alegro. Si no llega a ser por Emiko, nunca hubiera comprendido nada importante de esta vida.

– Y, entonces, ¿por qué la dejaste?

– Nunca lo dejamos, lo que pasa es que ella era viuda también y tenía dos hijos. Tuvimos que seguir nuestras vidas donde las habíamos dejado. Todavía seguimos en contacto. Hablo con ella casi todas las semanas.

– La verdad es que tu historia me resulta familiar. Parece ser que todos reaccionamos de forma parecida cuando perdemos a nuestro ser querido.

– Es una especie de gripe, es normal, pero hay que salir de ella. No se puede vivir siempre lamentándose ni castigándose. Si estás mucho tiempo hundido te hundes más. La mala suerte atrae a la mala suerte. Hay que buscar a personas con buena estrella para recuperar la alegría.

Me costaba aceptar sus palabras, pensaba que buscar de nuevo la felicidad era caer en la misma trampa y correr el riesgo del dolor, además era una especie de traición al pasado. Emiko me enseñó mucho. Los orientales son muy diferentes a nosotros, son más prácticos. Me dio tres reglas para la felicidad. La primera es no temer a la muerte, porque ese temor puede impregnar toda tu vida e impedirte ser feliz. La segunda no temer la pérdida de los seres queridos, porque ese temor puede hacer que no quieras querer. Y la tercera es tener desapego a lo material.

– Eso suena a no querer sentir para no sufrir. No me gusta nada.

– No, no, estás tan confundido como yo estaba. Por supuesto nadie quiere sufrir, pero se trata de no temer al sufrimiento para poder tomar lo que la vida te da. Es mucho más sencillo y menos retorcido.

– ¿Por qué retorcido? – le pregunté cada vez más interesado.

– Por que es retorcido de narices castigarse sin la felicidad para no sufrir un posible dolor. Vamos a ver, si tú no siguieses con Adela por miedo a sufrir lo mismo que cuando te dejó tu mujer, serías un estúpido y en la próxima vida te volvería a tocar una mujer que no te querría. Y así, hasta que te dieras cuenta. Macho, la vida es como una partida de mus. Y algunas veces hay que echar el órdago ¿Qué más da el fracaso?

– Eso lo dices porque tú has tenido éxito.

– Para, para. Ser rico no es tener éxito. Ser feliz, sí. Y te doy la razón, yo he tenido éxito. Igual que lo puedes tener tú o cualquiera que sea valiente y vaya a la grande con un trío de pitos.

– Me parece un poco suicida.

– Lo que es suicida es buscar la muerte en vida, querer pasar la vida dormido entre algodones ¿Qué coño les vas a contar a tus nietos si no has vivido?

***

Esta mañana he preferido caminar hasta la boca del metro. Me detuve en una máquina expendedora para comprar tabaco. No fumo y no voy a empezar a hacerlo ahora, pero si vuelve a salir la mujer de la furgoneta, podré darle un cigarrillo. Le estoy tomando gusto a enrollarme con la gente.

El cielo estaba oscuro todavía. En el silencio de las calles una gato en celo mayaba a su gata. Casi se podía entender lo que decía el pobre gato, cómo le prometía y le rogaba compasión a su compañera. Me hubiera gustado localizarles y espiar su amor, pero tenía que estar en la oficina temprano. Entré en el metro y me dirigí a la ventanilla.

– Buenos días, quisiera devolver la cúpula.

– ¡Claro! Quiere cambiarla por el nuevo modelo. Es mucho más versátil, puede programarlo para ver más o menos gente, vestirlas como quiera…¡Las tres R¡ Realmente más Real que la Realidad misma.

– No, no quiero el nuevo modelo. Sólo anular el pago de mi abono. ¡Ah! Y deme un Bono Clásico.

El empleado me miró con desconfianza. Sentí sus ojos clavados en mi nuca mientras pasaba el control. Tomé el primer tren al centro. Adela me llamó al móvil, el holograma de su cara apareció sobre mi muñeca.

– ¡Hola! Buenos días.

– ¡Qué tal estás! Tienes cara de sueño.

– ¡Humm! ¿Dónde estás?

– En el Metro.

– ¿Está muy lleno?

– Tres visibles y algunos fantasmas.

– Saluda a los nuestros ¿Me invitas a comer? Voy a tener mucha hambre.

– Claro, mi amor.

***

En mi ciudad han hecho un Metro muy bonito. Tiene las paredes de colores brillantes, cada línea de un color distinto. Los colores son pálidos y apagados en las estaciones lejanas, y van
oscureciéndose y aumentando el brillo, a medida que se acercan al centro. Y mi ciudad también tiene un cielo imprevisible y unos gatos que no hacen el amor todos los días. Sigo temiendo al dolor, sin embargo, ahora sé que no estoy solo y que nunca lo estaré si tengo bien abiertos mis sentidos. Sé que cuando me siento vacío, puedo llamarla o puedo ir a El Órdago a jugar al mus con Martín y sus colegas. Ya no hay cúpulas, como dice Martín, es retorcido de narices castigarse sin la felicidad.

FIN