EL ROCE DE TU PELO

Eran las nueve pasadas, la noche otoñal estaba llena de estrellas y, después de cenar y beber un poco de vino en la ruidosa tasca frente a la Iglesia, la fresca brisa que llegaba de la costa nos devolvía al silencio y la complicidad de la noche mientras paseábamos junto a las almenas de la muralla. Tus ojos brillaban también, era una luz más acuosa que la de Venus, que me hacía sentir como pez en la pecera. Eras el gato que observaba desde fuera como me iba humedeciendo. Me cogiste la mano y me acercaste hacia ti. Estabas sentada entre dos almenas de espalda al valle por el que corría el río. Mi cuerpo quedó entre tus piernas que poco a poco aumentaban la presión en mis costados, tu cabeza se apoyó en mi hombro, yo miraba el río oculto en la noche mientras acariciaba tu pelo, rozándote ligeramente la oreja con la palma de mi mano. La deslicé por tu cuello y comencé a besarte. Muy despacio, haciendo que sintieras mis labios abrazando los suyos, mi lengua buscando acariciar la tuya. Te besé largamente, mordiendo un poco el labio inferior, navegando con los ojos cerrados por tu boca de un sabor azul. Te acaricié el cuello y besé tus hombros y, en un par de ocasiones, deslicé una mano que avanzó como un caracol hacia tu pezón, sin llegar a tocarlo. Despacio desde la axila hacia el pezón, una, dos y tres veces.

– ¿Podríamos ir al hotel? – dijiste un poco temblorosa – me corren todos los gusanos por el cuerpo.
– ¡o podríamos hacerlo aquí!- te reté, mientras te cogía de la cintura y te atraía hacía mí, para que sintieras la dureza de mi sexo.
– Vale – contestaste rápidamente, como si te hubieran dado la señal de salida. Inmediatamente empezaste a desabrocharme el cinturón. Yo intenté separarme, pero tus piernas me abrazaron como un pulpo.
– Estás loca, era broma – me reí, pero tú insististe y pasaste tu mano por encima de mi pantalón buscándome. Afortunadamente, unos pasos te hicieron desistir.
– ¡Cobarde! – bromeaste – pero nos vamos ahora mismo al hotel.
– Te voy a comer hasta las uñas de los pies, mi amor – te respondí más tranquilo.

Mientras nos dirigíamos al hotel, nuestras caderas, nuestras piernas y nuestros brazos se rozaban levemente con cualquier excusa, una piedra, un giro en una esquina o gente que se cruzaba. Nuestros cuerpos comenzaban a reconocerse, a hablar entre ellos sin nuestro consentimiento. Nosotros disfrutábamos de la energía que estos roces derramaban por nuestro interior. La educación evitaba que nos amáramos allí mismo, sobre las piedras de la calle, sin embargo nos permitía disfrutar del lenguaje de nuestros cuerpos durante un tiempo que nos pareció eterno. Ese placer era sólo nuestro, nadie podía notarlo ni darse cuenta, cuando se cruzaban con nosotros, que ya habíamos empezado a hacer el amor.

Subimos a la habitación. Era amplia y cómoda, con una cama de dos metros de anchura. Un maravilloso ring para el placer. Entraste en el cuarto de baño. Esperaba que no te quitases el vestido. Llevabas una falda larga y una camiseta ceñida con muchas posibilidades eróticas. Prefería desnudarte yo y hacerlo en su momento preciso. Afortunadamente saliste radiante con tu falda y tu blusa dispuestas para mis manos. Te sentaste al borde de la cama. Yo me coloqué a tu espalda y comencé a acariciar tus hombros, haciendo caer los tirantes a los lados. Así desnudos, los hombros eran para quedarse en ellos un buen rato. Así que comencé a besarlos y a acariciarlos. Me levanté un momento para buscar una pinza del pelo. Te lo recogí en un moño dejando el cuello desnudo. Así podía besarlo también y lamer ese punto donde empieza a crecer el pelo. Tus manos me buscaban, las echabas hacia atrás y acariciabas mis muslos.

Te quité la camiseta y te hice levantar. Parecías una polinesia, con la falda como única prenda. Estabas muy hermosa. Te cogí de la mano y te hice girar. Te abracé por la espalda. Era una maravilla besarte el cuello mientras mis manos acariciaban tus pechos, evitando el pezón, acercándose, cogiéndole entre dos dedos, apretándole o acariciando su cima en pequeños círculos. Echaste hacia atrás la cabeza y comenzaste a gemir y tus gemidos eran para mí como las notas que un músico saca a su instrumento. En ese momento tú eras mi instrumento, cuando respirabas entrecortadamente o gemías o susurrabas palabras, mis labios, mis manos, todo mi cuerpo se acompasaba a tu música y comenzaba a interpretarla.

Te volviste y comenzaste a desnudarme mientras me besabas cada parte que quedaba al descubierto. Primero el pecho derecho, un costado, los hombros y entre descubrimiento y descubrimiento, me besabas los labios y rozabas los míos con tu lengua. Me quitaste los pantalones y cuando te agachaste para ver de cerca como me bajabas los calzoncillos, te hice incorporar.

– No, hoy es mi cumpleaños y me has prometido que haríamos lo que yo quisiera – te dije, sujetando tus muñecas – Y lo que hoy quiero es hacerte el amor yo a ti, como dices tú: te quiero cocinar y tú eres la masa, porque quiero hacer pan con tu cuerpo.

Suspiraste y te dejaste caer en la cama. Tus piernas colgaban al borde haciendo que se levantase tu cadera. Salté al suelo y me arrodillé entre tus piernas. Deslicé mis manos por la abertura de la falda, te acaricie los muslos, desde la rodilla bajando por el interior del muslo hasta la tela blanca de tus bragas. Te besé entre los pechos. Tú me arrastraste hacia tu boca. Me besaste como nunca lo habías hecho. Tu lengua se introdujo en mí y combatió con la mía en mi boca, nos chupamos los labios y la lengua hasta enrojecer. Tu pubis se apretaba contra mi pene completamente erecto.

– Un momento, por favor – te pedí – vamos por temas. Déjame que primero me dedique a tu espalda.
– ¡Humm! – murmuraste mientras te dabas la vuelta.

Siempre que veo tu espalda me sorprende su hermosura. Es suave a la mano y al beso, y en sus dos extremos hay lugares que te hacen sonar como un Steinway bien afinado: el cuello, donde no puedo insistir demasiado porque te enervas, o las redondeces y oquedades de tus nalgas, donde podría dormir y soñar durante cien años. Esa noche bese toda la espalda, empezando por la cintura, subiendo hacia el cuello y luego bajando hasta el canal de tu culo. Empecé a lamerte cada vértebra, intentando entrar con mi lengua en tus nervios, fui subiendo, primero las lumbares, dorsales y luego el cuello, al mismo tiempo mis manos recorrían tus costado y hacían círculos a los lados de tus pechos. Empecé a moverme al ritmo de tus respiraciones, me detenía un poco, si te quejabas o movías tu cabeza, para prolongar tu placer.

Me recosté a tu lado, quería disfrutar de tus caderas. Comencé a comerte la suave piel de tus nalgas, las lamí como si fuera la sal de la vida, recorrí con mi lengua el estrecho canal que las separa. Mis manos acariciaban tus inglés y la parte interior de los muslos. Cuando mis dedos rozaron el pelo de tu sexo, levantaste ligeramente la cadera, lo suficiente para que mi mano pudiera acariciarlo con suaves círculos. Mientras mis dedos recorrían los labios de tu sexo y giraban en los bordes de su entrada, te besé en esa otra entrada, tan estrecha y perfecta como una boca fruncida. Lamí suavemente su círculo que se dilató por un instante. Te quejaste, pero no insistí. Todavía quedaba mucho camino por recorrer. Me incorporé ligeramente y cogí un bote de aceite de la mesilla de noche. Eché aceite sobre tu espalda y lo extendí con las palmas de las manos muy abiertas. Durante un rato patiné con dedos y manos por la pista de tu espalda, así te relajaba un poco de la tensión anterior. Ya no gemías ni hablabas, pero ronroneabas como un gato. Seguí con tus piernas y me detuve en los pies. Antes de darte aceite, chupé tus dedos, uno a uno, intentando que el placer no fuera demasiado intenso para que lo resistieses bien.

– Date la vuelta – te pedí con la respiración entrecortada. Estaba muy excitado. Cuando te giraste miraste mi pene. Estaba completamente rígido y sonreíste.
– Ya ves, mi segundo cerebro está totalmente despierto.

Te incorporaste un poco y lo besaste y acariciaste con las dos manos como si guardases un nido de pájaros. Te empujé con suavidad sobre la cama y te bese en la boca durante un buen rato. Mis manos no paraban quietas, despacio iban recorriendo tu pecho. Cuando me acercaba al pezón y lo acariciaba, tu espalda se arqueaba un poco y tus piernas se juntaban, y girabas tu cadera. Tu sexo empezaba a tener hambre. Levantaste los brazos sobre tu cabeza y yo te besé las axilas y recorrí esas líneas de tu pecho que son como cuerdas de koto. Así sonaba tu voz igual que prolongadas y limpias notas que me ayudaban a no perder la línea del placer. Me incliné sobre tu pecho y lamí el pezón derecho despacio, primero por arriba y después en la parte inferior para acabar sorbiendo y apretando con mi lengua su botón. Después el izquierdo, mientras continuaba masajeando el otro pezón con mis dedos. Una corriente de energía pasó directa de tu corazón a mi cerebro, la chispa saltó entre la punta de mi lengua y la plana cumbre del pezón. Una gota de leche imposible se depositó en mis labios. Tu excitación me contagiaba, casi no podía contenerme.

Tomé un respiro, eché unas gotas de aceite sobre tus pechos. Mis manos empezaron a patinar sobre tu piel, ya muy sensible, produciendo un casi inaudible !ooooh¡ de tus labios. Por tu vientre dibujé círculos, apretando ligeramente en el regazo, como si quisiera estar dentro de ti, nadar dentro de ti.

Abrí tus piernas, el sexo parecía un animal que durmiera entre tus blancas ingles, me arrodillé entre ellas para poder mover mis manos a la vez por tus costados. Repetí las mismas caricias, unas veces más rápidas, otras más intensas, hasta que no pude ignorar por más tiempo tu sexo. Puse una mano sobre él, como si fuera una concha que le protegiera. Estaba caliente y húmedo, palpitaba excitado y me iba mojando desde la piel de los dedos hasta el último pliegue de mi cerebro. Tú humedad es más embriagadora que el sochu o el rioja, cuando me toca, me cuesta mantener el control, me lanzaría dentro de ti, entero, te invadiría todos los órganos y me quedaría durmiendo en ti. Mientras, con una mano, apretaba tu sexo y hacía un suave movimiento giratorio, la otra acariciaba tu pecho golpeando con los dedos un lado y con el pulgar girando sobre el pezón. Mi boca buscó la tuya, cuando nuestras lenguas comenzaron a jugar, mis dedos hicieron lo mismo y fueron recorriendo los labios de tu vagina, dejando que se abriesen como pétalos de una flor extraña. Estuve besándote y masturbándote hasta que no pudiste mantener tu boca pegada a la mía, el placer hacía que tu cabeza girase de un lado a otro y que tu rostro descompusiera el gesto hasta parecer que sufrías. Me detuve.

-¡Oh! ¿Por qué te paras? – te quejaste
– ¡Chiss! No me paro, es sólo un escalón más, ten paciencia – te susurré al oído.

Cogí un pañuelo y te até las muñecas, tus brazos estaban extendidos sobre tu cabeza. Te pedí que estuvieras completamente quieta, concentrada en tu placer. Te besé la barbilla y bajando recto desde ella, pasé entre tus pechos hasta llegar al ombligo que besé con más intensidad. Luego lamí todo tu vientre. Mis brazos te rodeaban las caderas y mis manos se agarraban a tu cintura. El pelo de tu sexo me hizo cosquillas en el cuello, y ya no pude más. Tiré de tus piernas hasta colocarte al borde de la cama. Me senté en el suelo, tu sexo quedaba justo a la altura de mi boca. Me sumergí con un beso prolongado entre los labios, saboreando el generoso licor. Tú te quedaste muy quieta, abriste un poco más las piernas ofreciéndote entera. Mi lengua te agradeció tanto deseo. Lamió los labios y giró plana sobre tu clítoris, sin tocarlo directamente todavía. Te arqueaste como una katana. Mis manos recorrían tu columna, ayudando a que el placer que se concentraba en tu sexo, se extendiese por la espina dorsal hasta inundar tu espalda, tu cuello y tu cerebro. Entonces comencé a chupar y rodear el clítoris, lo hacía al ritmo de tu cuerpo.

– Sí, si – murmurabas

Con una mano comencé a acariciar la entrada de la vagina, mientras mi lengua seguía su trabajo. Estabas casi a punto, pero yo prolongaba el placer acariciando más lentamente. Mis dedos entraron en ti, sintieron el músculo suave del amor, palpitaba y se contraía preparado para recibirme. Yo estaba casi enloquecido, seguí chupándote sin descanso, mientras con dos dedos acariciaba tu interior. Lamí tus ingles, tu ano, tu sexo y hubiera estado así hasta el amanecer. Era como estar en trance, tu placer alimentaba el mío y lo prolongaba. Pero mi organismo comenzaba a protestar, mi cuerpo quería descargar el semen que se mantenía guardado a presión, una presión cada vez más incontrolable.

– ¿Puedes entrar en mí? – me pediste.
– Sí, mi amor, estaba deseando estar dentro de ti.

Me incorporé. Me incliné para besarte en un hombro y mi sexo encontró el tuyo con un roce que nos hizo temblar. Te desaté y me arrodillé en el suelo y jugué con mi sexo en la entrada del tuyo y con suavidad acaricié el clítoris. Entré despacio, primero la cabeza y luego el cuerpo, lentamente hasta el fondo, porque estabas preparada y la piel de tu interior era suave y firme. Apenas nos movíamos, sentía tus músculos, como los de una garganta que quisiera tragarme, palpitaban y mi sexo respondía palpitando. Tus manos se apretaban sobre tus pechos y las mías se agarraban a tus caderas. Empezaste a acariciar tu sexo y el mío, unidos en su abrazo interior.

– Más rápido – pediste, mientras tus ojos buscaban los míos.

Entonces, sin salir de ti, te arrastré al borde de la cama. Yo quedé sentado sobre mis rodillas dobladas, tú estabas sobre mí, enraizada en mi pene, y con la espalda curvada sobre el borde de la cama. Sufrías y decías muy bajito, sí, sí, mírame quiero verte sufrir, te quiero…Pero yo seguía palpitando dentro de ti, casi sin moverme. Mis manos apretaban tus pechos y tú te acariciabas abajo. Te besé, otra vez en el hombro, clavé mis dientes y tú me arañaste la espalda. Te levanté un poco por las caderas y te dejé caer sobre mi pene, repetí el movimiento y tú pediste más energía.

– Mírame – casi gritaste – quiero ver como llegas.

Cuando dos ríos se juntan forman uno más caudaloso, así nos unimos, nuestras miradas fueron las primeras en darse cuenta de la intensidad de esa clase de muerte y nacimiento. Cada uno de nosotros vio la cara de sufrimiento en el otro y le amó más por eso. Después los ojos se entornaron y comenzaron las convulsiones. Tu vientre se curvó hacia adentro y luego se abombó rozando el mío. Al mismo tiempo te incorporaste y te abrazaste a mí clavando tus dedos en mis hombros. Yo grité algo, oooh¡ quizá o un te quiero ininteligible. Sólo recuerdo que me vaciaba en ti, y de esa forma terminaba la intensidad del placer y el sufrimiento. Golpeé con mi cadera la tuya, queriendo entrar aún más para regar tu interior con mi vida.

Terminamos juntos. Quedamos así abrazados. Tú sentada sobre mí, y mi sexo palpitando dentro del tuyo. De vez en cuando me besabas el pene con la boca de tu sexo. Yo olía tu pelo con intensidad y te besaba en el hombro, justo donde empieza el cuello. Besos blandos y dormidos. Mis manos relajaban tu espalda, casi acunándola. Pusiste la cabeza sobre mi hombro y te quedaste medio dormida, abrazada a mí como un koala. Estuve muchas horas sintiendo el roce de tus pechos cuando respirabas, sintiéndote palpitar por dentro mientras acompañaba tu sueño con alguna caricia, con algún roce en tu pelo. Quise detener el tiempo, pero el tiempo es sabio y siguió su camino evitando que, por la postura, terminara con lumbalgia.

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