Poeta de cabra

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Nació en abril de 1998 y desapareció con su número 8 en la primavera de 2000. Fue dirigida por Sonia Rincón, Juan Manuel Navas, David Torres y Julieta Valero. Guardo sus 8 números, de encuadernación y textura cálidas, tiernas, con devoción.

En Poeta de cabra publiqué los siguientes poemas:

 

El reloj que el marino Alí Bey encontró en la costa de los piratas, y los ensueños y horas desconocidas que pulen su esfera

 

a Gaspar Rey

Hoy ha llamado a la puerta el que dibuja un sueño, lo talla o lo funde, lo engarza y lo vende,
hoy ha venido el que elige el sueño en la cueva del decomiso, entre tantos otros en venta,
hoy me dijeron que vale tanto un verso como el vidrio y el cobre.

Sobre mi mesa hay pueblos de pescadores, que siguen mirando al desierto,
y hay cacatúas violáceas que comen agujas de reloj;
porque me han traído el ensueño y la hora desconocida,
y a los viajeros, sus largas historias, encantamientos y acrobacias.

Es una esfera fría en la mano y en los labios que sobre ella se posan.
Es imperfecta en su curvatura, donde le dieron un punto de apoyo,
para poder dejarla en la mesa, y mirarla y ponerse a soñar.
Es una esfera, y teje como las viejas, al descuido, extraños pensamientos.
¿ Cuál debería ser su nombre, el de alguna famosa embaucadora, o cualquier otro,
pájaro sobre el vientre de las mujeres, acaso pájaro del mar ?

¡ Oh, qué belleza había en las manos del artífice cuando trabajaban !
Cómo las imagino engarzando ensueños y horas,
nombres que vienen sin ser llamados, campos de aguas aceitosas y azules,
nombres que vuelven, y un horizonte que no pierde su color al ser alcanzado.

Hay un objeto sobre mi mesa o una multitud de pescadores,
viejas que ya no tienen un cielo en su vientre donde volar ,
sueños paseando desde las cosas a las fronteras.
Es una esfera fría que enseña cómo se fabrican la horas,
sin explicar por qué las agujas batallan,
el origen de su misterio.

 

El viaje

 

Dicen que los viajeros tienen ojos de arena,
y entre la gente fueron siempre extraños,
porque ninguna piel, ningún lugar,
les ofreció esperanza.
Dicen que cuando quedan detenidos,
sin ganas, sin dinero, o sin salud,
se sientan en cualquier rincón de un sueño,
y mueren de tristeza.

Dicen que el viaje es una gran mezquita de oro,
de donde parten
los áridos senderos de uno mismo.

 

Las murallas de Jericó

 

Os recitaré una y otra vez
las puertas de la memoria
puertas de Jericó
guardadas en su laberinto
hasta que caigan sus sellos.

a jan garbarek
Sobreponiéndose al murmullo
de la brisa, el rumor del viento
al rumor
el aullido de la galerna
al aullido
el golpear de los postigos
a los golpes
los ojos ensanchados por el miedo.

Sobreponiéndose al destello
del rayo, el contraluz del cuarto
al contraluz
la sombra del baobab en la roja sabana
a la sombra
la oscura boca del pozo de los sin luz
a la luz
los oídos asombrados por el silencio.

A la rosa
la fragancia de una judería
a la fragancia
el olor del agua balsámica
a los bálsamos
el salobre océano en los olivos
a la resina de sus troncos
como un trasiego de vino.

Al vino
el sabor de lenguas bulliciosas
a los labios
otros labios combativos
a las uvas
por sus manantiales dulces
a la sangre
el aleteo de la venganza.

A la piel
que recubre los senos las manos
a las manos
la piel sumergida
a la piel
y sólo a ella el sonido
de tu aliento malva.

 

Hexagrama

 

a Manotes

Aquí está el hombre incrédulo que malquiere a su señor, y murmura y reniega de sus símbolos, porque no hay señor que merezca respeto, si deja sus tierras en manos violentas y ambiciosas.

Aquí está el hombre, ¿o es un perro entrenado?, el que destroza la ropa, y no encuentra ni la carne, ni el hueso, ni siquiera la rabia; sólo el odio, que le une a su enemigo.

Aquí está el hombre; es ciego, y en su camino se detiene, y después de mirar al horizonte, recoge su mirada que alcanza el perfil de las hojas. Allí el hombre encuentra la luz, el color que antes no había.

Aquí está el hombre, está liando cigarrillos, que encendidos arroja a un océano nocturno, intentando que se alumbren sus límites. Pero el hombre se avergüenza, y piensa en una ruta, un faro, una estrella, un maestro que le ayude a cruzarlo.

Aquí está el hombre, hablando con los que siguen la enseñanza de un hombre venerable, mas sólo saben de ritos que enmascaran, de ritos que ordenan el vacío.

Aquí está el hombre, solo en un valle donde no quedan más lágrimas que las del rocío, ni más sendas que las holladas por otros hombres, ni más fin que añadir un trecho más al camino.

La moraleja

 

a David Torres

Estoy viviendo un tiempo antiguo, vosotros ya lo recordáis de alguna manera,
como nosotros recordamos el vuelo de un dirigible
o las viejas revoluciones de octubre y los acorazados rebeldes de Einsestein,
con la misma melancolía de lo que quiso ser y nunca terminó siendo.
Tanta rosa marchita en los fusiles,
tanta rosa acabada en anagrama,
tanta tormenta huérfana de viento.

Recordáis un inmenso valle y los hongos grises que cubrían las ciudades
y a lo lejos el mar llevándose el resto de aquel gran festín
y a los hombres contradictorios que ansiaban el sentido de las cosas
y no se conmovían con el anuncio de la extinción del tigre para el año dos mil quince.
Y a los que vinieron a la nueva Bizancio para aprender de sus códices y comer en sus despensas
– fue imparable como los ciclos que mueven la naturaleza,
nos entregaron la esperanza y ninguno la reconocimos -.
Las religiones convocaban espadas y las multinacionales compraban estados,
pero también había gente sin nombre que calmaba las heridas y el desconsuelo,
– aquellos que guardan las trincheras del hambre y la miseria,
haciéndonos sentir menos culpables -.

Cuando conoces el final de una historia, conoces su moraleja
y entonces, – si nos encontráis –
quizá recordaréis la anécdota que nos resume:
“Aquel murió colgándose de un sueño,
a ese no le alcanzó la gratitud
y esa pantera un día se hizo puma”.

Esos serán, esos son vuestros recuerdos, no los míos,
y os atraen como las raíces tiran de las hojas, hasta secarlas en otoño.