EL HOMBRE SOBRE SU BURRO

A Nasrudin que montaba de espaldas a su burro
para no olvidar de dónde venía y a María Alcocer
que nunca lo olvida.

Nací para adorar a una mujer
a un dios, a una verdad.
Lo perdí a él primero,
a ellas después
y ninguna verdad me conmovió.

Desnortado, sin brújula
me apoyé en las palabras
que engarzadas en versos
apuntan a los nortes del lenguaje
y en vez de entretenerme en artificios,
decidí ser arquero que observa tras la almena
y desde allí dispara.

Con el tiempo mi pulso
se tornó tembloroso,
mi vista poco clara.
¿Qué se hace del arquero que no pone
la flecha en su destino?
Pensé en la opción nipona, adaptada a mis temores,
o la que me susurran las entrañas:
anda, anda y no pares
y cuando finalmente caigas, hunde tus manos
en la tierra y no intentes levantarte.
No nací samurái
que nací en un jardín lleno de fuentes,
mientras el agua corra
preferiré jugar
con sus chorros a hacerlo con espadas.
Porque el arquero es frágil,
teme por los amados y ese miedo
es una hoja de tilo sobre su hombro.

Así que no queda otra, andar y andar,
– Nasrudin en su burro –
mirando hacia el camino recorrido
que es sedal irrompible,
de la longitud precisa de cada pasado
y que a la par de nuestros pasos se desdevana.

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