Alguien me dijo «el mal siempre derrota al bien,
el mal anida en nuestro corazón,
aunque sea una esquirla,
una esquirla minúscula
clavada en él”
Y ¿quién la dejó allí?,
porque yo os aseguro que no lo hice en el mío.
¿Quién soy para juzgarme
cuando alguien puso en mí el bien y el mal?
Pero me engaño,
porque sé que ambos conviven conmigo
y puedo y debo hacerlo,
aunque no me apetezca hurgar
en la esquirla que crece en mi interior.
Y este miedo, este pánico
a levantar la costra de mi herida,
me hace pensar que
para saber del mal, también del bien,
hay que indagar lejos, tan lejos
como están las estrellas
que nunca brillarán en nuestra noche.
Ambos están unidos allá afuera,
pero también tan cerca,
que si mis manos – como espadas –
me desventraran, los sorprenderían
amorosamente encamados
en mi sangre, en mis músculos,
en ese corazón del que decimos
que es bueno o malo y es las dos cosas al tiempo.
El Libro dice que somos a imagen
y semejanza de un Dios compasivo,
como yo soy a veces,
pero si somos semejantes,
Él también debería ser vengativo y cruel
o quizá lo diabólico
es otro Dios hermano
que en una guerra fratricida,
nos infectan con odio y con amor.
Todo parece ser un desatino,
demasiado perverso y complicado,
como una espada colgada de un pelo,
cuando se necesita una navaja
para afeitar la barba de los dioses.
Del caos nacimos,
buenos y malos
pero conscientes.
Ya iremos aprendiendo,
nosotros solos,
que lo correcto es necesario,
será mucho más fácil
sin la letal influencia de unos dioses
improbables, que nadie ha visto
y casi todos dicen
que de ellos saben.
Descubre más desde Rafael Pérez Castells
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.
