Diáspora

Mis hijos son valientes,
capitanes de naves singulares,
decidieron surcar océanos diversos.

Una, la más temprana, navegó de grumete al oscuro norte
donde aprendió del aún más oscuro corazón de los hombres.
Se amotinó contra un capitán tuerto del alma y manco de compasión.
Lo lanzó por la borda y cambió el rumbo en busca de aguas tranquilas,
donde hay islas feraces
que alientan a construir palacios de madera,
sin puertas y rodearlos de auroras.

La segunda navega en solitario,
capitana de sí misma persiguió una estrella,
y atada a lo más alto del mástil acarició su destello,
su barco la seguía despegando de las olas.
En las cantinas húmedas de algunos puertos,
corre de boca en boca la leyenda
de un navío que corta las olas del céfiro,
con velas que parecen bandadas de albatros.

El tercero, dudó en perseguir su destino
hasta una noche en que anidó en sus sueños.
Salió de madrugada al bosque,
sus brazos eran hachas,
y con ellos cortó madera de tejo para construir una nave
que cruzara los mares que separan a los hombres.

Mis hijos son valientes, eso es indudable,
hoy ofrecí a los dioses más ancianos
cien piedras recogidas en cien playas
para que protejan su rumbo
y no pierdan su destino.

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