Tiempo de andar

hoy odio menos mi odio

se quedó congelado

en medio del solitario camino

que frente a mí se ofrece

un único camino

caminarlo o quedarse

es la oferta no hay otra

elegir un destino o el abandono

pero es tiempo de andar

por lo oscuro por dentro

de inventar laberintos y perderse

buscando en sus rincones

armisticios o aojos que me libren

del odio del amor y aún más del miedo

pero también de orgullo o compasión

por inflamados éxtasis

o emoción lacerante

es tiempo de apagar esa brasa hibernarla

solo es un mal recuerdo que no quiere perderse

Conflicto identitario

cuántos días hablando escuchándome solo
tan solo que me siento dos
la palabra condensa al pensamiento
y entonces es moneda que se cambia
la palabra no tiene sentido si no hay otro
y son ya muchos días que tengo la cabeza
repleta de palabras
que dirijo al vacío y el vacío
me responde con otro torrente de palabras

una conversación sin duda
si no a qué viene tanto estruendo
y por eso me siento dos o una multitud
a la que arengo desde el lóbulo temporal
que bien podría ser crisol de las palabras

inspiro expiro siento el fluir del aire
y logro brevemente acallar el tumulto
entonces intuyo a otro
lo conozco hace tiempo
en esos días fuimos muy cercanos
y aunque no sé su nombre
es un ser de silencio
presiento que es el tipo que paga la verbena
y espera que los ebrios incansables
las parejas ardientes y sus niños y el poeta
se esfumen
para sentirse intacto protegido
de tanto parloteo y tanta cháchara

Inmutable

cuando escribo me siento como aquel que reclama

ante la corte no espero respuesta

ni siquiera conozco dónde está

el palacio o castillo

solo quiero dejar constancia de mi disgusto

son hojas otoñales y el viento las dispersa

quizá alguna se pudra en terreno húmedo

no encuentro la razón de por qué lo hago

puede ser timidez

a expresarlo y que tiemblen las palabras

o la soberbia

de creer que lo que pienso es inmutable

y que a nadie reclamo

solo estoy escribiéndome a mí mismo

El Circo

no hay esperanza eterna

nada lo es

por eso hay que perderla a las primeras de cambio

es un peso un estorbo que confunde

y aunque todo se pierde la esperanza

mejor perderla pronto

se viaja más ligero se aclara la visión

empiezas a mirar al escenario

es un circo salvaje

y bellísimo

no hay gradas porque no hay espectadores

solo la pista el mástil los postes y los vientos

allí sobre el trapecio

o en la arena

todos somos acróbatas payasos

hombres bala forzudos

buena gente o asesinos

Pasen señores pasen

estamos en el circo

diviértanse su número comienza

suerte y eviten hacerse daño hasta el final

Pandemia

Tenía que llegar,

no la reconocimos,

fue una opción, un regalo

y sólo se vio en ella

la amenaza invisible.

Y ella ya estaba dentro de nosotros,

pero el miedo a la muerte, a ser borrados,

nos desequilibró.

Y aún así nos llegó un mensaje antiguo,

era claro, aunque había que morir

para entenderlo y nadie aceptó el trato.

Las culturas antiguas ya sabían

que a los dioses les calma

que el humano se inmole.

Hace tiempo les dimos

la espalda, los negamos.

Entonces quizá abrimos

la puerta a la extinción.

Nota aclaratoria: nunca explico un poema, esta es la primera vez, pero antes de que me acusen de algo quisiera aclarar que soy de los que tiene miedo y que, aunque no creo en los dioses, sé que el Universo se rige por reglas, ecuaciones. La selección natural de las especies es una de ellas. A veces pienso que la soberbia humana, que nos hace soñar con escapar de las leyes naturales, nos hace cobardes hasta el extremo de exigir que se conserve nuestra vida. Y a esa exigencia no tiene derecho ser vivo o inerte en este Universo. Es más, es un signo de decadencia.

Milagro cuántico

Si supiera con certeza que las lágrimas producen milagros,

lloraría como lluvia monzónica hasta cubrir de líquenes mi piel

y ser roca verdecida que es apetecible al hambre

y seguiría llorando hasta erosionar la roca, deshaciéndola

en la arena que se reúne en los márgenes un momento antes de partir,

viajera que, sin urgencia, un día alcanzará la costa

y sembrará de sombrillas las playas, y más allá

caerá como fértil lluvia sobre el fondo de un sediento océano,

cicatrizando las grietas del mundo.

Si así fuera,

lloraría un diluvio inagotable, pues no quedaría más que llorar,

sin pena, fluir para que esa roca que pesa en mi pecho

viaje al mar o a las entrañas del planeta, fertilice,

porque sus átomos no son estériles.