LOS PERGAMINOS DEL ARCEDIANO

La llaman Senda del Arcediano, une una meseta, que acorta la estatura de sus cimas por el sur, con el mar, al norte, abajo, más allá de las nubes. No lejos de las desordenadas piedras de su pavimento, removidas por nevadas y avalanchas, permanecen las cuevas que fueron refugio de hombres muy antiguos.

Ellos estaban arriba y sólo bajaban al valle de caza y a la rapiña. Pero además de a estas artes, en aquellos montes fronterizos sus moradores, al menos algunos de ellos, hicieron cosas inesperadas.

No hace mucho, se descubrió una nueva cueva. Nadie había entrado allí o, por lo menos, nadie había hablado antes de ella. Bajo sus bóvedas se encontraron restos de una cultura lejana: la crátera en forma de cabeza de cabra, las linternas de aceite, todo estaba intacto. La belleza del arreglo de las ciento tres piezas que descansaban sobre aquella ara de roca, tallada sobre una gruesa estalagmita, sorprendió a todos.

          Las revistas especializadas en el tema han informado exhaustivamente sobre el origen de cada pieza, los materiales que las componen, su antigüedad – dicen que cinco mil años -, pero lo más intrigante se mantiene todavía oculto.

          En el centro de aquel templete prehistórico había un cilindro transparente. No era de vidrio ni de metal, pero era más transparente que el cristal más puro y tan resistente como la aleación de un tanque. En su interior se encontraron nueve pergaminos. Su escritura cuneiforme fue casi completamente descifrada, y cuando se pudo leer el texto lo que se encontró no fue tan inesperado: eran poemas.

          Ocho poemas que hablaban de seres sobrevivientes, de seres inmortales, de un mundo olvidado pero futuro; ocho poemas y un prólogo que nos decían de un visitante que dejó su legado escondido en aquella cueva. Firmaba como El Arcediano Gevin.

¿Quién era el que había reunido tan extraña colección de versos? En palabras de una de las primeras personas que leyeron el texto descifrado “aquellos personajes que escribieron o protagonizaron los poemas respiran vida y su voz nos produce el escalofrío de una premonición”.

          ¿Es posible que el Arcediano hable de seres reales? Algunos perdieron la vida por venganzas o, incluso, por voluntad propia, cansados de tener que soportarse; otros aceptaron la condena de vivir eternamente y unos pocos viajaron hasta el infinito. Todos parecen personajes sacados de una de nuestras ciudades, con nuestras mismas obsesiones exageradas por la magnitud de sus existencias.

Pergamino I

Nuestra especie desapareció durante El Extraño Suceso. Sólo unos pocos sobrevivimos y aprendimos a caminar por el Tiempo.

Os dejo algunos testimonios de los primeros inmortales, algunos aún están entre nosotros, otros tomaron el camino a la nada.

El Arcediano Gevin

Pergamino II

          PROFECÍA

                    Del diario de Willian Mantilla.

Un lentísimo cántico se hundió
entre mi carne tan profundamente
que ya no era sonido, sino tacto
y en mi mano el lamento
y en mi oído la serpiente
detuvieron la sangre
detuvieron su pulso.

Nota del Arcediado

Willian Mantilla, colombiano afincado en Tochigi (Japón), casado con una sobrina nieta del emperador Hiro-Hito, pasó de coctelero del JAM SESSION a dirigir el partido Sakigake. Siendo Primer Ministro, tomó las últimas decisiones de la historia del Japón.

Pergamino III

          BERTA KINSELLA

          Extracto de la cinta encontrada junto a su tumba, a orillas del mar Nuevo Caspio.

Nací en el tiempo en que eran importantes los minutos,
crecía en la mirada la tristeza
de verlos discurrir inexorables.
Pero entonces, los sueños
no durmieron al alba, y como el humo
invadieron el tiempo y nos cegaron.

Así, fuimos eternos
y nada de lo que éramos fue útil
porque la soledad era sin límites
y la tranquilidad del que se sabe
inagotable
porque en un gran vacío la materia
se aquietaba y la vida se abstenía
y sólo las esferas del silencio
y sólo ellas.

¡Todo eso tuve y ahora lo he perdido!
!El azar es un dios ciego y sin piel
que destroza cabezas sin descanso!
El azar o Charles Drummon – es lo mismo –
me han devuelto
a la larga agonía y al destierro.

Nota del Arcediano:

Berta Kinsella, sudafricana, emigrada a Darwin (Australia) después de la revuelta Intaka del 2.003. Hábil negociadora, logró controlar la compañía BIO-COMPUTING Ltd. Propietaria de la patente que protegía el proceso BIO-LAST, que permitía el control del envejecimiento y la hibernación. Fue asesinada por Charles Drummon durante el periodo inicial de dispersión después del Extraño Suceso.

 

          CHARLES DRUMMON

                    Por Marta Kinsella.

A Charles, le condenaron a vivir
todo lo que quisiera
y fueron suficientes diez mil años
de piadoso retiro
para acabar con él y con su nombre.

No escribió nunca nada
– en dos tablas de roca se decía
lo justo y necesario –
pero no fue por eso silencioso.
Su verbo incontenible
se mezcló con el pulso de las lunas
buscando condiscípulos
y aburriéndonos profundamente.

Pero no era mal tipo, un loco más
quizá, como otros muchos que disipan
sus dudas, separando la simiente
de la paja o matando a Berta
pagana y orgullosa,
que se arrogó el destino.

Charles tuvo un largo viaje hacia la muerte;
años de gran contento
para Marta, pues Berta era su hermana.

Nota del Arcediano:

Charles Drummon, estadounidense, y después de la caída de La Unión, tejano. De formación científica, fue racional hasta que se le apareció La Santísima Trinidad en el monasterio de Thari, en Haghios Isidoros (Rodas). Fundó La Iglesia para la Telecomunicación. Sobreviviente al Extraño Suceso, continuó su acción evangelizadora, hasta su extrañamiento.

Pergamino V

          LOS PÉQUER

                    Postal dejada a sus hijos, pocos días antes del Extraño Suceso.

Las cosas de antes, ya no nos importan
porque son cofres con juguetes rotos
o cortinas tejidas con hilos de hielo
o todas esas cosas inventadas
para matar el tiempo
para exprimirlo como a las olivas
beber su aceite amargo y escupir su amargura.

Ahora, no hay más colmillos de facóquero en los recuerdos
sin nombre
en las noches que no dormimos porque temíamos al sueño.
Más allá del final
más allá de las últimas razones
no buscamos destino a nuestro viaje.

Nota del Arcediano:

José Péquer, español nacido en Carcassone (Francia) de padres emigrantes. Después de la balcanización de España, hubo un exilio masivo de los habitantes del Condado de Treviño (Euzkadi) al sur de Francia. Viajero compulsivo – su admiración por Alí Bey, Gaspar Rey y otros viajeros impenitentes era conocida – logró embarcar en el EUROPLANET, escapando al Extraño Suceso con Carmen Liria, su casi siempre fiel compañera.

Pergamino VI

          NICOLÁS YEHUDA

                    De “El náufrago”.

Yo solamente quise decir “cuando”,
y no un “siempre” magnífico y monótono.
¿Para qué tanto, si, por mucho estar
mirando como lo alto se convierte
en légamo o en abismo, sigo oyendo
su respirar en mi vigilia?

No fui como ella, que mordía
los instantes del árbol infinito,
y los saboreaba lentamente:
yo pensaba en por qué las manos podan,
y los pies pisan las cosechas.

Dicen que están cumplidos los deseos,
aunque el guardián del mosto no responde,
y transcurrir sin término es tan triste,
sin poder abismarme en aquel cuerpo-
¡Regresaré a la nada junto a ella, cuando al día
no le tiemble la mano en la navaja!

Nota del Arcediano:

Nicolás Yehuda, nacido en Córdoba (España). Emigrado a Israel en 1997, se estableció en el kibbutz Nir-Oz. Se especializó en mecánica espacial. Viajó en la primera nave tripulada de Israel, para colaborar en la construcción de la primera Ciudad Espacial. Desapareció en la explosión del generador Némesis – un proyecto fallido para convertir a Júpiter en un nuevo sol -, volviendo a aparecer en la post-historia. Probablemente se trata del primer salto temporal conocido.

SARA YEHUDA

                    Testamento hallado en las minas de sal de Kir-Oz.

Si en las hojas del bosque se distingue
la calidad del día, y en las nubes
si la noche será propicia y tímida,
y en el olor del aire, con los ojos
blanqueados por el sol, toda respuesta,

si la conversación sólo se acalla
ante el cuerpo que se abre en el arcén,
no se detiene, –
si la única verdad se escribe en vísceras
ocultas por la piel, y si al palparla,
lo que antes era uno, y luego múltiplo,
no es nada ahora, ni nunca, ni nadie,

si estamos hoy juntos, como ayer estuvimos,
y por norma aceptamos lo que venga,
si no hay futuro sino hoy y su historia,
si no es la muerte asunto de los vivos,
sino de los que mueren sin saberlo,

comprenderás entonces que no hay prisas,
que hace falta fijarse un poco, y nada más,
para ver el vacío en nuestros actos.

Nota del Arcediano:

Sara Yehuda, judía askenazi nacida en el kibutz Gesher, activista pacifista, destacó en el movimiento “Paz y Justicia” que se opuso frontalmente a la política de Netanyahu, para la deportación del pueblo palestino al derrotado Irán. Esposa de Nicolás. Desaparecida durante el Extraño Suceso.

 Pergamino VIII

          LOS COMERCIANTES

                              Anónimo.

Compramos y vendemos todo el género
hilado en los talleres de Damasco,
juegos mentales, vírgenes impúberes,
diseños cibernéticos del Siglo XXI,
y si usted lo desea, un asteroide errante.

¡Qué bello el objeto perdido hace tiempo!
Y el trato: magreo, hambre,
que entre hambrientos mantiene la esperanza
de cierta inmunidad a la desidia.

Por cierto, ¿Usted vendrá a comprarnos algo?
¿A lo mejor desea un elixir?
¿O simplemente, usted ya se murió,
y viene a reclamarnos una deuda?

Nota del Arcediano:

Nave “Medina”: fue encontrada a la deriva en órbita de Ganimedes. La nave estaba deshabitada. El único mensaje que se obtuvo de sus computadoras fue este anuncio, que se repetía en los paneles de mando. En el spot, un actor disfrazado de comerciante sirio del Siglo VI antes de la era cristiana, repetía este eslogan.

 Pergamino IX

                    LA MÁS ANCIANA

                              Por Nicolás Yehuda.

¿Y el tiempo ?: un niño que envejece
entre la niebla de los muelles,
y una sirena.
¿No callará ?
Y cuando lo hace, sigue estando allí,
tras el espacio se abre inmensamente posible,
en la monotonía que ya nunca calla.

¿Y quién ?: Tantas habláis sin escucharme,
tantas he sido y sigo siendo.
A veces, alguna cabalga con fuerza mi forma,
se asienta su gesto, se amoldan sus rasgos,
mas nunca la certeza de ser uña
que desgarra y no cuerda desgarrada.

¿Y adónde ?: hacia las caras infinitas del silencio,
hacia el fondo, hacia dentro, lo oscuro, la piel insensible, la sangre que urge un descanso,
los ciegos que ven con la luz que nos turba,
¿Adónde ?: si hacia afuera sólo está lo que vemos.

Porqué, porqué y porqué, todas las veces
todas las formas
con las que el mar golpea monótono.

Nota del Arcediano:

La Más Vieja Señora, es un personaje mítico. Según la tradición es la viajera más anciana. Su vida se había prolongado millones de años. Lo había visto todo, lo había comprendido todo. Nadie sabía interpretar su estado de ánimo, ni a nadie se le ocurrió nunca que eso fuera importante. Ella sólo parecía pensar en cómo romper esa barrera que la separaba del mar de vacío donde flotaba el Universo.

 

ODA AL OJO CICLÓPEO

Yo fui hombre muy tarde

durante

sesenta años

fui un niño temeroso

y el miedo

me encerró en su cueva.

Mi piel era

la roca infranqueable

y la única ventana

era un ojo

ciclópeo

en el que cabía el mundo,

una estrella y Orión

que con su cinto

y su arco no olvidaba

visitarme en otoño.

El otro ojo era ciego

a la luz de mi estrella,

su alimento era oscuro,

lo encontraba

en esa oscura cueva.

No sé cómo explicarlo,

pero aquella

geoda

de cristales opacos,

por la flecha de Orión

o porque más que geoda

era un huevo,

se abrió

como alas o pétalos.

Ahora ese ojo ciclópeo

es nube

es viento

y el otro, el que era ciego,

lo guardo

con Pandora en su caja

hasta encontrar la sima

donde pueda dormir

un sueño eterno.

Mi amigo B “El muerto”

Una noche de junio de 2009, no sé por qué motivo, quizás el aburrimiento, comencé a poner nombres en Google para ver cuántas veces salían. Mi padre, mis hermanos, amigos…y cuando estaba en esa tarea, tecleé el nombre de mi amigo B, al que a partir de ahora lo llamaré mi amigo B “El Muerto”. Sí, el muerto porque llevaba muerto desde el año 1982.

Y ¿por qué tuve ese impulso absurdo? En el 82 no había Internet, los teléfonos estaban clavados a la pared o en cabinas, era imposible encontrar huellas de ese pasado en la red. Aún así, tecleé su nombre. Serían las diez de una noche cordobesa, es decir calurosa, que se transformaría en una madrugada febril.

Comenzaron a aparecer reseñas con su nombre, pensé que sería el de algún sobrino suyo, tenía diez hermanos y cualquiera sabía cuántos sobrinos tendría. Pero una de las reseñas me heló la sangre – la hipotermia antes de la fiebre explosiva -, decía algo así como “tramoyista, titiritero, actor…” Era una descripción perfecta de lo que B “El Muerto” podría haber llegado a ser.

La última vez que nos vimos fue en Madrid en el 78. Después la vida nos separó. Él vivía en Valladolid, yo me casé, cambié de domicilio, de ciudad y el contacto se fue perdiendo. Nuestra amistad se había cimentado en los largos veranos en Fuenterrabía, nos conocimos con doce años y tuvimos una intensa relación intermitente hasta los veintidós. En Hondarribia nos asilvestrábamos. Teníamos una libertad inimaginable en nuestras ciudades y la aprovechábamos. B “El muerto” era el paradigma de la agilidad, podía dar volteretas en el aire apoyándose en tu hombro, y un animador de fuegos de campamento imaginativo. Contaba historias de miedo, moviéndose alrededor del círculo de amigos, centrado en el fuego, asustando a las chicas más hermosas.

Al leer la reseña de Google, intuí que se refería a él. De hecho, siempre pensé que estaba vivo. En mis daydreaming, imaginaba que B se había hecho espía y cambiado de identidad. Curiosamente, estos delirios me asaltaban cuando estaba de viaje y, especialmente, cuando iba a Alemania, en un aeropuerto, en Marienplatz. Eran tan reales que, incluso, me llevaban a girarme esperando encontrarle en la cinta contigua o comprando un bretzel en un puesto de la plaza muniquesa. Y, aunque no fueron frecuentes, estos sueños fueron persistentes durante veintisiete años. El tiempo que B llevaba muerto.

En 1982 se casó una amiga del grupo de Fuenterrabía. Estábamos todos, sólo faltaba B. Comenté su falta y hubo un extraño silencio que rompió una de mis hermanas, con voz temblorosa, para decirme que B había muerto hacía cuatro años. Me dijo que me lo habían ocultado para que no me afectase. Me largué de la boda más triste que cabreado, pero muy cabreado. Cuando llegué a casa, llamé al teléfono de la casa de los padres de B. Nadie atendió la llamada y no insistí, ¿qué sentido tenía cuatro años después? Aquella noche le escribí un poema, “In memoriam” que publicaría años más tarde en “Diccionario de días”.

IN MEMORIAM

                            A B.

A mi querido amigo muerto,
tan dolorosamente frío.
A mi infancia que al fin se pudre
en la voz que al azar me parte.
A esta desesperada pausa
que es saber que siempre perdemos.

Cuánto me he acordado de ti.
Cuántas veces pensé encontrarte,
simplemente alzando la mano.
Cuánta inocente estupidez.

Como decía, la noche cordobesa se transformó en una febril búsqueda de lo imposible, una foto de alguien muerto hacía 27 años que parecía no estarlo. ¿Lo reconocería? Estuve a punto de abandonar varias veces, pero tenía la certeza de que todos esos daydreamings en aeropuertos o ciudades alemanas tenían una causa. B no estaba muerto.

A las dos de la madrugada encontré la foto. Indudablemente era él, un poco machacado pero inconfundible. Estuve llorando e insultándole en la pantalla un buen rato, hasta que una súbita angustia me hizo reanudar la búsqueda. ¿Y si la foto era de hace dos años y hubiera muerto después? Apenas dormí, a las diez de la mañana siguiente tenía que estar en Jaén, había conseguido los contactos del teatro donde trabajaba y escrito a todos los amigos anunciándoles la resurrección de B. Demasiada excitación.

A las nueve de la mañana llamé al teatro. Increíblemente cogieron el teléfono a esas horas.  Pregunté por él, me dijeron que sí que trabajaba allí pero no podían darme su teléfono. Le conté la historia al que me atendía. Según terminé, me dijo “dame tu teléfono, lo llamo y se lo cuento”. Cinco minutos después sonó mi móvil.

– Hola Rafa

No me salía la voz. Era él. Su voz exacta en mi memoria.

– ¿Hola? – insistió

– Perdona B, es que tú no sabes que estás muerto. Y no me sale la voz.

– No fui yo, fue mi hermano J.

La noticia de la muerte de J llegó a Madrid como la de B. Y durante 27 años un buen grupo de personas creímos que B estaba muerto. Cuántas cosas que imaginamos reales sólo lo son en nuestra imaginación. Asuntos que cambian nuestras vidas y, sin embargo, nunca ocurrieron.

B “El muerto” y yo nos encontramos en Almagro unas semanas después, el 22 de julio de 2009. B hacía de Don Fernando en El caballero de Olmedo. Yo llegué antes a la plaza, como siempre. Al rato apareció B. Vestía como siempre, abrazaba como siempre. La amistad nacida en la infancia es una amistad de sangre, el tiempo no la afecta. Resumiendo, pasamos una tarde catártica en la que nos pusimos al día de nuestras vidas. Después de aquel día han venido muchos otros en los que disfrutamos de una amistad nunca interrumpida. Por cierto, la compañía de teatro de B “El muerto” hacía giras frecuentes por Alemania.

Hecho de piedra

a Javier, Andrea y Ana


No soy el águila que sobrevuela las cumbres
ni la negra babosa que se mueve lentamente.
Soy unos ojos como ventanales
por los que entran las rocas fabulosas,
la luz azul que envuelve como un mar lejano las torres de piedra.

Foto de Javier Pérez Castells

Salimos de la niebla en la mañana –
un microcosmos: ecos apagados, perlas flotando en el aire,
las nubes que llegaban al barranco mansamente -.

Somos cuatro y marchamos en silencio,
escuchamos jadear al que nos sigue,
miramos el lugar preciso donde afirmar la bota.

El calor nos alcanza, es una brisa interna
que alimenta las fuentes y los lagos subterráneos:
el cuerpo está saciado de este espacio pequeño, infinito.

Paramos a beber y comer higos y nueces.
La nieve sobre el músculo cansado
deja el frío de más de cien inviernos.

Hay una placa, un nombre y un día.
Debió caer por esta roca: un mal paso, un alud tardío
y se llevó en sus ojos muertos toda la vida hecha de piedra.

Volvemos – más no puede retener la memoria –
la senda se despliega en la pendiente,
la misma senda que, ahora, cuando estamos de vuelta nos sorprende distinta,

¿será que en el descenso los atajos parecen nuevos
o los torcales entre el matorral bocas de piedra,
o será que al volver, cada canchal, aguja o collado,
reclaman su derecho a la revancha?

Abrí una ventana y vi los dientes de la Tierra,
apuntaban muy alto, por encima de nuestras cinturas,
por eso nos hirieron más profundamente.

Éramos cuatro y somos uno y, aunque
nuestras sombras alientan a distintos soles,
un recuerdo de piedra nos mantiene.

Volvemos. La memoria está vacía de lo inútil
y llena de visiones sin palabras
que leemos en las líneas de una mano de dedos formidables;

volvemos al fluir de nuestros actos
y aunque nos gustaría permanecer, volvemos
cargando en la mochila la emoción de la piedra,
tan luminosa y sólida,
que nos quema en la espalda y nos desgarra.

De «Poesía 200-2006» Ed. Ariadna 2006.
Fotos de Javier Pérez Castells

José Viñals

José Viñals

Otro de los grandes poetas que conocí gracias a los ciclos de poesía de la Universidad San Pablo CEU. Viñals vino desde Torredonjimeno, fue el 29 de marzo de 2000. Se alojó en el desaparecido Hotel Mindanao, cerca de la Universidad. Jesús Urceloy y yo fuimos a cenar con él. Jesús me dijo que le diese mi libro (Diccionario de Días) y yo le respondí que no lo había traído. Casi me pega, se lo dijo a Viñals que me lo pidió cortésmente. Pasamos una buena velada, pero lo bueno vino al día siguiente. Viñals leyó con Carlos Briones. Fue una de las grandes tardes de aquel ciclo.

Viñals se llevó mi libro y al siguiente sábado me llamó. En mi artículo sobre Ángel González conté que había vuelto volando a casa, después de sus comentarios sobre aquel libro. Viñals me dejó levitando en la cocina de mi casa. La poesía tiene poca relación con la economía, lo mejor que te puede pasar es que no te cueste dinero. Dedicarse a ella no es una labor rentable pero, aunque no corresponda con dinero, de vez en cuando paga con la emoción de alguien que ha leído tus versos. Y a medida que pasa la vida, del dinero no queda recuerdo, nuestra memoria se sustenta sobre la emoción. Aquellas dos levitaciones me señalaron el camino.

Dos poemas suyos, el primero no es muy común en Viñals al que le gustaba el versículo y la prosa poética.

Creo que fue en otoño de 2002 cuando Antonio Polo y yo, que andábamos de ruta por Andalucía, nos desviamos a Torredonjimeno y pasamos el día con José Viñals y su mujer. Si encontráis el relato de Antonio sobre aquel almuerzo, no dejéis de leerlo. Allí, Viñals nos contó la anécdota del título de su libro “El túnel de las metáforas”. Él ya había sufrido una operación de pulmón y estaba pendiente de una operación cardiaca. Nos explicó que los cirujanos, para llegar al corazón, entraban por un túnel al que llamaban el túnel de las metáforas. Después usé este título y esta imagen en un poema (en dos versos) que le dediqué.

“Para hallar su corazón tuvieron que atravesar
el túnel de las metáforas”

En ese libro hay un poema que me gusta especialmente:

 «Sabe a sal
el banquete.
Saben a sal los lentos
pedruscos
de las lapidaciones.
A sal sabe la música
que ha de sonar
mañana.
Es un decir: mañana».

Por último una lectura suya en el siguiente vídeo.

José Hierro

Conocí a José Hierro el día que lo presenté en los ciclos de poesía que organizábamos Jesús Urceloy, Julián Ruiz y yo en la Universidad San Pablo CEU. Aquel año también colaboró con nosotros Juan Pastor (Ed. Devenir).

Fue un 17 de diciembre de 1997, Hierro leía con Luis Martínez-Falero que había ganado el premio Adonais de ese año. Las lecturas siempre eran de un poeta consagrado y otro novato. Por ese ciclo pasaron Claudio Rodríguez, Luis Alberto de Cuenca, Marcos Ricardo Barnatán, José Viñals, Siles… fueron 3 o 4 años maravillosos.

Yo recogí a José Hierro en su casa y antes de tomar un taxi, Hierro me preguntó si había algún bar cerca del lugar de lectura. Le contesté que no y nos metimos en uno que había en su calle para calentar el espíritu.

En la presentación yo dije que “José Hierro nos habla con palabras llanas y precisas, es testigo de su vida, y de otras vidas paralelas a la suya, del fin de la infancia,

Cuando se hallaba el mundo a punto
de que el prodigio sucediese

de la necesidad de compromiso con el ser humano,

Porque nacimos bajo el signo
del cerebro…

o

Serenidad, tú para el muerto,
que yo estoy vivo y pido lucha.

de la soledad impuesta, 

No es verdad que te pese el alma.
El alma es aire y humo y seda.

de la soledad asumida, buscada,

Llegué por el dolor a la alegría.
Supe por el dolor que el alma existe.

de la turbadora belleza de lo que nos rodea,

Descalzo he salido a sentir en la carne desnuda la escarcha

de la aceptación de nuestra frágil memoria

Sé que somos la suma
de instantes sucesivos

Hierro habla de lo que el ser humano habla, de su vida, prisionero de su siglo, y testigo voluntario de sus luces y sus sombras”.

En la Feria del Libro de Madrid de 1998, volví a encontrarme con él en la caseta donde estaba firmando libros. Nos saludamos, me firmó “Cuaderno de Nueva York” y terminé en la caseta echándole una mano porque su hija tenía que ir a algún lugar. En realidad, mi trabajo fue de policía. Hierro se fumó un cigarrillo en cuanto su hija se fue. O dos. El caso es que mi labor era estar atento a la vuelta de ella para que no lo pillara fumando. Cuando llegó, Hierro me pasó el pitillo y yo me lo terminé ante la mirada reprobatoria de su hija.

Recojo el poema “Canto a España” del libro Quinta del 42, en estos días en que un enemigo invisible, el CoVid 19, ha puesto todo patas arriba, mientras que España, fiel a sí misma se pelea a muerte, no hay tregua ni espacio para la moderación y el acuerdo. Otra vez a darse bastonazos, como en “La riña” ​ de Francisco de Goya. A cuántos ha dolido, a cuántos nos duele nuestra España.

«Canto a España»

Oh, España, qué vieja y qué seca te veo.

Aún brilla tu entraña como una moneda de plata cubierta de polvo.

Clavel encendido de sueños de fuego.

He visto brillar tus estrellas, quebrarse tu luna en las aguas,

andar a tus hombres descalzos, hiriendo sus pies con tus piedras ardientes.

¿En dónde buscar tu latido: en tus ríos

que se llevan al mar, en sus aguas, murallas y torres de muertas ciudades?

¿En tus playas, con nieblas o sol, circundando de luz tu cintura?

¿En tus gentes errantes que pudren sus vidas por darles dulzor a tus frutos?

Oh, España, qué vieja y qué seca te veo.

Quisiera talar con mis manos tus bosques, sembrar de ceniza tus tierras resecas,

arrojar a una hoguera tus viejas hazañas,

dormir con tu sueño y erguirme después, con la aurora,

ya libre del peso que pone en mi espalda la sombra fatal de tu ruina.

Oh, España, qué vieja y qué seca te veo.

Quisiera asistir a tu sueño completo,

mirarte sin pena, lo mismo que a luna remota,

hachazo de luz que no hiende los troncos ni pone la llaga en la piedra.

Qué tristes he visto a tus hombres.

Los veo pasar a mi lado, mamar en tu pecho la leche,

comer de tus manos el pan, y sentarse después a soñar bajo un álamo,

dorar con el fuego que abrasa sus vidas, tu dura corteza.

Les pides que pongan sus almas de fiesta.

No sabes que visten de duelo, que llevan a cuestas el peso de tu acabamiento,

que ven impasibles llegar a la muerte tocando sus graves guitarras.

Oh, España, qué triste pareces.

Quisiera asistir a tu muerte total, a tu sueño completo,

saber que te hundías de pronto en las aguas, igual que un navío maldito.

Y sobre la noche marina, borrada tu estela,

España, ni en ti pensarías. Ni en mí. Ya extranjero de tierras y días.

Ya libre y feliz, como viento que no halla ni rosa, ni mar, ni molino.

Sin memoria, ni historia, ni edad, ni recuerdos, ni pena…

…en vez de mirarte, oh España, clavel encendido de sueños de llama,

cobre de dura corteza que guarda en su entraña caliente

la vieja moneda de plata, cubierta de olvido, de polvo y cansancio…

En el vídeo tenéis un poema leído por Don José Hierro.