El destino

Esto no es lo pactado.

La vida me salió por peteneras,

su letra no ritmaba con mis sueños.

Rompí su partitura,

minúsculas partículas

que volaron: espíritus nonatos

atraídos por la luz de las estrellas.

En solitario haría mi acrobacia

allá en el territorio de la nube.

Y cuando me dispuse a descansar

sobre su húmedo vientre,

la horrible partitura estaba allí,

unidos sus pedazos con artes invisibles.

Miré hacia arriba, donde el negro espacio

refugia a los arcángeles.

Miré a derecha e izquierda

buscando algún espíritu bufón.

Miré abajo esperando una risa.

Nadie.

Nadie.

La noche era propicia

 y me ofreció una estaca

de espino blanco.

Atravesé mi pecho.                                                             

Te buscaba ¡vampiro, ángel, bufón!                                

Atravesé mi pecho y

la herida no sangraba.

La vida no usa negros

ni ángeles ni demonios,

ella escribe sus propias partituras

y rara vez incluye otras canciones.

Sin salidas, aullé

a la roja crisálida

hasta quedar dormido.

Me despertó

el canto de una ninfa que, alzada en lianas de ébano,

bendecía los múltiples caminos

nacidos con el día.

A cada uno cantaba una canción.

Yo tomé uno cualquiera

y caminé silbando

las notas de la ninfa

mezcladas con el viento.

El destino

En esta ocasión, el poema lo lee el actor Borja Gutierrez-Semprún.

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La profundidad

a Peter Colwell. My friend, have a safe journey to your star.

Hace quince años que trabajo de conductor de naves planetarias o planechips, como dicen ahora los jóvenes, y nunca me había aburrido tanto como en este largo y último viaje. Desde hace tiempo, me ronda la idea de dejarlo, la profesión se ha degradado, ni siquiera somos pilotos – por supuesto que astronauta es demasiado arcaico -, simplemente somos conductores. Igual que los de los autobuses de La Revolución Tecnológica del siglo XX o los de los carros romanos. No, a aquellos los llamaban aurigas, qué hermosa palabra. Nosotros somos conductores. Realmente es así, las naves son automáticas, las trayectorias predeterminadas, casi está programado cuándo tengo que mear. No llego a comprender por qué habían decidido que cada nave llevase, al menos, un tripulante: el maldito conductor. Pero conductor de ¿qué? Si mi nave, La Suburbana, va completamente a su bola, ni me consulta cuándo pasa a ingravidez, aunque me avisa, no sea que me golpee con el panel de mando o me derrame el vaso de leche en el uniforme. Realmente no somos ni conductores, quizá testigos de cargo.

Cuando mi bisabuelo se hizo astronauta, allá por 2075, sí que eran buenos tiempos. La gente los respetaba, cada año, cada mes, descubrían nuevos horizontes. La colonización de Marte fue apasionante ¡Cuántos se estrellaron o perecieron en estaciones mal protegidas! Allí estaba él, Antonio Romero, llevando material para la construcción de Cydonia Mensae, la hermosa capital del planeta. Luego supimos que en realidad fue una reconstrucción. A la vista de los hallazgos arqueológicos de finales de aquel siglo, estaba claro que Marte había tenido vida inteligente antes de nuestra llegada o, más probablemente, nuestro retorno. Después fue más sencillo, el desarrollo de los campos de fuerza simplificó la defensa de las ciudades de la frecuente caída de meteoritos. Se fundaron Elysium Planitia, Vastitas y Cimmeria. Una vez estuve en Cimmeria, fue igual que viajar al pasado. En el siglo XXII fue el mejor centro de vacaciones del Sistema, la Nueva Las Vegas la llamaban. En su subsuelo se descubrieron grandes cuevas con lagos de agua cristalina y una atmósfera algo más oxigenada. Durante su esplendor, recibía miles de turistas adinerados que buceaban en sus lagos, jugaban en sus casinos y fornicaban en sus hoteles. Había de todo. Aunque, cuando yo estuve allí, ya era un sitio decadente, en parte transformado en Parque de Atracciones Históricas. Ahora los que pueden prefieren Ganímedes o el nuevo cinturón de Mercurio.

Sin embargo, hace veinte años las Agencias Espaciales entraron en bancarrota. Es difícil entender el capitalismo, yo lo único que sé es que si algo que se espera que crezca no crece, se muere por no crecer. Eso es lo que pasó. En el 2325 se publicaron los trabajos de Molenaar. El célebre Doble Cerrojo de Molenaar. El matemático y astrofísico venía a decir que el ser humano nunca podría viajar a más de 1/10 de la velocidad de la luz, incluso opinaba que esa cifra estaba lejos de lo que un ser humano normal pueda soportar, y que los agujeros de gusano son posibles pero inestables. Esa verdad caló en la gente. A los pocos días se empezó a extender una desilusión sin palabras entre los tripulantes. El tal Molenaar condenaba a los hombres a permanecer en su Sistema Solar. Era prácticamente imposible llegar en el lapso de una existencia a ninguna estrella que pudiera albergar vida, se debería viajar durante varias generaciones para lograr un contacto con un sistema estelar habitable. Nuestra esperanza de descubrir nuevas fronteras se había terminado. Lograríamos habitar todas las rocas del Sistema Solar, incluso crear estaciones gigantes como planetas o el Cinturón de Mercurio, pero nada de pasear fuera de la órbita de Plutón. ¿Para qué?

Las bolsas lo detectaron un poco más tarde y la reacción fue fulminante. Si no podíamos llegar más lejos, con lo que sabíamos nos bastaba y no era necesario invertir en más investigación espacial. Mejor dedicar los recursos a cosas más “terrenas”. Las Agencias Espaciales se arruinaron y las Inmobiliarias hicieron tres años históricos. Se levantaron inmensas fortunas vendiendo parcelas en Venus o en Titán. Desde entonces, hemos perdido hasta el nombre: conductores, tiene narices. El caso es que me decidí. He comprado una parcela en La Tierra, en un lugar muy hermoso llamado Asturias. De allí era mi bisabuelo Antonio, digamos que vuelvo a mis raíces. Al fin me liberaré de la triste sensación del Universo. Desde las ventanas de La Suburbana, el firmamento está lleno de estrellas y galaxias que nunca visitaremos. Es un universo cruel que nos dejaba ver su hermosura, pero nunca alcanzarla. El maldito Molenaar había transformado la emoción que la visión de las estrellas me producía, ahora tenía la sensación de ver una proyección de cine antiguo, en dos dimensiones, puesto que era evidente que nos había robado la profundidad.

Kou

El I Ching me aconseja ser modesto

 y generoso para compartirte.

Soy la línea más débil que soporta

las cinco fuertes vigas de tu karma.

Kou. Cielo sobre viento

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La playa sucia

Si el deseo murió en ambas orillas

el río por su cauce fluye manso

y se construyen nuevos puentes

con materiales perdurables.

Mas si queda el deseo en una de ellas

el río se transforma en mar

que embravecido arrasa

las bahías y los puertos.

Ya no hay muelles ni puentes

solo una playa sucia

por la que nadie quiere caminar.

La playa sucia