Pandemia

Tenía que llegar,

no la reconocimos,

fue una opción, un regalo

y sólo se vio en ella

la amenaza invisible.

Y ella ya estaba dentro de nosotros,

pero el miedo a la muerte, a ser borrados,

nos desequilibró.

Y aún así nos llegó un mensaje antiguo,

era claro, aunque había que morir

para entenderlo y nadie aceptó el trato.

Las culturas antiguas ya sabían

que a los dioses les calma

que el humano se inmole.

Hace tiempo les dimos

la espalda, los negamos.

Entonces quizá abrimos

la puerta a la extinción.

Nota aclaratoria: nunca explico un poema, esta es la primera vez, pero antes de que me acusen de algo quisiera aclarar que soy de los que tiene miedo y que, aunque no creo en los dioses, sé que el Universo se rige por reglas, ecuaciones. La selección natural de las especies es una de ellas. A veces pienso que la soberbia humana, que nos hace soñar con escapar de las leyes naturales, nos hace cobardes hasta el extremo de exigir que se conserve nuestra vida. Y a esa exigencia no tiene derecho ser vivo o inerte en este Universo. Es más, es un signo de decadencia.

Milagro cuántico

Si supiera con certeza que las lágrimas producen milagros,

lloraría como lluvia monzónica hasta cubrir de líquenes mi piel

y ser roca verdecida que es apetecible al hambre

y seguiría llorando hasta erosionar la roca, deshaciéndola

en la arena que se reúne en los márgenes un momento antes de partir,

viajera que, sin urgencia, un día alcanzará la costa

y sembrará de sombrillas las playas, y más allá

caerá como fértil lluvia sobre el fondo de un sediento océano,

cicatrizando las grietas del mundo.

Si así fuera,

lloraría un diluvio inagotable, pues no quedaría más que llorar,

sin pena, fluir para que esa roca que pesa en mi pecho

viaje al mar o a las entrañas del planeta, fertilice,

porque sus átomos no son estériles.

Cristina a raudales

Estuve unos días en Abarca de Campos en casa de mis amigos Cristina y Borja. Tierra de Campos, allí no necesitan el mar, tienen el cielo. Los paisajes son cielo. Entre tanto sol, tanta nube, se me ocurrieron estos versos que dedico a Cristina Urdiales.

CRISTINA A RAUDALES

Eres un río

y como él tienes rápidos y remansos

caudalosa en la época de lluvia

casi un camino seco en la sequía

porque incluso en el yermo más férreo del estío

un hilo de agua oculto

corre bajo los cantos rodados.

Agua que te refresca y que generosa das

a la hierba sedienta de tus márgenes

pero entiéndeme, no eres cauce,

eres agua que lo abre y profundiza,

unas veces te llaman riada, otras arroyo,

siempre agua

y podrías ser ducha que repara

o aliarte con el viento y ser tormenta, me consta

aunque al final escampas

y entonces todo huele a arcilla húmeda

a manos de alfarero que modela los sueños.

Cosmogonía

Lo que nace se muere,
la estrella que se forma
se enfría,
la tortuga de Darwin no llegó a los dos siglos
ni la flor del baile sobrevivió a una noche.
También sé que la muerte casi siempre es violencia,
virus o supernova, cambios del perihelio
o puñalada que alguien asesta por la espalda,
todo es presa de un depredador que lo devora.

Veo que hay un diseño, este big-bang de artificio,
la chispa para que arda la consciencia y crear
a este poeta que divaga sobre el Universo
y se pregunta ¿qué mal hice para saberme?
Hay cierta rabia que hace mis palabras abruptas,
rabia por existir, por ser y además saberlo
rabia porque lo que amo es efimero, es la regla,
rabia por un diseño que avanza con la muerte,
rabia contra ese plan que por cálculo o error
provocó la consciencia en seres que se mueren,
el dilema del bien y del mal, la dualidad
engarzada en un círculo fluido, indestructible,
símbolo de mi rabia por ser utilizado.

Las cosas son como son, no como yo quisiera
y aunque no comprenda las razones de los hechos,
sé que todo funciona siguiendo un plan trazado.

EL ROCE DE TU PELO

Eran las nueve pasadas, la noche otoñal estaba llena de estrellas y, después de cenar y beber un poco de vino en la ruidosa tasca frente a la Iglesia, la fresca brisa que llegaba de la costa nos devolvía al silencio y la complicidad de la noche mientras paseábamos junto a las almenas de la muralla. Tus ojos brillaban también, era una luz más acuosa que la de Venus, que me hacía sentir como pez en la pecera. Eras el gato que observaba desde fuera como me iba humedeciendo. Me cogiste la mano y me acercaste hacia ti. Estabas sentada entre dos almenas de espalda al valle por el que corría el río. Mi cuerpo quedó entre tus piernas que poco a poco aumentaban la presión en mis costados, tu cabeza se apoyó en mi hombro, yo miraba el río oculto en la noche mientras acariciaba tu pelo, rozándote ligeramente la oreja con la palma de mi mano. La deslicé por tu cuello y comencé a besarte. Muy despacio, haciendo que sintieras mis labios abrazando los suyos, mi lengua buscando acariciar la tuya. Te besé largamente, mordiendo un poco el labio inferior, navegando con los ojos cerrados por tu boca de un sabor azul. Te acaricié el cuello y besé tus hombros y, en un par de ocasiones, deslicé una mano que avanzó como un caracol hacia tu pezón, sin llegar a tocarlo. Despacio desde la axila hacia el pezón, una, dos y tres veces.

– ¿Podríamos ir al hotel? – dijiste un poco temblorosa – me corren todos los gusanos por el cuerpo.
– ¡o podríamos hacerlo aquí!- te reté, mientras te cogía de la cintura y te atraía hacía mí, para que sintieras la dureza de mi sexo.
– Vale – contestaste rápidamente, como si te hubieran dado la señal de salida. Inmediatamente empezaste a desabrocharme el cinturón. Yo intenté separarme, pero tus piernas me abrazaron como un pulpo.
– Estás loca, era broma – me reí, pero tú insististe y pasaste tu mano por encima de mi pantalón buscándome. Afortunadamente, unos pasos te hicieron desistir.
– ¡Cobarde! – bromeaste – pero nos vamos ahora mismo al hotel.
– Te voy a comer hasta las uñas de los pies, mi amor – te respondí más tranquilo.

Mientras nos dirigíamos al hotel, nuestras caderas, nuestras piernas y nuestros brazos se rozaban levemente con cualquier excusa, una piedra, un giro en una esquina o gente que se cruzaba. Nuestros cuerpos comenzaban a reconocerse, a hablar entre ellos sin nuestro consentimiento. Nosotros disfrutábamos de la energía que estos roces derramaban por nuestro interior. La educación evitaba que nos amáramos allí mismo, sobre las piedras de la calle, sin embargo nos permitía disfrutar del lenguaje de nuestros cuerpos durante un tiempo que nos pareció eterno. Ese placer era sólo nuestro, nadie podía notarlo ni darse cuenta, cuando se cruzaban con nosotros, que ya habíamos empezado a hacer el amor.

Subimos a la habitación. Era amplia y cómoda, con una cama de dos metros de anchura. Un maravilloso ring para el placer. Entraste en el cuarto de baño. Esperaba que no te quitases el vestido. Llevabas una falda larga y una camiseta ceñida con muchas posibilidades eróticas. Prefería desnudarte yo y hacerlo en su momento preciso. Afortunadamente saliste radiante con tu falda y tu blusa dispuestas para mis manos. Te sentaste al borde de la cama. Yo me coloqué a tu espalda y comencé a acariciar tus hombros, haciendo caer los tirantes a los lados. Así desnudos, los hombros eran para quedarse en ellos un buen rato. Así que comencé a besarlos y a acariciarlos. Me levanté un momento para buscar una pinza del pelo. Te lo recogí en un moño dejando el cuello desnudo. Así podía besarlo también y lamer ese punto donde empieza a crecer el pelo. Tus manos me buscaban, las echabas hacia atrás y acariciabas mis muslos.

Te quité la camiseta y te hice levantar. Parecías una polinesia, con la falda como única prenda. Estabas muy hermosa. Te cogí de la mano y te hice girar. Te abracé por la espalda. Era una maravilla besarte el cuello mientras mis manos acariciaban tus pechos, evitando el pezón, acercándose, cogiéndole entre dos dedos, apretándole o acariciando su cima en pequeños círculos. Echaste hacia atrás la cabeza y comenzaste a gemir y tus gemidos eran para mí como las notas que un músico saca a su instrumento. En ese momento tú eras mi instrumento, cuando respirabas entrecortadamente o gemías o susurrabas palabras, mis labios, mis manos, todo mi cuerpo se acompasaba a tu música y comenzaba a interpretarla.

Te volviste y comenzaste a desnudarme mientras me besabas cada parte que quedaba al descubierto. Primero el pecho derecho, un costado, los hombros y entre descubrimiento y descubrimiento, me besabas los labios y rozabas los míos con tu lengua. Me quitaste los pantalones y cuando te agachaste para ver de cerca como me bajabas los calzoncillos, te hice incorporar.

– No, hoy es mi cumpleaños y me has prometido que haríamos lo que yo quisiera – te dije, sujetando tus muñecas – Y lo que hoy quiero es hacerte el amor yo a ti, como dices tú: te quiero cocinar y tú eres la masa, porque quiero hacer pan con tu cuerpo.

Suspiraste y te dejaste caer en la cama. Tus piernas colgaban al borde haciendo que se levantase tu cadera. Salté al suelo y me arrodillé entre tus piernas. Deslicé mis manos por la abertura de la falda, te acaricie los muslos, desde la rodilla bajando por el interior del muslo hasta la tela blanca de tus bragas. Te besé entre los pechos. Tú me arrastraste hacia tu boca. Me besaste como nunca lo habías hecho. Tu lengua se introdujo en mí y combatió con la mía en mi boca, nos chupamos los labios y la lengua hasta enrojecer. Tu pubis se apretaba contra mi pene completamente erecto.

– Un momento, por favor – te pedí – vamos por temas. Déjame que primero me dedique a tu espalda.
– ¡Humm! – murmuraste mientras te dabas la vuelta.

Siempre que veo tu espalda me sorprende su hermosura. Es suave a la mano y al beso, y en sus dos extremos hay lugares que te hacen sonar como un Steinway bien afinado: el cuello, donde no puedo insistir demasiado porque te enervas, o las redondeces y oquedades de tus nalgas, donde podría dormir y soñar durante cien años. Esa noche bese toda la espalda, empezando por la cintura, subiendo hacia el cuello y luego bajando hasta el canal de tu culo. Empecé a lamerte cada vértebra, intentando entrar con mi lengua en tus nervios, fui subiendo, primero las lumbares, dorsales y luego el cuello, al mismo tiempo mis manos recorrían tus costado y hacían círculos a los lados de tus pechos. Empecé a moverme al ritmo de tus respiraciones, me detenía un poco, si te quejabas o movías tu cabeza, para prolongar tu placer.

Me recosté a tu lado, quería disfrutar de tus caderas. Comencé a comerte la suave piel de tus nalgas, las lamí como si fuera la sal de la vida, recorrí con mi lengua el estrecho canal que las separa. Mis manos acariciaban tus inglés y la parte interior de los muslos. Cuando mis dedos rozaron el pelo de tu sexo, levantaste ligeramente la cadera, lo suficiente para que mi mano pudiera acariciarlo con suaves círculos. Mientras mis dedos recorrían los labios de tu sexo y giraban en los bordes de su entrada, te besé en esa otra entrada, tan estrecha y perfecta como una boca fruncida. Lamí suavemente su círculo que se dilató por un instante. Te quejaste, pero no insistí. Todavía quedaba mucho camino por recorrer. Me incorporé ligeramente y cogí un bote de aceite de la mesilla de noche. Eché aceite sobre tu espalda y lo extendí con las palmas de las manos muy abiertas. Durante un rato patiné con dedos y manos por la pista de tu espalda, así te relajaba un poco de la tensión anterior. Ya no gemías ni hablabas, pero ronroneabas como un gato. Seguí con tus piernas y me detuve en los pies. Antes de darte aceite, chupé tus dedos, uno a uno, intentando que el placer no fuera demasiado intenso para que lo resistieses bien.

– Date la vuelta – te pedí con la respiración entrecortada. Estaba muy excitado. Cuando te giraste miraste mi pene. Estaba completamente rígido y sonreíste.
– Ya ves, mi segundo cerebro está totalmente despierto.

Te incorporaste un poco y lo besaste y acariciaste con las dos manos como si guardases un nido de pájaros. Te empujé con suavidad sobre la cama y te bese en la boca durante un buen rato. Mis manos no paraban quietas, despacio iban recorriendo tu pecho. Cuando me acercaba al pezón y lo acariciaba, tu espalda se arqueaba un poco y tus piernas se juntaban, y girabas tu cadera. Tu sexo empezaba a tener hambre. Levantaste los brazos sobre tu cabeza y yo te besé las axilas y recorrí esas líneas de tu pecho que son como cuerdas de koto. Así sonaba tu voz igual que prolongadas y limpias notas que me ayudaban a no perder la línea del placer. Me incliné sobre tu pecho y lamí el pezón derecho despacio, primero por arriba y después en la parte inferior para acabar sorbiendo y apretando con mi lengua su botón. Después el izquierdo, mientras continuaba masajeando el otro pezón con mis dedos. Una corriente de energía pasó directa de tu corazón a mi cerebro, la chispa saltó entre la punta de mi lengua y la plana cumbre del pezón. Una gota de leche imposible se depositó en mis labios. Tu excitación me contagiaba, casi no podía contenerme.

Tomé un respiro, eché unas gotas de aceite sobre tus pechos. Mis manos empezaron a patinar sobre tu piel, ya muy sensible, produciendo un casi inaudible !ooooh¡ de tus labios. Por tu vientre dibujé círculos, apretando ligeramente en el regazo, como si quisiera estar dentro de ti, nadar dentro de ti.

Abrí tus piernas, el sexo parecía un animal que durmiera entre tus blancas ingles, me arrodillé entre ellas para poder mover mis manos a la vez por tus costados. Repetí las mismas caricias, unas veces más rápidas, otras más intensas, hasta que no pude ignorar por más tiempo tu sexo. Puse una mano sobre él, como si fuera una concha que le protegiera. Estaba caliente y húmedo, palpitaba excitado y me iba mojando desde la piel de los dedos hasta el último pliegue de mi cerebro. Tú humedad es más embriagadora que el sochu o el rioja, cuando me toca, me cuesta mantener el control, me lanzaría dentro de ti, entero, te invadiría todos los órganos y me quedaría durmiendo en ti. Mientras, con una mano, apretaba tu sexo y hacía un suave movimiento giratorio, la otra acariciaba tu pecho golpeando con los dedos un lado y con el pulgar girando sobre el pezón. Mi boca buscó la tuya, cuando nuestras lenguas comenzaron a jugar, mis dedos hicieron lo mismo y fueron recorriendo los labios de tu vagina, dejando que se abriesen como pétalos de una flor extraña. Estuve besándote y masturbándote hasta que no pudiste mantener tu boca pegada a la mía, el placer hacía que tu cabeza girase de un lado a otro y que tu rostro descompusiera el gesto hasta parecer que sufrías. Me detuve.

-¡Oh! ¿Por qué te paras? – te quejaste
– ¡Chiss! No me paro, es sólo un escalón más, ten paciencia – te susurré al oído.

Cogí un pañuelo y te até las muñecas, tus brazos estaban extendidos sobre tu cabeza. Te pedí que estuvieras completamente quieta, concentrada en tu placer. Te besé la barbilla y bajando recto desde ella, pasé entre tus pechos hasta llegar al ombligo que besé con más intensidad. Luego lamí todo tu vientre. Mis brazos te rodeaban las caderas y mis manos se agarraban a tu cintura. El pelo de tu sexo me hizo cosquillas en el cuello, y ya no pude más. Tiré de tus piernas hasta colocarte al borde de la cama. Me senté en el suelo, tu sexo quedaba justo a la altura de mi boca. Me sumergí con un beso prolongado entre los labios, saboreando el generoso licor. Tú te quedaste muy quieta, abriste un poco más las piernas ofreciéndote entera. Mi lengua te agradeció tanto deseo. Lamió los labios y giró plana sobre tu clítoris, sin tocarlo directamente todavía. Te arqueaste como una katana. Mis manos recorrían tu columna, ayudando a que el placer que se concentraba en tu sexo, se extendiese por la espina dorsal hasta inundar tu espalda, tu cuello y tu cerebro. Entonces comencé a chupar y rodear el clítoris, lo hacía al ritmo de tu cuerpo.

– Sí, si – murmurabas

Con una mano comencé a acariciar la entrada de la vagina, mientras mi lengua seguía su trabajo. Estabas casi a punto, pero yo prolongaba el placer acariciando más lentamente. Mis dedos entraron en ti, sintieron el músculo suave del amor, palpitaba y se contraía preparado para recibirme. Yo estaba casi enloquecido, seguí chupándote sin descanso, mientras con dos dedos acariciaba tu interior. Lamí tus ingles, tu ano, tu sexo y hubiera estado así hasta el amanecer. Era como estar en trance, tu placer alimentaba el mío y lo prolongaba. Pero mi organismo comenzaba a protestar, mi cuerpo quería descargar el semen que se mantenía guardado a presión, una presión cada vez más incontrolable.

– ¿Puedes entrar en mí? – me pediste.
– Sí, mi amor, estaba deseando estar dentro de ti.

Me incorporé. Me incliné para besarte en un hombro y mi sexo encontró el tuyo con un roce que nos hizo temblar. Te desaté y me arrodillé en el suelo y jugué con mi sexo en la entrada del tuyo y con suavidad acaricié el clítoris. Entré despacio, primero la cabeza y luego el cuerpo, lentamente hasta el fondo, porque estabas preparada y la piel de tu interior era suave y firme. Apenas nos movíamos, sentía tus músculos, como los de una garganta que quisiera tragarme, palpitaban y mi sexo respondía palpitando. Tus manos se apretaban sobre tus pechos y las mías se agarraban a tus caderas. Empezaste a acariciar tu sexo y el mío, unidos en su abrazo interior.

– Más rápido – pediste, mientras tus ojos buscaban los míos.

Entonces, sin salir de ti, te arrastré al borde de la cama. Yo quedé sentado sobre mis rodillas dobladas, tú estabas sobre mí, enraizada en mi pene, y con la espalda curvada sobre el borde de la cama. Sufrías y decías muy bajito, sí, sí, mírame quiero verte sufrir, te quiero…Pero yo seguía palpitando dentro de ti, casi sin moverme. Mis manos apretaban tus pechos y tú te acariciabas abajo. Te besé, otra vez en el hombro, clavé mis dientes y tú me arañaste la espalda. Te levanté un poco por las caderas y te dejé caer sobre mi pene, repetí el movimiento y tú pediste más energía.

– Mírame – casi gritaste – quiero ver como llegas.

Cuando dos ríos se juntan forman uno más caudaloso, así nos unimos, nuestras miradas fueron las primeras en darse cuenta de la intensidad de esa clase de muerte y nacimiento. Cada uno de nosotros vio la cara de sufrimiento en el otro y le amó más por eso. Después los ojos se entornaron y comenzaron las convulsiones. Tu vientre se curvó hacia adentro y luego se abombó rozando el mío. Al mismo tiempo te incorporaste y te abrazaste a mí clavando tus dedos en mis hombros. Yo grité algo, oooh¡ quizá o un te quiero ininteligible. Sólo recuerdo que me vaciaba en ti, y de esa forma terminaba la intensidad del placer y el sufrimiento. Golpeé con mi cadera la tuya, queriendo entrar aún más para regar tu interior con mi vida.

Terminamos juntos. Quedamos así abrazados. Tú sentada sobre mí, y mi sexo palpitando dentro del tuyo. De vez en cuando me besabas el pene con la boca de tu sexo. Yo olía tu pelo con intensidad y te besaba en el hombro, justo donde empieza el cuello. Besos blandos y dormidos. Mis manos relajaban tu espalda, casi acunándola. Pusiste la cabeza sobre mi hombro y te quedaste medio dormida, abrazada a mí como un koala. Estuve muchas horas sintiendo el roce de tus pechos cuando respirabas, sintiéndote palpitar por dentro mientras acompañaba tu sueño con alguna caricia, con algún roce en tu pelo. Quise detener el tiempo, pero el tiempo es sabio y siguió su camino evitando que, por la postura, terminara con lumbalgia.

El extranjero

– Lo ves – dijo el extranjero.
– Sí – contesté.

Con una rama había esparcido las brasas, recubriéndolas con la ceniza negra del fondo. La luz se extinguió pero pronto comenzaron a aparecer pequeños puntos rojos que se fueron extendiendo y agrupando.

– Es como si estuviéramos en una nave espacial viendo la Tierra – murmuró -, más exactamente como si estuviéramos viendo la historia de la civilización sobre el planeta.

Al principio no entendí a qué se refería. Se había formado una circunferencia rojiza rodeando las cenizas, en muchos puntos del interior de este círculo, las brasas iban apareciendo. Y de pronto, la vi. Estaba claramente dibujada, era la costa asiática del Pacífico, con las aglomeraciones de luces producidas por sus inmensas ciudades, Tokio, Shangai, Hong-Kong, Jakarta y el área oscura del océano, donde algunas brasas hacían imaginar aislados territorios.

– Sí, además se ve como crecen las ciudades, ocupando poco a poco todo el espacio – afirmé entusiasmado.
– Así es, así está siendo. Cada vez queda menos terreno sin iluminar – se lamentó el extranjero – dentro de mil años sólo quedará oscuro el lugar donde están los mares.
– Suena bastante mal – comenté.
– Ni que lo digas – añadió él -, será el principio del fin de la civilización.
– ¿Crees que así acabará la especie humana?
– No, la especie no, esta civilización – aclaró.

Hablaba como si lo hubiera vivido o lo hubiera leído en un libro de historia del futuro. Sin embargo no me sorprendía y conversaba con él como si de verdad todo lo que contaba hubiera pasado. En cierta forma le hacía el juego, como tema de conversación no estaba mal para una noche estrellada como la que disfrutábamos.

Había conocido al extranjero hacía pocos días en una convención sobre sistemas de comunicación máquina-cerebro. Coincidimos en la conferencia del Dr. Quiroz sobre “Interfaces neuronales para funciones motoras” y a la salida estuvimos comentando los avances de los últimos tiempos. Me sorprendió su profundo conocimiento del tema y algunas previsiones sobre el futuro que, aunque parecían sacadas de la mejor ciencia-ficción, sonaban perfectamente posibles en su boca.

– Sólo es el comienzo, primero buscaremos la unión de nuestros cuerpos a máquinas más fuertes, eficaces o incluso más inteligentes que nosotros, después cargaremos nuestros yos en el paradigma de la nube y seremos algo parecido a un virus informático – afirmó con absoluta certeza.

Durante los días de la Convención me encontré con él en todas las conferencias que seleccioné. Y de forma igualmente casual, terminamos cenando juntos un par de noches. El último día, en la copa de despedida le pregunté qué planes tenía.

– Me quedaré en Madrid unos días, quiero ver algunos museos y conocer la ciudad – contestó.
– Yo vivo cerca de la Sierra, si te apetece te puedo enseñar algunos sitios espectaculares – le ofrecí.

Quedamos para vernos el fin de semana. El sábado, salimos de Cercedilla y subimos por la senda Smith hasta Navacerrada. Llevábamos poco peso en las mochilas, pues pensábamos vivaquear al refugio de alguna roca y caminamos ligero. Conozco un lugar, subiendo por la pista del Telégrafo, desde donde se tienen unas vistas nocturnas impresionantes de la meseta sur, con Madrid iluminando gran parte del horizonte. Es un lugar despejado de árboles, con macizos de rocas graníticas que de noche parecen cíclopes petrificados. Y allí llegamos al atardecer de un sábado de finales de septiembre.

– ¿Qué ocurrirá? ¿Una nueva edad media? – pregunté reavivando la conversación.
– Un poco de todo. Los que se queden aquí sufrirán un decaimiento social y vivirán una época donde las guerras y la anarquía terminarán reduciendo la población hasta su práctica extinción. Otros se irán a otros planetas o elegirán un mundo virtual y unos pocos se irán a otros universos.

No sé si fue el vino que tomamos en la cena – unas latas de fabada calentadas con el hornillo de gas – o la certeza completa que mostraba el extranjero mientras hablaba, el hecho es que me fui irritando hasta perder la paciencia.

– Bueno, y ¿tú cómo coño sabes todo eso? – le espeté ásperamente y todavía un poco más cabreado, añadí – Ni siquiera sé tu nombre, llevo contigo casi una semana y no has sido capaz de decirme tu nombre. Pareces un espía, nunca llevabas la placa identificativa en la Convención.
– Eso no tiene importancia, soy un extranjero que mañana se irá a su tierra y no volverás a ver – contestó con frialdad.
– ¡Qué fácil! Desapareces y ya está ¿También se puede mandar un correo preguntando cómo estás o una llamada, quizá un día puedas volver a España o yo ir a tu país? No, tú eres El Extranjero y cuando te vayas, desaparecerás para siempre.
– No es eso, tú eres demasiado empático. Le cuentas tu vida a cualquiera. Apenas llevamos unos días juntos y ya sé que tienes una mujer china y un nieto negro. Yo no soy así, prefiero disfrutar con intensidad el momento sin mezclarlo con lo que yo soy o tú eres – se disculpó.

Le eché la culpa al vino, le comenté que normalmente no perdía los nervios, que todo lo que me contaba era demasiado extraño, que cualquiera que lo escuchara podría pensar que le estaban tomando el pelo. Sin embargo, volví a la carga. Mi curiosidad iba en aumento, a la par de mi incredulidad.

– ¿Por qué hablas con tanta seguridad? Parece que lo has leído en un periódico – y añadí, bromeando – ¿No serás un viajero del tiempo?
– El tiempo no existe como tal, el pasado y el futuro están en el mismo plano que el presente, digamos que todo existe simultáneamente. No hace falta viajar por el tiempo para saber estas cosas. Están escritas en la naturaleza, en las brasas, como has visto, en las nubes, en el vuelo de los pájaros o el halo de la luna.
– Ya sé, desde que el hombre es hombre existieron los chamanes, ellos podían leer las tripas de los animales y hablar con los espíritus – contesté.
– Mira las brasas. Se están apagando, las ciudades están cayendo, los estados desaparecen. La civilización como la conocéis se está desvaneciendo.
– Y las chispas que salen de las brasas son los que escapan de la Tierra – añadí con cierta sorna.
– Efectivamente.

La imagen de las chispas convertidas en naves espaciales no distrajo mi atención que había quedado atrapada en las palabras del extranjero: “como la conocéis”. De dónde se creía que era este loco. Y aunque todo parecía una alucinación, el hombre hablaba con cordura, convencido, mejor dicho, sabiendo que cada universo tiene un tiempo que no fluye, que permanece estático y sucede por siempre y simultáneamente, pasado, presente y futuro juntos en la misma habitación, suspendidos, sin tiempo. Si algo alteraba ese delicado equilibrio, se creaba un universo paralelo, donde se ajustaban pasado, presente y futuro a un nuevo equilibrio. La conversación, al calor de las brasas y en aquella noche estrellada era muy amena, me recordaba muchas otras, mantenidas con amigos, a la luz de las mismas estrellas, imaginando el Universo y sus secretos. Aunque aquella noche era diferente. El extranjero no imaginaba el Universo, lo describía y anunciaba otros universos, casi infinitos, tantos como las posibilidades que cada ser vivo, cada estrella tiene de elegir y crear otro camino alternativo, otro universo paralelo. Todos esos millones de universos estaban contenidos en un universo mayor, donde sólo se podía permanecer durante el tránsito entre dos universos. No eran elucubraciones sino conocimiento. Y esa sensación fue calando en mi mente, produciéndome desasosiego. Sentía que estaba a las puertas de una revelación que cambiaría mi forma de ver las cosas y yo estaba cómodo con mis esquemas mentales, con mi trabajo y mis aspiraciones. No tenía ganas de que alguien pusiera todo patas arriba, por mucho que me diera la comprensión del Universo.

– Claro, por lo que dices, no es posible viajar por el tiempo en tu propio universo – comenté, mordiendo el anzuelo de la curiosidad y traicionando mi novísima decisión.
– No. Si viajas al pasado, producirías una alteración y, en ese mismo instante habrás creado otro universo. En cambio, sí es posible viajar transversalmente.
– ¿Transversalmente? – pregunté.
– Viajar a cualquier tiempo de otro universo.
– Y crearías otra alteración.
– Curiosamente esta alteración no produce un nuevo universo, aunque puede cambiar su futuro. Los universos paralelos sólo nacen dentro de sí mismos – contestó mientras se levantaba a estirar las piernas y mirar al horizonte.

Me lié un cigarrillo y eché un trago de la bota. Me acerqué a él y le ofrecí el vino. Bebió sin atragantarse, como si hubiera nacido en Valdemorillo. Era un ser extraño, no tenía acento extranjero y bebía vino como un nativo, pero indudablemente no era de aquí, venía de lejos, quizá de una república ex-soviética, quién sabe.

– Reconóceme que es para pensar que te falta algún tornillo – los dos mirábamos hacia el valle, donde la ciudad iluminaba el horizonte -, si no fuera por que en los días de la convención he podido comprobar que eres un tipo inteligente, tus historias son para dudar de tu cordura.
– ¿Tú crees? No será que son temas que quedan lejos de tus intereses diarios y en los que nunca piensas – contestó volviéndose hacia mí.
– ¿Y para qué pensar en futuros simultáneos o universos que nunca veré? – y añadí con cierta amargura – Bastante tengo con intentar pagar a mi casero o entender a mi mujer. Como entretenimiento está bien, pero el lunes en mi despacho, la realidad se impone y todas las teorías se esfuman.
– Eres muy negativo, has dicho que nunca verás otros universos ¿porqué no?

Aquello fue demasiado para mí “¿Porqué no iba a ver otros universos?” Como si se extrañara de porqué no voy a Burgos, exactamente lo mismo. Me estaba mareando, necesitaba airearme un poco. Me di la vuelta y caminé hacia la siguiente loma siguiendo la cuerda de la montaña. El extranjero se quedó recogiendo el hornillo. Me senté en una piedra a unos doscientos metros de él. Pensaba en mi compañero de noche, las teorías que manifestaba eran interesantes, aunque hay muchas teorías sobre lo que desconocemos que alegran una conversación nocturna, normalmente intrascendente. Y, sin embargo, su forma de hablar, me hacía pensar en que podía tratarse de un viajero del tiempo, si bien cuando esa idea se me venía a la cabeza, la expulsaba por su ridiculez. Me decía que había leído y visto mucha ciencia-ficción y que, en el fondo, sentía un inmenso deseo de vivir una de esas historias, de ser el elegido. Volví decidido a desenmascararlo. Lo encontré extendiendo su saco de dormir.

– ¿Te acuestas ya? – pregunté.
– No, necesariamente. Estaba preparando la cama – contestó.
– Oye, eso de ver otros universos ¿De verdad crees que es posible? – le hablé intentando no poner énfasis en alguna sílaba.
– Naturalmente, aunque no hay que hacerlo de forma gratuita – dijo mirándome intensamente a los ojos.
– ¿Y?
– Hay seres que lo hacen, siempre buscando un objetivo. Por ejemplo, corregir el rumbo de una civilización descarriada, volar un asteroide imprevisto que amenaza un planeta en el que se tienen muchas esperanzas…
– ¿Qué son? ¿Una organización interestelar? – dije mofándome y señalándole con el dedo.
– No, por usar tus términos, es una organización inter universal – y añadió –, las estrellas se les quedan pequeñas. Y es una organización que continuamente busca nuevos miembros, en distintos universos y tiempos.
– ¿Me estás diciendo que tú eres uno de ellos?
– No, hombre – y se rió a carcajadas -, yo soy un estudioso del tema, sólo eso.

Siguió riéndose. Intuí en él a un gran actor. Estaba echando tinta como los calamares para ocultarse. A esas alturas de la conversación, no me hubiera extrañado que dijera que era el enviado de la IUO para nombrarme embajador en el planeta Tierra o cualquier otra barbaridad.

– Vale, ya que sabes del tema, me podrías decir qué buscaría un enviado, digamos como tú, en alguien como yo.

Dudó un instante, volvió a coger la bota y echó un trago de vino. Carraspeó y con voz doctoral dijo que probablemente entregarle un mensaje, encargarle una misión o, simplemente, dejar una semilla. Añadió que el elegido no lo era al azar, se estudiaba mucho la genética, el patrón temporal, la posición espacial y otros parámetros incomprensibles para mí, antes de decidirse por él.
– Ya, entonces soy una especie de super-héroe y me vas a encargar una misión y dar poderes sobrehumanos, naturalmente – dije con voz cansina.
– Naturalmente – respondió.
– ¡Perfecto! Vamos a dormir que se nos echa la madrugada encima y estoy saturado de tanto marciano – dije metiéndome en mi saco.
– Buena gente, tuvieron mala suerte con el cambio climático.
– ¡Vete a la mierda! – y me volví de lado para no ver siquiera su bulto, sin darle las buenas noches.

Desperté con el sol bastante alto, debían ser las diez de la mañana. El extranjero no estaba en su saco de dormir. Calenté agua en el hornillo y prepararé café con leche en polvo. Me extrañé de su ausencia, en un principio pensé que habría ido a hacer sus necesidades, pero había pasado casi media hora. Me incorporé con la taza de café en la mano y di un paseo por los alrededores, llamándole.

– ¡Eeeh!¡Oooh! – me estaba volviendo a enfadar, no podía llamarle por su nombre, así que empecé a llamarle como se me ocurría, cantando, diciéndolo ampulosamente – ¡Extranjero!¡Enviado! ¿Dónde estás?.

No había nadie que respondiera ni gritando “viajero del tiempo”, “loco de remate”, nada, sólo el sonido del viento y el de los cencerros. Recogí los sacos y cargué las dos mochilas. Iría a Camorritos y cogería el tren. Tenía que parar en el puerto para dar aviso de que había desaparecido. Pero ¿quién? No sabía su nombre, qué le diría al policía, que un tipo extranjero, de un país que no conozco, sin nombre, ha venido conmigo a la montaña y se ha volatilizado. Era imposible, me iba a buscar un problema que por el momento no tenía solución. Decidí volver a casa, ya pensaría cómo localizarlo. Quizá los organizadores de la Convención me podrían facilitar la lista de inscritos y allí encontraría alguna pista.

Fue en vano, lo que al principio era preocupación por si le había pasado algo al extranjero, se transformó en obsesión. La secretaría de la Convención me facilitó la lista. Introduje los nombres en el buscador de Internet y conseguí la foto de muchos de ellos, así fui descartando a unos por su cara, otros por edad, sexo o raza. Al final me quedaron doce nombres. De nuevo solicité a la amable secretaria la dirección de los doce fingiendo que les quería enviar mi último libro sobre “Conexiones neurona-nanochip”. Les escribí un e-mail preguntándoles, básicamente, si me conocían y si habían estado conmigo en Navacerrada. Afortunadamente los doce contestaron y lo hicieron con amabilidad y simpatía, de esa forma pude librarme de la obsesión enfermiza de buscar a un extranjero sin nombre. Digamos que dejé de buscarlo, aunque seguí pensando en él.

Un día recordé su mochila, por increíble que pueda parecer no había reparado en ella. Invertí mucho tiempo en averiguar quién era cada participante de la Convención y ni un instante para pensar en su mochila. Increíblemente estúpido. Cogí la escalera y saqué todo el material de montaña del altillo del armario. Abrí el macuto. No había nada personal, restos de comida seca, una linterna y al fondo, envuelta en un paño de algodón una esfera de vidrio. Una semilla, pensé.

La tomé en mi mano, era parecida a las esferas de navidad, que encierran un paisaje nevado y al mover la esfera la nieve vuelve a elevarse y caer sobre los tejados de las casas. Aunque había notables diferencias. El vidrio era macizo, no había agua o líquido en su interior y pesaba bastante. Era completamente transparente y en su interior flotaban muchos copos de nieve de diferentes tamaños. Los copos no se movían al cambiar de posición la esfera o agitarla, si no que seguían su propio movimiento. Me fijé con más atención y vi que los copos tenían formas muy definidas. Busqué una lupa y mi sorpresa fue mayúscula, aquellos copos eran galaxias, flotando en un universo encerrado en esa esfera.

La historia del extranjero se ha adueñado de mi vida. He perdido la esperanza de saber quién era, recuerdo sus palabras “soy un extranjero que mañana se irá a su tierra y no volverás a ver”. Él vino de otro universo, tenía una misión. Nuestro encuentro no fue casual, me buscó y cuando tuvo la oportunidad de soltarme el recado lo hizo. Estoy cada vez más convencido de que el extranjero decía la verdad. Sin embargo, me martiriza, no saber cuál es el mensaje. Tengo una esfera que encierra un universo –seguramente es la semilla que tenía que darme – y no sé qué hacer con ella ¿Debo entregarla a la Ciencia? ¿O es un objeto que yo, el elegido, debo desentrañar? Me siento culpable de que un enviado de otro universo fallará en su misión por mi ceguera, por mi incapacidad de comprender qué debo hacer. Y me paso el tiempo viendo como, en mi esfera de vidrio, unas galaxias giran alrededor de otras y las novas explotan en pequeñas luces.

Otras veces pienso que estoy enloqueciendo y por unos días me fuerzo en no pensar en él.

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