(La poesía como entrenamiento de la consciencia)
Imagen: El caminante sobre el mar de nubes de Caspar David Friedrich
A Pilar García Orgaz
Cuando, a veces, me preguntan ¿cómo es que un científico escribe poesía?, siempre contesto que las dos actividades son herramientas del conocimiento. Y, ahora, añado que también lo son para fortalecer nuestra consciencia. Además, no es tan raro que un científico desarrolle alguna actividad artística. Por poner algunos ejemplos, Einstein, Pitágoras, Leonardo da Vinci, Ramón y Cajal, Herschel, Borodín, Feynman, Lovelace y, si nos centramos en la poesía, Goethe, Lomonósov, Darwin (el padre de Charles), Hoffman (premio nobel de química), Elson, Blas Cabrera, Bronowski, Lewis Thomas y tantos otros que la lista sería cansina.
La poesía (el arte en general, aunque me centre en la poesía que es el arte que practico) y la ciencia son complementarias, la primera usa el lenguaje simbólico y la metáfora y la segunda el lenguaje experimental. La poesía activa las áreas cerebrales del significado, la analogía y la emoción. La metáfora no es un adorno es una herramienta para potenciar la consciencia. Einstein decía que las ecuaciones son para la mente y la poesía es para el alma.
La poesía es un instrumento de atención, percepción y transformación interior. Un poema amplía la atención porque se lee despacio, preferiblemente en voz alta para disfrutar de su ritmo, porque es ambiguo y a cada lector le puede sugerir ideas y sentimientos diferentes. La poesía no explica, despierta.
Cuando escribimos poesía, nos damos cuenta de su magia. Los ladrillos imprescindibles que construyen un poema son el ritmo y los elementos lingüísticos como la metáfora, pero también los símbolos y las imágenes. Hay que decir mucho con pocas palabras, Vicente Huidobro decía que el adjetivo si no da vida, mata. La poesía debe tener sangre en sus venas, tiene que ser vivida, si no es así, los poemas son simples ejercicios que terminan aburriendo.
Una poesía sin ritmo, es prosa poética. El ritmo es una característica imprescindible del poema, acerca la poesía a la música (por eso las canciones son poemas y no relatos). En mi experiencia, cuando analizo un proto-poema, lo primero que miro es su ritmo, sé que me dará pistas de a dónde se dirige el poema. Las más de las veces, cuando empiezo un poema, no sé a dónde me llevará, no conozco el final. Y sé que su ritmo lleva el mensaje oculto y si quiero avanzar y desvelar lo que me corroe por dentro tengo que revisar ese ritmo.
Es un proceso mágico, de pronto ves que un verso tiene un ritmo diferente al de los demás, entonces me paro, porque en esa situación pueden ocurrir dos cosas. La primera es que ese verso sea de otro poema, proceda de una idea o un sentimiento que no pertenece al cuerpo del poema que estoy escribiendo, y hay que eliminarlo o guardarlo en un cajón. La mayoría de las veces, esto es lo que ocurre pero hay una segunda posibilidad. Puede suceder que ese verso abra una puerta diferente al poema, que sea una bifurcación del camino que está pidiendo a gritos sitio y que requiere otro tono, otro ritmo. Así aparece una estrofa distinta en su color pero complementaria. Un arco iris tiene seis colores (el añil no existe, es un invento de Newton) y es uno. Lo mismo ocurre con un poema, puede necesitar varios colores, varios ritmos.
Lo que más me emociona, cuando escribo un poema, es cómo la idea, el sentimiento, se va aclarando cuando ajusto el ritmo. El ritmo en nuestro idioma se basa fundamentalmente en los acentos y la métrica, aunque las pausas, el encabalgamiento, la repeticiones, también son parte de él. Y la rima, claro, sobre todo cuando el poema es una canción ( más tarde comentaré mi relación con ella). Ajustar el ritmo es un dolor de cabeza, mejor dicho de la mente. Normalmente hay que cambiar una palabra para ajustarlo, y no es tan fácil. Todos hemos tenido alguna experiencia similar cuando estamos organizando nuestra casa, el salón por ejemplo. Cambiamos un cuadro y eso nos fuerza a mover una lámpara y la lámpara un sofá y el sofá una mesa… al final hemos cambiado el salón completo.
Buscar una palabra para sustituir a otra es una situación similar. No vale cualquier palabra, porque puede cambiar el espíritu del poema. Pero si estás atento, si no has desconectado con la emoción primera que te sugirió el poema, terminas encontrando la palabra que, probablemente, te obligará a cambiar bastantes más cosas, incluso mover los versos de un sitio para otro hasta que suene un clic rotundo en tu cabeza, un eureka esto era, sí esto era.
Por eso escribo poemas, porque sé que es una actividad comprometida, una palabra, las palabras no están vacías, significan imágenes, ideas y emociones, hay que tratarlas con respeto, cada palabra tiene su razón y lugar en el poema. Y cuando se unen varias palabras y surge la metáfora te deslumbra y te ilumina al tiempo. Las metáforas hacen reflexionar al lector sobre el significado que pretende el poeta, la sentimos y nos damos cuenta de que nos atrapa en un abanico de significados. Y para el poeta, como acabo de decir, es iluminación pues en la metáfora está el conocimiento que buscaba en sus versos, ampliado con significados inesperados. Y eso no se logra sin el compromiso con la palabra, sin que el poeta se desnude, se viviseccióne con ese bisturí, y si no está dispuesto a ello cae en la mentira, la vacuidad y el narcisismo.
En resumen, cuando escribimos o leemos poesía nos enfrentamos a la profundidad de la palabra. Esta deja de ser percibida de forma rutinaria, ya no la leemos automáticamente, como cuando leemos un periódico, nuestra atención se hace profunda, la sopesamos en todos sus aspectos, su significado léxico, connotativo (la emoción de la palabra), contextual, figurado, simbólico, poético…. las palabras tienen muchos significados dependiendo de su entorno. Hablamos con palabras y, con frecuencia, creemos haber dicho algo concreto y hemos desvelado mucho más.
Y el ritmo ayuda a reducir la dispersión de nuestra mente. Si leemos un soneto en endecasílabos acentuados en sexta, se produce la musicalidad de un mantra que relaja nuestro sistema nervioso. No es un efecto casual, el ritmo es un medio para captar nuestra atención. Y aprovechando el soneto, en el que su ritmo se apoya además en la rima, quiero decir que , en mi opinión, la rima no es un elemento básico de la poesía. Solo en la canción o en las composiciones clásicas es necesaria. Yo no la uso en mis poemas porque, cuando se golpea mucho el tambor, no deja escuchar la música sutil del poema.
Cuando se escribe o se lee poesía se practica la consciencia. Es una buena manera de ejercitarla, son unas mancuernas perfectas para fortalecer el músculo de la consciencia. Pero las mancuernas deben tener peso, y este peso es el alma del poeta que se ofrece en sus versos. Sin alma, las mancuernas no pesan y el poema será inútil para ejercitar nuestra consciencia.
El poeta ejercita la consciencia al levantar el edificio del poema y el lector al descubrir cómo el poeta compuso la arquitectura y plasmó la información. Ambos ejercicios tienen similitud con la meditación. En la meditación intentamos apagar el ruido de nuestra mente, observando cómo nos bombardean los pensamientos: tengo que pintar la cocina, tengo que hacer esto y lo otro, por qué se enfadó la persona que amo, tengo que llamar al fontanero… es un ruido agotador que nos hace creer que somos lo que pensamos. Y no, no lo somos. En la meditación ejercitamos mirar a esos pensamientos desde fuera, observar cómo fluyen y desaparecen y vuelven a aparecer otros que dejamos fluir. Nosotros somos el rio, nuestros pensamientos son los peces que nadan en él. Dejando fluir los pensamientos terminamos en un remanso del río donde solo hay agua, donde solo hay yo.
El ejercicio de la poesía es similar en cuanto que para escribirla necesitamos concentrarnos, dejar fluir las ideas para captar las que se ajustan al mensaje que queremos expresar. Como en la meditación, domesticamos nuestra mente. Y de igual manera, el lector debe leer el poema con una mente limpia de prejuicios, una mente abierta a ser fecundada por el ritmo y las palabras de otro ser pensante.
Y para terminar, el ejercicio de la consciencia se realiza de maneras diversas, como artista, como místico, como científico, como artesano… como seres conscientes de que cualquier actividad que realizamos la hacemos despiertos al mundo que nos rodea, liberados de esa parte de nuestro ego que nos ciega.






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