José Hierro

Conocí a José Hierro el día que lo presenté en los ciclos de poesía que organizábamos Jesús Urceloy, Julián Ruiz y yo en la Universidad San Pablo CEU. Aquel año también colaboró con nosotros Juan Pastor (Ed. Devenir).

Fue un 17 de diciembre de 1997, Hierro leía con Luis Martínez-Falero que había ganado el premio Adonais de ese año. Las lecturas siempre eran de un poeta consagrado y otro novato. Por ese ciclo pasaron Claudio Rodríguez, Luis Alberto de Cuenca, Marcos Ricardo Barnatán, José Viñals, Siles… fueron 3 o 4 años maravillosos.

Yo recogí a José Hierro en su casa y antes de tomar un taxi, Hierro me preguntó si había algún bar cerca del lugar de lectura. Le contesté que no y nos metimos en uno que había en su calle para calentar el espíritu.

En la presentación yo dije que “José Hierro nos habla con palabras llanas y precisas, es testigo de su vida, y de otras vidas paralelas a la suya, del fin de la infancia,

Cuando se hallaba el mundo a punto
de que el prodigio sucediese

de la necesidad de compromiso con el ser humano,

Porque nacimos bajo el signo
del cerebro…

o

Serenidad, tú para el muerto,
que yo estoy vivo y pido lucha.

de la soledad impuesta, 

No es verdad que te pese el alma.
El alma es aire y humo y seda.

de la soledad asumida, buscada,

Llegué por el dolor a la alegría.
Supe por el dolor que el alma existe.

de la turbadora belleza de lo que nos rodea,

Descalzo he salido a sentir en la carne desnuda la escarcha

de la aceptación de nuestra frágil memoria

Sé que somos la suma
de instantes sucesivos

Hierro habla de lo que el ser humano habla, de su vida, prisionero de su siglo, y testigo voluntario de sus luces y sus sombras”.

En la Feria del Libro de Madrid de 1998, volví a encontrarme con él en la caseta donde estaba firmando libros. Nos saludamos, me firmó “Cuaderno de Nueva York” y terminé en la caseta echándole una mano porque su hija tenía que ir a algún lugar. En realidad, mi trabajo fue de policía. Hierro se fumó un cigarrillo en cuanto su hija se fue. O dos. El caso es que mi labor era estar atento a la vuelta de ella para que no lo pillara fumando. Cuando llegó, Hierro me pasó el pitillo y yo me lo terminé ante la mirada reprobatoria de su hija.

Recojo el poema “Canto a España” del libro Quinta del 42, en estos días en que un enemigo invisible, el CoVid 19, ha puesto todo patas arriba, mientras que España, fiel a sí misma se pelea a muerte, no hay tregua ni espacio para la moderación y el acuerdo. Otra vez a darse bastonazos, como en “La riña” ​ de Francisco de Goya. A cuántos ha dolido, a cuántos nos duele nuestra España.

«Canto a España»

Oh, España, qué vieja y qué seca te veo.

Aún brilla tu entraña como una moneda de plata cubierta de polvo.

Clavel encendido de sueños de fuego.

He visto brillar tus estrellas, quebrarse tu luna en las aguas,

andar a tus hombres descalzos, hiriendo sus pies con tus piedras ardientes.

¿En dónde buscar tu latido: en tus ríos

que se llevan al mar, en sus aguas, murallas y torres de muertas ciudades?

¿En tus playas, con nieblas o sol, circundando de luz tu cintura?

¿En tus gentes errantes que pudren sus vidas por darles dulzor a tus frutos?

Oh, España, qué vieja y qué seca te veo.

Quisiera talar con mis manos tus bosques, sembrar de ceniza tus tierras resecas,

arrojar a una hoguera tus viejas hazañas,

dormir con tu sueño y erguirme después, con la aurora,

ya libre del peso que pone en mi espalda la sombra fatal de tu ruina.

Oh, España, qué vieja y qué seca te veo.

Quisiera asistir a tu sueño completo,

mirarte sin pena, lo mismo que a luna remota,

hachazo de luz que no hiende los troncos ni pone la llaga en la piedra.

Qué tristes he visto a tus hombres.

Los veo pasar a mi lado, mamar en tu pecho la leche,

comer de tus manos el pan, y sentarse después a soñar bajo un álamo,

dorar con el fuego que abrasa sus vidas, tu dura corteza.

Les pides que pongan sus almas de fiesta.

No sabes que visten de duelo, que llevan a cuestas el peso de tu acabamiento,

que ven impasibles llegar a la muerte tocando sus graves guitarras.

Oh, España, qué triste pareces.

Quisiera asistir a tu muerte total, a tu sueño completo,

saber que te hundías de pronto en las aguas, igual que un navío maldito.

Y sobre la noche marina, borrada tu estela,

España, ni en ti pensarías. Ni en mí. Ya extranjero de tierras y días.

Ya libre y feliz, como viento que no halla ni rosa, ni mar, ni molino.

Sin memoria, ni historia, ni edad, ni recuerdos, ni pena…

…en vez de mirarte, oh España, clavel encendido de sueños de llama,

cobre de dura corteza que guarda en su entraña caliente

la vieja moneda de plata, cubierta de olvido, de polvo y cansancio…

En el vídeo tenéis un poema leído por Don José Hierro.

AMR

Quiero hacer un homenaje a mi amigo y enorme poeta Álvaro Muñoz Robledano. Su poesía, tan diferente a la mía, me transporta a lugares de niebla, llenos de imágenes que sugieren pero no imponen ni idea ni sentimiento. Alguna vez lo comparé al I Ching por su búsqueda de la luz a través de la oscuridad. Mi homenaje es leer su poema Salvoconductos que dedicó a otro gran amigo, David Torres y que comienza con una cita de un diálogo de la película Casablanca: «¿Sabes que es esto? Algo que tú nunca has visto: salvoconductos»

SALVOCONDUCTOS

Podríamos hablar,
establecer un pacto
por el que los recuerdos se diluyan
como el hielo en el vaso, o el papel
en el buzón de un piso
deshabitado, ni suyos ni míos;
si no, porque no está en mi mano, porque
sus manos ni siquiera están aquí,
porque ya no es el tiempo de los cables,
porque nadie va a ser ya fusilado,
conversaré conmigo, sin rodeos,
como si no estuviera imaginando,
antirromanticismo puro, como
debe ser. El presente, me refiero
a la conjugación, es agonía:
yo sierro la madera;
el serrín cae al suelo;
el niño monta en bici;
cada diente se pudre
sin dolor.
Aún sierro la madera,
aún cae el serrín al suelo,
aún cada sonido, de ventanas
combándose, de radios que no tienen
más que repetir una melodía
como si me importara;
el presente, diría, si intuyera
lo que está fuera de él, ella misma,
por ejemplo,

pasa, tiene que hacerlo por el bien
de todos los presentes.
Quizás fuera más fácil,
si en las manos hubiese líneas claras,
si los posos del té,
si los huesos del niño, las calendas,
cualquier Madame Sosostris abrazada
a una farola. Pero
el diente, la madera, las ventanas,
aún.
Ella no espera; ni siquiera sabe,
o tal vez duerme, como un alquimista
entre oscuros crisoles, fríos, llenos
de barro, de semillas arrancadas
para nada. O tampoco. Tales cosas
no suceden; no en esta calle, al menos.
Siento que camino
sobre cristal, que llueve y el cristal
resbala como si preguntase algo,
frente a cualquier portal,
obviamente cerrado,
no son horas
ni siquiera de oírse, ni siquiera
de desear que las hojas se venzan
y haya otro lado, y ella esté, y me diga
que pase, que no importa cuánto quede,
si minutos o días.
Cuando por fin acaba esto, pues
acaba, no con gritos,
sino con la elegancia de lo inerte,
tan hipócrita,
tan necesaria, dulce, inverosímil,
y pienso si es presente un adjetivo,
si se declina el verbo,
o se rasga,
cuando por fin acaba esto, decía,
esto empieza de nuevo, sin placer,
sin redención, sin público.
Podríamos pactar las buenas noches
en el espejo, pero con su voz;
yo me lavo la cara,
ella no se desnuda,
yo fumo un cigarrillo contemplando
y olvidando mi amor de jubilado,
ella no bebe
por mí, no tararea, no menciona
su desafecto suave,
lleno de erudición.
Más tarde o más temprano
hay un bar, una máquina
tragaperras, un viejo babeando
sobre su café, un vaso casi sucio
en el que me echan lo que sea, el cierre
también, y hay que pagar,
y salir.
Paso de nuevo ante el escaparate
de los cuchillos; su óxido de invierno
tras invierno, de juego desechado.
Sigo el itinerario de los coches
de reparto, del autobús nocturno
como si cada hueso fuese hierba.
Ella me cantaría: no me beses
ni siquiera esta vez, que no será
tampoco la ultima que te lo impida,
pero estáis aquí para consolarme,
vosotras sí, al menos,
mis queridas
sombras
fingidas,
débiles
si pienso en vosotras,
si no pienso
sino en ella,
o si tuerzo los alambres
destemplados
de vuestra perfección.

Benedict Cumberbatch

Benedict Cumberbatch es un actor que te cae bien o te cae mal, nunca te deja indiferente. Yo soy del grupo de sus “entregados”.

En este artículo no hablaré de su biografía excepto para decir que me parece un artista travieso, capaz de hacer de bueno, de malo, dramas, ciencia ficción, humor, televisión, teatro, películas y series – atreviéndose a re-re-representar a Sherlock Holmes y hacer palidecer a sus antecesores- , entrevistas donde no se corta un pelo, lecturas para audio-libros, entre otras habilidades.

Pero lo que me hace traerlo aquí es su voz. Cumberbatch es un artista de la voz y del gesto.

Es capaz de ponérsela a un monstruo animado, como Smaug

o usarla para emocionarnos por el monstruoso trato que sufrió un ser excepcional como Alan Turing.

Es una delicia escucharle recitando a Keats o a Shakespeare.

Si queréis mejorar vuestro inglés nada mejor que su ENGLISH SPEECH

Invitación al viaje

No he viajado nunca más lejos de mis lentes,

aunque en mi maleta haya estampas orientales,

mas mi indignidad reconoce la pureza

como el mayordomo descubre al impostor.

Pureza en el sordo grito de los mudos

que anuncia que la más certera de las verdades

volverá a nacer en cualquier ciudad dorada

para convocar la conciencia de los actos.

Entonces las manos respirarán como ciervos

y no habrá manera de dar con el número de los alzados.

Cuando las manos se cuenten como espigas

ya nadie podrá malograr la cosecha.

Serán como olas dispuestas a alejarse,

para volver y deshacer cualquier engaño.

No soy la voz pura – quizá el viejo cotilla

que ha escuchado algunos rumores o ha tenido un sueño –

tampoco el cartero que lleva la respuesta;

soy viento cambiante que mezcla voces confusas.

Tan confundido que aún no estoy seguro

de si existe una isla en la peste o hay que crearla

y hacerla crecer más allá de la avaricia,

el hambre, el silencio que extiende su dominio.

Vuelvo a imaginar que no estoy solo,

que podríamos ser libres,

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que el fuerte y el sabio son alguien que conozco,

y quisiera que este sueño no fuera más que un anticipo,

algo que presentía.

(fragmento del poema «En busca de una isla habitada» del libro Poesía 2000-2006)

Mis LPs – «El arado y la piedra»

EL ARADO Y LA PIEDRA

                                                             A Ramón Gavilán y Alfonso Arias

el pasado es presente y es futuro
un amplificador protohistórico dos cajas de madera
un plato y una aguja y la música volvió a sonar como debía
como la recordaba
y las voces cantaban letras que eran como himnos
creí que estaba allí aunque el dolor ciático
me recordó que el tiempo no retrocedía
que era el recuerdo vívido
que a través de los tímpanos
daba luz a los ojos sí aquella luz
cada elepé que abría era forma y ceremonia
una sorpresa un beso un momento de meditación o de éxtasis
John Lennon Eric Clapton Báez la Bruja Avería Melanie Dvorak
el pasado en fragmentos
balas de una ruleta musical
la vida en los oídos los recuerdos invadían
precipitadamente el almacén en rebajas
en que me he convertido
y el almacén fue luz imperfecta y fulgurante
de canción o sonata o de un solo de Hendrix en Woodstock
la magia del arado que recorre surcos tallados de notas
como el egiptólogo interpreta los jeroglíficos
sonido material de diamante sobre plástico
de arado sobre piedra
de labios que acarician el micrófono
o del murmullo de Ian Anderson al oído de su flauta
era la vida como la sentí efímera y eterna
y no como la siento ahora efímera y vacía
sonido material y así imperfecto
un gnomo que nos habla de la magia
sonido que se sabe eterno en nuestra memoria

un amplificador protohistórico dos cajas de madera
un plato y una aguja
si golpearan mi puerta te abriría de inmediato

 

Hace unos meses recuperé mi giradiscos y mis LPs y singles de los años 70 y 80 del siglo pasado. Al volver a escucharlos sufrí un tsunami de recuerdos que terminaron con el poema con el que abro este artículo y que fue publicado en el libro «Mudanza». La semana pasada me llegó una cadena típica de estos tiempos de confinamiento y decidí seguirla. La relación de los hechos y los contenidos, los copio de mi Facebook. Si pincháis en las fotos accederéis a los vídeos que seleccioné de cada autor. o si preferís escucharlas de un tirón, pinchad aquí.
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Día 1

Ramón Gavilán me nominó para no estoy muy seguro qué. El caso es que me puse a revolver entre mis LPs. Y ésta es una selección de los primeros que compré. El Nº 1 es el de los Platters, de 1962 (lo compraría hacia el 68) y el que más me impactó fue «Atom, Heart, Mother» de Pink Floyd de 1970. Siempre pensamos que era música clásica. Nuestra música clásica. Y con el tiempo así ha sido.

 

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Día 2

Siguiendo con el encargo de Ramón Gavilán. Hoy me puse con los «singles». Hay muchos hasta el año 71. Normal, el del «Bridge over troubled water» me costó 72 pesetas (unos 40 céntimos de euro) y en aquella época tenía 16 años.

De todos los «singles» he seleccionado cuatro, que van en fotos independientes.

 

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Día 3
De 1971 y 1972 he seleccionado estos 5 LPs. «Thick as a brick» probablemente es mi joya de la corona. Pero a todos ellos los escuché cientos de veces.

 

 

Día 4

De 1973 a 1978 no sobreviven muchos LPs, he elegido estos cuatro.

 

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Día 5

Con esta entrega termino el encargo de Ramón Gavilán . He seleccionado algunos LPs de los años 79 y 80. Luego a partir del 82, aparece el CD y, por lo poco que tengo, dejé de comprar discos.

 

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Rage, rage against the dying of the light

Me permito traducir este impactante poema de Dylan Thomas y si pincháis en la foto escucharéis la tremenda fuerza poética en su voz.

Do not go gentle into that good night

Do not go gentle into that good night,
Old age should burn and rave at close of day;
Rage, rage against the dying of the light.

Though wise men at their end know dark is right,
Because their words had forked no lightning they
Do not go gentle into that good night.

Good men, the last wave by, crying how bright
Their frail deeds might have danced in a green bay,
Rage, rage against the dying of the light.

Wild men who caught and sang the sun in flight,
And learn, too late, they grieved it on its way,
Do not go gentle into that good night.

Grave men, near death, who see with blinding sight
Blind eyes could blaze like meteors and be gay,
Rage, rage against the dying of the light.

And you, my father, there on the sad height,
Curse, bless, me now with your fierce tears, I pray.
Do not go gentle into that good night.
Rage, rage against the dying of the light.

From The Poems of Dylan Thomas, published by New Directions. Copyright © 1952

No entres gentilmente en esa buena noche

No entres gentilmente en esa buena noche,
la vejez debería arder y delirar al final del día;
rabia, rabia contra la muerte de la luz.

Aunque los sabios, al final, saben que la oscuridad es lo correcto,
porque sus palabras no habían escindido ni un rayo, ellos
no entran gentilmente en esa buena noche.

Los buenos, antes de la última ola, lloran vivamente,
sus frágiles actos podrían haber bailado en una verde bahía,
rabian, rabian contra la muerte de la luz.

Los salvajes que atraparon y cantaron al sol en su vuelo,
y aprendieron, aunque tarde, que le ofendieron en su camino,
no entran gentilmente en esa buena noche.

Los serios, cerca de la muerte, que ven con ciega mirada,
los ojos ciegos que podrían brillar como meteoros y ser alegres,
rabian, rabian contra la muerte de la luz.

Y tú, mi padre, allí en la triste altura,
maldíceme, bendíceme ahora con tus feroces lágrimas, te imploro.
No entres gentilmente en esa buena noche.
Rabia, rabia contra la muerte de la luz.