Hijos

No les he escrito muchos poemas, pero alguno hubo y los he querido reunir aquí. Los hijos…

Nuestra especie es tan soberbia que termina siendo estúpida. En general se piensa que los seres humanos somos libres, independientes, elegimos si queremos tener pareja, hijos o qué camino tomar. Y, si bien tenemos grados de libertad, hay una ley superior a la voluntad de cualquier humano. La evolución de las especies y su supervivencia. Nacemos para cumplirla, es nuestra correa, sólo somos libres de movernos por el patio lo que la cuerda nos permita.

APUESTAS CIEGAS

Los hijos son apuestas ciegas,
nadie puso sus fichas
ni eligió en qué mesa,
fue un crupier, quizá  un mago
y creímos que eran nuestros.

Y al final nos devoran, como crías de araña
se deleitan con una luciérnaga ovillada.

Nadie sabe si fue un buen padre,
solo después, si el hijo sobrevive a su amor.

De «Mudanza»

Sin embargo, nacen y ya no son opción, son seres vivos que dependen de ti. Ser padre es la tarea más complicada que existe. Es ser catedrático de universidad sin haber terminado primaria. Afortunadamente, los hijos crecen, sobreviven y terminan «matando» al padre. En ese momento, yo descubrí que mis hijos eran personas valiosas, buenos compañeros de viaje. Aquí están los poemas que les dediqué:

NO PIERDAS EL SABOR DE LA AMBROSÍA

A Rafa

La vida
me susurra bajo la piel.
Su rocío sobre la sábana
aunque tiene forma de niño
es como un vórtice que se ahonda
cada día. Se ve en sus ojos
negros de sima. Después solo
cuando las preguntas se acaban
recapacitas y no entiendes.
.
Y aún así es la vida la luz fresca
ante una forma inacabada
es viento eterno dominado
por puntas de flecha que buscan
el corazón de sus arqueros
es también el ala de un dios
aventando generaciones
sin que podamos percibir
su lentísimo movimiento.

Y tú ahora eres sólo vida
que olvidarás cuando seas hombre
que olvidarás sin saber cuándo, como el humo
se desvanece en un instante indefinido.

De «La Torre Dinamitada»

MEA CULPA

a Julia

Se está haciendo mayor a pesar mío,
se está haciendo a ella misma, a ninguna otra.
Y va a ser la que cambie mis esquemas infantiles,
ella en primer lugar,
– ya volverá – te dicen pero nunca lo hacen,
porque se saben expulsados.

Y debe ser así,
pues así es con los pájaros,
y aunque con ellos sea más rápido, más frío,
más eficaz,
con ella no hay indiferencia,
sino el desgarro de saberse
en el error de nuevo,
el error de mi padre
y el de mi abuela que se murió tan temprano,
el error de creerme exactamente alguien,

y no ser nada más que ellos,
parte de ellos y un algo del azar.

Se está haciendo a su forma,
y yo siempre protesto por sus cambios continuos
como un viejo ogro lleno de amargura.

De «Diccionario de Días»

FÉNIX 

a Ana

estas confusa
crees que no eres nada
y eres el Fénix

De «108 Senryu»

LA ESFERA ARMILAR

A Ana

Cuando las ranas callan y los pájaros comienzan su canto y después todo se ilumina;

cuando al calor retorna el silencio y sólo queda el monólogo del río, el parloteo de los árboles o el peso de un cuerpo exhausto – si acompañan agua, viento o suerte -;

cuando al caer de la tarde se llenan los caminos de niños que batallan con sus sombras;

cuando las estrellas iluminan los campos de la noche y los péndulos vuelven a cortar el espacio,

cuando en los sueños se entremezcla lo que se ha aprendido y lo que se imaginó;

cuando las ranas se convocan en los humedales y no dejan de croar hasta que todo se ilumina,

cuando al calor retorna,

cuando los pájaros

De «Poesía 2000-2006»

Y a todos ellos les dediqué los dos que siguen:


A NUESTROS HIJOS

Si leéis estos versos perdonadme
por el extraño don que recibisteis
el del bambú agitado por el viento,
– pero es inevitable -: conformaros
con los días de calma.
Aprended del silencio y de la luz
y no temáis aquello que os conmueve.

Si vuestros ojos ven, que sea intensamente,
si vuestros oídos oyen, que escuchen – sólo eso -,
si vuestra es la palabra, compartidla.
Y no afectéis el gesto si os brindan los laureles,
ni creáis sufrir más que los héroes antiguos.

Escuchad con amor estas palabras,
no las menospreciéis como a un poema,
escuchadlas, son ciertas
y es lo único que os dejo.

De «Diccionario de Días»

Poca importancia

Cuando te jubilas tienes la obligación de responder al que te pregunta que estás feliz, que es un chollo no hacer nada y que te paguen. En cierta forma, se vería descortés decir que es una mierda cuando, en teoría, todo el mundo busca ese paraíso. Y, en realidad, no es una mierda ni un paraíso. Es un tiempo de ajustes.

Mientras tienes obligaciones laborales, estás exento de alguna manera de las obligaciones contigo mismo. Te levantas pronto, te desayunas un atasco, estás nueve horas en la oficina, fábrica o dónde te paguen, meriendas otro atasco y cuando llegas a casa te quedan tres o cuatro horas para meterte en la cama. Entre  hacer comidas, planchar o poner lavadoras, o cualquier otra labor doméstica apenas te queda una hora para decir ¡Hola, yo!

Los fines de semana también son sencillos de llevar. Si estás cansado vagueas, si no te dedicas a divertirte que para eso te lo has ganado. Sin embargo, tampoco te permites el reposo de encontrarte contigo a solas.

Cuando te jubilas, todo es sábado, tan sábado que al cabo del tiempo todo es otro día y las semanas parecen un sistema métrico proto-histórico.  Ni siquiera el calendario te ayuda a descargarte del peso de aguantar tu yo cada minuto.

Al jubilarse mi padre – a los 75 años – le dediqué un poema con un poco de mala leche. En realidad no tiene tanta sorna porque era consciente de que cuando a mí me tocase lo releería y certificaría que iba dedicado a él y también a mí. De lo que no era consciente es de que ese poema se escribió hace 24 años. Incomprensible, por algún lado se me han perdido los años. Los habré dejado en una mesilla, como el móvil.

 

POCA IMPORTANCIA

Y nos hacemos viejos.
Como a los viejos gatos
nos echan a patadas de todos los salones.
Jubilarse es así, sentirse gato
en un mundo de perros mimados y fascistas,
que gustan reventar gatos viejos, rendidos.

O sentirse hombre anuncio,
con un “A este le queda un cuarto de hora”
colgando de tus hombros, de tu fama.
Pero lo peor de todo es la certeza
de saberse esperando lo infinito.

No son los homenajes de tu gusto,
donde hay gente que ensaya luto y pésame,
para un día cercano y previsible,
y donde otros te olvidan con urgencia,
como si de verdad hubieras muerto.

Y no te queda más remedio que seguir
como siempre, viviendo sin saber,
fingiendo que le das poca importancia.

 

 

Ese viviendo sin saber es lo que mantiene mi esperanza, al fin y al cabo es lo que siempre hice. Por eso decía que lo de jubilarse es un ajuste, impresiona como los mojones de la carretera que marcan los kilómetros, pero la carretera sigue, los mojones están solo en la cuneta.

 

 

LOS PERGAMINOS DEL ARCEDIANO

La llaman Senda del Arcediano, une una meseta, que acorta la estatura de sus cimas por el sur, con el mar, al norte, abajo, más allá de las nubes. No lejos de las desordenadas piedras de su pavimento, removidas por nevadas y avalanchas, permanecen las cuevas que fueron refugio de hombres muy antiguos.

Ellos estaban arriba y sólo bajaban al valle de caza y a la rapiña. Pero además de a estas artes, en aquellos montes fronterizos sus moradores, al menos algunos de ellos, hicieron cosas inesperadas.

No hace mucho, se descubrió una nueva cueva. Nadie había entrado allí o, por lo menos, nadie había hablado antes de ella. Bajo sus bóvedas se encontraron restos de una cultura lejana: la crátera en forma de cabeza de cabra, las linternas de aceite, todo estaba intacto. La belleza del arreglo de las ciento tres piezas que descansaban sobre aquella ara de roca, tallada sobre una gruesa estalagmita, sorprendió a todos.

          Las revistas especializadas en el tema han informado exhaustivamente sobre el origen de cada pieza, los materiales que las componen, su antigüedad – dicen que cinco mil años -, pero lo más intrigante se mantiene todavía oculto.

          En el centro de aquel templete prehistórico había un cilindro transparente. No era de vidrio ni de metal, pero era más transparente que el cristal más puro y tan resistente como la aleación de un tanque. En su interior se encontraron nueve pergaminos. Su escritura cuneiforme fue casi completamente descifrada, y cuando se pudo leer el texto lo que se encontró no fue tan inesperado: eran poemas.

          Ocho poemas que hablaban de seres sobrevivientes, de seres inmortales, de un mundo olvidado pero futuro; ocho poemas y un prólogo que nos decían de un visitante que dejó su legado escondido en aquella cueva. Firmaba como El Arcediano Gevin.

¿Quién era el que había reunido tan extraña colección de versos? En palabras de una de las primeras personas que leyeron el texto descifrado “aquellos personajes que escribieron o protagonizaron los poemas respiran vida y su voz nos produce el escalofrío de una premonición”.

          ¿Es posible que el Arcediano hable de seres reales? Algunos perdieron la vida por venganzas o, incluso, por voluntad propia, cansados de tener que soportarse; otros aceptaron la condena de vivir eternamente y unos pocos viajaron hasta el infinito. Todos parecen personajes sacados de una de nuestras ciudades, con nuestras mismas obsesiones exageradas por la magnitud de sus existencias.

Pergamino I

Nuestra especie desapareció durante El Extraño Suceso. Sólo unos pocos sobrevivimos y aprendimos a caminar por el Tiempo.

Os dejo algunos testimonios de los primeros inmortales, algunos aún están entre nosotros, otros tomaron el camino a la nada.

El Arcediano Gevin

Pergamino II

          PROFECÍA

                    Del diario de Willian Mantilla.

Un lentísimo cántico se hundió
entre mi carne tan profundamente
que ya no era sonido, sino tacto
y en mi mano el lamento
y en mi oído la serpiente
detuvieron la sangre
detuvieron su pulso.

Nota del Arcediado

Willian Mantilla, colombiano afincado en Tochigi (Japón), casado con una sobrina nieta del emperador Hiro-Hito, pasó de coctelero del JAM SESSION a dirigir el partido Sakigake. Siendo Primer Ministro, tomó las últimas decisiones de la historia del Japón.

Pergamino III

          BERTA KINSELLA

          Extracto de la cinta encontrada junto a su tumba, a orillas del mar Nuevo Caspio.

Nací en el tiempo en que eran importantes los minutos,
crecía en la mirada la tristeza
de verlos discurrir inexorables.
Pero entonces, los sueños
no durmieron al alba, y como el humo
invadieron el tiempo y nos cegaron.

Así, fuimos eternos
y nada de lo que éramos fue útil
porque la soledad era sin límites
y la tranquilidad del que se sabe
inagotable
porque en un gran vacío la materia
se aquietaba y la vida se abstenía
y sólo las esferas del silencio
y sólo ellas.

¡Todo eso tuve y ahora lo he perdido!
!El azar es un dios ciego y sin piel
que destroza cabezas sin descanso!
El azar o Charles Drummon – es lo mismo –
me han devuelto
a la larga agonía y al destierro.

Nota del Arcediano:

Berta Kinsella, sudafricana, emigrada a Darwin (Australia) después de la revuelta Intaka del 2.003. Hábil negociadora, logró controlar la compañía BIO-COMPUTING Ltd. Propietaria de la patente que protegía el proceso BIO-LAST, que permitía el control del envejecimiento y la hibernación. Fue asesinada por Charles Drummon durante el periodo inicial de dispersión después del Extraño Suceso.

 

          CHARLES DRUMMON

                    Por Marta Kinsella.

A Charles, le condenaron a vivir
todo lo que quisiera
y fueron suficientes diez mil años
de piadoso retiro
para acabar con él y con su nombre.

No escribió nunca nada
– en dos tablas de roca se decía
lo justo y necesario –
pero no fue por eso silencioso.
Su verbo incontenible
se mezcló con el pulso de las lunas
buscando condiscípulos
y aburriéndonos profundamente.

Pero no era mal tipo, un loco más
quizá, como otros muchos que disipan
sus dudas, separando la simiente
de la paja o matando a Berta
pagana y orgullosa,
que se arrogó el destino.

Charles tuvo un largo viaje hacia la muerte;
años de gran contento
para Marta, pues Berta era su hermana.

Nota del Arcediano:

Charles Drummon, estadounidense, y después de la caída de La Unión, tejano. De formación científica, fue racional hasta que se le apareció La Santísima Trinidad en el monasterio de Thari, en Haghios Isidoros (Rodas). Fundó La Iglesia para la Telecomunicación. Sobreviviente al Extraño Suceso, continuó su acción evangelizadora, hasta su extrañamiento.

Pergamino V

          LOS PÉQUER

                    Postal dejada a sus hijos, pocos días antes del Extraño Suceso.

Las cosas de antes, ya no nos importan
porque son cofres con juguetes rotos
o cortinas tejidas con hilos de hielo
o todas esas cosas inventadas
para matar el tiempo
para exprimirlo como a las olivas
beber su aceite amargo y escupir su amargura.

Ahora, no hay más colmillos de facóquero en los recuerdos
sin nombre
en las noches que no dormimos porque temíamos al sueño.
Más allá del final
más allá de las últimas razones
no buscamos destino a nuestro viaje.

Nota del Arcediano:

José Péquer, español nacido en Carcassone (Francia) de padres emigrantes. Después de la balcanización de España, hubo un exilio masivo de los habitantes del Condado de Treviño (Euzkadi) al sur de Francia. Viajero compulsivo – su admiración por Alí Bey, Gaspar Rey y otros viajeros impenitentes era conocida – logró embarcar en el EUROPLANET, escapando al Extraño Suceso con Carmen Liria, su casi siempre fiel compañera.

Pergamino VI

          NICOLÁS YEHUDA

                    De “El náufrago”.

Yo solamente quise decir “cuando”,
y no un “siempre” magnífico y monótono.
¿Para qué tanto, si, por mucho estar
mirando como lo alto se convierte
en légamo o en abismo, sigo oyendo
su respirar en mi vigilia?

No fui como ella, que mordía
los instantes del árbol infinito,
y los saboreaba lentamente:
yo pensaba en por qué las manos podan,
y los pies pisan las cosechas.

Dicen que están cumplidos los deseos,
aunque el guardián del mosto no responde,
y transcurrir sin término es tan triste,
sin poder abismarme en aquel cuerpo-
¡Regresaré a la nada junto a ella, cuando al día
no le tiemble la mano en la navaja!

Nota del Arcediano:

Nicolás Yehuda, nacido en Córdoba (España). Emigrado a Israel en 1997, se estableció en el kibbutz Nir-Oz. Se especializó en mecánica espacial. Viajó en la primera nave tripulada de Israel, para colaborar en la construcción de la primera Ciudad Espacial. Desapareció en la explosión del generador Némesis – un proyecto fallido para convertir a Júpiter en un nuevo sol -, volviendo a aparecer en la post-historia. Probablemente se trata del primer salto temporal conocido.

SARA YEHUDA

                    Testamento hallado en las minas de sal de Kir-Oz.

Si en las hojas del bosque se distingue
la calidad del día, y en las nubes
si la noche será propicia y tímida,
y en el olor del aire, con los ojos
blanqueados por el sol, toda respuesta,

si la conversación sólo se acalla
ante el cuerpo que se abre en el arcén,
no se detiene, –
si la única verdad se escribe en vísceras
ocultas por la piel, y si al palparla,
lo que antes era uno, y luego múltiplo,
no es nada ahora, ni nunca, ni nadie,

si estamos hoy juntos, como ayer estuvimos,
y por norma aceptamos lo que venga,
si no hay futuro sino hoy y su historia,
si no es la muerte asunto de los vivos,
sino de los que mueren sin saberlo,

comprenderás entonces que no hay prisas,
que hace falta fijarse un poco, y nada más,
para ver el vacío en nuestros actos.

Nota del Arcediano:

Sara Yehuda, judía askenazi nacida en el kibutz Gesher, activista pacifista, destacó en el movimiento “Paz y Justicia” que se opuso frontalmente a la política de Netanyahu, para la deportación del pueblo palestino al derrotado Irán. Esposa de Nicolás. Desaparecida durante el Extraño Suceso.

 Pergamino VIII

          LOS COMERCIANTES

                              Anónimo.

Compramos y vendemos todo el género
hilado en los talleres de Damasco,
juegos mentales, vírgenes impúberes,
diseños cibernéticos del Siglo XXI,
y si usted lo desea, un asteroide errante.

¡Qué bello el objeto perdido hace tiempo!
Y el trato: magreo, hambre,
que entre hambrientos mantiene la esperanza
de cierta inmunidad a la desidia.

Por cierto, ¿Usted vendrá a comprarnos algo?
¿A lo mejor desea un elixir?
¿O simplemente, usted ya se murió,
y viene a reclamarnos una deuda?

Nota del Arcediano:

Nave “Medina”: fue encontrada a la deriva en órbita de Ganimedes. La nave estaba deshabitada. El único mensaje que se obtuvo de sus computadoras fue este anuncio, que se repetía en los paneles de mando. En el spot, un actor disfrazado de comerciante sirio del Siglo VI antes de la era cristiana, repetía este eslogan.

 Pergamino IX

                    LA MÁS ANCIANA

                              Por Nicolás Yehuda.

¿Y el tiempo ?: un niño que envejece
entre la niebla de los muelles,
y una sirena.
¿No callará ?
Y cuando lo hace, sigue estando allí,
tras el espacio se abre inmensamente posible,
en la monotonía que ya nunca calla.

¿Y quién ?: Tantas habláis sin escucharme,
tantas he sido y sigo siendo.
A veces, alguna cabalga con fuerza mi forma,
se asienta su gesto, se amoldan sus rasgos,
mas nunca la certeza de ser uña
que desgarra y no cuerda desgarrada.

¿Y adónde ?: hacia las caras infinitas del silencio,
hacia el fondo, hacia dentro, lo oscuro, la piel insensible, la sangre que urge un descanso,
los ciegos que ven con la luz que nos turba,
¿Adónde ?: si hacia afuera sólo está lo que vemos.

Porqué, porqué y porqué, todas las veces
todas las formas
con las que el mar golpea monótono.

Nota del Arcediano:

La Más Vieja Señora, es un personaje mítico. Según la tradición es la viajera más anciana. Su vida se había prolongado millones de años. Lo había visto todo, lo había comprendido todo. Nadie sabía interpretar su estado de ánimo, ni a nadie se le ocurrió nunca que eso fuera importante. Ella sólo parecía pensar en cómo romper esa barrera que la separaba del mar de vacío donde flotaba el Universo.

 

Mi amigo B “El muerto”

Una noche de junio de 2009, no sé por qué motivo, quizás el aburrimiento, comencé a poner nombres en Google para ver cuántas veces salían. Mi padre, mis hermanos, amigos…y cuando estaba en esa tarea, tecleé el nombre de mi amigo B, al que a partir de ahora lo llamaré mi amigo B “El Muerto”. Sí, el muerto porque llevaba muerto desde el año 1982.

Y ¿por qué tuve ese impulso absurdo? En el 82 no había Internet, los teléfonos estaban clavados a la pared o en cabinas, era imposible encontrar huellas de ese pasado en la red. Aún así, tecleé su nombre. Serían las diez de una noche cordobesa, es decir calurosa, que se transformaría en una madrugada febril.

Comenzaron a aparecer reseñas con su nombre, pensé que sería el de algún sobrino suyo, tenía diez hermanos y cualquiera sabía cuántos sobrinos tendría. Pero una de las reseñas me heló la sangre – la hipotermia antes de la fiebre explosiva -, decía algo así como “tramoyista, titiritero, actor…” Era una descripción perfecta de lo que B “El Muerto” podría haber llegado a ser.

La última vez que nos vimos fue en Madrid en el 78. Después la vida nos separó. Él vivía en Valladolid, yo me casé, cambié de domicilio, de ciudad y el contacto se fue perdiendo. Nuestra amistad se había cimentado en los largos veranos en Fuenterrabía, nos conocimos con doce años y tuvimos una intensa relación intermitente hasta los veintidós. En Hondarribia nos asilvestrábamos. Teníamos una libertad inimaginable en nuestras ciudades y la aprovechábamos. B “El muerto” era el paradigma de la agilidad, podía dar volteretas en el aire apoyándose en tu hombro, y un animador de fuegos de campamento imaginativo. Contaba historias de miedo, moviéndose alrededor del círculo de amigos, centrado en el fuego, asustando a las chicas más hermosas.

Al leer la reseña de Google, intuí que se refería a él. De hecho, siempre pensé que estaba vivo. En mis daydreaming, imaginaba que B se había hecho espía y cambiado de identidad. Curiosamente, estos delirios me asaltaban cuando estaba de viaje y, especialmente, cuando iba a Alemania, en un aeropuerto, en Marienplatz. Eran tan reales que, incluso, me llevaban a girarme esperando encontrarle en la cinta contigua o comprando un bretzel en un puesto de la plaza muniquesa. Y, aunque no fueron frecuentes, estos sueños fueron persistentes durante veintisiete años. El tiempo que B llevaba muerto.

En 1982 se casó una amiga del grupo de Fuenterrabía. Estábamos todos, sólo faltaba B. Comenté su falta y hubo un extraño silencio que rompió una de mis hermanas, con voz temblorosa, para decirme que B había muerto hacía cuatro años. Me dijo que me lo habían ocultado para que no me afectase. Me largué de la boda más triste que cabreado, pero muy cabreado. Cuando llegué a casa, llamé al teléfono de la casa de los padres de B. Nadie atendió la llamada y no insistí, ¿qué sentido tenía cuatro años después? Aquella noche le escribí un poema, “In memoriam” que publicaría años más tarde en “Diccionario de días”.

IN MEMORIAM

                            A B.

A mi querido amigo muerto,
tan dolorosamente frío.
A mi infancia que al fin se pudre
en la voz que al azar me parte.
A esta desesperada pausa
que es saber que siempre perdemos.

Cuánto me he acordado de ti.
Cuántas veces pensé encontrarte,
simplemente alzando la mano.
Cuánta inocente estupidez.

Como decía, la noche cordobesa se transformó en una febril búsqueda de lo imposible, una foto de alguien muerto hacía 27 años que parecía no estarlo. ¿Lo reconocería? Estuve a punto de abandonar varias veces, pero tenía la certeza de que todos esos daydreamings en aeropuertos o ciudades alemanas tenían una causa. B no estaba muerto.

A las dos de la madrugada encontré la foto. Indudablemente era él, un poco machacado pero inconfundible. Estuve llorando e insultándole en la pantalla un buen rato, hasta que una súbita angustia me hizo reanudar la búsqueda. ¿Y si la foto era de hace dos años y hubiera muerto después? Apenas dormí, a las diez de la mañana siguiente tenía que estar en Jaén, había conseguido los contactos del teatro donde trabajaba y escrito a todos los amigos anunciándoles la resurrección de B. Demasiada excitación.

A las nueve de la mañana llamé al teatro. Increíblemente cogieron el teléfono a esas horas.  Pregunté por él, me dijeron que sí que trabajaba allí pero no podían darme su teléfono. Le conté la historia al que me atendía. Según terminé, me dijo “dame tu teléfono, lo llamo y se lo cuento”. Cinco minutos después sonó mi móvil.

– Hola Rafa

No me salía la voz. Era él. Su voz exacta en mi memoria.

– ¿Hola? – insistió

– Perdona B, es que tú no sabes que estás muerto. Y no me sale la voz.

– No fui yo, fue mi hermano J.

La noticia de la muerte de J llegó a Madrid como la de B. Y durante 27 años un buen grupo de personas creímos que B estaba muerto. Cuántas cosas que imaginamos reales sólo lo son en nuestra imaginación. Asuntos que cambian nuestras vidas y, sin embargo, nunca ocurrieron.

B “El muerto” y yo nos encontramos en Almagro unas semanas después, el 22 de julio de 2009. B hacía de Don Fernando en El caballero de Olmedo. Yo llegué antes a la plaza, como siempre. Al rato apareció B. Vestía como siempre, abrazaba como siempre. La amistad nacida en la infancia es una amistad de sangre, el tiempo no la afecta. Resumiendo, pasamos una tarde catártica en la que nos pusimos al día de nuestras vidas. Después de aquel día han venido muchos otros en los que disfrutamos de una amistad nunca interrumpida. Por cierto, la compañía de teatro de B “El muerto” hacía giras frecuentes por Alemania.

Hecho de piedra

a Javier, Andrea y Ana


No soy el águila que sobrevuela las cumbres
ni la negra babosa que se mueve lentamente.
Soy unos ojos como ventanales
por los que entran las rocas fabulosas,
la luz azul que envuelve como un mar lejano las torres de piedra.

Foto de Javier Pérez Castells

Salimos de la niebla en la mañana –
un microcosmos: ecos apagados, perlas flotando en el aire,
las nubes que llegaban al barranco mansamente -.

Somos cuatro y marchamos en silencio,
escuchamos jadear al que nos sigue,
miramos el lugar preciso donde afirmar la bota.

El calor nos alcanza, es una brisa interna
que alimenta las fuentes y los lagos subterráneos:
el cuerpo está saciado de este espacio pequeño, infinito.

Paramos a beber y comer higos y nueces.
La nieve sobre el músculo cansado
deja el frío de más de cien inviernos.

Hay una placa, un nombre y un día.
Debió caer por esta roca: un mal paso, un alud tardío
y se llevó en sus ojos muertos toda la vida hecha de piedra.

Volvemos – más no puede retener la memoria –
la senda se despliega en la pendiente,
la misma senda que, ahora, cuando estamos de vuelta nos sorprende distinta,

¿será que en el descenso los atajos parecen nuevos
o los torcales entre el matorral bocas de piedra,
o será que al volver, cada canchal, aguja o collado,
reclaman su derecho a la revancha?

Abrí una ventana y vi los dientes de la Tierra,
apuntaban muy alto, por encima de nuestras cinturas,
por eso nos hirieron más profundamente.

Éramos cuatro y somos uno y, aunque
nuestras sombras alientan a distintos soles,
un recuerdo de piedra nos mantiene.

Volvemos. La memoria está vacía de lo inútil
y llena de visiones sin palabras
que leemos en las líneas de una mano de dedos formidables;

volvemos al fluir de nuestros actos
y aunque nos gustaría permanecer, volvemos
cargando en la mochila la emoción de la piedra,
tan luminosa y sólida,
que nos quema en la espalda y nos desgarra.

De «Poesía 200-2006» Ed. Ariadna 2006.
Fotos de Javier Pérez Castells

José Viñals

José Viñals

Otro de los grandes poetas que conocí gracias a los ciclos de poesía de la Universidad San Pablo CEU. Viñals vino desde Torredonjimeno, fue el 29 de marzo de 2000. Se alojó en el desaparecido Hotel Mindanao, cerca de la Universidad. Jesús Urceloy y yo fuimos a cenar con él. Jesús me dijo que le diese mi libro (Diccionario de Días) y yo le respondí que no lo había traído. Casi me pega, se lo dijo a Viñals que me lo pidió cortésmente. Pasamos una buena velada, pero lo bueno vino al día siguiente. Viñals leyó con Carlos Briones. Fue una de las grandes tardes de aquel ciclo.

Viñals se llevó mi libro y al siguiente sábado me llamó. En mi artículo sobre Ángel González conté que había vuelto volando a casa, después de sus comentarios sobre aquel libro. Viñals me dejó levitando en la cocina de mi casa. La poesía tiene poca relación con la economía, lo mejor que te puede pasar es que no te cueste dinero. Dedicarse a ella no es una labor rentable pero, aunque no corresponda con dinero, de vez en cuando paga con la emoción de alguien que ha leído tus versos. Y a medida que pasa la vida, del dinero no queda recuerdo, nuestra memoria se sustenta sobre la emoción. Aquellas dos levitaciones me señalaron el camino.

Dos poemas suyos, el primero no es muy común en Viñals al que le gustaba el versículo y la prosa poética.

Creo que fue en otoño de 2002 cuando Antonio Polo y yo, que andábamos de ruta por Andalucía, nos desviamos a Torredonjimeno y pasamos el día con José Viñals y su mujer. Si encontráis el relato de Antonio sobre aquel almuerzo, no dejéis de leerlo. Allí, Viñals nos contó la anécdota del título de su libro “El túnel de las metáforas”. Él ya había sufrido una operación de pulmón y estaba pendiente de una operación cardiaca. Nos explicó que los cirujanos, para llegar al corazón, entraban por un túnel al que llamaban el túnel de las metáforas. Después usé este título y esta imagen en un poema (en dos versos) que le dediqué.

“Para hallar su corazón tuvieron que atravesar
el túnel de las metáforas”

En ese libro hay un poema que me gusta especialmente:

 «Sabe a sal
el banquete.
Saben a sal los lentos
pedruscos
de las lapidaciones.
A sal sabe la música
que ha de sonar
mañana.
Es un decir: mañana».

Por último una lectura suya en el siguiente vídeo.