Camino sin saber adónde voy y no me importa, sólo quiero sentirme caminante, observar a mi cuerpo caminando paso a paso, prestándole atención a este cuerpo al que apenas hago caso, fijarme en como el pie levanta el vuelo y el dedo gordo, como un gatillo, dispara la pisada y sentir el talón como el martillo de un juez golpeando en el suelo.
Camino sin saber adónde voy y no me importa, solo quiero abrazar este cuerpo, esta máquina, un Ferrari de carne y hueso que acciona con maestría los músculos precisos para que no me caiga a cada paso y así camino, rodeado de árboles de troncos húmedos, de húmedas hojas caídas de sus ramas y del viento colmado de fragancias.
Y, ahora, sí importa, porque descubro que al sentir mi cuerpo siento más claramente el aire que porta los sonidos de este bosque y los múltiples verdes de sus hojas que son arcoíris de un planeta verde regado por arroyos caudalosos que cantan cual tenores en La Scala.
Camino sin saber adónde voy, pues no voy a lugar alguno que un GPS pueda indicar. Camino hacia adentro, atravesando mi propio Himalaya para cruzar la bruma que me impide ver este Shangri-La que me rodea.
Debe estar conectado para enviar un comentario.