mi horizonte se achica a cubos
igual que agua de un barco que zozobra
y mi occipital
vuela como una compuerta al espacio
me deslizo por ese hueco
a un lugar donde imperan otras lógicas
allí vuelvo mis ojos al vacío
en busca de un sentido más certero
Obra literaria
mi horizonte se achica a cubos
igual que agua de un barco que zozobra
y mi occipital
vuela como una compuerta al espacio
me deslizo por ese hueco
a un lugar donde imperan otras lógicas
allí vuelvo mis ojos al vacío
en busca de un sentido más certero
ha llegado el otoño
salí de casa a cuerpo esta mañana
y tuve que volver para ponerme el plumas
hacía un viento frío y familiar
anunciaba el final de otro verano
crucé la puerta del parque o un túnel
a un mundo que se llama La Herrería
suelo sentarme un rato
en un banco escondido entre los tilos
allí la luz se filtra
en un caleidoscopio de hojas
un buen lugar para pensar o no
y escuchar a los tilos parlotear con el viento
ellos ya lo sabían
la noche amarilleó algunas hojas
o fue el viento primero que el nuevo otoño enviaba
hay un bosque de robles más allá de los tilos
lo atraviesa una senda
en la que olvidas que estás en un parque
allí domina el jabalí en la noche
y en cuánto alumbra el sol es auditorio
de pinzones currucas y oropéndolas
todo cambia y parece que cada vez que cruzo
la puerta de este parque
entro en un mundo nuevo
donde las estaciones son la escena
y hay actores que cuentan una historia
como el fresno podado
mi comunista
un puño firme que se alza de la tierra en invierno
y se transforma en Jimmy Hendrix cuando le crecen los vástagos
hay otro banco en un lugar perfecto
para un retrato al óleo
entre dos fresnos en una colina apartada del camino
sobre el valle que forman las Machotas
y los cerros que llevan hasta Abantos
volviendo se camina por un largo paseo
flanqueado de altos plátanos de fresnos y algunos olmos y arces
y a su término espera una familia de secuoyas
que como las campanas del templo de Heian
me recuerdan la temporalidad de todas las cosas
y así son mis días
testigos de mis pasos
público de mis versos
yo soy de los que dejan las puertas entornadas
me basta una rendija para poder mirar
cerrar y echar la llave
es amputar un cuarto
y aunque esta casa crece cada día
ampliándose con nuevos dormitorios
cada uno de ellos tiene una función
pero a veces dejar las puertas bien cerradas
para que el polvo cubra lámparas y muebles
se pegue en los espejos
suaviza las aristas
y permite que un día las pueda abrir sin daño
Foto de jules_idunn
Pasado largamente la mitad del camino y temiendo perder la cabeza cualquier día,
apunto a toda prisa mis recuerdos, antes de que se esfumen y no sepa encontrarlos.
Recuerdo aquellos ojos en la iglesia de El Cachorro,
las paradas nocturnas del expreso en la estación de Linares,
para estirar las piernas y comprar un bocadillo a los vendedores del andén.
Era la iniciación como cofrade del amor sin condiciones.
Recuerdo, en Tamarite, nuestras conversaciones, tumbados sobre el techo del garaje, techados por estrellas.
Serían parecidas a las que ahora tendríamos, pues seguimos haciéndonos las mismas preguntas.
Recuerdo aquellos años de lecturas voraces y de intrigante búsqueda de libros, rosas de Luxemburgo en la trastienda.
Recuerdo un coche fúnebre tirado por ocho caballos negros y a nosotros, tirados en el césped del rectorado, preguntándonos y ahora qué pasará, mientras pasaba.
Más aquellos caballos eran fruto de otro cuento, en realidad era un camión bastante feo.
Recuerdo los ibones, el sobrio Vignemale y un pequeño refugio iluminado de relámpagos.
La emoción de la altura y la sorpresa del horizonte siempre es nueva, nunca envejece, solo cambia.
Recuerdo que en Obona hubo un milagro, aún sigo buscando explicación,
quizá fuera la magia del helecho o la de los muros derruidos,
pero es cierto, durante un tiempo, pude leer sin gafas la letra pequeña de los contratos.
Recuerdo el viento sobre la cubierta de un ferry navegando hacia Génova,
San Marcos inundado y a nosotros caminando sobre el agua como dos jesucristos,
también al comensal aplicado a su bígoli, con los pies recogidos como una ponedora,
mientras que la laguna veneciana se derramaba bajo sus plantas.
Recuerdo a una mujer. Me abrió la puerta.
Entonces sentí que era para siempre, sin saber todavía que siempre es un deseo.
Recuerdo que en Meteoras me subí en una cesta, enviada por un monje bromista y en mi viaje hacia el cielo, me dejó colgado a medio camino.
Él la bajó por darnos estampitas de un santo y yo me subí en ella pensando que quería conocerme.
Recuerdo que Mike Jagger cantó bajo la lluvia en un estadio vacío.
Recuerdo Check Point Charlie, la mejor descripción la vi en Casino Royale,
a un lado una ciudad iluminada en un pálido rojo, al otro una sodoma-gomorra multicolor hasta las pestañas, llamada West Berlín.
El lado iluminado con una pálida luz roja no tenía esperanza,
compré unos discos de música clásica excelentemente grabados, poco más queda de su historia.
Recuerdo que arreglaste un palo de avellano para que me acompañara aquellas vacaciones,
treinta años después sigue acompañándome en el monte.
Recuerdo al orgulloso Orión, la noche en la que vivaqueamos en Siete Picos, y las palabras que me susurró.
No las olvido, sé que alguna noche volveré para darle una respuesta.
Recuerdo aquellos viajes gastro-etílicos por tierras castellanas,
un vino que velaba claustros y paisajes, resaltando una magia que empapaba sus tierras,
de niebla, acero, fuego, sangre, uva, incienso y mesta.
Recuerdo que bailaba, desnudándome por el pasillo,
mientras Sting cantaba un “every breath you take” premonitorio.
Estaba poseído porque te vi nacer.
Recuerdo las mujeres de Lefkada con sus sayas negras que dejaban el pecho al descubierto.
En los años setenta aquello no era propio, para evitar lo impúdico, respetaron el traje y le añadieron sostén.
Recuerdo algunas lágrimas al ver el rosetón de Notre Dame, en mi primer viaje a París.
Volvieron a correr frente a un televisor, cuarenta años después.
Recuerdo una comida en el Dva Jelena en Belgrado, del fondo surgió un canto, casi un murmullo,
que se fue contagiando por las mesas.
Todos se pusieron en pie, con las copas alzadas, no entendía la letra, no hacía falta,
eran tambores de una guerra absurda que pronto llegaría.
Recuerdo un baño en el mar y llovía, era un mar muerto,
el lodo se vertía por los acantilados queriendo reanimarlo.
Recuerdo que bebí la leche de la cabra Amaltea después de mi primer porro y Ezis me dejó.
Unos años después, busqué en la Cueva de Zeus y la cabra no estaba.
A Venecia, dos veces la recuerdo, a esa vieja señora caída en desgracia que aún guardaba una belleza melancólica.
Creímos ver a un joven bello y un tanto cursi, en la playa de Lido.
Recuerdo a una mujer en bicicleta por la ribera del Kamo, su espalda erguida como un junco sobre el sillín,
fue un cebo irresistible que desvió mi camino y, cuando la perdí, al cruzar un puente,
ya no supe encontrarlo.
Recuerdo el cementerio abierto a la campiña, donde decías que podríamos hablar con los muertos, cuando volvieran de su paseo vespertino.
Recuerdo a los danzantes aztecas que venían de Michoacán, bailaban y vendían collares, pendientes, tocados de plata y plumas en la plaza del Zócalo.
Al más impresionante le compré un collar envuelto en bailes y sahumerios.
Y aquella noche de magia y de poesía, estaban Osvaldo, Elena, Félix, Raulito, algunos más que no recuerdo, tú y yo.
Al volver al hotel President, cerca del bosque de Chapultepec, quedamos en tu cuarto para tomar la última y contarnos la noche, de nuevo.
Recuerdo un gigantesco árbol de luz sobre el Bidasoa. Éramos jóvenes,
creíamos tener una energía inagotable
y como la del rayo poderoso se desvaneció con el tiempo.
***
Y a medida que vuelven, los recuerdos tiran de otros y mi vida parece que se va llenando.
Un palo de avellano me recuerda a las Torres Petronas,
su luz iluminaba a un grupo de mujeres vestidas con niqab, una de ellas usaba un bastón blanco,
caminaban al lado de un tugurio de citas, donde otras mujeres se ofrecían.
Te recuerdo dormida en la cubierta del barco que navegaba hacia Creta, alguien nos dejó unas mantas, el mar nocturno anunciaba medusas, tritones y al monstruoso Leviatán, aliado con Eolo para que no llegaras a tu amado Cnosos,
pero allí estaba yo, protegiendo tu sueño y temiendo al Minotauro que te robaría.
Recuerdo aquella aurora boreal, sobrevolando los meandros del Yenishei,
fue como un agujero de gusano, en un instante pasé de occidente a oriente,
saltamos de la Tierra a otro planeta.
Recuerdo el golpear de una cancela en una calle de Baeza o la vista del valle de los cerezos y en ambos mi recuerdo va más allá del motivo.
Resonabas, la música fluía desde su origen a tus manos y yo desaparecía en el silencio.
Tendría que esperar a escuchar en tu piano la banda sonora de tus ausencias.
El cielo es un recuerdo que está en todos los otros, cuando es protagonista, los magos viajan a Belén.
Un día vi el cometa Hale-Bopp en un alcornocal de Extremadura y semanas después, lo vi, casi besando el horizonte, desde el puerto de Jaffa.
No digo que sea mago, quizá hijo de la magia.
Recuerdo los graznidos de los cuervos en las calles dominicales de Tokio.
Recuerdo, en Candelario, unos castaños y a unos críos moviéndose entre sus ramas como monos
y los confusos días de delirio que me llevaron allí.
También la lucidez cuando bajaba la fiebre, gracias al antibiótico o al agua de Lourdes según a quien preguntaran.
En la plaza de Almagro te volví a encontrar, después de veintisiete años estabas vivo, alguien cometió un error.
Recuerdo que pensé ¿cuántas verdades inequívocas, son pura mentira?
Recuerdo al maestro, sobre de la pirámide del Sol, contaba a sus alumnos como Siyah K’ak’ conquistó Tikal, destronando a Átlatl Cauac.
Recuerdo una venus pequeña, de no más de tres palmos, en una estantería de un almacén ilegal en Reggio Emilia,
otra diosa victoriosa me sorprendió de igual manera, en las escaleras del Louvre,
pero aquella pequeña Venus brillaba en una cueva de ladrones, salvadores de objetos perdidos.
Recuerdo el vuelo,
simplemente elevarse, cruzar las nubes, y percibir la curvatura del planeta,
y ver la geografía desplegarse, los ríos, los desiertos, las montañas, el azul en el que se confunden el agua y el viento
y aún queda la belleza del retorno, ver como se acerca la bahía de Río o cómo las alas se balancean entre las montañas buscando el aeropuerto.
Recuerdo que un fantasma se colgó de mi espalda en Nigatsu-do.
Los tres días siguientes, tuve extraños sueños, tres figuras alternas me miraban y sonreían.
Sus vestidos cambiaban de los del shogunato a nuestros tiempos.
A dos los conocía, del tercero intuía su importancia.
Recuerdo los mercados de cualquier lugar del mundo, son el primer museo que visito, en ellos se encuentran las claves.
En Huasi, las serpientes cuelgan desangrándose, en el Gran Zoco de Tanger, las especias impregnan el aire, en Tsukiji, un tanatorio oceanográfico habla de un pueblo marinero.
Si la felicidad es un recuerdo, ése sería el de todos tus dientes, grandes, blancos de perborato, limpios,
igual que tu sonrisa que era un gran balcón desde donde saludaban.
Recuerdo un hombre muerto en un montón de basura, era domingo en Sao Paulo,
lo archivó mi memoria como objeto encontrado, readymade en la entrada de un museo del horror.
Recuerdo que salí de aquella Iglesia, Santa Rita, más ligero, sin cadenas.
Un cura demasiado interesado en saber los detalles de mis faltas, me liberó de lo absurdo, castigándome a rezar oraciones repetidas hasta la hipnosis,
como si Dios fuera sordo y ciego, porque mudo ya es, siempre habla por boca de otros.
Nada me quitó la santa, porque nada me dieron.
Recuerdo que los bosques de haya echan raíces en los pies del que los cruza.
En Soto de Sajambre hay uno antiguo, habitado por duendes, los he visto en fotos inquietantes y en la cara de la mujer que vive en el monte y los talla en los troncos de las hayas muertas.
Hasta ese bosque se extienden mis raíces, no importa donde esté, sigo bebiendo la savia de esas hayas.
Recuerdo haber rezado en Silos con los monjes. Maitines en el coro, qué extraña situación para un ateo que canta tan mal.
Recuerdo que las luces semejaban un belén navideño en las colinas de Caracas,
como una maldición, al amanecer, aquel belén se transformó en un barrio de ranchitos.
Recuerdo que contabas aventuras increíbles, tantas que en una vida difícilmente caben, sin embargo, te creí y resultaron ciertas.
Eras un alí bey, un anarquista, nadie a tu paso era indiferente. Desordenaste mi vida como un viento que cumple su destino y no es responsable de los daños.
Recuerdo mi primera visita a Córdoba, la mezquita oscura, fresca, en el exterior un calor sofocante.
Nos deslumbramos con un grupo, jóvenes canadienses, si hubieran llevado velo, habríamos abrazado el islam.
Recuerdo los mosaicos enterrados de Clunia aparecer al ritmo de la escoba del guardia de aquella colina.
Y a tres hombres malignos que, a medida que se acercaban, despertaban nuestro miedo.
Recuerdo tu topless en una cala de Parga, y aunque tu cuerpo ya era parte del mío, me despertaste un hambre acuciante,
quizá fuera el deseo de los otros, lo que me excitaba.
***
Y aunque también recuerdo lo que quiero olvidar
he preferido hablaros de la intensa luz que hay ahí fuera y no de la oscuridad que frecuentemente me embarga
cuando pienso en ti
no sé en quién pienso
unos ojos que cambian
un recuerdo formado por olores y tactos
una muñeca
a la que pongo pechos aleatorios
un intenso deseo
una larga agonía
cuando pienso en ti
veo un lago que se evapora y
deja un manto de sal
y sé que eres un sueño
que desnudo con hambre
desconcertada porque ni tus cambios la sacian
y entonces eres otro lago
uno sin fondo
que me desasosiega y me refugio
lejos de sus orillas
donde os perdí a todas
a las que había amado
y a las que puedo amar
mas mi cuerpo no entiende
que no escuche a mi piel
que a falta de caricias se acartona
no parece casual
diríase que desde muy temprano
busqué un desenlace
dramático
real
decir adiós estando solo
solo y asustadizo
una hoja que se quiebra
me advierte
la impotencia y el sobresalto
ahora son visitantes habituales
y busco una razón
para seguir bebiendo el tiempo
sorbo a sorbo
como se bebe el vino en una tasca
Highlights from the Collection Pottery of The Oriental Institute of the University of Chicago.
prefiero que me digan si han sentido
a que hagan un agudo comentario de texto
conozco mi manera de escribir
los versos que uso
o las rimas si alguna me seduce
puede que no les guste mi estilo un tanto clásico
les ruego que lo ignoren
solo me dolería si ustedes no sintieran
porque su sentimiento
afirma el mío como el mortero une
los ladrillos al muro
puede que mi manera de escribir
incluso les irrite
porque no rompe moldes
pero yo no pretendo romper nada
sólo usar lo que muchos crearon
como el alfarero usa el torno
subiendo el barro
desde la base
como siempre se ha hecho
o acaso la palabra no es dúctil como el barro
muchos piensan que es lluvia que cae de las alturas
y la lluvia lo lava
lo disuelve como un azucarillo
las creaciones humanas son antinaturales
van contra la entropía que mueve el Universo
y lo organiza a su pesar
por eso uso los moldes más seguros
los que durante siglos se templaron
para domesticar a la palabra
por eso uso los moldes
sin ellos se disuelve en el cosmos
por eso mismo niego
que el sentimiento crudo
tenga alguna importancia