A Kempis

Izq. Amado Nervo, Dcha. Adolfo Marsillach

A Kempis de Amado Nervo, leído por Adolfo Marsillach

Este poema pertenece a la colección de LPs «Antología de la poesía Española», editada por FIDIAS en los años sesenta del siglo pasado. Amado Nervo, con la voz y la interpretación de Adolfo Marsillach, se queja amargamente de cómo la lectura de «La Imitación de Cristo», de Tomás de Kempis, le sumió en la depresión.

Incluyo el texto del poema y un breve apunte biográfico de los protagonistas, robado de Wikipedia.

A Kempis

Amado Nervo

Ha muchos años que busco el yermo,
ha muchos años que vivo triste,
ha muchos años que estoy enfermo,
¡y es por el libro que tú escribiste!

¡Oh Kempis, antes de leerte amaba
la luz, las vegas, el mar Océano;
mas tú dijiste que todo acaba,
que todo muere, que todo es vano!

Antes, llevado de mis antojos,
besé los labios que al beso invitan,
las rubias trenzas, los grandes ojos,
¡sin acordarme que se marchitan!

Mas como afirman doctores graves,
que tú, maestro, citas y nombras,
que el hombre pasa como las naves,
como las nubes, como las sombras…

huyo de todo terreno lazo,
ningún cariño mi mente alegra,
y con tu libro bajo del brazo
voy recorriendo la noche negra…

¡Oh Kempis, Kempis, asceta yermo,
pálido asceta, qué mal me hiciste!
¡Ha muchos años que estoy enfermo,
y es por el libro que tú escribiste!

Amado Nervo (Tepic, hoy Nayarit; 27 de agosto de 1870​-Montevideo,  Uruguay; 24 de mayo de 1919), fue un poeta y escritor mexicano, perteneciente al movimiento modernista

Adolfo Marsillach Soriano (Barcelona; 25 de enero de 1928-Madrid; 21 de enero de 2002)​ fue un actor, autor dramático, director de teatro y escritor español.

Las setas

En la próxima vida

quiero ser seta, seta, seta,

para que tu figura

no me deslumbre como el sol poniente

ni tu olor me sofoque hasta perder el sentido.

¡Ay, qué dolor!

Ya no arderé, al rozarte,

como la hierba seca, seca, seca.

Y aun así,

en la próxima vida

no quisiera quemarme,

que quisiera ser seta, seta, seta

bajo un pino, esperando

que el aire me esparciese.

Sin saber qué es sentir,

sin llanto, sin fulgor.

Las setas

Leído por María Nevado Caballero, actriz y gran maestra que me enseño que leer un poema es como tocar el piano, hay que aprender y hay que ensayar para ofrecer al oyente la mejor experiencia.

El gaucho Martín Fierro

Izq. Manuel Dicenta, Dcha. José Hernández

Con esta entrada inicio una serie dedicada a la colección de LPs «Antología de la poesía Española», editada por FIDIAS en los años sesenta del siglo pasado. Mi padre me dejó una colección de 21 discos, en las que las voces de Manuel Dicenta, Nuria Espert, Valladares, Marsillach, Genma Cuervo y algunos más, leen poemas de la literatura en lengua española, comenzando por el romancero, siguiendo con la poesía metafísica, la trovadoresca, la mística, neoclásica, satírica, modernista y terminando en la poesía «actual», que lo era en aquellos años de 1968.

Subiré agunas de las grabaciones que voy digitalizando. En primer lugar, el primer canto del poema «El gaucho Martín Fierro» de José Hernández, leído por el actor Manuel Dicenta. Incluyo el texto del poema y un breve apunte biográfico de los protagonistas, robado de Wikipedia.

El gaucho Martín Fierro (I) de José Hernández, leído por Manuel Dicenta

El gaucho Martín Fierro (I)

José Hernández

Aquí me pongo a cantar                       

al compás de la vigüela,             

que el hombre que lo desvela                 

una pena estraordinaria,             

como la ave solitaria               

con el cantar se consuela.                       

Pido a los Santos del Cielo                   

que ayuden mi pensamiento,                 

les pido en este momento                       

que voy a cantar mi historia      

me refresquen la memoria                      

y aclaren mi entendimiento.                   

Vengan Santos milagrosos,                 

vengan todos en mi ayuda,                     

que la lengua se me añuda       

y se me turba la vista;                

pido a mi Dios que me asista                  

en una ocasión tan ruda.                         

Yo he visto muchos cantores,             

con famas bien obtenidas,          

y que después de alquiridas                    

no las quieren sustentar-                         

parece que sin largar                  

se cansaron en partidas.                          

Mas ande otro criollo pasa    

Martín Fierro ha de pasar,                       

nada lo hace recular                   

ni las fantasmas lo espantan;                  

y dende que todos cantan                       

yo también quiero cantar.         

Cantando me he de morir,                  

cantando me han de enterrar,                

y cantando he de llegar              

al pie del Eterno Padre-             

dende el vientre de mi madre  

vine a este mundo a cantar.                    

Que no se trabe mi lengua                  

ni me falte la palabra-                

el cantar mi gloria labra             

y poniéndome a cantar

cantando me han de encontrar              

aunque la tierra se abra.                          

Me siento en el plan de un bajo                       

a cantar un argumento-             

como si soplara el viento                    

hago tiritar los pastos-               

con oros, copas y bastos,                         

juega allí mi pensamiento.                      

Yo no soy cantor letrao,                       

mas si me pongo a cantar          

no tengo cuándo acabar                          

y me envejezco cantando,                       

las coplas me van brotando                    

como agua de manantial.                        

Con la guitarra en la mano    

ni las moscas se me arriman,                  

naides me pone el pie encima,               

y cuando el pecho se entona,                 

hago gemir a la prima                

y llorar a la bordona.    

Yo soy toro en mi rodeo,                     

y toraso en rodeo ajeno,                          

siempre me tuve por güeno                    

y si me quieren probar               

salgan otros a cantar    

y veremos quién es menos.                     

No me hago al lao de la güeya                          

aunque venga degollando,                      

con los blandos yo soy blando,               

y soy duro con los duros,           

y ninguno, en un apuro              

me ha visto andar tutubiando.             

En el peligro ¡Qué Cristos!                   

el corazón se me enancha                       

pues toda la tierra es cancha,   

y de esto naides se asombre,                  

el que se tiene por hombre                     

donde quiera hace pata ancha.                          

Soy gaucho, y entiendanló                  

como mi lengua lo esplica,        

para mí la tierra es chica                          

y pudiera ser mayor,                  

ni la víbora me pica                     

ni quema mi frente el Sol.                        

Nací como nace el peje                 

en el fondo de la mar,                

naides me puede quitar                           

aquello que Dios me dio-                         

lo que al mundo truje yo                          

del mundo lo he de llevar.        

Mi gloria es vivir tan libre                    

como el pájaro del Cielo,                         

no hago nido en este suelo                     

ande hay tanto que sufrir;                       

y naides me ha de seguir           

cuando yo remonto el vuelo.              

Yo no tengo en el amor                        

quien me venga con querellas,               

como esas aves tan bellas                        

que saltan de rama en rama-    

yo hago en el trébol mi cama                  

y me cubren las estrellas.                        

Y sepan cuantos me escuchan                          

de mis penas el relato                

que nunca peleo ni mato           

sino por necesidad;                    

y que a tanta alversidá               

sólo me arrojó el mal trato.                     

Y atiendan la relación                           

que hace un gaucho perseguido,           

que padre y marido ha sido                  

empeñoso y diligente,                

y sin embargo la gente               

lo tiene por un bandido.

Manuel Dicenta Badillo (Madrid, 20 de mayo de 1905 – ibíd., 20 de noviembre de 1974) fue un actor español habitual del teatro, el cine y la televisión, hijo de Joaquín Dicenta y Consuelo Badillo.​ Fue catedrático de Declamación en la Real Escuela Superior de Arte Dramático de Madrid, desde 1961 hasta 1970.

José Rafael Hernández (Chacras de Perdriel, 10 de noviembre de 1834-Buenos Aires, 21 de octubre de 1886) fue un militar, periodista,  poeta y político argentino, especialmente conocido como el autor del Martín Fierro, obra máxima de la literatura gauchesca. En su homenaje, el 10 de noviembre —aniversario de su nacimiento— se festeja en la Argentina el Día de la Tradición.

El destino

Esto no es lo pactado.

La vida me salió por peteneras,

su letra no ritmaba con mis sueños.

Rompí su partitura,

minúsculas partículas

que volaron: espíritus nonatos

atraídos por la luz de las estrellas.

En solitario haría mi acrobacia

allá en el territorio de la nube.

Y cuando me dispuse a descansar

sobre su húmedo vientre,

la horrible partitura estaba allí,

unidos sus pedazos con artes invisibles.

Miré hacia arriba, donde el negro espacio

refugia a los arcángeles.

Miré a derecha e izquierda

buscando algún espíritu bufón.

Miré abajo esperando una risa.

Nadie.

Nadie.

La noche era propicia

 y me ofreció una estaca

de espino blanco.

Atravesé mi pecho.                                                             

Te buscaba ¡vampiro, ángel, bufón!                                

Atravesé mi pecho y

la herida no sangraba.

La vida no usa negros

ni ángeles ni demonios,

ella escribe sus propias partituras

y rara vez incluye otras canciones.

Sin salidas, aullé

a la roja crisálida

hasta quedar dormido.

Me despertó

el canto de una ninfa que, alzada en lianas de ébano,

bendecía los múltiples caminos

nacidos con el día.

A cada uno cantaba una canción.

Yo tomé uno cualquiera

y caminé silbando

las notas de la ninfa

mezcladas con el viento.

El destino

En esta ocasión, el poema lo lee el actor Borja Gutierrez-Semprún.

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La profundidad

a Peter Colwell. My friend, have a safe journey to your star.

Hace quince años que trabajo de conductor de naves planetarias o planechips, como dicen ahora los jóvenes, y nunca me había aburrido tanto como en este largo y último viaje. Desde hace tiempo, me ronda la idea de dejarlo, la profesión se ha degradado, ni siquiera somos pilotos – por supuesto que astronauta es demasiado arcaico -, simplemente somos conductores. Igual que los de los autobuses de La Revolución Tecnológica del siglo XX o los de los carros romanos. No, a aquellos los llamaban aurigas, qué hermosa palabra. Nosotros somos conductores. Realmente es así, las naves son automáticas, las trayectorias predeterminadas, casi está programado cuándo tengo que mear. No llego a comprender por qué habían decidido que cada nave llevase, al menos, un tripulante: el maldito conductor. Pero conductor de ¿qué? Si mi nave, La Suburbana, va completamente a su bola, ni me consulta cuándo pasa a ingravidez, aunque me avisa, no sea que me golpee con el panel de mando o me derrame el vaso de leche en el uniforme. Realmente no somos ni conductores, quizá testigos de cargo.

Cuando mi bisabuelo se hizo astronauta, allá por 2075, sí que eran buenos tiempos. La gente los respetaba, cada año, cada mes, descubrían nuevos horizontes. La colonización de Marte fue apasionante ¡Cuántos se estrellaron o perecieron en estaciones mal protegidas! Allí estaba él, Antonio Romero, llevando material para la construcción de Cydonia Mensae, la hermosa capital del planeta. Luego supimos que en realidad fue una reconstrucción. A la vista de los hallazgos arqueológicos de finales de aquel siglo, estaba claro que Marte había tenido vida inteligente antes de nuestra llegada o, más probablemente, nuestro retorno. Después fue más sencillo, el desarrollo de los campos de fuerza simplificó la defensa de las ciudades de la frecuente caída de meteoritos. Se fundaron Elysium Planitia, Vastitas y Cimmeria. Una vez estuve en Cimmeria, fue igual que viajar al pasado. En el siglo XXII fue el mejor centro de vacaciones del Sistema, la Nueva Las Vegas la llamaban. En su subsuelo se descubrieron grandes cuevas con lagos de agua cristalina y una atmósfera algo más oxigenada. Durante su esplendor, recibía miles de turistas adinerados que buceaban en sus lagos, jugaban en sus casinos y fornicaban en sus hoteles. Había de todo. Aunque, cuando yo estuve allí, ya era un sitio decadente, en parte transformado en Parque de Atracciones Históricas. Ahora los que pueden prefieren Ganímedes o el nuevo cinturón de Mercurio.

Sin embargo, hace veinte años las Agencias Espaciales entraron en bancarrota. Es difícil entender el capitalismo, yo lo único que sé es que si algo que se espera que crezca no crece, se muere por no crecer. Eso es lo que pasó. En el 2325 se publicaron los trabajos de Molenaar. El célebre Doble Cerrojo de Molenaar. El matemático y astrofísico venía a decir que el ser humano nunca podría viajar a más de 1/10 de la velocidad de la luz, incluso opinaba que esa cifra estaba lejos de lo que un ser humano normal pueda soportar, y que los agujeros de gusano son posibles pero inestables. Esa verdad caló en la gente. A los pocos días se empezó a extender una desilusión sin palabras entre los tripulantes. El tal Molenaar condenaba a los hombres a permanecer en su Sistema Solar. Era prácticamente imposible llegar en el lapso de una existencia a ninguna estrella que pudiera albergar vida, se debería viajar durante varias generaciones para lograr un contacto con un sistema estelar habitable. Nuestra esperanza de descubrir nuevas fronteras se había terminado. Lograríamos habitar todas las rocas del Sistema Solar, incluso crear estaciones gigantes como planetas o el Cinturón de Mercurio, pero nada de pasear fuera de la órbita de Plutón. ¿Para qué?

Las bolsas lo detectaron un poco más tarde y la reacción fue fulminante. Si no podíamos llegar más lejos, con lo que sabíamos nos bastaba y no era necesario invertir en más investigación espacial. Mejor dedicar los recursos a cosas más “terrenas”. Las Agencias Espaciales se arruinaron y las Inmobiliarias hicieron tres años históricos. Se levantaron inmensas fortunas vendiendo parcelas en Venus o en Titán. Desde entonces, hemos perdido hasta el nombre: conductores, tiene narices. El caso es que me decidí. He comprado una parcela en La Tierra, en un lugar muy hermoso llamado Asturias. De allí era mi bisabuelo Antonio, digamos que vuelvo a mis raíces. Al fin me liberaré de la triste sensación del Universo. Desde las ventanas de La Suburbana, el firmamento está lleno de estrellas y galaxias que nunca visitaremos. Es un universo cruel que nos dejaba ver su hermosura, pero nunca alcanzarla. El maldito Molenaar había transformado la emoción que la visión de las estrellas me producía, ahora tenía la sensación de ver una proyección de cine antiguo, en dos dimensiones, puesto que era evidente que nos había robado la profundidad.