Desnúdate primero
y cuando estés desnudo
arráncate la piel
y extrae de tus entrañas
los mejores bocados.
Si tuviste humildad
y aprendiste de un maestro
cómo usar las especias
entonces será fácil
preparar un buen plato.
Obra literaria
Desnúdate primero
y cuando estés desnudo
arráncate la piel
y extrae de tus entrañas
los mejores bocados.
Si tuviste humildad
y aprendiste de un maestro
cómo usar las especias
entonces será fácil
preparar un buen plato.
No es la flor de la luna.
Es la flor de la sangre,
boca roja que grita:
«No es el fuego quien arde.»
Si en los trigos su herida
se abre y cierra en la tarde,
la amapola pequeña
dice siempre: «Soy sangre.»
Las hormigas horadan
allá dentro tu carne,
corazón que ya brota,
por la flor, a este valle.
Si alguien rompe tu tallo,
dulce pecho se abre.
Y es tu voz quien susurra:
«La amapola es mi sangre.»
Dentro de la crisálida da tiempo para mirar hacia atrás
me sorprende la serie interminable de derrotas disfrazadas
de oropeles que fueron alimento de polillas
son heridas cerradas cicatrices que se sienten en días como éstos.
Pienso en enumerarlas y exponerlas desnudas al juicio que merecen
mas no vale el esfuerzo ni el rubor
cada uno tiene sus banderas blancas y el que no las tiene es muy joven.
Claro que me arrepiento no de todas pero hay una
todos los que han sufrido hacen sufrir
el resto son derrotas a las que volvería a abrir la puerta
porque fueron formadas de pequeñas victorias que se olvidan en el desastre final
y en una vida llena de derrotas esas pequeñas victorias no son cicatrices
bellos tatuajes que me reconfortan.
La crisálida es el mejor sitio para el cambio
solo queda esperar
si resulta lombriz o mariposa.
Empieza el llanto
de la guitarra.
Se rompen las copas
de la madrugada.
Empieza el llanto
de la guitarra.
Es inútil callarla.
Es imposible
callarla.
Llora monótona
como llora el agua,
como llora el viento
sobre la nevada.
Es imposible
callarla.
Llora por cosas
lejanas.
Arena del Sur caliente
que pide camelias blancas.
Llora flecha sin blanco,
la tarde sin mañana,
y el primer pájaro muerto
sobre la rama
¡Oh guitarra!
Corazón malherido
por cinco espadas.
Me has dejado el vacío,
el que hay en un hotel
con ventanas tapiadas,
y en sus habitaciones me refugio
para jugar con Hypnos o con Tánatos.
Y me siento culpable, creerás
que es castigo
y, mujer, simplemente,
me has dejado con sueño, mucho sueño
y no puedo cerrar
los párpados si piensas que es venganza
cuando es sólo eso, sueño y
necesito dormir en cualquier sitio,
hasta que el tiempo cambie.
Necesito olvidarme de quién era
para que me habite otro.
Autora: Carmen Conde
Voz: Nuria Espert
¡Qué sorpresa tu cuerpo, qué inefable vehemencia!
Ser todo esto tuyo, poder gozar de todo
sin haberlo soñado, sin que nunca
un ligero esperar prometiera la dicha.
Esta dicha de fuego que vacía tu testa,
que te empuja de espaldas,
te derriba a un abismo
que no tiene medida ni fondo.
¡Abismo y solo abismo
de ti hasta la muerte!
¡Tus brazos!
Son tus brazos los mismos de otros días,
y tiemblan y se cierran en torno de su cuerpo.
Tu pecho, el que suspira, ajeno, estremecido
de cosas que tú ignoras,
de mundos que lo mueven…
¡Oh pecho de tu cuerpo, tan firme y tan sensible
que un vaho lo pone turbio
y un beso lo traspasa!
¡Si nunca nadie dijo que así se amaba tanto!
¿Podías tú esperar que ardieran tus cabellos,
que toda cuanta eres cayeras como lumbre
en un grito sin cifra,
desde una cordillera gritada por la aurora?
¿Ceniza tú algún día? ¿Ceniza esta locura
que estrenas con la vida recién brotada al mundo?
¡Tú no te acabas nunca, tú no te apagas nunca!
Aquí tenéis la lumbre, la que lo coge todo
para quemar el cielo subiéndole la tierra.