ODA AL OJO CICLÓPEO

Yo fui hombre muy tarde

durante

sesenta años

fui un niño temeroso

y el miedo

me encerró en su cueva.

Mi piel era

la roca infranqueable

y la única ventana

era un ojo

ciclópeo

en el que cabía el mundo,

una estrella y Orión

que con su cinto

y su arco no olvidaba

visitarme en otoño.

El otro ojo era ciego

a la luz de mi estrella,

su alimento era oscuro,

lo encontraba

en esa oscura cueva.

No sé cómo explicarlo,

pero aquella

geoda

de cristales opacos,

por la flecha de Orión

o porque más que geoda

era un huevo,

se abrió

como alas o pétalos.

Ahora ese ojo ciclópeo

es nube

es viento

y el otro, el que era ciego,

lo guardo

con Pandora en su caja

hasta encontrar la sima

donde pueda dormir

un sueño eterno.

Mi amigo B “El muerto”

Una noche de junio de 2009, no sé por qué motivo, quizás el aburrimiento, comencé a poner nombres en Google para ver cuántas veces salían. Mi padre, mis hermanos, amigos…y cuando estaba en esa tarea, tecleé el nombre de mi amigo B, al que a partir de ahora lo llamaré mi amigo B “El Muerto”. Sí, el muerto porque llevaba muerto desde el año 1982.

Y ¿por qué tuve ese impulso absurdo? En el 82 no había Internet, los teléfonos estaban clavados a la pared o en cabinas, era imposible encontrar huellas de ese pasado en la red. Aún así, tecleé su nombre. Serían las diez de una noche cordobesa, es decir calurosa, que se transformaría en una madrugada febril.

Comenzaron a aparecer reseñas con su nombre, pensé que sería el de algún sobrino suyo, tenía diez hermanos y cualquiera sabía cuántos sobrinos tendría. Pero una de las reseñas me heló la sangre – la hipotermia antes de la fiebre explosiva -, decía algo así como “tramoyista, titiritero, actor…” Era una descripción perfecta de lo que B “El Muerto” podría haber llegado a ser.

La última vez que nos vimos fue en Madrid en el 78. Después la vida nos separó. Él vivía en Valladolid, yo me casé, cambié de domicilio, de ciudad y el contacto se fue perdiendo. Nuestra amistad se había cimentado en los largos veranos en Fuenterrabía, nos conocimos con doce años y tuvimos una intensa relación intermitente hasta los veintidós. En Hondarribia nos asilvestrábamos. Teníamos una libertad inimaginable en nuestras ciudades y la aprovechábamos. B “El muerto” era el paradigma de la agilidad, podía dar volteretas en el aire apoyándose en tu hombro, y un animador de fuegos de campamento imaginativo. Contaba historias de miedo, moviéndose alrededor del círculo de amigos, centrado en el fuego, asustando a las chicas más hermosas.

Al leer la reseña de Google, intuí que se refería a él. De hecho, siempre pensé que estaba vivo. En mis daydreaming, imaginaba que B se había hecho espía y cambiado de identidad. Curiosamente, estos delirios me asaltaban cuando estaba de viaje y, especialmente, cuando iba a Alemania, en un aeropuerto, en Marienplatz. Eran tan reales que, incluso, me llevaban a girarme esperando encontrarle en la cinta contigua o comprando un bretzel en un puesto de la plaza muniquesa. Y, aunque no fueron frecuentes, estos sueños fueron persistentes durante veintisiete años. El tiempo que B llevaba muerto.

En 1982 se casó una amiga del grupo de Fuenterrabía. Estábamos todos, sólo faltaba B. Comenté su falta y hubo un extraño silencio que rompió una de mis hermanas, con voz temblorosa, para decirme que B había muerto hacía cuatro años. Me dijo que me lo habían ocultado para que no me afectase. Me largué de la boda más triste que cabreado, pero muy cabreado. Cuando llegué a casa, llamé al teléfono de la casa de los padres de B. Nadie atendió la llamada y no insistí, ¿qué sentido tenía cuatro años después? Aquella noche le escribí un poema, “In memoriam” que publicaría años más tarde en “Diccionario de días”.

IN MEMORIAM

                            A B.

A mi querido amigo muerto,
tan dolorosamente frío.
A mi infancia que al fin se pudre
en la voz que al azar me parte.
A esta desesperada pausa
que es saber que siempre perdemos.

Cuánto me he acordado de ti.
Cuántas veces pensé encontrarte,
simplemente alzando la mano.
Cuánta inocente estupidez.

Como decía, la noche cordobesa se transformó en una febril búsqueda de lo imposible, una foto de alguien muerto hacía 27 años que parecía no estarlo. ¿Lo reconocería? Estuve a punto de abandonar varias veces, pero tenía la certeza de que todos esos daydreamings en aeropuertos o ciudades alemanas tenían una causa. B no estaba muerto.

A las dos de la madrugada encontré la foto. Indudablemente era él, un poco machacado pero inconfundible. Estuve llorando e insultándole en la pantalla un buen rato, hasta que una súbita angustia me hizo reanudar la búsqueda. ¿Y si la foto era de hace dos años y hubiera muerto después? Apenas dormí, a las diez de la mañana siguiente tenía que estar en Jaén, había conseguido los contactos del teatro donde trabajaba y escrito a todos los amigos anunciándoles la resurrección de B. Demasiada excitación.

A las nueve de la mañana llamé al teatro. Increíblemente cogieron el teléfono a esas horas.  Pregunté por él, me dijeron que sí que trabajaba allí pero no podían darme su teléfono. Le conté la historia al que me atendía. Según terminé, me dijo “dame tu teléfono, lo llamo y se lo cuento”. Cinco minutos después sonó mi móvil.

– Hola Rafa

No me salía la voz. Era él. Su voz exacta en mi memoria.

– ¿Hola? – insistió

– Perdona B, es que tú no sabes que estás muerto. Y no me sale la voz.

– No fui yo, fue mi hermano J.

La noticia de la muerte de J llegó a Madrid como la de B. Y durante 27 años un buen grupo de personas creímos que B estaba muerto. Cuántas cosas que imaginamos reales sólo lo son en nuestra imaginación. Asuntos que cambian nuestras vidas y, sin embargo, nunca ocurrieron.

B “El muerto” y yo nos encontramos en Almagro unas semanas después, el 22 de julio de 2009. B hacía de Don Fernando en El caballero de Olmedo. Yo llegué antes a la plaza, como siempre. Al rato apareció B. Vestía como siempre, abrazaba como siempre. La amistad nacida en la infancia es una amistad de sangre, el tiempo no la afecta. Resumiendo, pasamos una tarde catártica en la que nos pusimos al día de nuestras vidas. Después de aquel día han venido muchos otros en los que disfrutamos de una amistad nunca interrumpida. Por cierto, la compañía de teatro de B “El muerto” hacía giras frecuentes por Alemania.

Hecho de piedra

a Javier, Andrea y Ana


No soy el águila que sobrevuela las cumbres
ni la negra babosa que se mueve lentamente.
Soy unos ojos como ventanales
por los que entran las rocas fabulosas,
la luz azul que envuelve como un mar lejano las torres de piedra.

Foto de Javier Pérez Castells

Salimos de la niebla en la mañana –
un microcosmos: ecos apagados, perlas flotando en el aire,
las nubes que llegaban al barranco mansamente -.

Somos cuatro y marchamos en silencio,
escuchamos jadear al que nos sigue,
miramos el lugar preciso donde afirmar la bota.

El calor nos alcanza, es una brisa interna
que alimenta las fuentes y los lagos subterráneos:
el cuerpo está saciado de este espacio pequeño, infinito.

Paramos a beber y comer higos y nueces.
La nieve sobre el músculo cansado
deja el frío de más de cien inviernos.

Hay una placa, un nombre y un día.
Debió caer por esta roca: un mal paso, un alud tardío
y se llevó en sus ojos muertos toda la vida hecha de piedra.

Volvemos – más no puede retener la memoria –
la senda se despliega en la pendiente,
la misma senda que, ahora, cuando estamos de vuelta nos sorprende distinta,

¿será que en el descenso los atajos parecen nuevos
o los torcales entre el matorral bocas de piedra,
o será que al volver, cada canchal, aguja o collado,
reclaman su derecho a la revancha?

Abrí una ventana y vi los dientes de la Tierra,
apuntaban muy alto, por encima de nuestras cinturas,
por eso nos hirieron más profundamente.

Éramos cuatro y somos uno y, aunque
nuestras sombras alientan a distintos soles,
un recuerdo de piedra nos mantiene.

Volvemos. La memoria está vacía de lo inútil
y llena de visiones sin palabras
que leemos en las líneas de una mano de dedos formidables;

volvemos al fluir de nuestros actos
y aunque nos gustaría permanecer, volvemos
cargando en la mochila la emoción de la piedra,
tan luminosa y sólida,
que nos quema en la espalda y nos desgarra.

De «Poesía 200-2006» Ed. Ariadna 2006.
Fotos de Javier Pérez Castells

José Viñals

José Viñals

Otro de los grandes poetas que conocí gracias a los ciclos de poesía de la Universidad San Pablo CEU. Viñals vino desde Torredonjimeno, fue el 29 de marzo de 2000. Se alojó en el desaparecido Hotel Mindanao, cerca de la Universidad. Jesús Urceloy y yo fuimos a cenar con él. Jesús me dijo que le diese mi libro (Diccionario de Días) y yo le respondí que no lo había traído. Casi me pega, se lo dijo a Viñals que me lo pidió cortésmente. Pasamos una buena velada, pero lo bueno vino al día siguiente. Viñals leyó con Carlos Briones. Fue una de las grandes tardes de aquel ciclo.

Viñals se llevó mi libro y al siguiente sábado me llamó. En mi artículo sobre Ángel González conté que había vuelto volando a casa, después de sus comentarios sobre aquel libro. Viñals me dejó levitando en la cocina de mi casa. La poesía tiene poca relación con la economía, lo mejor que te puede pasar es que no te cueste dinero. Dedicarse a ella no es una labor rentable pero, aunque no corresponda con dinero, de vez en cuando paga con la emoción de alguien que ha leído tus versos. Y a medida que pasa la vida, del dinero no queda recuerdo, nuestra memoria se sustenta sobre la emoción. Aquellas dos levitaciones me señalaron el camino.

Dos poemas suyos, el primero no es muy común en Viñals al que le gustaba el versículo y la prosa poética.

Creo que fue en otoño de 2002 cuando Antonio Polo y yo, que andábamos de ruta por Andalucía, nos desviamos a Torredonjimeno y pasamos el día con José Viñals y su mujer. Si encontráis el relato de Antonio sobre aquel almuerzo, no dejéis de leerlo. Allí, Viñals nos contó la anécdota del título de su libro “El túnel de las metáforas”. Él ya había sufrido una operación de pulmón y estaba pendiente de una operación cardiaca. Nos explicó que los cirujanos, para llegar al corazón, entraban por un túnel al que llamaban el túnel de las metáforas. Después usé este título y esta imagen en un poema (en dos versos) que le dediqué.

“Para hallar su corazón tuvieron que atravesar
el túnel de las metáforas”

En ese libro hay un poema que me gusta especialmente:

 «Sabe a sal
el banquete.
Saben a sal los lentos
pedruscos
de las lapidaciones.
A sal sabe la música
que ha de sonar
mañana.
Es un decir: mañana».

Por último una lectura suya en el siguiente vídeo.

José Hierro

Conocí a José Hierro el día que lo presenté en los ciclos de poesía que organizábamos Jesús Urceloy, Julián Ruiz y yo en la Universidad San Pablo CEU. Aquel año también colaboró con nosotros Juan Pastor (Ed. Devenir).

Fue un 17 de diciembre de 1997, Hierro leía con Luis Martínez-Falero que había ganado el premio Adonais de ese año. Las lecturas siempre eran de un poeta consagrado y otro novato. Por ese ciclo pasaron Claudio Rodríguez, Luis Alberto de Cuenca, Marcos Ricardo Barnatán, José Viñals, Siles… fueron 3 o 4 años maravillosos.

Yo recogí a José Hierro en su casa y antes de tomar un taxi, Hierro me preguntó si había algún bar cerca del lugar de lectura. Le contesté que no y nos metimos en uno que había en su calle para calentar el espíritu.

En la presentación yo dije que “José Hierro nos habla con palabras llanas y precisas, es testigo de su vida, y de otras vidas paralelas a la suya, del fin de la infancia,

Cuando se hallaba el mundo a punto
de que el prodigio sucediese

de la necesidad de compromiso con el ser humano,

Porque nacimos bajo el signo
del cerebro…

o

Serenidad, tú para el muerto,
que yo estoy vivo y pido lucha.

de la soledad impuesta, 

No es verdad que te pese el alma.
El alma es aire y humo y seda.

de la soledad asumida, buscada,

Llegué por el dolor a la alegría.
Supe por el dolor que el alma existe.

de la turbadora belleza de lo que nos rodea,

Descalzo he salido a sentir en la carne desnuda la escarcha

de la aceptación de nuestra frágil memoria

Sé que somos la suma
de instantes sucesivos

Hierro habla de lo que el ser humano habla, de su vida, prisionero de su siglo, y testigo voluntario de sus luces y sus sombras”.

En la Feria del Libro de Madrid de 1998, volví a encontrarme con él en la caseta donde estaba firmando libros. Nos saludamos, me firmó “Cuaderno de Nueva York” y terminé en la caseta echándole una mano porque su hija tenía que ir a algún lugar. En realidad, mi trabajo fue de policía. Hierro se fumó un cigarrillo en cuanto su hija se fue. O dos. El caso es que mi labor era estar atento a la vuelta de ella para que no lo pillara fumando. Cuando llegó, Hierro me pasó el pitillo y yo me lo terminé ante la mirada reprobatoria de su hija.

Recojo el poema “Canto a España” del libro Quinta del 42, en estos días en que un enemigo invisible, el CoVid 19, ha puesto todo patas arriba, mientras que España, fiel a sí misma se pelea a muerte, no hay tregua ni espacio para la moderación y el acuerdo. Otra vez a darse bastonazos, como en “La riña” ​ de Francisco de Goya. A cuántos ha dolido, a cuántos nos duele nuestra España.

«Canto a España»

Oh, España, qué vieja y qué seca te veo.

Aún brilla tu entraña como una moneda de plata cubierta de polvo.

Clavel encendido de sueños de fuego.

He visto brillar tus estrellas, quebrarse tu luna en las aguas,

andar a tus hombres descalzos, hiriendo sus pies con tus piedras ardientes.

¿En dónde buscar tu latido: en tus ríos

que se llevan al mar, en sus aguas, murallas y torres de muertas ciudades?

¿En tus playas, con nieblas o sol, circundando de luz tu cintura?

¿En tus gentes errantes que pudren sus vidas por darles dulzor a tus frutos?

Oh, España, qué vieja y qué seca te veo.

Quisiera talar con mis manos tus bosques, sembrar de ceniza tus tierras resecas,

arrojar a una hoguera tus viejas hazañas,

dormir con tu sueño y erguirme después, con la aurora,

ya libre del peso que pone en mi espalda la sombra fatal de tu ruina.

Oh, España, qué vieja y qué seca te veo.

Quisiera asistir a tu sueño completo,

mirarte sin pena, lo mismo que a luna remota,

hachazo de luz que no hiende los troncos ni pone la llaga en la piedra.

Qué tristes he visto a tus hombres.

Los veo pasar a mi lado, mamar en tu pecho la leche,

comer de tus manos el pan, y sentarse después a soñar bajo un álamo,

dorar con el fuego que abrasa sus vidas, tu dura corteza.

Les pides que pongan sus almas de fiesta.

No sabes que visten de duelo, que llevan a cuestas el peso de tu acabamiento,

que ven impasibles llegar a la muerte tocando sus graves guitarras.

Oh, España, qué triste pareces.

Quisiera asistir a tu muerte total, a tu sueño completo,

saber que te hundías de pronto en las aguas, igual que un navío maldito.

Y sobre la noche marina, borrada tu estela,

España, ni en ti pensarías. Ni en mí. Ya extranjero de tierras y días.

Ya libre y feliz, como viento que no halla ni rosa, ni mar, ni molino.

Sin memoria, ni historia, ni edad, ni recuerdos, ni pena…

…en vez de mirarte, oh España, clavel encendido de sueños de llama,

cobre de dura corteza que guarda en su entraña caliente

la vieja moneda de plata, cubierta de olvido, de polvo y cansancio…

En el vídeo tenéis un poema leído por Don José Hierro.

AMR

Quiero hacer un homenaje a mi amigo y enorme poeta Álvaro Muñoz Robledano. Su poesía, tan diferente a la mía, me transporta a lugares de niebla, llenos de imágenes que sugieren pero no imponen ni idea ni sentimiento. Alguna vez lo comparé al I Ching por su búsqueda de la luz a través de la oscuridad. Mi homenaje es leer su poema Salvoconductos que dedicó a otro gran amigo, David Torres y que comienza con una cita de un diálogo de la película Casablanca: «¿Sabes que es esto? Algo que tú nunca has visto: salvoconductos»

SALVOCONDUCTOS

Podríamos hablar,
establecer un pacto
por el que los recuerdos se diluyan
como el hielo en el vaso, o el papel
en el buzón de un piso
deshabitado, ni suyos ni míos;
si no, porque no está en mi mano, porque
sus manos ni siquiera están aquí,
porque ya no es el tiempo de los cables,
porque nadie va a ser ya fusilado,
conversaré conmigo, sin rodeos,
como si no estuviera imaginando,
antirromanticismo puro, como
debe ser. El presente, me refiero
a la conjugación, es agonía:
yo sierro la madera;
el serrín cae al suelo;
el niño monta en bici;
cada diente se pudre
sin dolor.
Aún sierro la madera,
aún cae el serrín al suelo,
aún cada sonido, de ventanas
combándose, de radios que no tienen
más que repetir una melodía
como si me importara;
el presente, diría, si intuyera
lo que está fuera de él, ella misma,
por ejemplo,

pasa, tiene que hacerlo por el bien
de todos los presentes.
Quizás fuera más fácil,
si en las manos hubiese líneas claras,
si los posos del té,
si los huesos del niño, las calendas,
cualquier Madame Sosostris abrazada
a una farola. Pero
el diente, la madera, las ventanas,
aún.
Ella no espera; ni siquiera sabe,
o tal vez duerme, como un alquimista
entre oscuros crisoles, fríos, llenos
de barro, de semillas arrancadas
para nada. O tampoco. Tales cosas
no suceden; no en esta calle, al menos.
Siento que camino
sobre cristal, que llueve y el cristal
resbala como si preguntase algo,
frente a cualquier portal,
obviamente cerrado,
no son horas
ni siquiera de oírse, ni siquiera
de desear que las hojas se venzan
y haya otro lado, y ella esté, y me diga
que pase, que no importa cuánto quede,
si minutos o días.
Cuando por fin acaba esto, pues
acaba, no con gritos,
sino con la elegancia de lo inerte,
tan hipócrita,
tan necesaria, dulce, inverosímil,
y pienso si es presente un adjetivo,
si se declina el verbo,
o se rasga,
cuando por fin acaba esto, decía,
esto empieza de nuevo, sin placer,
sin redención, sin público.
Podríamos pactar las buenas noches
en el espejo, pero con su voz;
yo me lavo la cara,
ella no se desnuda,
yo fumo un cigarrillo contemplando
y olvidando mi amor de jubilado,
ella no bebe
por mí, no tararea, no menciona
su desafecto suave,
lleno de erudición.
Más tarde o más temprano
hay un bar, una máquina
tragaperras, un viejo babeando
sobre su café, un vaso casi sucio
en el que me echan lo que sea, el cierre
también, y hay que pagar,
y salir.
Paso de nuevo ante el escaparate
de los cuchillos; su óxido de invierno
tras invierno, de juego desechado.
Sigo el itinerario de los coches
de reparto, del autobús nocturno
como si cada hueso fuese hierba.
Ella me cantaría: no me beses
ni siquiera esta vez, que no será
tampoco la ultima que te lo impida,
pero estáis aquí para consolarme,
vosotras sí, al menos,
mis queridas
sombras
fingidas,
débiles
si pienso en vosotras,
si no pienso
sino en ella,
o si tuerzo los alambres
destemplados
de vuestra perfección.