Pandemia

Tenía que llegar,

no la reconocimos,

fue una opción, un regalo

y sólo se vio en ella

la amenaza invisible.

Y ella ya estaba dentro de nosotros,

pero el miedo a la muerte, a ser borrados,

nos desequilibró.

Y aún así nos llegó un mensaje antiguo,

era claro, aunque había que morir

para entenderlo y nadie aceptó el trato.

Las culturas antiguas ya sabían

que a los dioses les calma

que el humano se inmole.

Hace tiempo les dimos

la espalda, los negamos.

Entonces quizá abrimos

la puerta a la extinción.

Nota aclaratoria: nunca explico un poema, esta es la primera vez, pero antes de que me acusen de algo quisiera aclarar que soy de los que tiene miedo y que, aunque no creo en los dioses, sé que el Universo se rige por reglas, ecuaciones. La selección natural de las especies es una de ellas. A veces pienso que la soberbia humana, que nos hace soñar con escapar de las leyes naturales, nos hace cobardes hasta el extremo de exigir que se conserve nuestra vida. Y a esa exigencia no tiene derecho ser vivo o inerte en este Universo. Es más, es un signo de decadencia.

Milagro cuántico

Si supiera con certeza que las lágrimas producen milagros,

lloraría como lluvia monzónica hasta cubrir de líquenes mi piel

y ser roca verdecida que es apetecible al hambre

y seguiría llorando hasta erosionar la roca, deshaciéndola

en la arena que se reúne en los márgenes un momento antes de partir,

viajera que, sin urgencia, un día alcanzará la costa

y sembrará de sombrillas las playas, y más allá

caerá como fértil lluvia sobre el fondo de un sediento océano,

cicatrizando las grietas del mundo.

Si así fuera,

lloraría un diluvio inagotable, pues no quedaría más que llorar,

sin pena, fluir para que esa roca que pesa en mi pecho

viaje al mar o a las entrañas del planeta, fertilice,

porque sus átomos no son estériles.

Cristina a raudales

Estuve unos días en Abarca de Campos en casa de mis amigos Cristina y Borja. Tierra de Campos, allí no necesitan el mar, tienen el cielo. Los paisajes son cielo. Entre tanto sol, tanta nube, se me ocurrieron estos versos que dedico a Cristina Urdiales.

CRISTINA A RAUDALES

Eres un río

y como él tienes rápidos y remansos

caudalosa en la época de lluvia

casi un camino seco en la sequía

porque incluso en el yermo más férreo del estío

un hilo de agua oculto

corre bajo los cantos rodados.

Agua que te refresca y que generosa das

a la hierba sedienta de tus márgenes

pero entiéndeme, no eres cauce,

eres agua que lo abre y profundiza,

unas veces te llaman riada, otras arroyo,

siempre agua

y podrías ser ducha que repara

o aliarte con el viento y ser tormenta, me consta

aunque al final escampas

y entonces todo huele a arcilla húmeda

a manos de alfarero que modela los sueños.

Cosmogonía

Lo que nace se muere,
la estrella que se forma
se enfría,
la tortuga de Darwin no llegó a los dos siglos
ni la flor del baile sobrevivió a una noche.
También sé que la muerte casi siempre es violencia,
virus o supernova, cambios del perihelio
o puñalada que alguien asesta por la espalda,
todo es presa de un depredador que lo devora.

Veo que hay un diseño, este big-bang de artificio,
la chispa para que arda la consciencia y crear
a este poeta que divaga sobre el Universo
y se pregunta ¿qué mal hice para saberme?
Hay cierta rabia que hace mis palabras abruptas,
rabia por existir, por ser y además saberlo
rabia porque lo que amo es efimero, es la regla,
rabia por un diseño que avanza con la muerte,
rabia contra ese plan que por cálculo o error
provocó la consciencia en seres que se mueren,
el dilema del bien y del mal, la dualidad
engarzada en un círculo fluido, indestructible,
símbolo de mi rabia por ser utilizado.

Las cosas son como son, no como yo quisiera
y aunque no comprenda las razones de los hechos,
sé que todo funciona siguiendo un plan trazado.

Divagamatorio

Quise escribir un poema de amor

y no tenía a quien.

Fue entonces cuando un perro ladró

“en el amor a veces no hay quien”

o eso entendí, ladraba en francés.

¿Será verdad,

tendrá razón

este animal

y lo que llamo amor no es tal cosa?

Sublime amor

si acaso un breve choque hormonal

y de nuevo aquel perro ladró

“ama a una flor,

al viento, al mar,

ama la noche y ama la luz,

ama y deja ya de divagar”

Mortales

Reniego de vosotros como un pedro tartamudo,
no una ni dos ni tres veces, cada una multiplicada
por mi cansina duda y la certeza de mi ignorancia.
Reniego repetidamente igual que el eco, que se pierde de risco en risco,
como una madre cuando lee y acuna al tiempo a su hijo con monótono canto.


Conozco mi consciencia limitada, escucho lo que escucho, veo lo que veo,
son pocas herramientas y con ellas os juzgo
porque vosotros nos abandonasteis.

Un universo que es uno entre cuántos,
si uno – el mío – me vuelve loco cuando intento medirlo, tanto bullicio me abruma.
No pretendo negar lo que no concibo, lo innombrable,
no está entre mis posibles,
yo sólo soy de un pueblo de la sierra, de un país, de un continente,
de un planeta, de una galaxia, de un cúmulo, una red, un filamento,
por el que viajan ángeles y diablos, dioses tan mortales como nuestra consciencia.

No alcanzo más allá, es infructuoso,
lo mío está más cerca, demasiado dentro a veces, y sólo puedo renegar de lo próximo
de ellos, de los viajeros estelares que dictaron los libros y nos abandonaron.